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julio 10, 2008 / Roberto Giaccaglia

Estoy verde

The Happening, M. Night Shyamalan, 90:00, 2008, Estados Unidos.

A la lucha concientizadora en pro del ecologismo emprendida por Al Gore y Leonardo DiCaprio se le ha sumado ahora un tipo que solía dirigir más o menos bien, Night Shyamalan. Ya son tres.

No sorprende lo de Al Gore, que de algo tenía que vivir después de que un tal Bush le arrebatara la presidencia del norte. Ja, justamente un arbusto, vegetal que Al Gore debe defender tanto como cualquier otro, de puro verdes que son (las plantas y él mismo). Digo, no sorprende porque al irle mal en ese emprendimiento de hacerse con el sillón de Washington está bien que salga a vendernos lo del calentamiento global, se gane un Nobel y otros premios con obras de bien como su película An Inconvenient Truth, que versa sobre cuestiones tales como el calentamiento recién mencionado, el efecto invernadero y otros miedos bien aprovechados —después de todo su mujer lo intentó con algo peor, encabezando el PMRC (Parents Music Resource Center), organización que velaba por las buenas costumbres y que decía que la música popular, especialmente cosas como el heavy metal y el punk, era la responsable del descalabro de la juventud (Tipper Gore, así se llama la esposa del susodicho ecologista repentino, fue quien impulsó esas pegatinas idiotas en las tapas de los discos, las del Parental Advisory, que según parece avisan a los “padres” que las letras contenidas en las canciones del disco etiquetado son explícitas y posiblemente perjudiciales para el cerebro del joven oyente).
En cuanto a DiCaprio (uno de los responsables y cara visible de The 11th Hour, película sobre el estado actual de nuestro entorno natural, o lo que queda de él), qué sé yo. No creo que su carrera estuviera yendo en picada. Allá él. Hablando de verdes, digamos que unos “verdes” fáciles no le habrán venido mal. Para decirlo mal y pronto, aprovechó la volteada y se sumó a hacer campaña como voz en off (o en puff) de otro de esos documentales que nos dicen que si seguimos con el desodorante en aerosol la capa de ozono se abrirá como las aguas del Mar Rojo. La película se lanzó justo cuando las Naciones Unidas parecían hacerse eco de lo que Al Gore anunciaba cada vez que podía, mientras le hacía pito catalán a Bush desde Estocolmo, yo tengo un Nobel y vos no, lero, lero, o mejor dicho loro, loro.
Lo que no entiendo es lo de Night Shyamalan. Su carrera quizá sí estuviera yendo en picada, después de notables traspiés como The Village (2004) y Lady in the Water (2006), una de las obras con mayor práctica del autobombo que vi en mi vida, pero lo de recurrir a la moda del ecologismo para intentar con ello hacer una película de suspenso y así salvar su nombre es un poco mucho (y meter encima escenas que parecen sobras de otras películas lo es todavía más, como la que ocurre en esa casona venida abajo donde una solitaria y aterradora mujer recibe a los protagonistas, nada más que para asustarlos y dejar que el metraje corra un poco más).

Conocí a una chica en la facultad que decía no comer animales porque para ser comidos los animales primero tienen que morir. Su vegetarianismo pasaba por un respeto a la sangre, no por una cuestión saludable. Su “causa” me parecía respetable. Creo que el cantante de Fun People piensa lo mismo. Sé que hay ciertas personas que no limitan su respeto culinario a la sangre, sino que también respetan la savia. Comen sólo frutas, porque dicen que el vegetal arrancado muere. No sé cómo se llaman, simplemente vegetarianos seguramente no. Para personas así, supongo, está hecha una película como la última de Night Shyamalan: personas crédulas por demás, bienpensantes y bien intencionadas, de conciencia clara como el agua sin derrames de petróleo, personas que harían miles de kilómetros para ir a limpiar un pingüino pero que le niegan dos pesos al chico que pide en su puerta —esto último lo leí en alguna crónica de Caparrós, quien supo escribir sobre los ecololós, un lindo apodo que creo que les dio él mismo. Los ecololós, dice Caparrós, pretenden que el hombre esté bien integrado a su ecosistema, como en el año 308 o en el 1186, cuando los hombres morían como moscas, los mataba un resfrío o una sequía prolongada. Caparrós dice algo que Night Shyamalan y otros que se han subido al tren solar no entienden o no quieren entender: el hombre vive más y mejor que siglos atrás porque ha sabido imponerse a la naturaleza, porque la ha derrotado. Eso se llama técnica.
Pero los ecololós siguen con su conciencia bien intencionada y sus obras en pos del ecosistema.
Otro tipo de credulidad o de moral (o de miedo) no creo que pueda sostener a una película de esta clase, donde las plantas de pronto deciden avisarle a los hombres de todo el mundo que se viene la gorda si siguen arrasando la tierra para sembrar soja y cosas así. Tal vez Night Shyamalan esté haciendo campaña en favor de las retenciones al agro y yo todavía no me di cuenta —su película, total, tiene la misma gracia que las propagandas del Gobierno argentino en contra del campo, y sirve más o menos para lo mismo: sembrar conciencia y no soja, educar al soberano, informar, alertar, vender verdura (de plástico).

A las plantas hay que dejarlas tranquilas, se sabe, pero no es para tanto, o no es como para que The Happening nos convenza, y no creo que tenga algo que ver la alocadísima idea de que por ejemplo unas petunias para defenderse de las personas (esos seres malvados que han venido a quemar hasta el último árbol y hacer aceite de la última ballena) van a soltar unas esporas que hagan que quien las respire se suicide. Es una idea alocada, sí, pero el hecho de que no creamos una sola escena tiene que ver con la solemnidad de la propuesta, su aspecto educacional, ese terror de escuela primaria que se nos quiere inculcar (mirá nene, si no cuidas tu ambiente medio te va a quedar una vida así, media). La idea incluso puede ser genial, esto de que las plantas se rebelen y nos hagan morir de mil formas distintas, pero en una película de humor, donde hubiera funcionado muy bien, una tipo La tiendita del horror (1986, estimo), donde justamente era una planta lo que se desayunaba personas. Pero era una planta con gracia, con estilo, una planta inteligente, de esas con las que da gusto ponerse a charlar.
¿De qué se ríen? Algunos les hablan a las plantas, mi tía, por ejemplo, y tiene unos malvones que ni te cuento.
A los pájaros también hay que dejarlos tranquilos. Parece que esto último no viniera al caso, pero es que mi tía también tiene pájaros y también les habla, y además hay una muy buena película donde los pájaros de pronto se nos rebelan y nos empiezan a matar, la de Alfred Hitchcock, sí, esto para decir que la película de Night Shyamalan pudo haber nacido inspirada en la obra del viejo Alfred, donde la naturaleza se vuelve loca de repente y atenta contra los seres humanos porque sí nomás y deja de atacarlos también porque sí nomás. Claro que cuando Hitchcock nos decía esto le creíamos. En cambio después de ver la película de Night Shyamalan a uno le dan ganas de salir a quemar pastizales, nada más que para darle la contra.

Si Al Gore hubiese ganado las elecciones presidenciales, que dicen que le robaron, tal vez no estuviéramos sufriendo todo lo que sufrimos: las guerras apadrinadas por Bush, los festivales de rock para concientizar almas (como el Live Earth), las propagandas estatales, las de las petroleras, las remeras con leyendas en favor de los osos panda, las pantomimas políticas de Bono, el propio Bono, la moda de las milanesas sin carne y películas como The Happening.

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