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junio 5, 2008 / Roberto Giaccaglia

Frialdad aplicada

The Oxford Murders, Alex de la Iglesia, 107:00, 2007, Inglaterra-España.

El universo literario de Guillermo Martínez está regido por la inteligencia. No una de esas inteligencias chabacanas, rápidas, que salen al cruce en forma inmediata, resolviendo asuntos de pacotilla con elementos mínimos, lo que a fin de cuentas no es más que viveza. Lo suyo no se limita a la capacidad de adaptación a novedades, o a sopesar en un ratito las diferentes posibilidades, informarse rápidamente de lo que nos circunda, etcétera. No, lo suyo es la inteligencia pura, aquella que para respirar sólo puede darse aire a sí misma, o a lo sumo subir a la más escarpada de las montañas, donde el hombre está solo. Por eso hace falta tanta valentía, tanta decisión, tanta capacidad para trepar esa montaña, la misma que los personajes de sus historias insisten en subir una y otra vez, desangrándose, perdiéndolo todo en el camino. Y sólo para que esa inteligencia se pruebe a sí misma. Una inteligencia que no está para esclarecer, sino para profundizar la oscuridad, empujar los límites. En suma, ir más allá.

Su novela Acerca de Roderer, peligrosa búsqueda de demonios, porque la sabiduría plena que pretende el personaje es eso, la búsqueda de los demonios, la primera de sus novelas, ya perfilaba al autor de cuerpo entero. Estábamos ante el cálculo, la lógica, la frialdad, las palabras justas, la erudición, el acontecimiento mecánico, todo encaminado hacia un solo lugar, aquel cuyos caminos están cernidos por estudios elevados, que dejan fuera toda banalidad, que tapian a cal y canto la entrada de la realidad.

Este tipo de literatura tiene muy mala imagen. Se dice que es una literatura que por intentar una tarea mayor, “enriquecer” al consumidor, se olvida de la literatura, como si la literatura, para ser tal cosa, debiera carecer de facultades intelectivas, por ejemplo una clase de capacidad que no fuera muy distinta a la necesaria para adentrarse en la matemática, por caso, o en la física.
Los detractores dicen que es una literatura “acumulativa”, una literatura que agobia a la memoria, que impulsa al establecimiento de relaciones entre datos y elementos que nos van apareciendo página tras página, sin ningún móvil más que destacar la capacidad misma del autor.
Así, leer esta literatura sería como leer un manual. Un manual ameno. Un Kapeluz que en vez de dibujos y fotos trajera consigo el talento de un narrador hábil, que nos acompañara de la mano hasta dar por terminado el libro, luego de lo cual saldremos sí o sí con la convicción de haber aprovechado nuestro tiempo mientras nos divertimos un poco.

Es una literatura, pues, que por entretener edificando, o matar nuestro tiempo con el planteo de cuestiones problemáticas, se ha construido para sí una imagen similar a la de cualquier producto editorial que pretende abreviar nuestra entrada al universo de la cognición. O sea, educarnos por la vía rápida. Así, esta literatura es empujada por sus detractores a los anaqueles donde se muestran obras como Borges para principiantes, El mundo de Sofía y cuestiones así.
El exponente máximo de esta clase de libros es Umberto Eco, quien con enigmas edificados a partir de la erudición y las fórmulas construye historias que atrapan a un lector que sin competencia alguna se adentra gustoso en mundos filológicos, matemáticos, filosóficos, etc. Todo ello está resumido para él, el lector, en unas cuantas páginas, que lo van educando mientras le cuentan una historia de crímenes, de misterio, de oscuridad.

Guillermo Martínez es nuestro Umberto Eco, y la adaptación de su novela Crímenes imperceptibles al cine, The Oxford Murders, es entonces algo así como la adaptación de la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, a la pantalla grande, allá por el ochenta y pico.
Y el resultado es un poco menor, o bastante.

Pero el problema no parece estar en el libro, por más que se diga de él lo que se diga, que es frío y predecible, que es un libro para concursos literarios bien pagos y nada más.
El problema está en la elección del director, Alex de la Iglesia.
Para mí fue una sorpresa, como creo que lo fue para cualquiera de quienes lo siguen. Es que Alex de la Iglesia nunca podría llevarse bien con la seriedad, la frialdad y la solemnidad de un libro de Martínez. Alex de la Iglesia no es un director cerebral, es más bien un mono con navaja —pero un mono que en sus films, sorpresivamente, cortaba donde debía, o al menos arruinaba con gracia.
¿A quién se le ocurrió proponerlo como director de semejante adaptación? Los pincelazos de feísmo y de ironía que aparecen en el film, cosas a las que Alex nos tiene acostumbrados, no son suficientes. Su adaptación parece la obra de un empleado desganado. Alex de la Iglesia no se siente cómodo filmando esta historia y eso lo sentimos todo el tiempo. Por ejemplo, en las escenas de amor entre el protagonista y la enfermera, por quien pasan varias sospechas y no sólo miradas. El aburrimiento que emplea para retratar esas escenas es decepcionante, vulgar, porque están filmadas no sólo a la distancia físicamente hablando, sino como desentendiéndose del asunto. Es como si le hubieran pedido algo de carne y un poquito de movimiento bajo las sábanas, pero nada más. Tal vez un director más avezado en cumplir con contratos y decisiones ajenas se hubiera sentido mucho más cómodo y habría logrado algo mejor, no una película filmada a la distancia, sin compromiso ni ganas, con la imaginación puesta en otra parte. ¿Será el mayor presupuesto lo que lo molestó? ¿Trabajar con actores más o menos conocidos? ¿O simplemente la historia, mecánica y en las alturas, puro cálculo y frialdad, cosas tan alejadas a lo que tan bien hace siempre de la Iglesia?

La película cumple a fin de cuentas con el prejuicio que identifica a la inteligencia con frigidez, y hace de la pasión por la inteligencia algo soso, inhumano, que desalienta más de lo que estimula. Este prejuicio ya fue magistralmente señalado en Acerca de Roderer, como si Martínez se atajara de antemano de las posibles críticas que le lloverían al componer una y otra vez libros maquinales, demasiado inteligentes. ¡Como si la inteligencia no pudiera arder y exigir las azañas más altas, la vida misma!, grita Roderer, acosado por sus demonios. Es cierto que la inteligencia puede arder, arder y conquistar, pero para ello debe hacer algo más que ceñirse a fórmulas. Debe arriesgarse.
Alex de la Iglesia, a pesar de haber estudiado filosofía, cosa que en el fondo no significa nada, no tiene las dotes que el libro necesita, es decir dotes mecánicas, las de un especialista frío y calculador que pueda engrasar sin problemas engranajes diversos, de esos cuyos movimientos echan a andar una máquina de ideas que sí o sí precisa de la atención constante y no de la atención flotante del empleado que hace su trabajo a desgano, como si interiormente supiera que está para otras cosas, otras películas quiero decir, cosas de menor altura tal vez, pero también más humanas. O más calientes por lo menos.

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