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junio 22, 2008 / Roberto Giaccaglia

Cambio salud por guitarra afinada

Una vez estuve enfermo varios días. La televisión me aburría y todavía no me gustaban los libros. Por suerte, había cerca una guitarra, en un rincón, llena de polvo. Era una guitarra criolla. Hecha por un luthier de San Francisco. La había comprado mi padre años y años atrás, siglos tal vez. No sé con qué remota esperanza la trajo a casa. Tal vez con la misma esperanza que tuvo su propio padre cuando le compró a él una máquina de escribir. Yo tenía cuatro años a lo sumo y no estaba interesado en la música ni en nada que se le pareciera, estaba interesado en los autitos y en los superhéroes. Los superhéroes todavía me gustan. Los autitos no tanto, ni siquiera tengo uno de verdad. La cuestión es que me levanté de la cama y agarré la guitarra. No estaba afinada, ni remotamente. La golpeé un poco, hice sonar las cuerdas, más o menos como me imaginaba que debía hacerse. Sonaba terrible. Un amigo fue a visitarme un día, yo seguía hecho pelota, con fiebre, no comía, ni siquiera tenía ganas de ir al baño. Vio la guitarra al pie de la cama, dijo que había ido a aprender un tiempo atrás, la agarró, la afinó como pudo y tocó algo, canciones de folklore, ninguna entera, un par de acordes, rasguidos. Cuando me repuse lo primero que hice fue conseguirme un profesor de guitarra. Lo encontré en un pueblo vecino. Me enseñó a tocar la introducción de “La Bamba”. Fui un par de clases más, pero no avancé más que eso. Después, encontré un profesor más lejos todavía, que me enseñó menos aún, así que no tardé en dejarlo. Todavía no aprendía a afinar, pero me había comprado una púa, así que eso arreglaba todo. La guitarra sonaba mejor, más firme por lo menos, y lo que salía de las cuerdas ahora se parecía más a lo que a mí me gustaba escuchar. Yo le daba duro, pero desparejo. En un viaje turístico vi una guitarra eléctrica en una vidriera, creo que valía lo mismo que dos o tres chocolates. Pero era una maravilla, azul, brillante, hermosa. La llevé a casa, la conecté a un amplificador y toqué encima del disco Instinct, de Iggy Pop. Como las dos cosas estaban a un buen volumen, ninguna de las dos se distinguía de la otra. Ahora yo también estaba en la banda. Debe de haber pocas sensaciones parecidas a esa. Conocí a otro en el pueblo que también tenía una guitarra. El tipo al lado mío era dos o tres veces Jimi Hendrix, al menos así lo veía yo. Me llevaba un par de años y bastante más experiencia. Creo que tenía oído absoluto, si es que lo digo bien, porque en realidad nunca supe qué es eso de tener oído absoluto. Lo voy a decir así: el tipo escuchaba cualquier cosa y al rato la estaba tocando. Le gustaba Keith Richards, no limpiaba su guitarra después de tocarla, la dejaba por ahí. Me dio un par de clases, pero se notaba que le fastidiaba enseñarme. De ahí en más empecé a comprar libros, revistas y me largué solo, si es que esto quiere decir algo. También compraba cassettes con solos de guitarra, con bases para tocar encima, tablaturas y esas cosas. Y me compré un afinador, lo que significó un salto enorme en mi manera de tocar. Ya tenía tres guitarras, cambiaba las cuerdas bastante seguido, usaba las D’Addario, una marca importada bastante buena, tenía pedales de efecto, un amplificador mejor, hacía más ruido, tenía un wha-wha, más pósters en mi pieza, formas de incentivarme. Tiempo después, cuando dejé el nido, entré a la Escuela de Artes, pero no era para mí. Ahora el que se fastidiaba era yo, pero no por saber más, sino todo lo contrario: me abrumaban. Ahí conocí a un tipo que vaya uno a saber por dónde andará ahora. Era de Mendoza y tocaba a la velocidad de la luz. Era algo más para ver que para escuchar, un espectáculo directamente. Cuando dejé la escuela y me metí a estudiar periodismo lo perdí de vista. Otras cosas perdí de vista también. Por desgracia, diría yo. Creo que los libros empezaron a cruzarse en mi camino mucho antes, pero a esa altura ya habían tapiado buena parte del terreno. Para acercarme a la guitarra debía hacer pie en alguien, o en algo, estirar el cuello, tratar de ver, pero los años a veces terminan por alejar las cosas, al menos algunas cosas. Y entonces la guitarra se convirtió en algo menos que un hobby. Volvió a llenarse de polvo. Ojalá que por estos días me enferme de nuevo, a ver qué pasa.

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One Comment

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  1. carlos / Oct 31 2008 6:38 pm

    jaja alta historia esta buena estaria bueno que estudies para ser escritor o no se como se dice por que lo cuentas muy bien e entretubo un monton y eso que no soy de leer jejej imaginate chauuuu como decis vos ojala que te enfermes de buelta para tocar la guitarra jejeje chau !!!!! :)

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