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julio 6, 2008 / Roberto Giaccaglia

Sólo el ocio nos hará libres

The IT Crowd, Graham Linehan, Inglaterra, 2006-?, 2 temporadas (seis episodios cada una).

No recuerdo de qué manera llegué a The IT Crowd, vagueando seguramente, haciendo nada. Habré estado buscando algo sobre Linux, algún mensaje dejado en algún foro que explicase vaya uno a saber qué, cómo hacer por ejemplo que funcionase la placa de sonido o alguna otra excusa para perder el tiempo, demorarme para no encarar cualquier responsabilidad seria.
Y haciendo eso entonces, nada, me topé con el término “geek”, y seguidamente con el nombre de una serie que según parece los retrataba, o más que retratarlos se aprovechaba de ellos: The IT Crowd, comedia británica creada por Graham Linehan y que salió al aire por primera vez en febrero de 2006 (se hicieron por ahora sólo dos temporadas, aunque Channel 4 prometió estrenar la tercera antes de fin de año). No cuenta con actores reconocidos y lo más probable es que tampoco sean profesionales. Cosa que se nota, para bien. Simplemente, son actores únicos. Lo de “únicos” es cierto, mucho, como deben serlo el guionista y el director, pues de la serie se intentaron remakes en Alemania y en Estados Unidos con resultados pobrísimos, lamentables.

Tal vez los geeks del foro donde sin querer caí supieran reírse de sí mismos, porque alababan a la serie por dos cuestiones: porque era hilarante y porque acertaba en cada descripción que se hacía de ellos, los geeks, los mismos seres que en ese foro intercambiaban pareceres sobre The IT Crowd y al mismo tiempo se aconsejaban sobre cómo configurar una placa de sonido bajo Linux y cosas así. Cosas de geeks.

El geek es una persona que básicamente vive para la tecnología y sus derivados, especialmente la informática. Es una especie de nerd moderno, poco avispado para cualquier cosa que se aleje de lo referido a su único interés, pero no hay que confundirse y tomar ambos términos como directamente equivalentes, porque el geek va mucho más allá en su pasión que el nerd, quien más que pasión por su tema o asunto elegido siente más bien una necesidad de encontrar un interés que lo contenga. Hay una cosa más que diferencia a nerds y geeks: estos suelen ser extrovertidos, quieren pasarla bien, nunca logran encajar en ningún lado donde no se hable de computadoras (no soportan a personas que no sepan quién inventó el Pac-Man, por ejemplo), pero lo intentan.
Por más que a los geeks se los relaciona con otros fanáticos de la computación, como los hackers, por caso, se diferencian de estos en que al menos los hackers aplican sus conocimientos en el logro de cierto objetivo, joder a los demás, entrar en cuentas bancarias, activar misiles y cosas así, mientras que los geeks simplemente ven en la tecnología una manera de ser o de vivir, su lugar en el mundo. Habría que preguntarse si sin este “lugar” podrían seguir o se quedarían para siempre a la deriva, como es probable que ocurra con el simple “nerd” si se lo saca de su encierro.
Tal vez el geek llegue a conformarse, simplemente, con no hacer nada que valga la pena hacer. Me corrijo: con no hacer lo que los demás, los que no saben quién inventó el Pac-Man, consideran de valor o útil.
Y esto, en suma, tiene mucho más que ver con el espíritu de la serie que el hecho de que sus protagonistas, bueno, dos de ellos, sean unos completos inadaptados fanáticos de las computadoras. Es más, los personajes no son “inadaptados” por gustarles sobremanera las computadoras, sino porque su producción laboral es baja o directamente nula. Son inadaptados porque el Sistema, así, con mayúscula, no los necesita, no los quiere, se ríe de ellos, los desprecia. Son inadaptados porque sobran. En la serie, geek es un sinónimo de poco útil.

Lo curioso es que estos geeks poco útiles lo son por opción. Quieren ser “eso” que los hace ser despreciados. Quieren valer por lo que son, no por la cantidad de bienes que pueden producir o por los servicios que pueden prestar. Ellos esperan que se los considere por sus gustos, su forma de hablar, su forma de ser, de pensar, de comer, con los dedos y glotonamente. No por la utilidad que vinieron a prestar al mundo.

