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junio 12, 2008 / Roberto Giaccaglia

La alegría duradera (4)

Cuando el reloj me despertó esta mañana no creí que se tratara de un nuevo día.

***

Estoy teniendo unos sueños terribles, estúpidos y terribles, terribles y lamentables. No sé cómo es que no anoté todavía el sueño estúpido y terrible que tuve el otro día.
Fue por comer algo que no debí. Mi mujer siempre me lo dice, pero ahora no estaba para cuidarme.
En el fondo de uno de los estantes de la heladera encontré unas fetas de milán olvidadas. Estaban enrolladas entre sí, una encima de la otra, pegoteadas e indistinguibles, cubiertas no sólo por el celofán donde las había puesto el fiambrero, sino también por una grasa blanquecina, casi etérea, una pelusa apenas palpable, algo como una mucosidad acaso, que yo pensé inocua, por lo etérea, por lo apenas palpable. Pero lo cierto es que el fiambre tenía un gusto horrible. Una textura resbaladiza y un gusto horrible, agrio.
Y por la noche me vi atrapado en un túnel enorme revestido con fetas de milán. Era un túnel sin principio, sin final, no me costaba caminar por él, pero no llegaba a ningún lado. No resbalaba, ni olía mal, pero en el piso o arriba no había más que fetas de milán. No había un piso, de hecho, o un techo, o paredes, porque todo era la misma cosa, un túnel hacia ningún lugar.
Cuando desperté, aturdido por mi propio corazón, me pregunté qué habría pasado si en vez de buscar despertarme, dando vueltas alocadamente en la cama, hubiese tratado de tranquilizarme y seguir mi camino. ¿Qué habría encontrado?
El estómago me dolió todo el día. Estaba hinchado y no pude tomar más que unos mates, anduve somnoliento y los ojos se me cerraron un par de veces sin que yo quisiera. Me acordé de mi madre, que se dormía en la mesa.

Del otro sueño, el sueño terrible y lamentable, tal vez no tuviera que hablar ahora. No es que tenga que esforzarme demasiado para reconstruirlo, sino que me duele hacerlo.
Se sentaba ante mí una chica que yo supe amar en secreto durante la adolescencia. Ahora era una mujer. Había crecido, sí, pero era ella, no podía ser otra. Se mantenía más joven que yo, más bella, más fresca. Con lágrimas en los ojos me reprochaba no haberle dicho entonces lo que sentía. Y yo no tenía más que mi dolor para contestarle. Me puse a llorar. No podía decirle nada, ni siquiera pedirle perdón. Simplemente lloraba. Ella se ponía más y más nerviosa, empezaba a gritar y yo no podía más que llorar, hasta que me levantaba de mi silla y me iba a llorar al baño, donde ella no pudiera verme, o escucharme.

***

En el domingo al que tanto temí no ocurrió nada del otro mundo.

Encendí la radio. Miré por la ventana. Dejé la radio encendida y me fui al patio, con mi cuaderno bajo el brazo y unos libros de Fresa, dispuesto a seguir mi tarea, o a seguir pensando en él por lo menos. Hacía frío y después de haber estado incomprensiblemente de pie sin hacer nada me metí adentro de nuevo. Miré el teléfono. Esperaba que sonara, que del otro lado mi mujer me reprochara haber soñado con un amor secreto de la adolescencia y que al despertar todavía estuviera triste.

***

Al contrario del presente, escribió Fresa, el pasado no es eventual ni pasajero.

Creo que se estaba olvidando de algo, del futuro: ¿no es acaso más determinante? Cuando miramos hacia lo lejos, ¿vemos la posibilidad de que algo cambie? ¿De que ya no sintamos dolor? ¿De que podamos volver a casa? ¿De que encontremos alguna vez lo que perdimos? ¿De que nuestros muertos se levanten?
No sé por qué, pero me parece que en el futuro es más fácil encontrar nuestro presente que en el pasado.

No es un pensamiento para mantener un domingo a la noche y, por precaución, me voy a dormir sin escribir nada más.

***

Fresa nunca se arrepintió de lo que escribió, pero todo el que siguió su carrera sabe que hubo una novela que publicó sin estar del todo conforme, aquella de la joven Alicia Tónica, la que nunca quiere hablar de sí misma y se la pasa viajando. A lo largo de su viaje interminable se encuentra con mucha gente, no dice de dónde viene, no dice adónde va, habla de otras cosas, nadie sabe de su pasado, nadie puede imaginar su futuro, por más cercano que nos parezca todo el tiempo, tanto que se nos nubla la vista.
No le fue bien con la novela, pero no era eso lo que a él le importaba.

