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junio 19, 2008 / Roberto Giaccaglia

Las chicas superpoderosas

The Shaggs, 1968-1975, Estados Unidos.

Philosophy of the World, The Shaggs, 31:39, 1969, Third World.

“This sounds like the missing link between Fanny and Captain Beefheart & his Magic Band”
Frank Zappa

Al contrario del cine, donde se han arriesgado unas cuantas veces listas con las peores películas de la historia (con un acuerdo notable señalando como la peor de todas a Plan 9 from Outer Space, de Edward D. Wood), el rock no suele ejercitar su memoria acordándose de producciones de baja calidad o irrisorias. Tal vez porque los grupos considerados de baja calidad o irrisorios siempre se las ingeniaron para destacarse por alguna otra razón, por más que no supieran afinar, o porque era precisamente la baja calidad o la nula musicalidad lo que esgrimían como bandera para salir al mundo —o más bien para enfrentarlo, que es otra cosa. Es que a veces la música no importa mucho en el rock, sino lo que se demuestra con ella, algo digno de discutirse o quizá no, porque después de todo el hecho de que el público encuentre en su artista lo que le parece que el otro está demostrando suele ser tan inefable como inexcusable. Uno tiende a decir, Sí, es cierto, tal canción es eso, al menos para no entrar en discusiones vanas.
También es cierto que el cine lleva mucho más tiempo de desarrollo, como arte y como negocio, como industria, vamos, lo que le da ciertamente una experiencia superior en este tipo de cosas, armar listas de obras más bien inclasificables. Es que no sé si existe algo como el “canon” en el rock. Para el rock, canon es una máquina de fotos ante la que posar haciendo cuernitos o algo por el estilo.
Pero lo de la experiencia es sólo un dato, puede que el cine sea más adulto, que se permita cosas que el rock todavía no, criticarse a sí mismo por ejemplo, o tomarse en solfa, pero sigue siendo eso, un dato, y bastante menor si se quiere. Spinal Tap, por caso, no fue tomado enteramente como una producción de rock, sino como un paso de comedia dado por otro tipo de arte. Una intromisión que usaba al rock para reírse un rato. Algo impropio. Ni siquiera con alguien como Frank Zappa está cómodo el rock, un tipo que más que meterse en él lo pasaba por arriba, ridiculizándolo. De existir, una lista con los peores discos de la historia sería también una intromisión, algo para reírse un rato, o un paso de comedia, o tal vez algo que enseguida se tildaría de pretencioso. Me imagino por qué: el rock no está para conformar a nadie. Y está bien que así sea. No estamos hablando de cine, ¿no? No debería haber alfombras rojas en el rock. Ni siquiera festivales. Después de Woodstock deberían haberse terminado todos. Que la gente de Pepsi se dedicara a vender gaseosas con el country, los de Personal teléfonos con el dance, los de Cosquín sus bellezas turísticas y los de Quilmes cerveza regalando bolsitas de maníes como promoción.
Lo que sucede también es que hay una mirada sobre otras artes que no se tiene en el rock, una mirada más dura. Las críticas son más permisivas en el rock, donde parece que todo está permitido, que el sentimiento por sí solo aún significa algo o es capaz de elevar a clásico a una obra que no cuenta con otra cosa. La del “sentimiento” es una norma no escrita, sostenida con aguante. O con la fórmula del aguante, mejor dicho, algo que, me temo, sólo se entiende por estos pagos. A lo mejor podemos hablar de “actitud” y con eso nos entendemos todos. La actitud, pues, suele prescindir de la música. O tomarla como un decorado frente al cual desplegar sus dotes, un buen ombligo, por ejemplo, o habitaciones de hotel rotas.
Y todo esto para decir sólo lo siguiente: si el rock tuviera esa costumbre del cine de salir a elegir cada tanto sus peores producciones a lo largo de la historia, es probable que el disco que más veces aparecería encabezando la nómina sería el de las hermanas Wiggin, Philosophy of the World, y si no, seguramente ocuparía los primeros lugares. Esto en caso de que llegara a considerarse a esta obra un disco, claro, algo para escuchar, o sea algo como música, porque las más de las veces este disco ha sido catalogado como anti-música, o por lo menos una música inepta, terrible, inescuchable, la obra de unos cuantos monos provistos de instrumentos, seres juguetones que después de intentar durante al menos un millón de años registrar “música” saldrían con un producto como este. Y sí, las hermanas han recibido críticas duras, bromas subidas de tono, aún peor que las que se dedicó en su momento a las chicas Ingalls, que tal vez se lo merecían más.

