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agosto 1, 2008 / Roberto Giaccaglia

Todavía no encontré lo que estoy buscando

Dios no es bueno, Christopher Hitchens, 332 págs., 2008, Debate, Buenos Aires.

Yo no creo en Dios, o en “dios”, con minúscula, como le gusta escribir a Christopher Hitchens, periodista inglés, autor de varios libros y polemista, particularidad esta, la de polemista, que en él es todo un oficio. Uno que cumple mejor que nadie.
Yo no creo en dios, digo de nuevo, y debe de ser por eso y no por otra cosa que compré el último libro de Hitchens, Dios no es bueno, o dios.
Yo no creo en dios pero supe creer, con intermitencias, sin fanatismo, esporádicamente. La única vez que me sentí bien creyendo en dios duró sólo un par de horas, parte de una mañana, parte de una tarde, allá lejos en el tiempo, cuando cursaba la primaria. Fue después de unas palabras angelicales de cierta maestra cuyo nombre ya no recuerdo. Nos había estado leyendo pasajes de la biblia para niños. Conté el episodio a propósito de un disco, Ships, de Danielson, un hombre que vio la luz y que a partir de entonces le dedicó su talento al Señor, con mayúscula, para dejar las cosas en claro.
Debe de ser culpa de los libros que ya no creo, pero no de este de Hitchens, sino de muchos otros que seguramente Hitchens también leyó. Libros que me parecieron más convincentes que cualquier prédica, sermón o palabrerío para glorificar un ser que siempre sospeché imaginario.
Quiero decir, el libro de Hitchens me llega un poco tarde, cuando ya está, cuando ya estoy convencido, cuando ya no rezo ni entro a las iglesias y cuando critico al lujo del Vaticano, a los curas, a todo lo supuestamente sagrado, a la Madre Teresa y a la mar en coche, cuando ya sé que en nombre de la religión el hombre ha prodigado y prodiga sufrimientos, derramamiento de sangre e ignorancia.
Yo no creo en dios y Christopher Hitchens tampoco, pero Christopher Hitchens no cree en nada y yo sin embargo me la paso diciendo que en algo hay que creer. Habrá que cambiar a dios o a la idea de dios por otra cosa, pero en algo hay que creer. ¿O es posible acaso ir por la vida sin esperar maravillarse?
Yo hablaba del misterio, recuerda Enrique Vila-Matas que le dijo su padre cierta vez. El padre, en medio de una tormenta eléctrica desatada de improviso, se estaba preguntando sobre el porqué del rayo, decía que no lo entendía. Enrique había arrancado con una expresión sesuda, científica, aburrida, apropiándose de cierto lenguaje técnico que al parecer no venía al caso: el padre en realidad le estaba hablando de otra cosa, proponiendo que se dejara llevar por el aire cargado de electricidad y que eligiera quedarse en silencio, o soñar.

Cuando conozco personas que creen en dios, pienso en algo como eso, quedarme en silencio y tratar de soñar. Me gustaría tener esa posibilidad, la posibilidad de creer, o de confiar. En mi nueva vida, escribe Vila-Matas, quizá luego de la experiencia con su padre, me interesan mucho los seres que logran mantener o recuperar la despejada mirada hermosamente infantil sobre las cosas.
A Hitchens, en cambio, no le interesan estas cosas, las encuentra futiles y deplorables, propias de seres en desarrollo. El tipo es un refutador de leyendas que se la pasa explicando milagros. Hasta la proeza de la apertura de las aguas del Mar Rojo tiene para Hitchens una explicación científica, o al menos lo tiene, corrijo, el hecho que supuso la inspiración para la leyenda, así como lo tiene la proeza no menor del paseo por los cielos que dio Mahoma montado en su caballo. Hitchens no parece entender que si bien el universo funciona muy bien sin dios, como dice en muchas partes del libro, la fe sigue funcionando por más que los milagros o que los hechos que inspiraron esas narraciones se puedan explicar con basamentos históricos o técnicos. No pude evitar recordar palabras de Alejandro Dolina con respecto a los refutadores de leyendas: Muchas personas que se jactan de su dulzura suelen cometer el desatino de intentar la demostración racional del mundo mágico. Y Hitchens en este asunto comete muchos desatinos. Recalcarnos que los caballos no pueden volar es uno de ellos.