La serie es una oda a la improductividad, no a la tecnología —si bien la manía por la informática y la dependencia que ésta puede generar están bien presentes.
Nunca creí que me interesaría una serie que se sirviera de esta clase de personas, un poco maniáticas y aisladas a su pesar, todo el día sumidas en cables, circuitos y pantallas. Descreo de cualquier Biblia, pero me parece especialmente aburrida una que esté escrita sólo con unos y ceros.
Pero sí, la serie me interesó, me atrapó de una manera aún más efectiva que Lost, que con tantas idas y vueltas ya me ha soltado.
Había por allí, en el sitio al que llegué vagueando, el avance de un episodio subido a Youtube, el primero de la segunda temporada. Me ganó la curiosidad, miré un poco y al rato, mientras me enjuagaba las lágrimas dejadas por la risa, estaba buscando cómo conseguir la serie completa.

En el primer capítulo, que voy a traducir libremente como “Mermelada de ayer”, un tipo de bigotes y mirada seria nos contempla desde un cuadro en una pared, enseguida la cámara enfoca al tipo en cuestión, cuya mirada, bigotes y seriedad todavía permanecen, incólumes, como si la foto que tiene colgada atrás acabara de ser tomada. El chiste es fácil, que el tipo reproduzca con su pose y expresión el cuadro colgado detrás de sí, pero no deja de ser efectivo. La cosa empezaba bien, con ese humor un poco tonto y sin vueltas que me viene cautivando desde Top Secret!, película donde las vacas usaban botas y nadie lo notaba.
El señor de la foto y que nos mira inquisidor es Denholm Reynholm —interpretado por un tal Chris Morris, para mí, lejos, el mejor actor de la serie—, jefe de una importante compañía de la cual nada sabemos, sólo que es millonaria o megamillonaria o multimegaídem: los despachos de la compañía son una vuelta de tuerca de las oficinas kafkianas (al parecer, cosas de lo más importantes parecen ocurrir ahí dentro, pero siempre bajo una pátina de total extrañeza, que todos, es decir todos, se encargan de dar a diario). Nadie puede dar cuenta de la utilidad de esas oficinas, para qué están sus empleados, qué hacen allí. Pero es una vuelta de tuerca para aflojar, no para ajustar: así es de laxo todo en las Industrias Reynholm.
Reynholm está entrevistando a una tal Jen, una mujercita simpática, nerviosa y completamente inútil para la tarea que se le asignará: jefa del departamento de IT de la empresa. El nombre IT se refiere a las siglas de “tecnologías de la información” en inglés, o sea que Jen va ir a parar a un lugar que es el corazón tecnológico de la empresa, algo muy importante y de cuidado, por donde pasan datos relevantes todo el tiempo, datos que mantienen con su flujo de información cada una de las restantes oficinas que hacen mover a las Industrias Reynholm. Pero no, nada de eso. El IT de la empresa no sirve en absoluto. Es un sótano donde sus ocupantes leen cómics, comen dulces, juegan a los videojuegos, coleccionan porquerías y se desentienden del mundo.
Pero Jen todavía no sabe nada de esto. Quiere el trabajo, así que simula ser una experta en computación. La verdad es que apenas puede diferenciar el mouse del teclado. Pero como Reynholm tampoco puede encarar esa tarea con soltura, se convence de las dotes de Jen (se nota que a Reynholm lo que se hace en su empresa, cualquier cosa que sea, le tiene sin cuidado), así que la manda derechito a su nuevo empleo: un viaje al infierno. Bueno, no hay que ser tan drásticos, pero así ve el panorama Jen comparado con lo que conoció en los pisos de arriba, una vista imponente de Londres, aventuras amorosas en baños elegantes y cosas así. Pero no es un infierno. Son apenas unos cuantos pisos hacia abajo, hasta el sótano del edificio, nada más, un lugar olvidado por todos, incluso por el Diablo, que se fue a hacer cosas más importantes.
El sótano está habitado por Moss y Roy, dos expertos en computadoras y en fracasar de manera estrepitosa en todo lo que sea humanamente posible fracasar. Por ejemplo, las relaciones entre las personas. “Gente, no me hablen de la gente”, dice Roy en un capítulo. “Vaya si conoceré a la gente”, conformándose con englobar a todo el mundo en la misma posición, esa que fijó el oscuro personaje aquél al que se le ocurrió el afiche de “Cuánto más conozco a la gente más quiero a mi perro”. Moss y Roy no tienen perros, tienen computadoras. Y sobre ellas se pasan todo el día, y sólo a partir de ellas se relacionan con los demás, aunque de una forma un tanto extraña: sin darle importancia jamás a lo que los demás les piden que hagan. Ellos saben que al resto de las personas, es decir a todos, lo único que se les puede decir acerca de las computadoras cuando tienen un problema es que las apaguen y las vuelvan a encender. Si eso no funciona, que los esperen a ellos, los expertos, los “trabajadores” del IT, pero que los esperen sentados: Moss y Roy se hacen cargo de que hemos venido al mundo nada más que para pasarla bien. Si acuden para darte una mano, es para sacarte a bailar o para invitarte a un trago. No hay nada más que merezca la pena.
Es que hay demasiadas cosas a las que prestar atención en ese sótano de mala muerte. Están las computadoras, los juegos de computadora, cientos de líneas de código y cosas por el estilo, sin contar con las revistas de cómics y las películas clase B, cuestiones de culto, amores obligados de todo geek que se precie de tal. Y ahora encima está Jen, un estorbo, pues a ella el bueno de Reynholm le ha encargado la tarea de supervisar a los “inadaptados”. Pero no importa, pues como no hacen nada en todo el día la nueva jefe no tiene más que seguirles la corriente. Sentarse y olvidarse de todo sin demasiado empacho.

