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junio 28, 2008 / Roberto Giaccaglia

El orgullo de la derrota

The Lucky Ones, Mudhoney, 36:18, 2008, Sub Pop.

Tal vez hay en el éxito una salud grosera que debió repugnar a aquellas almas elegantes.
“Elogio del fracaso”, Alejandro Dolina

De Mudhoney, la más ninguneada de las bandas de Seattle, una de las menos vendedoras en la historia del grunge, ese género bastardeado por el éxito pasajero, los suicidios y las sobredosis, siempre se ha dicho más o menos lo mismo, que son, hablando mal y pronto, el último orejón del tarro, aquello en lo último que se piensa, lo que queda olvidado, las sobras de un banquete que se pueden consumir después y que si no, no importa, total lo principal ya fue disfrutado (el banquete se consumió casi por entero a principios de la década del noventa, MTV sirvió la mesa y de todo aquello no quedó mucho, pero lo que hay todavía sirve, respira, cruje).

Son conocidas y repetidas las comparaciones que sufrió Mudhoney frente a bandas de la misma camada: Mudhoney nunca alcanzó la popularidad de unos Nirvana, por ejemplo, o las ventas de unos Pearl Jam… Bueno, me fui demasiado lejos. Digamos entonces que nunca salió en tantas tapas de revista como unos Soundgarden… epa, me sigo yendo —sobre todo porque el cantante de Soundgarden, muchacho fotogénico si los hay, que según las malas lenguas supo posar como Dios lo trajo al mundo para una revista de, ejem, muchachos, acaparó varios flashes en la época dorada del género (imposible competir con alguien así si es de fotos que estamos hablando). Digamos entonces que Mudhoney nunca alcanzó el reconocimiento musical de unos Alice In Chains… bueno, es cierto, volví a irme lejos… El asunto se puede resumir entonces diciendo que todo lo que conseguían los demás (prensa, chicas, plata, horas de rotación en MTV), Mudhoney lo veía de lejos.

(Pero para hablar de Mudhoney con propiedad no creo que haya que hablar de ventas, revistas o chicas, sino de respeto, eso que se consigue, entre otras cuestiones, a base de perseverancia e ideas. Bueno, tampoco es para tanto. Lo de “ideas”, digo, porque después de todo Mudhoney viene repitiendo la misma idea disco tras disco. Pero es digna de destacar la que tuvieron en sus comienzos, la “idea” de un sonido sucio y melancólico, mezclando punk, garage, riffs pegadizos y sensibilidad, un blues emotivo y desprolijo, también sucio, sucio y desprolijo, como le gustaba decir a alguien: algo de Zeppelin, mucho de los Stooges, elementos todos que caracterizarían al género que ellos ayudaron a forjar —se dice incluso que el creador del término “grunge” no es otro que el cantante de la banda, que antes fue cantante de los pioneros Green River, tan importantes para la historia de Seattle como la cafetería Starbucks, pero menos redituable—, el mismo género que empezó a corroerse allá por el 92, cuando el “Smells Like Teen Spirit” de Nirvana se puso más de moda que respirar. Ahora que lo pienso el peligro de este género fue el éxito, no el fracaso, algo que le quedaba como anillo al dedo: de otra manera sería incomprensible esta música lacerante y gorda, un poco hecha con desidia, aceptando los límites, soportando el destino amargo y pobre de quien ve a los otros triunfar de lejos. ¿De qué podría pues quejarse un grunge exitoso? ¿Contra qué se pondría a aullar? ¿A quién podría despreciar?).

Pero volvamos a esta falta de reconocimiento injusta, por más que acepte que desde este punto de vista que vengo sosteniendo el éxito que debería haber obtenido esta banda se habría transformado en una paradoja cruel.

Se ve que hace falta algo más que un nombre hermoso como Mudhoney, un registro particular como el que tiene Mark Arm, su cantante de siempre, y un par de guitarras como la gente para vender una buena cantidad de discos. No digo “persistencia” o perseverancia, perdón por haberlo dicho antes. La persistencia aquí no tiene nada que ver con facultades como las mencionadas, la de un nombre peculiar, un cantante distintivo y esas cosas. Es que el grunge terminó hace rato y si hoy existe alguien que persista en él más que persistente es un obsecado. Nada viene de Seattle que nos dé ganas de salir a comprarlo. A no ser el café de Starbucks y la camiseta de los Supersonics, equipo de la NBA, pero tampoco, porque es un equipo que después de Shawn Kemp, el hombre que hacía llover, dejó de contar con estrellas dignas de ver en acción.

