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julio 1, 2008 / Roberto Giaccaglia

Post número 100 y una certeza: la crítica no sirve para nada

Post número 100: el número es redondo y dan ganas de decir algo, brindar, tirar papelitos, esas cosas. ¿Pero decir algo acerca de qué? ¿Algo acerca de la crítica, algo acerca de los blogs, algo acerca de este en particular? De los blogs no sé si decir algo, no creo que corresponda. Es que hay muy poco para decir que no suene a remanido. Baste decir que ya a esta altura hablar de blogs es casi como hablar de libros, o de revistas: los hay buenos, los hay malos, aburridos, intrascendentes, geniales, pobres, mágicos, estúpidos. La cuestión siempre pasa más o menos por lo mismo: al ser gratis y fácil poner en funcionamiento un blog, lo más probable es que abunden los hechos por puro capricho, como Crítica creación, así que es normal que haya que andar un largo rato de click en click hasta encontrar algo interesante que leer. Con esto se puede resumir todo el palabrerío en contra de los blogs. Y a favor hay tanto que no sabría por dónde empezar.
Y hablar de este blog en particular, al crearse su post número 100, como si tal cosa significara algo y no un nuevo capricho, tampoco me interesa demasiado, total en cada cosa que escribo me la paso hablando de una u otra forma de mis gustos, o de lo que me gusta escribir, lo que conforma de a poco mi biografía, mi propia historia, así que el hecho de ponerse a resumir un blog propio es más bien irrelevante o está de más: lo hago a cada rato.
Para hacer un poco de historia (y no memoria y balance), lo que puede decirse es de qué manera empezó este blog, que es otra cosa. A ver. Nació después de asistir a un seminario de Guillermo Piro sobre crítica, periodismo y literatura. Eran seis encuentros. Después del primero quedó claro que Piro iba a hablar de lo que se le cantara y que el seminario iba a tener la forma de una conversación grupal sobre escritores, parecidos literarios y cuestiones así. De crítica poco y nada y de periodismo menos. Alguien me dijo a la salida del segundo encuentro que estaba bien para una charla en un bar, donde uno podría departir horas con alguien como Piro, siempre que mediara algo de alcohol en el medio, pero para un seminario se quedaba medio corto. Puede ser. Pero igualmente las charlas de Piro eran un estímulo, daban ganas de ponerse uno mismo a escribir sobre lo que quisiera, que era más o menos lo que hacía Piro, hablar sobre lo que le gustaba. Por ejemplo, la traducción, una forma más de creación literaria —se habló mucho más de traducción que de crítica o de la profesión de reseñar libros, y no creo que la traducción haya figurado en el programa: nadie había ido al seminario a aprender sobre la tarea del traductor, pero el tipo que lo estaba dando lo es, traduce libros en italiano, le gusta su trabajo, así que de buenas a primeras se ponía a hablar de traducción y listo, por puro placer. Entonces digamos que básicamente me dije que podía lanzarme a escribir lo que quisiera a partir de lo que me gustara, libros, discos, películas, con ningún otro objetivo en mente que la mera escritura, por puro placer. Yo ya había puesto en práctica un par de blogs con anterioridad, que ahora están cómodamente vacíos, lo había hecho como ejercicio, a ver si me salía, y porque parecía divertido. Y sí, lo es. A partir pues de las charlas de Piro pensé que tal vez podría encarar algo más serio, o por lo menos un capricho con más sustento. Esto es un bello oxímoron, tener un capricho con sustento.
Así que después del tercer encuentro con el mentado escritor y traductor, nació Crítica creación (el blog). No asistí a los otros tres encuentros. Tenía cosas que hacer, me había salido un laburito creo. Bueno, la cuestión es que cerré el par de blogs que tenía, meras pruebas, como ya dije, y abrí este, que llamé como no podía llamar de otra manera, igual que el libro publicado en 2006, Crítica creación, un ensayo que se proponía entre otras cosas ahondar en las posibilidades de la crítica como periodismo y como género literario. Ese libro nació como proyecto de tesis, proyecto que dirigió la Doctora en Letras Silvia Barei, autora de varios libros significativos, un alma noble y humilde a quien siempre le estaré agradecido por la orientación prestada. Bien, la tesis luego de presentada se transformó en otra cosa, un ensayo que lo menos que tiene es carácter de académico. El Crítica creación libro, simplemente, se arriesga a ser.