O sea, The IT Crowd no es una serie sobre el fanatismo que crean las máquinas. Es más bien una relectura de teorías que valdría la pena volver a revisar. Esas que hablan de la lentitud, por ejemplo, del ocio, de hacer la plancha, de que hemos venido a este mundo a pasarla bien, como dije más arriba.

“Más allá del gran debate sobre la productividad se encuentra la pregunta probablemente más importante de todas: ¿para qué es la vida? (…) dejar que el trabajo ocupe la mayor parte de nuestras vidas es una locura. Hay demasiadas cosas importantes que requieren tiempo, como los amigos, la familia, las aficiones y el descanso”. Son palabras de Carl Honoré, periodista canadiense que en 2004 sacó un libro que glorifica la lentitud, la pausa, no los cinco minutos para tomarse un té, sino por lo menos medio día: Elogio de la lentitud. Sus teorías son parte de un movimiento mundial, arraigado sobre todo en países desarrollados: el Movimiento Slow, un conjunto de consejos para mejorar la calidad de vida que en su mayor parte tienen que ver con no tomarse las cosas tan a pecho, con hacer las tareas a nuestro ritmo. Con vivir.

Pero antes de Honoré hubo un tal Lafargue, que pensó más o menos lo mismo.

Paul Lafargue, quien entre otras particularidades, entre ellas la de médico y socialista francés, fue yerno de Karl Marx, es el autor de un manifiesto que en nuestros días debería primar aún más que aquel manifiesto sobre la razón de mi vida o el del suegro de Lafargue, aquel que empezaba con un fantasma recorriendo el mundo. Lafargue publicó en 1880 Le droit à la paresse, o El derecho a la pereza, un ensayo de carácter utópico, como todo lo que hace bien, donde se hace una critica marxista del sistema capitalista. El ensayo de Lafargue apunta sobre todo a esa idea capitalista absurda de producir y producir y seguir produciendo. Dice que tarde o temprano esto desemboca en una crisis de superproducción, lo que trae consigo por un lado desempleo, y por el otro trabajadores menos rendidores, sea por infelicidad o por agotamiento, justo lo contrario que se quiere conseguir. Pero no es sólo eso. Lafargue estima que reduciendo la jornada laboral, algo que tiempo después plantearía uno de los hombres más inteligentes de la historia, el señor caballero Bertrand Russell, se devolvería al hombre algo de esperanza, de ganas de vivir, de dignidad, se repartiría mejor el trabajo, todos tendrían el justo y el necesario, y se llegaría a contemplar por fin el derecho de gozar de la vida, para lo que no sólo se necesita dinero, sino también tiempo libre, pero un tiempo libre sano, libre de ataduras, de preocupaciones, de asuntos que quedaron inconclusos en la oficina o en la fábrica. Lafargue entiende que el trabajo es una imposición del capitalismo que se contrapone con un instinto de la naturaleza humana algo menospreciado: no hacer nada. La imposición del trabajo por parte del capitalismo es una forma de hacerle olvidar al hombre su derecho al bienestar y esas ganas siempre latentes de organizar alguna revolución social, como la de trabajar lo menos posible y disfrutar intelectual y físicamente todo lo que se pueda.
Más tiempo para las ciencias, el arte, el amor, el viva la pepa.
O para jugar a los videojuegos, qué sé yo.