La primera versión de esa novela la empezó a escribir en Formosa y no trataba sobre una muchacha que huye nadie sabe de qué, sino de un hombre puesto a recordar, alguien que se siente culpable de la muerte de su madre y que trata de imaginar cómo habrían sido las cosas si… Es un género terrible este, el de qué habría pasado si…, que no suele deparar buenos resultados.
La editorial porteña, que accedió a los borradores, le advirtió sobre el tono de la novela, lo lacrimógena que se ponía a medida que avanzaban las páginas, lo lacrimógena y lo imposible. La editorial, que bastante sabía de la vida de Fresa, comprendió, sin decirlo, que Fresa estaba intentando purgar a través de la escritura viejas culpas, pero la pena que le dio a la editorial no alcanzó para que ésta le permitiera un ejercicio de auto vindicación.
Para Fresa no era imposible entregar algo mejor a lo escrito, pero era eso y no otra cosa lo que quería entregar, lo único que tenía a mano, por otro lado, lo único que había venido redactando desde un tiempo atrás.
Alojado en un hotel de Buenos Aires y para cumplimentar el contrato, aquel que le permitía pagar su habitación, comer, Fresa rehizo la novela. Le llevó dos meses, un poco menos tal vez. Recuerdo con gracia las palabras que dijo sobre esta nueva redacción, dichas a una radio del interior: las imágenes en su cabeza, mirando por la ventana de esa pieza de hotel, eran irrefrenables, simplemente se sentaba a ver pasar la gente, con la barba crecida, cansado, harto, y las imágenes le llegaban, como una epifanía. Y que las pocas cosas que se le ocurrían mirando por la ventana no tenían el menor sentido. Pero igual las usé para mi próxima novela. El periodista, recuerdo, se había quedado mudo.
Le fue fácil, es cierto, cumplir con el trabajo encargado. Simplemente trató de olvidarse por un tiempo de todo lo que no fuera escribir sobre lo escrito, es decir borrar, volver a borrar y volver a escribir. Así quedó El viaje, título definitivo de la novela comenzada en Formosa y terminada a las apuradas en Buenos Aires, que originalmente iba a salir con otro nombre: A través de nada.
O sea, estamos hablando ya de otra novela —hasta donde sé, A través de nada se ha perdido, no ha podido darse todavía con su manuscrito y algunos presumen que el único que existió fue destruido por la editorial.
Se dice que uno de los asesores de la editorial, a quien no se le había encomendado el trabajo, se topó por casualidad con los originales de El viaje y creyó que eran obra de un joven que imitaba, muy mal, el estilo del nuevo escritor estrella de la casa editora: Roberto Fresa.

Por mi parte, recuerdo que en sus páginas no encontré nada del otro mundo, pero tampoco fue para tanto. (A mi entender, no es tan mala como dicen todos. Incluso el propio Fresa. Creo ya haberlo dicho.)
La leí tarde, varios años después de publicada, después, incluso, que algunas de sus obras posteriores. Y la leí como no debía, esperando poco de ella.
Yo ya era admirador de Fresa, había construido mi admiración en base a sus obras previas, sobre todo en base a sus cuentos, y admito que ese fracaso, fracaso que él mismo había consentido, me dolió un poco, sobre todo porque se dio justamente en medio de lo que parecía su despegue definitivo. Quizá el tiempo le haga justicia a la novela, como suele decirse, pero será de cualquier manera una justicia inútil. Así es con todo lo que llega tarde.
Lamento haberme dejado influenciar en su momento por la crítica, cosa que no debería hacer nadie.
Nunca había leído sus obras menos de tres veces cada una, pero a El viaje la terminé con mucho esfuerzo, desganado, como cumpliendo una obligación. Empecé a leerla, encima, ni bien me senté en un colectivo que debía devolverme a mi ciudad, concluyendo yo mismo un viaje del que no recuerdo más que eso. Acaricié la tapa, la superficie algo gastada y sin embargo todavía brillante de la única edición de la obra. Y cuando creí que nadie estaba mirando, olí el libro. Sí, olí la tapa, después lo abrí más o menos por la mitad y olí su interior.
Luego hice lo de siempre: busqué el nombre del autor de la foto de tapa, si la foto tenía un nombre, leí el copyright, el año de edición, la editorial, la tirada inicial, el lugar de impresión. Tenía cierta relación fetichista con los libros, erógena, prohibida, una especie de comunión, reconstituyente de la propia simpatía por uno mismo y hasta del propio cuerpo.
Pero yo estaba desolado y nada de eso alcanzaba.
Ahora entiendo que no era para tanto, que El viaje no es tan mala, que supera con creces a muchas obras de ese año, que la superaron en prestigio y en ventas, pero entonces yo no sentía más que desolación.
No sé si Fresa sintió lo mismo al tener que reescribir su obra, encerrado en una pieza de hotel, en una ciudad extraña. Cuando mencionaba el hecho sólo hablaba de cansancio, a lo sumo de aburrimiento, nada más.

