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julio 20, 2008 / Roberto Giaccaglia

El corazón de la política

Sobre el “no” de Cobos al proyecto oficial de retenciones

Al escuchar las palabras del vicepresidente de Argentina, Julio César Cobos, dichas hacia el final de una agotadora sesión en el Senado, me temblaron las piernas. Debe de ser la primera vez que me emociono escuchando a un político. No las escuché en directo, pero faltó poco: me había levantado muy temprano esa mañana, a las seis en punto, y lo primero que hice fue poner la televisión, en el canal 26. Y ahí estaba el cartelito rojo de letras blancas: Cobos desempató y votó por el no. Algo así decía. Inmediatamente, antes de que se disipara mi sorpresa y se acentuara aún más mi sonrisa, pusieron la filmación del momento en que daba el “no”, en que se animaba a decirle que “no” a los Kirchner y a toda su pléyade obsecuente, para no decir de lameculos necesitados. (Por ejemplo, el reaparecido Ramón Saadi, personaje de un clan detestable echado literalmente del poder, porque su presencia era vergonzosa hasta para Menem, y ahora recuperado para la ocasión por el matrimonio gobernante, a quienes no parece haberles dolido el estómago por reclamar el voto de semejante persona, no grata en cualquier lado, al menos para alguien en su sano juicio.)
Las palabras iniciales de Cobos, luego de que el bloque oficial intentara intimidarlo, Mi corazón dice otra cosa, todavía resuenan en mis orejas, así que es posible que no me las lave por un tiempo, por temor a que esa sensación se vaya. Es una sensación de esperanza, algo que los tiempos que corren nos acostumbraron a que sonara cursi. Tal vez, de paso, esas mismas palabras, Mi corazón dice otra cosa, sentidas, humanas, orgullosas de aceptar su condición de hacerse cargo de la situación por más que duela, hagan algo para que se dejen de escuchar las pavadas de tanto intelecto oficialista, que justifica a la corrupción siempre y cuando venga de amigos.
No sé qué será de Cobos más adelante en el tiempo, en qué se convertirá, si terminará defraudando como casi todos, si cambiará al país por monedas, si a la primera de cambio hará lo que a él le convenga, nunca se sabe con un político —incluso ya hay quienes lo relacionan con Enrique Nosiglia y José Luis Manzano, eternos abanderados de la sospecha—, pero el Cobos de ahora merece todo el respeto del mundo y el deseo de que no cambie jamás, de que se haga aún más fuerte, cosa que no se puede desear de la mayoría de quienes lo acompañaron esa madrugada en el recinto del Senado, con las fauces llenas de saliva y los ojos inyectados de sangre.
Precisamente, rodeándolo, apuntándolo con la mirada, había uno que daba verdadera lástima, Miguel Pichetto, jefe del bloque oficialista. Antes le había apuntado con palabras. Lo había querido hacer responsable de la catástrofe que se venía si Cobos votaba por el no. Había sido el último en hablar, tal vez para demostrarle públicamente a Kirchner que había puesto todo de sí para torcer la voluntad de Cobos, que su pretensión de amilanar al vicepresidente fue sincera y todo lo fuerte que pudo, pero que llegaba hasta ahí, porque uno tiene sus límites, como los tuvieron José Pampuro, presidente provisional del Senado, y como los tuvo el radical Ernesto Sanz, quienes de una manera u otra intentaron echar atrás la voluntad de Cobos, cercenarle las piernas, tajearle el corazón, sumarlo al botín de almas que engrosa la bolsa ya podrida que Kirchner esgrime orgulloso cada vez que alguien se anima a indicarle que su forma de hacer política se terminó, que no da para más.
Así que ahí estaba Miguel Pichetto, gesticulando nervioso mientras Cobos preparaba con sus palabras el terreno para el advenimiento de su “no”. El pobre Pichetto se contorsionó unas mil veces en su silla antes de que Cobos terminara de hablar, se metió las manos en el bolsillo, se tocó la cara, le dijo algo a uno que tenía al lado, se agarró de los apoya brazos como si estuviera en una montaña rusa, gesticuló, quiso que la tierra se lo tragara. Lo había entregado todo, su honor, por ejemplo, y todo había sido en vano. Cobos, ante su cara que ya había cambiado unas cien veces, estaba diciendo que no.