Pensé al blog como una puesta en práctica de la teoría que se desarrolla en ese libro, si es que cabe hablar de teoría y no de divagues varios. Allí, de alguna manera, yo digo que la crítica que me gusta es la que se escribe así y asá (perdón por la simpleza, pero no me voy a poner a resumir aquí 280 páginas que hablan de cómo se escribe una crítica). Pues bien: en el blog Crítica creación hay ejemplos de lo que quise decir en el libro del mismo nombre. O sea, en este blog doy rienda suelta a lo que en el libro estaba contenido como teorías, hipótesis, opiniones, ensayos de lo que una crítica debería ser o al menos del tipo de crítica que me gusta leer.
Puede ser un capricho, sí, pero es un capricho que mantiene cierto orgullo, un capricho férreo. Todo lo que aquí se vierte tiene para mí la misma importancia que lo que hay puesto en ese libro. En estas críticas me dejo algo más que tiempo. Para mí, este blog es una obra más de creación, como lo son la novela que publiqué y las que tengo por ahí cajoneadas, no es una cuestión a la que le dedique menos atención o ganas, sangre, sudor o lágrimas. Y no porque a este blog lo lea más gente que a mis libros, que han tenido tiradas más bien pobres. Yo escribo para mí. Esto suena ridículamente egocéntrico, pero qué le voy hacer. Y como escribo para mí a veces me duele toparme con artículos o párrafos de semanas atrás, meses o días que me parece que podrían haber sido mejor escritos, por más laudatorio que sea un comentario. Creo que era Barton Fink, personaje de la película del mismo nombre, quien decía que el único que sabe cuán bien o mal se escribió alguna cosa es el propio autor, por más críticas sesudas que reciba a favor o en contra. Pero eso es intransmisible. Y por ello tal vez hablar de la propia obra sea una banalidad torpe y de mal gusto. Esa tarea se la debe dejar a los demás, y que se equivoquen cuanto quieran.
Se me escapó recién algo acerca de los comentarios.
Al principio en este blog no se podía dejar comentarios, luego sí, por un tiempo, y ahora otra vez no. Mi opinión acerca de los comentarios es ciclotímica. A veces me parecen un gran aporte, a veces no tanto. Agradezco todos los que han sido dejados en este blog, incluso los que dejaban saludos para mamá en su cumpleaños, pero yo raramente leo los comentarios de un post ajeno. Los veo como los extras de una película en DVD, cosas de las cuales la mayoría de las veces se puede prescindir. Lo principal es la película, lo demás es un agregado que suele ser arbitrario. Sólo en contadas ocasiones se puede uno encontrar con algo que valga la pena en el espacio de los comentarios. Pese a lo que opino de ellos, he intentado varias veces participar en los post de varios blogs que admiro, he dejado mis comentarios, he opinado, he tratado de hacer llegar alguna cosa, pero siempre me ha parecido insignificante o poco digno de mérito frente a lo que en verdad importa: el post original, algo que debería ser absolutamente independiente de todo lo vertido en el espacio de los llamados comments. Pero esto tiene que ver más que nada con el hecho de que estamos hablando de un blog. Y me parece que no siempre he entendido el mecanismo de esto que llamamos blog, por más que haya salido en su defensa un par de veces.