***

Pero algo bueno salió de esa experiencia, de esa escritura a destajo, el cuento “La visita de las hormigas”, un cuento escrito casi al mismo tiempo que la reescritura de su novela El viaje, un recreo tal vez, una puerta hacia su propio mundo, un desliz que se publicaría mucho tiempo después y en otra editorial, de provincia, cuando la ventas de El viaje volvieron a empujarlo al casi anonimato.
Se dice que el cuento, kafkiano, si esto todavía quiere decir algo, surgió de una experiencia un tanto traumática, un episodio más bien tétrico que Fresa sufrió en su breve estancia en Buenos Aires. Pero no hay registros de esto por ningún lado. Yo prefiero creer que el cuento fue fruto de la imaginación de Fresa.

Asombrado de la tarea que él mismo se está imponiendo, terminar una novela como si fuera un trabajo, siendo que podría estar de lo más bien en su tierra natal, mirando hacia la nada, Fresa deja que la lapicera que lo acompañó desde Formosa hasta Buenos Aires haga su trabajo. El se desentiende. Deja incluso de escuchar.
Sucede entonces uno de esos raros momentos, reveladores, en los que la ficción se filtra en la realidad. Una epifanía, de las que Fresa tuvo muchas a lo largo de su vida y que fueron, sin ser del todo reales, sin ser del todo fantasías, materia prima de sus creaciones.

Cuando dejó de escuchar los ruidos abajo, en la calle, frente a su edificio, comenzó a escucharlos en la puerta de su departamento. Pero eran de otra naturaleza, no se trataba de frenadas, de bocinazos, de pregones de vendedores. Ahora eran corridas, algo como un atropello que se acercaba a su puerta. El escritor imaginó que alguien le gritaría. Se imaginó bien y ahí estaba de pronto la voz, gritándole: Señor Fresa, Señor Fresa, es la policía, lo buscan, Señor Fresa.

Le pregunté una vez, en la presentación de uno de sus libros, en la ciudad de Córdoba, no mucho antes de que se fuera a vivir a Barcelona, qué pensaba sobre la entrometida ficción, que a veces llega para espantar la realidad, tan cómoda con su propio espanto. Dejó ver la confusión de quien jamás se ha puesto a pensar en lo que acaba de preguntársele, pero, sin embargo, él mismo ya se había puesto como personaje de ficción, con nombre y apellido, en “La visita de las hormigas”:

Ni siquiera le dejaron terminar el vaso de gin que hacía un rato se había servido. Ni siquiera le dejaron terminar de escuchar a Salgán, uno de los que más le gustaba. Cualquier ciudad se ve mejor con un vaso de gin en la mano y, mejor todavía, escuchando a Salgán.
Uno de los policías apagó el equipo, otro cerró la ventana. El encargado del hotel, con las manos juntas, enlazadas, temblando, con la frente llena de gotitas frías, les pidió que fueran lo más corteses posible.
Ninguna de las puertas vecinas a la pieza de Fresa se abrió para que alguno de sus ocupantes viera qué estaba pasando. A Fresa no se le escapó ese detalle y pensó que era más decoroso ser detenido en Buenos Aires que en Formosa. Ya había acumulado la suficiente experiencia en este tipo de asuntos: llevaba mucho escribiendo.

Hasta ese cuento, Fresa nunca se había puesto a sí mismo con su nombre propio en una de sus creaciones. Igualmente, en algún lado le había escuchado decir que en la vida también se debía ser un personaje y, es más, cambiar cada día, para no perder, había dicho, la posibilidad de sorprenderse, de mirar las cosas de otra manera.

Fresa dejó hacer, impávido, como dejan hacer los personajes de sus historias, a quienes nunca nada parece importarles.
Fresa se preguntó si en la cárcel en la que seguramente iría a pasar la noche le dejarían usar un par de auriculares para escuchar algo de música, Salgán, algo de eso. Bueno, no hay mucho como Salgán.
Al día siguiente de su detención, sin haber escuchado música, soportando los nervios sin más, dejando a los nervios hacer, como si fueran huesos soldándose, vio que lo esperaba en la puerta de su celda un hombre gris, de corbata, con el cabello prolijamente cortado. Uno de esos tipos que nunca deciden las reglas, pero que cuidan su aplicación con más celo que nadie.

Habría que preguntarse si no existe de verdad, realmente, un universo fresiano, porque tal vez lo que Fresa haya intentando sea un mundo en el que irse a vivir, no importa que dentro de ese mundo llevara las de perder. Un profundo convencimiento de que la literatura existe como mundo y no como libros, como papeles, como conferencias. Hay algo en la vida de Fresa, en las novelas de Fresa, en sus cuentos, que busca un lugar, más allá de los comunes, y un sentido, también, más allá del común. Hay trazos embrutecidos por el ansia de construir algo verdadero, tanto en su vida como en sus libros. Hay, sobre todo, cosas que faltan.
O bien el mundo que le tocó vivir a Roberto Fresa se contagió de sus ficciones o bien éstas fueron consecuencia de lo que a Fresa le tocó vivir.