El hombre se la ha pasado buscando presencias divinas, y no sólo para explicarse fenómenos de la naturaleza que para él eran un misterio, como el rayo. Lo ha hecho, me parece, para no terminar anclado a este mundo (nada más que a este mundo) mientras durara su vida. Lo hizo con la idea de que estaría bien que hubiera una fuerza superior que diera sentido a la bagatela que suele ser el paso por la tierra. Lo hizo para caminar la tierra con la posibilidad de que algo de él se desprendiera, fuera más lejos, lo sobreviviera incluso. Una vida no basta. Bueno, a Hitchens sí le basta: Nos conformamos con vivir sólo una vez, dice de él y de las personas como él, las que confían en que si se acepta el hecho de que la vida es corta y penosa y una sola, todos nos comportaremos mejor los unos con los otros. Yo no estaría tan seguro, como tampoco lo estoy de la otra posibilidad, la que venimos soportando, que nos dice que después hay otra vida, así que debemos hacer las cosas bien en esta. No ha dado resultado —sino más bien lo contrario, toda vez que los fanáticos religiosos, para “hacer las cosas bien” y ganarse el cielo, castigan al que se “desvía” del camino—, pero no alcanza para aceptar como posible la hipótesis de Hitchens. ¿No habrá que buscar la respuesta en la “prosperidad” para que nos comportemos mejor los unos con los otros y no tanto en que aceptemos que después de esta vida todo se acaba?

La pregunta viene a cuento no sólo porque me parece de sentido común, sino además porque Hitchens es marxista y me extraña que justamente él no se haya preguntado lo mismo.

Pero lo que determina el pensamiento de Hitchens no es tanto el marxismo, sino el materialismo.
Christopher Hitchens es materialista y no se cansa de repetirlo a lo largo del libro. Para él los hombres no son más que mamíferos un poco más desarrollados que el resto. Es otra de las cosas que repite y repite.
Para el materialista tan sólo lo material es real, así como la causa de todas las cosas, pero no sólo eso, sino que incluso hasta el “alma” humana puede explicarse a través de la materia o a partir de ella. El mundo y lo que en él sucede se explican gracias a la materia, los hombres y las relaciones entre los hombres y el producto de esas relaciones, pues toda causalidad debe remitirse a un principio o entidad material. El materialismo explica todo partiendo de la base de que la única sustancia es la materia y que no hay lugar para la espiritualidad o para “cosas” equivalentes.
Lo que no hace el materialismo es explicar la necesidad de creer que tiene el hombre, tampoco lo hace Hitchens, a quien esa cuestión no parece perturbarlo en lo más mínimo. Es extraño, siendo que estamos tratando con un licenciado en filosofía. Lo que sí hace al respecto es rescatar palabras de filósofos afines que se ocuparon del tema, como Marx, por ejemplo, quien entendía que la necesidad religiosa es el suspiro de los hombres agotados, hombres que carecen de otra cosa para escapar de la miseria, del desánimo, de vidas insoportables. Marx pedía para el pueblo una dicha real, no ilusoria, o sea que quería cambiar esa alegría fantasiosa que es la religión por una alegría tangible, lo mismo pide Hitchens y su libro es en parte un alegato en pro de esa consecución. Es a fin de cuentas un libro utópico, no menos valioso por ello, pero tan probable de lograr sus cometidos como aquel que pedía por una vida más distendida, el de Paul Lafargue, que cité a propósito de otra utopía: en vez de un mundo sin religión, un mundo sin tanto trabajo.

Hitchens dice que la religión no hace feliz a nadie, que lo emponzoña todo, que vuelve a la gente dependiente de un dictador “amoroso”. Yo no estoy tan seguro en cuanto al primer punto por lo menos. Hitchens dice haber constatado de forma directa que la religión brinda una alegría pasajera, superficial, aparente. Puede ser, pero para aseverar esto o adentrarse más profundamente en este tema Hitchens debería haber escrito un tratado sobre la felicidad, cosa que no ha hecho. No nos explica en qué consiste la felicidad, cómo se consigue, cómo hace uno para que perdure una vez conseguida. Lo que hace Hitchens es decir, con menos elegancia que Marx, que la religión otorga una felicidad de mentiritas… sin reparar en que la enorme mayoría de las cosas de este mundo otorgan una felicidad de la misma clase, llámese dinero, drogas, alcohol, éxito, juego, status. Si el hombre no tuviera a la religión para resguardarse de su miseria, inventaría otra cosa o se refugiaría en cualquier otra banalidad.

