Skip to content
junio 1, 2008 / Roberto Giaccaglia

Nunca en domingo

Por Carlos Ardohain (*)

La principal razón para no matarse un domingo radica en que eso sería el colmo del lugar común. El suicidio ya es un tópico transitado hasta el exceso para además agregarle la carga de una redundancia tal. Esta idea me pareció tan simple que la encontré transparente. Y la vi tan transparente que la creí verdad. Es decir, la tomé por la simple verdad. Y me aferré a ella. El día que descubrí esto (un domingo a la mañana en la ducha), me dije que si encontrase una razón tan contundente para los demás días de la semana estaría salvado.
Nuestra vida está llena de reglas absurdas que observamos o transgredimos, lo que de todas formas nos mantiene girando alrededor y en función de ellas. Esa mañana a mí me pareció haber encontrado una norma personal que me ayudaría a vivir de ahí en más: nunca en domingo.
Además hay una cuestión trascendente que es identificar con claridad la causa o las razones de la desesperación. Nadie querría morir, es decir, nadie debería morir sin saber exactamente por qué. Y siempre he creído que la teoría del iceberg que utilizaba Hemingway para explicar la naturaleza del cuento podría aplicarse perfectamente a la desesperación que nos puede llevar a pensar en el suicidio. Identificamos una pequeña parte que flota sobre la superficie, pero el resto permanece hundido en las profundidades del inconsciente. De manera que conocerlo nos puede llevar un tiempo tan largo como la vida, y mientras tanto…

Un domingo por la tarde yo cruzaba el parque Las Heras en dirección a la casa de un amigo. Era primavera y la temperatura estaba fresca pero agradable. Siempre que cruzo el parque disfruto de ese momento especial en el que uno puede sustraerse de la escenografía de la ciudad. Esa tarde el parque estaba lleno de chicos, gente paseando sus perros, parejas charlando en el pasto, y de pronto, en uno de los bancos que estaba en mi trayecto, vi una imagen que no parecía cierta.
Había un muchacho sentado en el extremo del banco con las piernas estiradas y, montada encima suyo con las piernas abiertas, una chica de pollera amplia lo cabalgaba mientras él, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, gemía y movía su pelvis hacia arriba con ímpetu. Fue lo primero que vi pero no lo último, porque a esta escena sorprendente le faltaba un detalle: a los pies del muchacho había otro que estaba arrodillado detrás de la chica, tenía la cabeza metida debajo de su pollera y la estaba chupando, creo que cuando pasé al lado de ellos pude escuchar el ruido que hacía con su boca, una mezcla de jadeo y succión. Alrededor del banco había unas cuantas cajas de vino vacías tiradas en el piso.
Toda la gente que estaba en el parque fingía no ver ni oír nada, seguían haciendo lo suyo pero se notaba que por nada del mundo desviarían la vista hacia allí. Eso hacía que todo fuera mucho más irreal: en el medio de una escena de domingo familiar había una burbuja de desenfreno brutal protegida por un círculo de fuerza.
Cuando pasé caminando al lado de ellos sentí que los envolvía un aura bestial, tuve sensaciones contradictorias: por un lado pudor y por otro curiosidad. Miré la escena de reojo, sigilosamente, seguí caminando y a los pocos metros pudo más la curiosidad y me di vuelta. El muchacho que había estado arrodillado ahora estaba parado detrás del banco y de la cabeza de su amigo, de frente a la chica besándola en la boca mientras ellos seguían cogiendo ferozmente. En ese momento abrió los ojos y me miró, me vio mirándolos, no sé qué habrá visto en mi mirada pero en la suya se dibujó el odio más puro hacia mi intromisión y un ramalazo de amenaza que me hizo dar vuellta, seguir caminando y salir del parque sin volver a mirar hacia atrás.

