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julio 19, 2008 / Roberto Giaccaglia

Antinovela sobre la tristeza en el arte (1)

Estiro un brazo, mínimamente, hasta ahí nomás, y saco de su contenedor un compact de Sonic Youth, no original, sino pirata, grabado por un muchacho que puso un aviso en el periódico local: grabamos música y películas, conseguimos cualquier cosa. Empieza a sonar entonces Sonic Youth, su último disco hasta la fecha, 22 de junio de 2006, Sonic Nurse, más cándido que los anteriores, más contenido, los mismos o similares rugidos, pero esta vez apoyados en un manto de terciopelo, al terciopelo a veces se le nota alguna rugosidad, una molestia para el oyente no avisado, un pozo, un hueco, algo donde caerse.
Escucho Sonic Youth y leo un artículo filosófico acerca de cuánto cuesta hoy en día hacerse de un espacio propio para pensar el mundo y decir algo distinto, es decir algo que valga la pena. Yo tampoco lo sé y el filósofo que leo tampoco lo sabe. Dice entre otras cosas que hay demasiada información, que Rousseau y no sé quién más, Spinoza, me parece, escribieron sus libros con muy pocos libros ajenos en mente, no más de cien, mientras que hoy un filósofo se tiene que sentar a escribir con no menos de un millar, por lo menos, si no más. Un filósofo recién graduado en Argentina quizá no tenga este problema, porque los universitarios de esta especie pueden graduarse tranquilamente sin haber leído un libro entero en su vida, ya que para eso están los apuntes, muy bien servidos y cobrados por la gente del centro de estudiantes, que para eso está, no para otra cosa. Bien.
Me he propuesto, desde hace unos días, escribir un ensayo acerca de la tristeza en el arte (aunque probablemente me salga una novela, como casi siempre), digamos en la literatura, en la música, en el cine, que son las artes que más frecuento, porque al teatro no voy, porque danza casi no veo (a no ser los espectáculos donde se presente mi hija), porque la ópera, que es un arte aparte, ni enteramente música ni enteramente teatro, no me gusta, o creo que no me gusta. En cuanto al teatro, la última vez que fui a uno fue a propósito de una puesta en escena de Inodoro Pereira (cuando mi mujer estaba embarazada y hoy mi hija ya tiene siete años), la gran figura gauchesca de Fontanarrosa, un tipo que, como Alejandro Dolina, parece saber un poco de todo, de humor, de filosofía, filosofía canyengue, eso sí, de mujeres, de pintura, de literatura, de cine, de fútbol.
Un tipo que lee y hace libros y encima sabe de fútbol es un tipo que cae simpático, o que al menos a mí me cae simpático. ¿Será por eso que Sebreli parece tan odioso? Bueno, en esta apreciación puede que influya el hecho de que Sebreli apoyó al candidato de la parte fuerte de la economía argentina, es decir Lopez Murphy. No debería importarme este hecho si me sincerara con mi conciencia, pues Dolina supo apoyar a Ruckauf en su momento, así que… Todos cometemos errores.
Decía entonces que se me ha dado en estos días por la filosofía… Y si no lo dije es algo que pensaba poner y que digo ahora, porque me parece que lo que dije fue que me he propuesto escribir un ensayo acerca de la tristeza en el arte. La cuestión es que creo que para escribir tal ensayo deberé apoyarme en cierta forma en la filosofía. Es algo, la filosofía, que no se me ha dado muy bien. Cuando la he intentado, más que nada en mis épocas de estudiante, he armado sólo proezas bibliográficas, sacando un poco de allá y otro poco de más allá o de más acá, siempre de apuntes, por supuesto, para componer a fin de cuentas una especie de pastiche presumiblemente en apoyo de una opinión previa que tenía sobre algún asunto o cuestión o tema. Siempre me fueron rebotados tales escritos, o ninguneados, o ni siquiera leídos. Presumo que éstos eran los mejores. Bueno, la cuestión es que para mí la filosofía siempre fue una serie de escritos que sirven para que un tipo arme un escrito nuevo que no es nuevo en realidad, sino un compendio de citas descontextualizadas, le ponga el nombre debajo y lo entregue a la imprenta para que alumnos (de filosofía) más que nada subyugados por la cantidad de citas, de citas prestigiosas, lo lean sin entender nada, en parte porque no hay nada que entender, y digan ah, ah, ah, como en una película porno elitista y poco calentona.
Y yo quise aprovecharme de esta visión de la filosofía haciendo mía esta práctica, llevándola incluso al paroxismo, hasta que un buen día apareció un libro, Imposturas intelectuales, que me sacudió la cabeza, el corazón, el bajo vientre y lo que me quedaba de espíritu, para después de sacudido señalarme con el dedo y decirme que yo estaba haciendo lo mismo que criticaba en otros. Es decir, esa idea de la filosofía siempre había estado en mí, aunque nunca la había manifestado abiertamente, ni siquiera a mí mismo, sino que incluso yo mismo intentaba ocultarla, para aprovecharme de ella, para usarla yo también, para formar parte del circo al que asistía día a día, de la mano de profesores mal pagados y mal estudiados y mal leídos… que a su vez estudiaban mal, leían mal y enseñaban peor.