El domingo pasado, justamente, tuve la oportunidad de contemplar en menos de media hora dos resguardos humanos diferentes contra la apatía, el aburrimiento y la sumisión en la nada, uno más ponzoñoso que el otro. Viví casi una epifanía, una palabra que a Hitchens no debe de gustarle.
Me encontraba caminando con mi mujer por una de las calles principales de mi ciudad, a los pocos metros, después de un cruce, vimos un auto que a mi parecer por lo menos era el prototipo usado en la serie El auto fantástico, una maravilla de coche, importadísimo, no sólo importado, único, estacionado frente a un bar donde suele reunirse la gente de alcurnia, por decir algo que seguro ellos no entienden. El auto estaba estacionado, sí, pero llevaba las luces encendidas: unas luces pequeñitas, redondas, que marcaban un camino alrededor de las luces principales, como coronándolas —parecían, en efecto, una especie de diadema hecha de brillos. Los dueños, una pareja con sus niños, estaban sentados a pocos metros de su auto, lo contemplaban extasiados pero más extasiados contemplaban a la gente que se fijaba en su auto. Era imposible no hacerlo. Esas luces hubieran llamado la atención de un ciego. Detrás del auto fantástico había dos Mini Cooper y un descapotable que no supe distinguir, tal vez fuera un Mercedes. Y, otra vez, se podía ver a los dueños de los cochazos sentados a pocos metros mirando en parte a sus máquinas y en parte a la gente que se fijaba en ellas. Todo junto formaba un espectáculo llamativo. Varias cuadras más adelante, ya abandonando las luces, nos metimos por un barrio de clase media tirando a baja, en una de cuyas casas debíamos ir a buscar a nuestra niña, que se había ido a estudiar con una compañera. Un ruido nos llamó la atención, el estruendo de una batería. Estábamos llegando a una iglesia evangélica inaugurada no hace mucho, en lo que antes era el galpón de un mercado. Vimos entrar a un montón de gente, todos apurados, hombres y mujeres tirando de dos o tres niños cada uno, con chicos en los brazos, las caras felices, la fiesta estaba empezando. Fuera de la iglesia no había muchos autos, un Gacel, un 600, un Dodge, más algunas bicicletas y un par de motos. Se me ocurrió preguntarle a mi mujer de quién preferiría hacerse amigo, de un tipo que ostenta su auto fantástico encendiéndole las luces para que todo el mundo lo vea o de alguna de estas personas que corre para no perderse un acto religioso y mete de cabeza a sus hijos en él, con la misma alegría y la misma confianza en que el mundo es un lugar hermoso lleno de posibilidades. Mi mujer me señaló la puerta de la iglesia. Y yo opiné lo mismo.