Las Shaggs vinieron al mundo con los nombres de Dorothy (marzo del 48), Betty (diciembre del 50), Helen (la mayor, diciembre del 46) y Rachel (la menor, que participó poco en el grupo, diciembre del 53). Nacieron en un pueblito llamado Fremont, de New Hampshire, de menos de 3000 habitantes por entonces, donde apuesto que además de ir a la iglesia regularmente no había mucho más para hacer, a no ser emplearse en la fábrica de ladrillos local, una de las más grandes del Estado, o ver a lo sumo el polvo de la fábrica crecer y cubrirlo todo. Heno y cristianismo, vacas y televisión a través de un plástico azul, radionovelas y tarta de manzanas, una familia americana perfecta, blancos, radiantes, rellenos, limpios y educados, de esos que ahora el cine indie retrata cada dos por tres, sonriendo sólo para afuera, ocultando sus penas, posiblemente los abusos sufridos, siempre con alguna Biblia cerca.
Tuvieron un padre ambicioso, Austin Wiggin, y tal vez sordo. Al parecer, la madre de Austin, años y años atrás, en un arrebato místico, había profetizado que su hijo tendría niños músicos que se volverían famosos. Entonces, cuando las niñas estuvieron en edad de merecer, de merecer otra cosa, Austin las sacó del colegio, les pagó lecciones de música, no muchas, dos o tres, les compró instrumentos (baratos y posiblemente de segunda mano, que no usarían ni los primeros Sex Pistols en estado de ebriedad), las obligó a sacarlo de pobre, invirtió para que entraran a un estudio de grabación y grabaran un disco, Philosophy of the World, que salió en 1969, apenas un año después de que las hermanas existieran como grupo o al menos bajo un nombre, The Shaggs, nombre que se le ocurrió al propio padre de las chicas a partir de no sé qué clase de peinado nacido a su vez de cierto parecido con la cabeza de cierto perro. Esa es toda la historia. Cuando el disco estuvo listo (lo grabaron enterito en menos de doce horas, doce horas de dolor, según una de las hermanas), afortunadamente alguien robó la mayoría de las copias antes de que fueran distribuidas. Tal vez la madre, que por más que también quisiera salir de pobre habrá mantenido algo de vergüenza, o al menos el deseo de que sobre las pobres chicas no pendiera para siempre semejante afrenta, haber registrado lo peor que ella llegó a escuchar nunca. Es una broma, claro, ni siquiera sé si la madre estaba viva cuando sus hijas pergeñaron el disco —una de las profecías de la abuela de las chicas era que la mujer con la que se casara Austin moriría poco tiempo después de dar luz al último hijo, cosa que no sé si se cumplió. Al parecer quien se robó las copias fue el tipo que debía hacerlas. O sea, Austin le pagó para que imprimiera mil, pero el tipo dejó listas unas cien y se fugó con lo que sobraba de dinero. Me pregunto si no habrá querido hacer algo bueno para la historia de la música, que el disco no lastimara demasiado. Tal vez lo hizo con buenas intenciones esto de fugarse con la plata.
El disco se distribuyó pobremente, con las copias que quedaban. Pero una de ellas llegó a oídos de un tal Frank Zappa. Me parece que lo nombré recién. Y al tipo se le ocurre declarar que las Shaggs son lo mejor que escuchó en su vida. Que son más importantes que los Beatles, dijo. No sé si el bueno de Austin alcanzó a saber de las declaraciones de Frank Zappa. El padre de las chicas murió en 1975, en el mismo pueblo donde vivió siempre, de donde nunca salieron las hermanas, quienes después del deceso paterno no vieron que mantener viva la banda tuviera mayor sentido. Así que después del ultimo puñado de tierra sobre la tumba de Austin, la banda se separó. De nuevo a ordeñar vacas, darle heno a los caballos y vuelta a batir manteca para la tarta. Y más tiempo para la iglesia.