Ahora, ya lejos por suerte de esos años, aunque extrañando cierta parte de ellos, la complexión física, por ejemplo, entre otras cosas, me siento con más seriedad ante la materia filosofía e intento aprender algo de ella e incluso aprehenderla para que me ayude a escribir un ensayo sobre la tristeza en el arte… o en las artes, podría decir, o al menos en un par de ellas.
No he dejado de usarla entonces, pero al menos me parece que ahora soy más cauteloso, o menos mentiroso, o me resisto a dar vueltas y vueltas para no decir nada. Esa es la práctica común: dar vueltas y vueltas, cubrir todo con una pátina de autores y de citas y de giros y de palabras rimbombantes y de palabras compuestas para terminar diciendo nada, un carajo. Debo buscar la etimología de esta palabra tan interesante, carajo. Es un buen resumen, esta palabra, de muchas cosas, como la propia palabra “cosa”, claro, una forma de acortar caminos, un desvío para nada vil o facilista, sino un desvío literario incluso, al menos para esa clase de literatura que es la que me sirve para escribir y la que disfruto leyendo. O sea, una literatura sin solemnidad, una literatura seria por el mismísimo hecho de no pretender serlo, una literatura sin atributos que sin embargo está cargada de ellos, una literatura minorizada por los propios actores, lector, escritor, y que por eso se convierte en grande, en abarcativa, en todo. Pinta tu aldea y pintarás el mundo.
En este terreno, quizá, el de la literatura, me sienta más cómodo. Al menos me la pasé en él buena parte de mi vida. Bueno, por lo menos desde que salí de la facultad. Es decir, cuando abandoné mis pretensiones filosóficas. Y justo fue cuando a lo mejor hice más filosofía que nunca. Es al menos lo que dice mucha gente, que la literatura cuando no lo pretende dice mucho, se vuelve filosófica. ¿La literatura hace eso, dice mucho? Si fuera así habría que aceptar que la literatura sirve para algo, y siempre me pareció lo contrario, que la literatura es la cosa más inútil de cuantas ha inventado el hombre. Al menos cuando es buena literatura. Una literatura que pretenda algo más es entonces una literatura que pretende seriedad, es decir solemnidad, es decir atributos que el propio actor coloca, una literatura maximizada… una literatura que produce (sí, produce, de “producto”, de fábrica, de manufactura) libros como El péndulo de Foucalt, El código Da Vinci y cosas así, literatura de aeropuertos, música de ascensor, películas de colectivo de larga distancia. El todo transformado en nada. La buena literatura, en cambio, es la nada transformada en todo.
La náusea, por ejemplo.
Ya que estamos, pienso que así debería escribir mi ensayo sobre la tristeza en el arte: haciendo literatura, la literatura que me gusta a mí, esa que desconfía de la propia literatura, la literatura de La náusea. O sea, una literatura que de rebote hiciera filosofía. Puede ser. De otra manera no veo chances. Es más, puedo empezar ya mismo con la cuestión, poner en práctica sea lo que sea lo que pretenda hacer y pegar seguidamente novelas o capítulos que estoy escribiendo ahora mismo, o que estaba, antes de que me atacara esta idea de escribir un ensayo acerca de la tristeza en el arte.

Después de terminar la novela Los que pierden, al día de hoy inédita, me puse a escribir dos cosas, una que llevaría por título Las bailarinas marxistas, y otra que llevaría por título La luna es un país redondo, o a lo mejor Los infiltrados. Todo es tentativo en esta vida. Digo que estas novelas o comienzos de novelas pueden ayudarme a ilustrar mis ideas acerca de la tristeza en el arte porque son novelas tristes. Todo lo que hago es triste. Incluso me invitaron cierta vez para una charla cuyo título era algo así como “Los escritores jóvenes y la tristeza”, o a lo mejor era “melancolía” y no me acuerdo bien. Me acompañaba otro escritor, Hugo Rabbia, buen escritor. Pero Hugo Rabbia, haciendo caso omiso al tema de la charla, dijo en realidad que él disfrutaba cuando escribía, así que el tema de la charla terminó yéndose al carajo. Yo había preparado un largo escrito para esa charla, que la moderadora que nos tocó, Susana Chas, no me dejó leer entero. Me cortó en seco, porque al parecer iba a faltar tiempo para que se explayara el otro escritor.
Pensándolo bien, podría empezar entonces pegando aquí mismo lo que preparé para esa oportunidad.
Veamos…

Pintura de Shanti Marie
Solitude
2007

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