Cobos, antes de las cuatro de la mañana, pidió un cuarto intermedio, pero se lo negaron con una cita bíblica: que lo que debía hacer lo hiciera rápido, le dijeron, como supuestamente le indicó Jesús a Judas. Ya lo estaban culpando de traidor. Si ese hombre conmovido por su propia decisión es un traidor, ¿qué son los hombres que entregaron su voluntad, ideas y alma a la billetera del matrimonio presidencial, que cambiaron su voto por un puesto ministerial para sí o para algún familiar, que se decidieron en base a una promesa de beneficio personal tirada desde las alturas?
Tiempo atrás, el vicepresidente había dado a conocer una carta en la que pedía diálogo entre las partes en conflicto, el gobierno y el campo. Entonces el gobierno, su gobierno, por otro lado, empezó a despreciarlo, a ningunearlo, a tratarlo de tibio, a intentar quitarle su lugar. El diálogo no llegó, el conflicto recrudeció, y la Presidenta, alardeando de su sentir democrático, elevó la propuesta de retenciones a los legisladores, cosa que tendría que haber hecho unos cuatro meses atrás, cuando su brillante y ahora ex ministro de economía tuvo la genial idea de arrebatarle plata al campo para usarla a su antojo. Hizo falta mucho lío para que la Presidenta se sintiera democrática, para que se diera cuenta de que existe una cosa que se llama Congreso. Que el país se parara, por ejemplo, que dejara de producir, de vender, que se sumiera en el miedo y en la especulación.
El proyecto de ley entonces llegó a la Cámara de Diputados, donde la votación no sorprendió a nadie. Pero luego llegó al Senado. Los Kirchner ya habían comprado el champán. Me pregunto con qué lo habrán descorchado.
Es que en el Senado nos esperaba a todos una sorpresa: después de horas y horas de argumentos nacidos algunos de la razón, otros de la necesidad, otros del odio, de las ganas de comer, del espanto y de la mera verborragia en piloto automático, habría un argumento nacido del corazón: el del vicepresidente de Argentina, que sintiendo sobre sus hombros el peso del mundo se dispuso a dar por terminado el error mayúsculo de un gobierno que hasta ese momento había vivido convencido de su poder omnímodo, de su dedo que todo lo puede y de su hambre que todo lo quiere.
Todo el Senado escuchó calladamente, contemplando por primera vez en mucho tiempo otro nivel de política y no el de los negociadores, los buscadores de prendas, los cazadores furtivos. Y apuesto que en las casas de quienes soportaron el tedio de las demás alocuciones también reinó ese silencio y esa extrañeza. ¿Existen entonces los hombres en el Senado, los verdaderos hombres y no los sostenidos con hilo para pescar? Pues sí. Los hay, pero pocos, los que quedan después del vendaval carnívoro desatado por la política del miedo y del apriete, la que imperó desde siempre en este país y de la que este gobierno hizo gala de manejar con asombrosa falta de pudor.
Fue casi poético ver a un hombre hablar de su corazón en medio de tanta gente que perdió ese órgano hace rato. Quito el “casi”. Fue poético y chau. Fue poético porque la poesía no presume de valentía ni de arrogancia, sino que apenas se anima a mostrar su humanidad. Cobos es humano: tuvo miedo, tuvo sentimientos distintos, tuvo temblores, tuvo una convicción, se guió por lo que sentía, se guió por la cordura: la ley que proponía el gobierno no servía para solucionar ningún conflicto, sino para profundizarlo, para terminar de partir al país, ya rajado hasta la médula.
Por eso dijo no. Por eso aconsejó a la presidenta que enviara un nuevo proyecto, pero uno que contemplara todo lo que se había dicho en el recinto y también los aportes brindados afuera, no uno nacido de un capricho, de un tecnicismo vacío, de un conservadurismo pintarrajeado de distribución, de una pseudo teoría que nadie entiende y que no suena más que a manotazo de ahogado.

Vuelvo a decirlo, a repetir la frase de Cobos, de ahora en más su frase: Mi corazón dice otra cosa. Mi corazón dice que así no se puede hacer política, mi corazón dice que de esta manera el país se hunde, mi corazón dice que hay que saber parar a tiempo. Mi corazón dice que se puede decir no. Que a veces se debe decir no.
Ahí dentro, en ese Senado congelado, le habría bastado con decir que su corazón siente. Con sólo eso le alcanzaba para diferenciarse.

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