Al respecto leí hace un tiempo, en un blog que ahora se llama Amphibia y que antes era simplemente El blog de Pablo Mancini, un post de un tal Julián Paredes que decía más o menos lo siguiente: los comentarios sólo fomentan una falsa participación. Decía esto y además que es una casualidad que alguien llegue a leer una opinión volcada en un comentario, por la “baja jerarquía semántica” que ostentan, o sea que quienes leen comentarios son sólo los asiduos concurrentes al blog o bien el autor del propio blog: a pocos les interesa lo que un comentario tiene para decir. Cito de memoria, que me perdone Paredes si me equivoco.
Pero yo creo que está muy extendida la creencia de que en un blog es necesaria cierta devolución del otro. Al no tener, quien lee, otra forma de retribuir la tarea del dueño del blog, el lector sólo puede dejar en forma de pago su opinión. El comentario vendría a ser entonces una retribución, un reconocimiento —esto en los casos en que el comentario no es más que una oportunidad para que el comentarista intente destacarse por encima del autor del post, lo que es otra cosa y que a veces funciona como propaganda de quien deja el comentario, para que los lectores se pasen al blog del comentarista, cosa que yo mismo hice en unas cuantas oportunidades, y a veces como la chance de desahogarse un poco cuando el post nos parece injusto. Este último caso es interesante: sucede cuando el enojo del lector se reviste de un intento de debate, entonces se despotrica contra el autor del post maligno esperando una devolución todavía peor, pero al tener el autor del post mayor poder, el debate nunca se termina dando, en parte porque ningún autor de un blog en su sano juicio daría tanto espacio para mantener viva una sola cuestión siendo que puede opinar sobre otras o ocupar el tiempo pasando a otros temas sobre los que también quiere escribir o que le interesan. El único que no se aburre nunca del falso debate o de pretenderlo es el lector enojado. Pero la verdad es que cuando éste sigue echando rabia, el autor del post pasó a otra cosa.
En el post recién citado, el de Julián Paredes, se dice que el comentario tiene un poder de expresión similar al de un manifestante en un acto público: el manifestante grita, muestra su pancarta… ¡pero no le pasan nunca el micrófono! Es una imagen ideal para darse una idea de lo que sucede con los comentaristas que piden a gritos mostrar esa opinión contraria. Ellos se desgañitan mientras el dueño del micrófono habla de otra cosa. Si el que sigue enojado sigue gritando, a lo sumo se le puede pedir que grite lo que quiera, pero en otro lado, que acá hay gente trabajando. Y por allí cerca, dando vueltas, los demás: los que simplemente leen y que sólo de vez en cuando hacen oír su voz: cuando uno de los dos, el autor del post o bien el ofuscado lector los ponen de mal humor. No conozco a Julián Paredes, pero vayan mis felicitaciones por la imagen producida.
El libro no parece necesitar todo esto. El lector de un libro paga en dinero el tiempo del escritor y con eso se siente hecho en su deber de “devolver algo” —y el que lee de arriba esperará que la editorial supla ella solita lo que él no paga. De lo contrario, sería una locura que el escritor se sentara en su casa luego de publicado su libro a esperar que le llovieran opiniones. Lo único que esto hace, en todo caso, es engordar el ego del escritor. Eso me parece poco sano, que quien escriba espere esto de sus lectores. Lo que el escritor necesita engordar es otra cosa. Tal vez porque, como dije más arriba, estoy convencido de que quien escribe debe hacerlo para sí, sólo para sí. Si a los demás cae bien o gusta o es útil de alguna manera lo escrito, bienvenido sea. Y si no, pues da lo mismo. Pero en un blog no. El blog tiene un dinamismo del que carece el libro. Hay en los blogs un movimiento permanente, un ida y vuelta, como si fueran en realidad lugares de encuentro, un bar por caso, un bar donde no tiene sentido estar solo, porque fuera de la ventana que se mira con desolación no hay nada, ni siquiera lluvia. Todo sucede alrededor de la mesa en la que uno se sienta. Para que funcione se necesitan opiniones, oídos atentos no sólo de los otros, sino de quien invita la ronda. Pero para eso hay que tener una capacidad de la que creo carecer. Me siento mejor simplemente escribiendo. Si al otro le resulta interesante, me lo hará saber de alguna otra manera, más personal, más directa, de manera que sea solamente yo quien se entere. Antes creía otra cosa, y hasta me ufané de ello, bueno, no mucho, pero ahora me parece que el asunto debería manejarse con más calma, o no manejarse en absoluto: por eso borré los comentarios y por eso ya no los permito. Los comentarios generan un trabajo que no quiero tomarme. Quiero escribir, el que quiera leer que lea y el que quiera escribir lo contrario que lo haga en otro lado.