Bueno, estábamos hablando de grunge, no de épocas pasadas de la NBA, o de estrellas ya perimidas. Aunque pensándolo bien el grunge con eso de “estrellas ya perimidas” tiene bastante que ver, también con lo “épocas pasadas”. ¿No estará armando algún grupito grunge Shawn Kemp, algo que revitalice la movida, o que lo revitalice a él, quien según parece estaba demasiado gordo cuando quiso volver a los Sonics un par de años atrás? Bah, ni siquiera sé si Shawn Kemp era o no de Seattle —jugaba para los Sonics, eso sí—, pero cuando oigo esa palabra, “Seattle”, pienso en tres cosas y una de ellas es Shawn Kemp. Las otras son el grunge y las camisas leñadoras.

Hubo una época en la que todos usábamos camisas leñadoras, aún más que remeras rockeras. Queríamos ser como esos chicos de Seattle que veíamos en MTV: caminar desgarbados, el pelo tapándonos los ojos, luciendo nuestras camisas a cuadritos, en busca del próximo recital o por lo menos de más cerveza. Otra vez, como en el 77 inglés, volvía a no haber futuro y queríamos ser parte de ese fracaso, perdedores hermosos, jóvenes incomprendidos, sordos a todo lo que no fueran acordes gordos y gritos lacerantes.
Las bandas grunge florecían como cardos y lucían igual y sonaban peor. Eso era rock, no el de ahora, el de estos suplentes de equipos de fútbol de cuarta, que como no pueden jugar componen y tocan y actúan para la hinchada.
Y tal como queríamos, fracasamos.

Bueno, a otra cosa, que parece que han vuelto los acordes gordos y los gritos lacerantes. O al menos volvieron unos que los hacían muy bien, los Mudhoney.

Me sorprendió enterarme de que los Mudhoney estaban por sacar un nuevo disco. Yo pensaba que se habían separado hacía años. Pero hete aquí que no. Cambiaron de integrantes (no al cantante, de lo contrario la banda debería pasar a llamarse de otra forma, “Mud” sólo tal vez, pero no sé, no sé, la voz de Arm tiene que ver más con el barro que con la miel, uno de esos barros donde uno mete el pie descalzo y se clava vidriecitos), se dejaron de fórmulas raras (como pasar el disco entero al revés luego de concluidos los tracks, cosa que hicieron en el disco My Brother The Cow (1995), un disco que ni siquiera por eso se recordará), y les salió lo de siempre… pero un cachitín mejor.

Habría que ver por qué este disco de Mudhoney es un “cachitín” mejor que los demás. La respuesta más fácil es que al no esperarse ya nada de ellos, hacen lo que les viene en gana o mejor dicho lo que les gusta (más acordes gordos, más gritos lacerantes), sin presiones de ningún tipo y sin aspirar a la popularidad, a tapas de revista, a chicas en los camarines o a ser respetados por innovadores, buenos músicos y esas cosas, pretensiones que nunca le hicieron bien al rock (sí quizá lo de las chicas en los camarines).
Digo “habría que ver” porque a fin de cuentas es un disco casi calcado a cualquiera de los otros. Está esa voz embarrada de siempre y está el acompañamiento del que siempre se rodeó, haciendo juego o malabares para no pasar desapercibido. Los riffs son del montón, de esos que gustan de tocar una y otra vez y cada vez más fuerte los muchachos que arman su bandita de garage y joden y joden a los vecinos tocando una y otra vez el ruido infernal de siempre, el par de acordes que conocen al compás de los ritmos que la batería y el bajo acostumbran, todos fieles al eterno grito de guerra del dale para adelante nomás.

Vuelvo a decir que “habría que ver” por qué este disco les salió un cachitín mejor y no encuentro respuestas satisfactorias. Después de todo, es un disco que ya grabaron… unas doce veces, pero lo mismo o peor se dijo de AC/DC y ahí están ellos, llenando estadios, siendo homenajeados cada dos por tres, citados como influencia en cada entrevista, haciendo oídos sordos a los reclamos de renovación o a los ataques que los tildan de repetitivos. Mudhoney no, Mudhoney no tiene nada de eso, estadios, homenajes, ni siquiera ataques. Hasta los que salen a criticar a quienes se repiten se olvidaron de ellos, pensando tal vez de que se trata de un caso perdido o a lo mejor porque, como yo, creen que Mudhoney se separó hace años.

Tal vez la respuesta de por qué este disco es un poco mejor que los anteriores está en el oído de cada uno de quienes supieron vestirse con camisas leñadoras mientras caminaban desgarbados por una ciudad ciega a su antipatía: uno extraña el ruido de otras épocas, juntarse a tocar sin saber, a brillar mi amor. MTV nos entendía. Nos vendía, nos explotaba, pero bueno, ahí estábamos nosotros. Eso era rock, gritos pelados, cables cruzados y chicos desprolijos en la televisión. No los carilindos bien peinados que salen ahora, los ritmos futboleros de nuestras bandas o el último éxito transformado en un tono para celular.

En ese oído, me parece, hay buenos recuerdos, y a veces eso basta para hacer de un nuevo disco de Mudhoney una buena noticia, por más que sea lo de siempre.

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