La religión mata, dice Hitchens. Pero esto es una verdad a medias. Lo que mata es la estupidez, también la maldad, la avaricia, el ansia de poder. Que todo ello suela darse en la religión no la convierte en el perro que hay que matar para que se termine la rabia. Que Hitchens tenga por seguro que de no existir la religión los hombres encontrarían cualquier otra cosa para matarse entre sí, pasarse unos sobre otros, arruinarse mutuamente. Por ejemplo, las ganas de tener un auto cuyo valor excede ampliamente el producto bruto de un lustro de todas las familias reunidas esa tarde en la iglesia evangélica. Eso también hay que tenerlo en cuenta. Hitchens se previene de algunas críticas y dice que la avaricia no crecería más de no haber religión, cosa que comparto, la religión no es el resguardo ético o moral del mundo, y, como Hitchens no se cansa de afirmar, nada hace suponer que una persona no religiosa se comporte peor que una que sí profesa algún tipo de culto, por lo que el argumento de que la fe religiosa mejora a las personas (argumento esgrimido por sacerdotes que se quedan sin argumentos) es tan frágil como la imagen de la propia Iglesia. Pero tampoco es cierto que la falta de fe religiosa mejora a la gente. La religión, simplemente, está en lugar de otra cosa, una cosa que no está, que no se tiene, que no se puede alcanzar, por ejemplo un auto fantástico para pavonearse los domingos a la tarde mientras se bebe un café con el meñique levantado.
Tal vez la necesidad de demostrarle al otro cierto poder sea una necesidad tan humana como la codicia, o la envidia, musulmanes y cristianos coinciden en esto, afirman por caso que está prohibido prestar dinero esperando un interés a cambio, pues, se sabe, amar al dinero es un pecado en todas las religiones. Hitchens aprovecha para decir que la religión impone a los hombres la imposible tarea de frenar la “iniciativa humana” (lo cual para él es “amoral”, “positivamente inmoral” y un “delito” en toda la regla). ¿Cuál es esta iniciativa? Ganar dinero, enriquecerse y eventualmente demostrarlo —lo último es un agregado mío, pero entiendo que el impulso humano que defiende Hitchens puede llegar hasta aquí o incluso ir más lejos, tanto como el humano se lo permita. Por ejemplo, dejar que otro se empobrezca en nuestro beneficio, ¿por qué no? Hitchens parece decirlo en esta frase: La constitución de los seres humanos impide que se preocupen por los demás tanto como por ellos mismos. Por esta “constitución” —constitución falaz y perfectible que de paso le sirve a Hitchens para eludir la teoría del “diseño inteligente” que esgrimen los teístas— el hombre sufre las imposiciones de la religión, como la de ni siquiera pensar en la mujer del prójimo, o la de amar al prójimo como a sí mismo, o a la de no codiciar. Hitchens entiende que estas imposiciones son severas e imposibles. Es cierto, pero así como es muy humano, terriblemente humano, desear lo que la religión impide desear, también lo es tener cierto “referente” celestial que nos resguarde de nuestros propios deseos insatisfechos. Esa “guía” por el camino recto, que de paso satisface sin satisfacer, o engorda sin alimentar, es seguramente una mentira, como afirmó con elegancia Marx, como dice a cada rato Hitchens, pero hasta ahora es la única que poseen millones de personas, que, por ejemplo, entre otras muchas carencias, no tienen la suerte de explicarse el mundo de la forma en que lo hace Hitchens. Para muchos, muchísimos, “religión” significa salvación, mientras que “materialismo” no significa nada. ¿Qué hacemos con ellos para satisfacer el mundo ideal que desea Hitchens para todos? Nada, por supuesto. Hitchens, aceptando que la religión subsiste porque todavía somos criaturas en desarrollo, acepta que no se debe prohibir la religión por más que se tuviera el poder de hacerlo: porque, dice Hitchens, si todavía nos falta desarrollo, ¿qué hacer con el miedo a la muerte, a lo desconocido, a las tinieblas y demás? Ese “demás” es muy abarcativo, son todas las respuestas que millones de hombres todavía buscan en el cielo, en parte porque no pueden buscarlas en otro lado. Hitchens no tiene la respuesta acerca de lo que se debe hacer para que estos millones de hombres dejen de buscar donde no deben, tampoco la tenía Marx, uno de los pilares de su filosofía, pero, repito, su pretensión de que se abandone esa búsqueda mirando para arriba o rezando no tiene muchas posibilidades de ser satisfecha. Quizá sea loable, pero es igual de fantasiosa que las creencias que él afirma que lo emponzoñan todo.