Un párrafo del hermoso trabajo de Lafargue abre uno de los capítulos de este escrito dormilón y sugerente que comentaba recién, Elogio de la lentitud. Es un capítulo referido a los beneficios de hacer la plancha, o mejor dicho tomarse todo trabajo en forma menos ardua. Y el párrafo de Lafargue no pudo ser mejor elegido: “Los obreros no pueden comprender que al fatigarse trabajando, agotan sus fuerzas y las de sus hijos; que, consumidos, llegan antes de tiempo a ser incapaces de todo trabajo; que absorbidos, embrutecidos por un solo vicio, no son más hombres, sino pedazos de hombres; que matan en ellos todas las facultades bellas para no dejar en pie, lujuriosa, más que la locura furibunda del trabajo”.

Es lo que a partir de una tira de Mafalda se puede llamar “La teoría de las hormigas”, y que trataré de explicar así:
Recuerdo a Mafalda y a uno de sus amigos en una plaza (Miguelito quizá), viendo el trajinar de unas cuantas hormigas y a Mafalda preguntarse para qué esa vida donde se trabaja todo el día para tener hijos que trabajarán toda la vida y que a su vez tendrán hijos que lo mismo. Sin que ellos sepan, un señor recién llegado de su trabajo, tirado en un banco, reponiéndose del día, escucha la conversación de los niños y rompe a llorar. Ese hombre, alguien que adivinamos trabaja en exceso, se ha percatado gracias a las palabras de Mafalda de la nadería a la que es empujada su vida culpa del exceso de trabajo: de pronto se da cuenta de que no tiene otra cosa que esperar que más trabajo, más trabajo mañana y más trabajo pasado, para volver mañana y pasado a tirarse en el mismo banco, cansado, con el único objeto de descansar para luego seguir trabajando. Ni siquiera puede alimentar la esperanza de que su hijo en el futuro pueda ser dichoso, porque a ese hijo es muy probable que le espere exactamente lo mismo que hoy lo atormenta a él.
Leyendo Elogio de la lentitud, el libro de Honoré, nos enteramos de que cada vez más trabajadores crónicos se están dando cuenta de su situación (como apuesto a que se habrán dado cuenta los seres que encarnan a los personajes de The IT Crowd), y que están de a poco optando por la sana rebeldía del no, del simplemente no, el famoso dicho de Bartleby, “preferiría no hacerlo”. Preferiría quedarme a dormir, por ejemplo, como el flaco de la película La fiaca, el primer punk, el primer punk argentino al menos, que reniega de la productividad de la vida, que no la acepta, y admite en cambio que la vida con sentido es molicie, ocio pleno, porque aburrirse trabajando todo el día en pos del sustento diario no tiene el menor sentido, ya que ese sustento para lo único que servirá es para que estemos fuertes y sanos para seguir trabajando. Mejor dormir, entonces, y que del mundo se ocupe otro. Es una actitud política peligrosísima para el Sistema, es un despertar, el hombre otrora aburrido que un buen día se da cuenta de que puede decir no.
Mafalda en aquella tira hace tomar conciencia de su situación al pobre tipo hastiado de su oficina, toma conciencia el flaco de La fiaca y toma conciencia también la voz que canta “No surprises”, la canción de Radiohead incluida en Ok. Computer, disco triste por todos lados porque no hace más que dar cuenta del aburrimiento del mundo, canción que trata sobre el tedio y la fatiga y el sinsentido del trabajo, que enferma, que mata de a poco, que enloquece.

En cierta medida, los personajes de The IT Crowd están peleados con el mundo. No aceptan que el mundo los use. Si bajan la cabeza y simplemente se ocupan de hacer algo que los demás consideran útil, saben lo que los esperará al final de sus días: un balance pobre, haber vivido para servir de engranaje, haberse agotado en pos de nada, para que la maquinaria siguiera girando y nada más.

Si Lafargue fuera un geek, seguramente elegiría un lugar como las Industrias Reyhnhold para trabajar. Y si fuera un autor de obras de teatro situaría a sus atribulados personajes en ese sótano, donde Moss, Roy y Jen mantienen su lucha por permanecer ociosos, una lucha ardua, continua. Es más, se puede decir que no hacer nada les cuesta más que efectivamente ponerse a hacer algo. Pero es que en el fondo lo saben: todo intento por hacer algo realmente útil, que valga la pena, es tan insustancial que hasta parece indecoroso tomarse la molestia.
Para contradecir lo que odiamos, por ejemplo el Sistema (la gente, si la conoceré), para no seguirle la corriente, no hay al parecer nada mejor que quedarse quieto.
O jugar a los videojuegos.

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