Estuve en casa de mi amigo unas cuantas horas y en un momento decidí volver a casa. Estaba atravesando el parque cuando entre las sombras apareció una figura que se me acercó y con su cara a centímetros de la mía me arrojó una pregunta en medio de un vaho de alcohol, mal aliento y olor a sexo: Flaco, ¿tenés una moneda?
La reconocí enseguida, era ella, casi al mismo tiempo dos sombras se movieron entre los árboles y al segundo estaba rodeado por los dos machos de la hembra que me había interceptado.
Retrocedí un poco para colocarme a una distancia más autónoma de ella, no podía verlos con claridad pero me pareció que sus ojos estaban inyectados en sangre, respiraban ruidosamente y se acercaban a mí murmurando: Danos la guita, danos la guita…
Formaron un círculo alrededor mío que se iba cerrando de a poco, la jefa de la manada parecía ser ella, en un momento dio un paso hacia mí y me empujó gritando: ¡Danos la guita, la puta que te parió!
Estuve a punto de caer y en los movimientos que hizo mi cuerpo para evitarlo le pegué un manotazo en la cara a uno de ellos, fue la señal que hacía falta: se me vinieron encima como lobos, tirando golpes al bulto y gritando, yo giraba mis brazos en el aire intentado defenderme pero me atacaban de tantas direcciones que no podía hacer mucho. Pensé que era una suerte que fueran tan desprolijos para golpearme, eso los hacía torpes pero me pegaban mucho, mi reacción fue puramente física, no había tiempo para nada y mi cuerpo se movía defendiéndose del ataque con bravura y agilidad. Al fin tropecé y caí hacia atrás entre un par de arbustos, empezaron a patearme en el suelo mientras me insultaban a los gritos y me escupían, la chica los azuzaba gritando: ¡Mátenlo al hijo de puta, mátenlo!, mientras saltaba alrededor nuestro como si estuviera bailando en torno al fuego. Yo atinaba solamente a protegerme la cabeza con los brazos y a girar y moverme para esquivar los golpes o disminuir el impacto. En un momento apoyé mi brazo derecho en el suelo para impulsarme hacia atrás alejándome de ellos y mi mano tocó algo duro, era una rama o un palo, la aferré instintivamente y la revoleé en el aire con rapidez y con cierta fortuna, ya que le di un fuerte golpe en la cabeza al que tenía más cerca, se quedó quieto un instante por el dolor y la sorpresa, tiempo suficiente para que lo golpeara de nuevo, esta vez mucho más fuerte, cayó hacia un costado con un gemido y quedó inmóvil.
La chica seguía con sus gritos: ¡Cuidado! ¡Matálo de una vez al hijo de puta!
Me levanté de un salto y con el mismo envión le di un tremendo palazo en la cabeza a su compinche, con éste no hizo falta más, el cráneo sonó seco, quedó con los ojos muy abiertos y cayo hacia atrás. Enfrente mío quedaba la hembra salvaje mirándome aterrada, yo respiraba agitadísimo y no pensaba en nada, avancé hacia ella con el palo en la mano sin saber qué iba a hacer, ella me miraba en silencio y su mirada empezó a cambiar, tenía las ventanas de la nariz muy abiertas y gotas de sudor arriba de la boca, me pareció que empezaba a sonreír, sacó la lengua y se la pasó por los labios en un gesto vulgar, dio un paso hacia mí y me guiñó un ojo al tiempo que con una mano me agarraba el sexo y lo apretaba. La sorpresa me paralizó, oí que me decía algo que no entendí en una media lengua susurrada, aunque el tono y la intención estaban muy claros. Di un paso hacia atrás, le saqué la mano y al mismo tiempo solté el palo y le di una sonora bofetada que le hizo girar la cabeza y expulsar de su boca una lluvia de saliva. Ahora la sorprendida fue ella, me miró a los ojos estallando de odio y me gritó a la cara con todas sus fuerzas: ¡¡¡Hijo de mil putas!!! Dio media vuelta y se fue corriendo entre los árboles mientras me seguía gritando insultos de todo tipo. Creí que acá terminaba el cuento, pero mi cuerpo tomó otra vez la iniciativa y de pronto estaba corriendo, persiguiendo con rabia a esa loca, que me seguía maldiciendo. Muy pronto la alcancé y la agarré de la camisa, le di un tirón para frenarla y la camisa se rasgó y ella cayó al piso de espaldas, quedó con el pecho desnudo, no tenía corpiño ni nada debajo de la prenda que le arranqué. Me miraba con los ojos muy abiertos, furiosos y asustados a la vez, yo respiraba muy agitado, no sabía qué iba a hacer, no podía pensar. Me di cuenta de que tenía en la mano los restos de su ropa y entonces en un impulso la agarré de una muñeca, la levanté de golpe y la llevé hasta un árbol, la puse de espaldas al tronco y la hice rodearlo con sus brazos hacia atrás, con los pedazos de su camisa rota le até las muñecas lo más fuerte que pude haciendo varios nudos mientras ella seguía puteándome a los gritos. Después me alejé unos pasos y contemplé mi obra, estaba en tetas atada al árbol, gritando en medio de la noche solitaria del parque.
Miré el cielo y vi que a pesar de que no había estrellas ni luna, era una linda noche a pesar de todo. Después empecé a caminar despacio hacia la avenida para buscar un taxi que me llevara a mi casa de una buena vez, y mientras me alejaba escuchaba, cada vez más espaciados, los gritos: ¡¡¡Hijo de mil putas!!! ¡¡¡Hijo de mil putas!!!…
Me sentía mucho más tranquilo y tenía la certeza de que los dolores en el cuerpo aparecerían recién al día siguiente, el lunes.

Fotografía de Josef Koudelka

(*) Carlos Ardohain: cursó estudios de Artes Plásticas en la Universidad Nacional de La Plata y estudios de Cine y Video con Rodolfo Hermida. Trabajó como actor en La Plata formando parte del grupo Tal (1974/77 – Puestas: Homo Dramáticus, A. Adelach; A través del espejo y Lo que Alicia descubrió allí, Lewis Carroll). Hizo taller de poesía con Elizabeth Azcona Cranwell (1989) y con Arturo Carrera (2000). Publicó las plaquetas: El ojo secreto (1998); La Hoja Bífida (1999) y Ojo x Ojo (2000). Obtuvo el premio accésit en el concurso “Poesía en Tierra” organizado por el Centro Cultural de España, Buenos Aires, en el año 2004. En noviembre de 2005 realizó la curaduría de la muestra fotográfica de Robert Doisneau “Renault por Doisneau”, que se exhibió en el Museo Renault. En enero de 2007 participó de la muestra “Banderas de lo posible”, que formó parte del Proyecto Patagonia en la Bienal del Fin del Mundo, Ushuaia. Es editor de ficciones del blog La lectora provisoria. Trabaja como diseñador gráfico y redactor. Algunas de sus obras: http://carlosardohain.artelista.com/ http://laseleccionesafectivas.blogspot.com/2006/07/carlos-ardohain.html

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: