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junio 10, 2008 / Roberto Giaccaglia

El fin del campo (o de los campitos)

Con sonrisas hacia los costados y mirada adusta hacia el frente, una mirada cargada de futuro, ¿oscuro?, la Presidenta de Argentina anunció en qué se usará el dinero que le sobre a los gringos de las provincias: hospitales, caminos, viviendas populares. En hora buena. Tardó tres meses en ocurrírsele el golpe de efecto que habrá de encauzar el humor citadino hacia el río del Gobierno nacional, ese río que se llevará todo, no sólo las ganancias de las provincias, sino también los pueblos del interior. Ahora sí que les gané, parecía decir la Presidenta ayer, porque no me van a venir a decir que está mal construir hospitales, caminos, viviendas populares, ¿no? No, no está mal. Se le acaba de ocurrir, pero no está mal. Con esto, pues, se acaba la discusión, si es que alguna vez la hubo y no estuvimos todo el tiempo frente a monólogos. Con la maniobra presidencial, la gente de ciudad, que volverá a visitar “feliz” las góndolas, que rebasarán de productos de todo tipo, antes trabados por las maquinarias gringas, se enteró por fin de que los chacareros del norte y del centro del país, no sé si en el sur hay, no son más que estómagos angurrientos de camionetas cuatro por cuatro u ocho por ocho, que escatiman los granitos de soja que se les caen de los silos, siendo que se podrían usar en tantas cosas útiles para el pueblo. Basta de eso, de riqueza grandilocuente, que hay necesidad de hospitales, de caminos, de viviendas populares y que no hay de dónde sacar para hacerlos. Con palabras tales, la ocurrencia presidencial da por tierra entonces con toda discusión, esclarece los tantos, despeja los caminos, termina con el campo. Sí, termina, al menos con el campo o campito de los pequeños y medianos productores, esos que lograron alzarse desde la miseria adonde los habían empujado Menem y sus inmediatos seguidores, esos que desde el año 2003 lograron levantar los pueblos del interior, hacer que sus comercios florecieran, los mismos que dieron trabajo a otros, que compraron, vendieron e hicieron que otros compraran y vendieran, los que reflotaron industrias metalúrgicas varadas, los que hicieron que volviera a construirse en el país. El “campo” que seguirá en pie es el campo que a la Presidenta no le molesta, porque es el “campo” que no corta rutas, es el campo de los 2000 grandes productores, el de los pooles de siembra, que en definitiva de campo no saben nada, porque no son más que inversores que contratan especialistas. Son los que se quedan con la tajada más grande, de tierra, de soja, de dinero y de beneficios, tantos como para que no les importe destinar para lo que sea el dinero de las retenciones. En realidad, de retenciones ya no debería hablarse. Es una excusa. Debería hablarse de política agropecuaria, que las contiene, pero que representa mucho más, aquello de lo que la Presidenta no habla y cuya carencia terminará con los pequeños productores y hará que la población rural se retrotraiga a los niveles de la década del noventa. Tampoco se habló en el discurso de ayer de la minería, del sector financiero, por caso, o de las usinas lácteas o de los molinos, ya que estamos, en absoluto malos candidatos para proveer de un “excedente” que podría utilizarse en caminos, hospitales, viviendas populares o en disciplinar gobernadores, lo que convenga o sea más útil según la necesidad de la pareja Kirchner. De lo que se habló es que en el campo, aquí la Presidenta no diferenció, campo pequeño o campo de alguno de sus amigos, que en el campo, digo, no hay riesgos. No, parece que no. Uno compra semillas, máquinas, fertilizantes, plaguicidas, siembra, cosecha, vende y se compra una cuatro por cuatro. Es así de fácil. No hace falta pensar en el clima, la falta de lluvia o la lluvia en abundancia, el granizo, nada. Quienes asesoran a la Presidenta sufren de una ignorancia alarmante o bien de una disposición malintencionada: mostrar a los trabajadores del campo como angurrientos, ricachones que la levantan en pala. Y de lo que se habló también es de cuánto ha crecido la Argentina en estos años kirchneristas, de cómo se llenan restaurantes y de cómo se construye y de cómo se compran autos. Pero faltó decir que toda esa bonanza económica se debe a lo que el campo ha venido generando, no a otra cosa. En las ciudades del interior, e incluso en algunos pueblos grandes, se están, o estaban, construyendo más edificios que nunca, una suerte para un montón de obreros de todo tipo y para comercios del ramo de la construcción o indirectamente implicados. ¿Sabe la Presidenta de dónde salió el “excedente” que venía permitiendo esas construcciones, ese trabajo? O sea, a algún sector hay que agradecerle el movimiento de la economía hacia arriba, que las industrias trabajen más y cosas por el estilo. Sin embargo, en vez de agradecer, es a este sector al que se lo intenta demonizar, barrer del mapa. Primero de las rutas, es cierto, y luego del mapa. ¿Será acaso que sólo hay lugar para aquellos 2000 súper productores, a quienes sí efectivamente les sobra de todo? ¿Será que la apuesta del Gobierno es en gran escala, que los pooles que pueden proveerle divisas crezcan aún más mientras que los otros que se quejan desaparezcan de una vez por todas? ¿Será acaso que los pueblos del interior no importan? ¿Será acaso que existen únicamente cuando se los necesita? ¿Será acaso que para simular terminar con el hambre sólo se quiere alentar a las ganas de comer?

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