Bueno entonces, si no veo necesario hablar de los blogs, y menos de este en particular, de lo único que resta hablar para festejar este post número 100 es de crítica, tarea que ha servido de excusa para la existencia de este blog.
Lástima que sea tan difícil hablar de crítica.
En algún lado dejé escrito que si la crítica no generara problemas no sería crítica al fin y al cabo, así que vamos bien. Para empezar, es un problema para mí tratar de dilucidar para qué sirve la crítica. Para hacer enojar a los demás es una opción, pero tengo que estar con Fabián Casas cuando dice que el odio le parece un sentimiento poco interesante (con el tiempo he dejado de enojarme por críticas adversas a obras que me gustan, pero lo que todavía me produce cierto escozor son las críticas laudatorias a obras que son rematadamente malas. Ensalzar la mediocridad me parece peor que no notar cuán bueno es algo, es una tarea cómplice, propagandista. Así que si alguien habla mal de algo que me gusta, por ejemplo las películas de Lisandro Alonso, digo “Bueno… el crítico se lo pierde”, pero en cambio si alguien aplaude bazofia para que todos la consumamos ahí la cosa ya es distinta. Una de las funciones de la crítica quizá sea justamente esa, plantear problemas dentro de la estabilidad que imponen los medios masivos, poner en evidencia que las formas estéticas no deben reducirse a meros mandatos de la moda. Como decía Saer, renunciar a la crítica es dejarles el campo libre a los vándalos que pretenden reducir el arte a su valor comercial. Por ello, hablar bien de una obra que no lo merece, por más que su aceptación sea masiva, es entregar la crítica, volverla publicidad).
Bueno, entonces debemos descartar que la crítica debe servir para hacer enojar a los demás —pero sí tal vez para plantear problemas, lo que es otra cosa. El que se enoja por una crítica adversa a su obra favorita, o a su propia obra, que se joda, redondamente, pero no por la opinión del crítico, sino por ser tan calentón y miserable. Habrase visto idiota mayor, enojarse, supongamos, porque se habla mal de una película que a él le gusta.
Aunque sobre esto se puede decir algo, que es muy común: el porqué del malestar que ocasiona la crítica, el porqué de las heridas del público frente a una mala opinión contra su artista favorito. Lo que suele molestar es esa supuesta “superioridad” que el crítico estaría demostrando cuando destripa una obra artística. Para colmo a veces lo hace con sarcasmo, ironía, mordacidad, como si se creyera gran cosa. La única forma inteligente de reaccionar ante críticas así es la risa. El crítico a veces hace eso, se ríe. Así pasa en definitiva con las segundas partes de la misma historia. Y una crítica es la segunda parte de la obra. Pero se complementan de una forma extraña: paradójica, pues en realidad no se necesitan una y otra. Al menos yo entiendo a la crítica de esa manera: nace de una obra artística, de lo que el crítico sintió o experimentó ante ella, pero luego se independiza, vuela todo lo alto que puede o a lo sumo intenta carretear, pero ya lejos de la obra, pues debe intentar “ser” por sí sola. ¿Ser qué? Una obra ella misma.