***

Muy pocas personas saben que Roberto Fresa fue un escritor argentino. Sus años como escritor de provincia lo han ocultado incluso a sus compatriotas. En “La visita de las hormigas”, el cuento en el que, al fin, se animó a ponerse en el papel con todas las letras, escribió:

El hombre que tiene ante sí, en la puerta de su celda, no sabe en qué idioma hablarle. Fresa le contesta que para entenderse con él no bastan los idiomas conocidos.
—Dios mío —dice el hombre gris—, soy simplemente un abogado.
A Fresa no le asusta la incompetencia de ese hombre, al que se ha encontrado tantas veces: aparece en las plazas, de la mano o no de una mujer, de un niño o de un montón de niños, sacando un brazo por la ventanilla de un auto en movimiento, fumando, a veces, en una esquina, con un manojo de llaves en la mano, vendiendo flores en un bar, pobre, rico, haciendo cola en la caja de un supermercado, alguien que está probando suerte en una agencia de quiniela, a ver qué pasa el día de hoy.
—¿Es culpable de algo, señor? ¿Se siente culpable? ¿Qué hizo para estar acá, así?

Creo que está bien considerar el trabajo de Fresa como una lluvia que aparece justo en el momento en que nos disponemos a salir. Así se sentía también el abogado del cuento, novato e incompetente, que alguien había empujado hasta su celda para ver qué tenía que decir el acusado en su defensa:

—Nací en la década del 30 en un pueblito argentino en el que casi nadie estuvo. Está en una de las provincias más pobres no ya de Argentina, sino de toda América. Una de las más olvidadas. A veces nosotros mismos no nos acordamos si pertenece a la Argentina o al Paraguay. Nos da lo mismo, a todos les da lo mismo. Hablo de la pobre y esmirriada Formosa. Calor, garrapatas y polvo. Todo eso hay en mi provincia y todo eso se repite, con creces, en mi pueblo: Benedetto, a kilómetros nomás de Colonia Pastoril. Benedetto, seguro que lo oyó nombrar: un pueblo que se hizo famoso por un día. ¿Se acuerda? Seguro que se acuerda. Una camioneta atropelló a tres chicos juntos una noche. Los chicos se fueron muriendo uno a uno, con intervalos de días nomás. La camioneta se dio a la fuga y se encontró como presunto culpable a un doctorcito recibido no hacía mucho, que, al parecer, en sus ganas de irse del pueblo había contratado a unos vagos para que robaran una camioneta y lo pasaran a buscar a la entrada del pueblo. Pero estaban borrachos. Así que se los perdonó, la gente les tenía cariño, pero al doctorcito quisieron lincharlo en la plaza del pueblo. Bueno, lo hicieron. Fue todo un caso. Yo hice una novela sobre eso, se llamó Flora y fauna, tal vez la conozca, tiene traducción al inglés, aunque en esa lengua no anduvo muy bien. Ese soy yo.
—Disculpe mi ignorancia señor Fresa, sólo leo libros de leyes. Ahora, si fuera usted tan amable…
La timidez del abogado sumía a Fresa, lo empujaba, más bien, en una de sus melancolías habituales, en uno de sus silencios, esos en los que algo le gritaba dentro. Algo estaba yendo de mal en peor. Fresa vio en el minúsculo horizonte de la ventanita de su celda un ataque de hormigas asesinas. Cerró los ojos un momento y esa palabra que tanto le gustaba en inglés, “ants”, sonó varias veces en boca del abogado en forma de pregunta. Sin querer, Fresa había mencionado el ataque en voz alta.
—Señor, ¿qué hormigas? ¿”Ants”, dijo, acaba de decir?
—No, una música, el estruendo de una música.

Hubo también, piensa Fresa, mientras sigue mirando a la gente por la ventana de esa pieza de hotel, pero ya sin ver en realidad, un abogado novato, incompetente, en esa novela en que también, piensa Fresa, ponen preso a un inocente a quien poco le importa lo que está sucediendo y que incluso piensa, como el Fresa personaje del cuento, en que el abogado que lo asiste, por más buenas intenciones que tenga, es una verdadera molestia: Santuario, de William Faulkner.
No habrá posibilidades de que quemen, me imagino, al personaje de este cuento, o sea yo, dice Fresa para sí, recordando a lo que se enfrenta el personaje de Santuario. Le da miedo esa sensación de fuego, aunque el fuego sea, simplemente, para alguien que existe nada más que ahí: en sus papeles, bajo su lapicera. El mismo.

Pintura de Francis Bacon
Self-Portrait
1971

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