La fantasía que intenta llevar adelante Hitchens, o su utopía, se demuestra en muchas partes del libro. Por ejemplo, cuando habla de la disputa entre israelíes y palestinos. ¿Se resolvería si no existieran rabinos, ulemas y sacerdotes mesiánicos, como afirma Hitchens? El cree que la creación de dos Estados contiguos terminaría con las desdichas y el derramamiento de sangre entre unos y otros, pero que tal cosa es imposible porque la religión se metió en el medio de ambos. Mi pregunta es simple, ¿no encontraría esta buena gente otros motivos para odiarse de no existir la religión? Apuesto a que es cierto que la existencia de rabinos, ulemas y demás iluminados hace imposible la pacificación de la región, pero no creo que palestinos e israelíes se dieran la mano así como así si no existiesen sus guías espirituales. El ser humano es complejo, sanguinario, esencialmente hostil, como el propio Hitchens deja traslucir en más de una oportunidad, el ser humano siempre anda con miedo del otro, así que contenerlo no es tan fácil. El acicate de la religión para que vaya y mate al vecino simplemente sería cambiado por otro, tan punzante o más.

Igualmente, creo que todo lo demás que pueda decirse de Dios no es bueno es a favor.
Si a uno le gusta el periodismo de denuncia, por ejemplo, con este libro quedará encantado. Leyéndolo, uno se entera de varias trapisondas, crueldades y maldades varias amparadas en algún culto, “profano” o no, a lo largo y ancho de la larga y ancha historia del mundo. De las críticas y las denuncias de Hitchens no se salva nadie, desde la Madre Teresa a Gandhi todo el que alguna vez profesó alguna religión o alguna forma de superstición se ve comprometido, incluso Isaac Newton, Blaise Pascal, Kierkegaard o Evelyn Waugh, para no hablar del judaísmo en su conjunto, el cristianismo o el islam, los mormones, los budistas, los hinduistas y los Testigos de Jehová. Pero eso es sólo una parte, me estoy quedando corto seguramente, Hitchens es un hombre documentado y tiene para hablar mucho más que de celebridades equivocadas o de celebridades que son un equívoco, de religiones y de lo que en su nombre se ha hecho, hay tiempo para la política y la geopolítica, el ocultismo, la ciencia y la razón, la masturbación, el racismo, la teología de la liberación, la filosofía y la literatura, Kafka y Platón.
La obra, al fin, es una especie de Suma Teológica, o de Summa Theologiae, como el libro escrito en el siglo XIII por Tomás de Aquino, pero al revés, en vez de ser una Suma formada por artículos que responden a por qué debemos creer en Dios, es una Suma que intenta convencernos de lo contrario citando ejemplos de todo tipo, sobre todo de disparates teologistas. Como en el libro de Aquino, se habla de la virtud y del pecado, de las leyes y de los juicios, con algo de filosofía y otro poco de la literatura, pero se dice exactamente lo contrario.

Epílogo
El universo bien puede derivar causalmente y estar compuesto por ciertos átomos regidos por ciertas leyes, y no ser obra de un ser magnánimo que en su infinito aburrimiento decidió de buenas a primeras dar vida, en eso podemos estar de acuerdo, pero tampoco me interesa mucho, como no me importa en absoluto la combinación de átomos y vacío que vendría a componer las cosas de este mundo, lo que me interesa es otra cosa y eso en el libro de Hitchens no está.
Lo que hay en el libro de Hitchens es la creencia de que los fines a los que se dirige el hombre parten de una necesidad material y de que no existe otra explicación posible, con lo cual logra reducir hasta al placer mismo a una cuestión corpórea: sólo lo que actúa o sufre la acción del otro es real, y allí se termina todo, el dolor y el goce. Su teoría es la teoría de Epicuro, JS Mill, Hobbes, Demócrito, Lucrecio y algunos pocos más. Hitchens es optimista, como ya dije. Dice básicamente que el cálculo de los placeres, el autodominio y no hacer en el otro lo que no queremos sufrir nosotros basta para guiar a la humanidad hacia la felicidad —¿no debería caso tener algún reparo o desconfianza en el logro de estos puntos, después de todo tan similares a esas normas y tareas religiosas que él cree imposibles e impuestas?
O sea, para Hitchens ninguna religión es necesaria para que el hombre se comporte bien y se conduzca por un camino recto, por lo que de nada sirven las promesas de infierno o los castigos que los libros religiosos piden para el impío. Hitchens dice que gracias a todo ello ocurre justamente lo contrario: con más religión el hombre se comporta peor, mucho peor. Tal vez tenga razón, pero sigue siendo insuficiente, como es insuficiente el argumento que esgrime acerca del porqué de tanto niño abusado en las iglesias cristianas: por la represión sexual que sufren los propios curas, que por algún lado tiene que explotar.
Si reducimos todo al movimiento de los cuerpos y al choque entre ellos, lo que provocaría las “sensaciones”, tal vez nos queden por allí algunas cuestiones a explicar, esas de las que vaya uno a saber si efectivamente puede dar cuenta el materialismo, que dice que toda actividad humana pretendidamente “espiritual” depende de una causa material, entendida a su vez a partir de “tareas” que se suceden dentro nuestro y de las que da cuenta la fisiología, como la actividad nerviosa o la cerebral. Así, el arte mismo y todo lo que sentimos por él, por ejemplo, incluso el amor, derivan de funciones humanas relativas a la actividad orgánica. La teoría materialista es útil, pero un poco aburrida, como un poco aburrido es el libro de Hitchens: uno sólo encuentra lo que espera encontrar.
Y un remache continuo sobre lo mismo, una y otra vez.
Es que es un libro al que le falta espíritu, alma.
Ja, discutime eso Hitchens.

