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junio 7, 2008 / Roberto Giaccaglia

What’s your favourite colour?

The Red Album, Weezer, 40:31, 2008, Geffen.

Tal vez Weezer no sea sólo un grupo de videos, pero los hacen tan bien, conquistan tanto por esa faceta, que uno está autorizado a pensar de esa manera, que vinieron a este mundo para hacer a la industria del video clip un poco más decorosa.
No por nada durante los noventa se habló tanto del video de la canción “Buddy Holly” (dirigido por Spike Jonze, especialista envidiable) como de la propia canción, puro gancho y testosterona, todo ello escondido detrás de una inocencia sólo supuesta, bien actuada, graciosa.
Las canciones de Weezer por lo general son así, ganchos que se esconden detrás de una inocencia sólo supuesta y que desde allí traman sus trampas, o su objetivo: atrapar para siempre al eventual oyente, ese que se cruza sin querer con uno de sus videos por ejemplo.
La carrera de Weezer es algo así como un sandwich: está su álbum del 94, cuando empezaron, que los ponía a los cuatro contra un fondo azul, cuatro nerds despreocupados, o más que nerds slackers, una categoría pródiga en talentos de todo tipo, y está su álbum más reciente, apenas salido, que los tiene contra un fondo rojo y ya no tan slackers quizá, sino más bien con una pose y unas fachas que no pueden ser más que una burla hacia sí mismos. Como si nos dijeran: Miren, lo intentamos, pero no podemos crecer. En el medio de todo eso, catorce años, no hay nada demasiado relevante, o sea, sí, relevante fueron esos años, para ellos y para quienes los escucharon, pero digamos que no hay nada que se distinga demasiado de estas dos puntas o tapas, como si lo mejor estuviera, al menos en junio de 2008, en el pan del sandwich, los dos extremos, los discos por los cuales seguramente pasarán a la historia.
Ahora el video con el que pasan a conquistar al oyente ocasional viene de una canción tan ganchera y falsamente inocente como “Buddy Holly”, bastante parecida además, con una estructura similar, con tensiones mínimas pero notorias entre la parsimonia del verso y la fuerza del estribillo, donde a fin y al cabo todo se desencadena. La canción se llama “Pork And Beans” y si uno no está del todo destrozado basta para ponerlo contento durante buena parte del día. Ambas canciones comparten algo más, esta vez en sus letras, en el corazón mismo de cada canción, el grito primal del punk: I don’t care. La actitud del “no me importa” es muy necesaria para crear este tipo de canciones, para ser un grupo como Weezer, cosa que sabía de sobra Nirvana por ejemplo, hasta que las cosas empezaron a importar demasiado: seguir mirando para adelante y que los que hablan a nuestra espalda queden así, rezagados, mientras uno se divierte y sigue gritando lo suyo, al aire tal vez, sí, pero… ¡qué carajo importa!
Los dos discos, los panes de un sandwich que influenció el paladar de todo joven amante del power pop que armó su banda entre mediados de los noventa y principios de esta década infame, se llaman igual, tal como la banda, Weezer. O será quizá que carezcan de nombre. Sí, por qué no. Después de todo la banda debe de haberse imaginado cómo llamarán sus fans a estos discos, The Blue Album y The Red Album. Es cierto que hubo, en 2001, una versión verde del asunto, que, como los demás, o bien se llamó Weezer o bien careció de nombre, es el The Green Album, claro. Pero bueno, hay sandwichs triples también, así que esto no invalida lo que vengo contando. Este álbum verde es meritorio además por una cuestión: significó para Weezer algo así como un “retorno” al corazón de sus fans, corazones que habían quedado un poco agrietados después de las pruebas que la banda realizó en el disco previo, Pinkerton, que al parecer no fueron de la satisfacción de nadie (ese disco fue un intento de realizar algo parecido a una opereta, a base de calmantes eso sí), aunque es cierto que con el tiempo ese disco empezó a “entenderse” mejor con todos, crítica y público por empezar.
En The Red Album, pues, no hay nada que no pudiera encontrarse ya en su versión azul (o verde, pero me quedo con la azul), calidad y candidez. Puede que ahora sean más profesionales, pero por suerte eso no se nota en absoluto. Las influencias heavies sí se notan, de tanto en tanto. Recordemos que el cantante y guitarrista es o era un gran fan de Judas Priest y otros exponentes gloriosos de los metálicos primeros ochenta, como Quiet Riot, pero más se nota su amor por las melodías vocales, las voces pegajosas, los ritmos y guitarras que también los Beatles habrían puesto en práctica si hubieran persistido en tocar juntos un par de años más. La mezcolanza es rara, como lo fue siempre, pero el resultado también es el de siempre, pura felicidad, una dicha que si algo no tiene es el carácter de pasajera.
Quizá dentro de unos años saquen su Black Album, ¿cuando crezcan?, ¿cuando se preocupen por algo?, pero en realidad no puedo imaginarme una cosa semejante.

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