Tal vez nuestro oído todavía no esté listo como estaba el de Zappa, un adelantado en todo. Así que lo que menos debemos pensar es que la música de las Shaggs está hecha por completas ineptas o por alguien que quiso hacernos una broma, a no ser que el de la broma haya sido el propio Zappa, lo cual es ciertamente probable.
Escuchando a las Shaggs se quedan muy atrás los llamados “músicos outsiders”, es decir aquellos que o bien han elegido la oscuridad porque nadie los entiende o porque están redondamente locos, lo que termina reflejándose en las canciones por supuesto, golpes emocionales que se condicen con los golpes sufridos. Y se sabe cómo es: los golpes que da la vida nada tienen que ver con estructuras o estereotipos, las desgracias son azarosas, como las notas que pulsan estos músicos, no vienen con el entrenamiento o con una disciplina que otorgue cierta comodidad tanto para el músico como para el oyente. Tipos como Jad Fair o Daniel Johnston o Capitan Beefheart y su idea de que cada músico debe seguir su propia dirección, por más que esa dirección lleve al caos o al accidente, o el vecinito del departamento de abajo con su guitarra recién estrenada y su reciente cambio de voz… músicos todos ellos, Fair, Johnston, Beefheart y el vecinito, que todo el mundo cree que han nacido para escucharse a sí mismos o a lo sumo por una familia comprensiva. Me estoy olvidando de Wandering Lucy, una chica de Vancouver que a mediados de los noventa se le ocurrió súbitamente que necesitaba expresarse, así que tomó una guitarra que había por ahí, una caja de ritmos de juguete, donde simplemente apretó play y trató de seguir el ritmo, y se grabó aullando, gritando lo que tenía para decir, encima de una guitarra con cuerdas oxidadas y flojas. Es una más de los pocos seguidores del estilo de las Shaggs, el del total amateurismo, el de dale para adelante nomás. El sello K Records, un sello de outsiders, un sello de artistas que aparecen y luego ya no están, le editó a Lucy un EP, del que no creo que hoy en día pueda encontrarse una sola copia. La chica se casó, estudia y sigue viviendo en Vancouver.
Los músicos outsiders comparten varias cosas que a las Shaggs les sobraban: cierto humor bizarro, cierta inmediatez, cierta espontaneidad, cierta necesidad creativa, pero fundamentalmente una filosofía de vida: el “hágalo usted mismo”, autoedítese y conquiste el mundo, no espere nada de nadie. Aquí no caben los productores, los correctores de estilo, los departamentos de marketing. Son ideas que no sólo el punk trató en un principio de llevar adelante, sino también el antifolk, género más afín a esta clase de artistas, sobre todo por sonido, en caso de que esto termine importando. En el antifolk por alguna razón premeditada o no son las cualidades artísticas cuestionables lo que priman, entre otras cuestiones, a no ser que en vez de “cualidades artísticas cuestionables” llamemos “crudo” o “experimental” a lo que se termina produciendo en él.
Pero las Shaggs desafían a todos estos creadores súbitos, incluyendo el chico de la guitarra nueva que está cambiando la voz, los vuelven convencionales, predecibles, disfrutables, semi profesionales.