Por otro lado, la obra primera, si bien puede “releerse” a sí misma en la crítica, no la necesita para seguir siendo lo que ya es, la necesita en todo caso para expandirse, encontrar otros recovecos, caminos impensados. Con esto no quiero decir que salgamos a buscar interpretaciones, conjeturas y ese tipo de cosas, tan feas de buscar, policíacas. Digamos mejor que la obra primera debería ver en la crítica una nueva forma de lo que ella misma es, o mejor dicho una nueva forma de su propia esencia. A veces podemos encontrar distorsiones en esa nueva forma. Pero bueno, no nos olvidemos que estamos tratando de crear.
Lo que suele suceder y que casi nunca se entiende es que hay una especie de confrontación amorosa entre crítica y obra. No siempre se da, pero es interesante cuando se provoca ese encontronazo.
Para el público, el libro o película criticados siempre serán más importantes, así que el crítico lo único que puede hacer a veces es intentar apropiarse de los mecanismos de la obra, pero no para ver cómo funciona, sino para parodiarlos. O no parodiar, que suena feo: mejor “remedar”: seguir las huellas dejadas por la obra… pero con un movimiento propio, que llegado el caso puede contradecir a quien sembró las pistas originales. Esto a veces se presta a confusión y el crítico queda expuesto como un mero contendiente que lucha contra la obra para no quedar menoscabado. No en vano son comunes los comentarios que hacen alusión a la supuesta “envidia” del crítico frente a la obra que cuestiona. Esa palabra, envidia, es la que más se repite ante críticas que no nos gustan. Se dice que el crítico es un escritor fracasado, un cineasta fracasado, etc. Un envidioso, en suma. Pero no. El crítico “lucha” contra la obra desde el mismo corazón de ella. O sea, para “parecer” que la odia antes tiene que amarla, o por lo menos amar su trabajo. Por eso a veces el crítico se “critica” a sí mismo. Por otro lado, la crítica no va dirigida al artista, sino a una “idea” o “entelequia”: el libro, disco o películas reseñados. Es sencillo separar las dos cosas, sólo un tonto puede confundir el trato que se le da a una obra artística con el trato que se le da al artista que la produjo. Se pelea contra una forma, acaso contra un contenido. Pero al hombre que compuso todo eso se lo deja fuera. ¿Vale la pena enojarse? Sólo si no se tiene nada mejor que hacer.
Todo esto nos lleva creo yo a un solo lado: la crítica no puede ser otra cosa que creación. Y bueno, en eso ando. El acto crítico es un acto en soledad, decía Roland Barthes, un acto de plena escritura sostenido en sí mismo. La crítica es un texto de por sí, no solamente un texto sobre otro texto: “Ya no relato, la crítica es arrebato, darse al raptus poético, orgasmo de la trabazón del alma”. Eso lo escribió el cubano Rufo Caballero, y coincido plenamente, pongo mis manos al fuego por esa frase y trato de encender al mismo tiempo mi escritura. Es que la crítica, ella misma una ficción, una ilusión como lo es el mismo arte, debe ser “ella misma” siempre, con todo lo que esto implica: libertad y autonomía, pero también emoción, misterio, belleza, una fantasía puesta al servicio no de otra cosa que de sí misma. O sea, la crítica, como el arte, es verdaderamente ella misma cuando se independiza de toda función, de toda utilidad, lo que le hace ser paradójicamente útil, plenamente utilizable. O no digamos utilizable, sino vivible: “¿Se puede hablar de arte y de vida, cuando el arte también es la vida? ¿Es posible exigir del arte un carácter utilitario si no exigimos lo mismo de la vida?”, escribió Tinianov, ruso y formalista. La vida no está en lugar de ninguna otra cosa. Vale por lo que es. Del arte y de la crítica deberíamos pedir lo mismo, que simplemente “sean”. Funcionarán o serán útiles en la medida de nuestras necesidades, porque cada uno hará al fin con arte y crítica lo que le parezca, equivocándose o acertando conforme a su buena o mala disposición, entre otras cuestiones que no necesitan ser explayadas ahora.
En parte porque me estoy por levantar de mi silla para irme a tomar unos mates con mi mujer.
En otro momento sigo. La crítica no servirá para nada, pero da para mucho.

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