Pero volvamos a Philosophy of the World.
Los dichos de Zappa catapultan al disco y las Shaggs se vuelven un fenómeno masivo. No, es mentira. Nunca se vendió prácticamente nada. Las cien copias que quedaron fueron a parar mayormente a estaciones de radio donde los presentadores hacían bromas mientras pasaban las canciones al aire. Lo que apenas hacen las palabras de Zappa es volverlo un disco de culto, un producto raro, de esos cuya posesión vuelven único a su dueño, por más que nunca lo escuche, o lo entienda, o se anime a probarlo. La categoría disco de culto no la alcanza cualquiera. Estos discos tienen la rara condición de ser masivos y al mismo tiempo desconocidos, una paradoja propia de todo secreto mal guardado. Es famosa la puerta pero no lo que hay detrás, tal vez algo terrible. Y sí, lo es.
Pero ojo, un disco de culto no siempre tiene que ver con la falta de armonía, la desafinación, el desentimiento total entre las partes de una banda. Syd Barrett supo grabar discos de culto y esos discos no tienen que ver mucho con todo esto, al menos en su mayor parte. Pero en el caso de las Shaggs sí, es decir su disco tiene que ver con falta de armonía, desafinación, desentimiento y mucho más, tanto que me quedo sin palabras para describirlo.

(Por alguna razón, RCA Victor relanzó el disco en 1999, hecho que sólo puede explicarse con la noticia que corrió por aquellos años, bueno, no hace mucho, de que ya había un guión listo para filmar la historia de las hermanas, hecho que todavía no llegó a concretarse —no sé cuántas copias se vendieron de esta reedición.)

Las chicas son capaces de todo. Se las nota decididas en Philosophy of the World, sin ningún atisbo de vergüenza. Le cantan a la igualdad, a Halloween, a un perro desaparecido, a las cosas que a una chica le importan, a los cambios que se sufren en la adolescencia, al amor, con letras que no presumen rebusque alguno: Estoy feliz cuando estás cerca, estoy triste cuando estás lejos y cosas así, mientras Helen hace lo que puede con lo que tiene, un tamborcito, un bombo y un platillo, lo que puede o lo que le sale golpeando esas dos o tres cosas, a las que no siempre puede darles al mismo tiempo o acertar con el tiempo justo o mantener el ritmo que venía trayendo. Dorothy y Betty, en eso, inventan acordes o pulsan lo que creen que es conveniente conforme a lo que sus hermanas están haciendo (Rachel no es muy culpable, apenas participa de una canción, dándole al bajo).
Philosophy of the World es la creencia de que la música puede ser un producto instantáneo, una poesía derramada por una musa no sólo milagrosa, sino también caritativa. Ahora que lo pienso tal vez sea así.
Tal vez por ello las chicas suenen como si nunca en su vida hubieran escuchado música. El del padre fue un intento raro. Como comprarle un tablero de ajedrez a un niño y sentarlo frente a Boris Spassky. El niño terminará arrojándole la pieza más contundente que tenga a mano. Las Shaggs suenan así, como si pretendieran dar jaque mate a base de torres en la cabeza del oponente. Ocurrencias del momento, salidas en falso, vueltas atrás, terminar por el comienzo.
Alguien dijo que a las chicas se les notaba demasiado el esfuerzo. Que ahí debía de estar el padre, cinto en mano, mirándolas fijo, obligándolas a producir “eso” que estaban haciendo, para lo cual les fue necesario hasta separarse de sus amigos, en caso de que alguna vez los tuvieran, encerrarse, no conocer a nadie, descreer de los beneficios de la luz del sol y de los bailes de graduación.
En algún lado leí algo como que este disco es el producto de un padre abusador. Sin embargo, por esas cosas del arte, o de Frank Zappa, o del snobismo, o de las enseñanzas de gente como Marta Minujin, porque toda la vida es arte, blah blah blah, el disco es considerado una experiencia liberadora, o sea justamente lo contrario que la leyenda demanda creer, o los oídos escuchar.

A no ser que entendamos que la verdadera música sólo pueden hacerla aquellos que no crean en la música, o mejor dicho quienes la desconozcan por entero, las almas vírgenes, inocentes, que simplemente producen lo que un incierto interior les demanda producir —o un incierto padre.
¿Será cierto que el amateurismo llevado al extremo y con orgullo produce una rara clase de virtuosismo? No lo sé. Pero al menos debe de ser cierto que es capaz de componer un lugar, cercano a alguna clase de paraíso tal vez, donde todos los juicios quedan suspendidos y las falencias se vuelven virtud. Pureza, digamos. Intuición. Shock. Originalidad bien entendida, o sea: algo único.

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