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7 comentarios

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  1. Pablo Giordano / Ago 2 2008 8:00 pm

    Solo una frase de Woody Allen que me vino a la cabeza. Descartes dijo que Dios jugaba a los dados con el universo, pero para el neurótico cineasta de Manhatan más bien parecía estar jugando a las escondidas.

  2. Santiago / Ago 4 2008 7:12 pm

    Ah, ah , ah , ah…amiguete…lo que pasa es que la vida sin creer en algo se torna aburrida, como el libro de Hitchens…no creo en los que no creen, me resultan harto pedantes…en el fondo, en el fucking fondo, en algo se cree…religión…psssssssss…hay tantas…Iglesias…pffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffff…Iglesias eléctricas del cielo (lo dijo jimi, no yo)…y como siempre que me pongo medio en pedo le pregunto mi pobre interlocutor…¿Vos en qué carajo creés…?

    Santiago The comeback

  3. Leticia / Ago 12 2008 8:55 pm

    He leido tu articulo, y sí es posible que tengas razón en cada una de tus palabras… es posible….

    ¿Podría dejar de ser posible lo contrario?

    Nunca nadie me ha demostrado que exista Dios, nunca he visto su presencia, mis ojos no lo ven, mis sentidos no los captan.. y sin embargo creo en Él…

    Y tú pensarás ahora…. pobre ilusa, ¿podría pensar yo lo mismo de ti?

  4. mirtha lucìa / Ago 14 2008 1:46 am

    Yo en ese terreno he dejado de buscar.

    Cada vez que afirmo mi ateìsmo no lo hago en forma pedante. No es motivo de orgullo ni de debilidad o simpleza. Simplemente no creo.

    Tampoco pienso que explicar la fe por la necesidad humana de ella -incuestionable- nos dé razones de la existencia de dios. Las necesidades que experimentamos tienen profundas razones inherentes a lo que es el hombre mismo. Ser que todavìa es un gran misterio desde donde lo veamos, sea desde la perspectiva filosòfica, històrica, psicoanalítica, antropològica, etc. (menciòn sin orden de prioridades).

    No creo que lea el libro de Hitchens.

  5. mirtha lucìa / Ago 14 2008 2:22 am

    P.D.

    Lo que sì voy a releer (olvido muy fàcilmente) es un libro que recomiendo muchìsimo. No es caro.

    El siglo y el perdòn (conferencia) seguido de Fe y Saber (Seminario de Capri) de JACQUES DERRIDA, Ediciones de La Flor.Magistral.

    (Roberto: està a tu disposiciòn cuando quieras)

  6. pabloandrey / Jul 29 2011 6:14 pm

    “La teoría cristiana es útil, pero un poco aburrida, como un poco aburrido es el buen libro: uno sólo encuentra lo que espera encontrar.Y un remache continuo sobre lo mismo, una y otra vez.
    Es que es un libro al que le falta racionalidad, hechos.”

    Eso fué una especie de “comeback”, usando tus conclusiones en tu contra. A nosotros en realidad si nos aburre mucho ese asunto de las creencias, pero tienes q entender algo, aunque no lo “creas”, no las necesitamos para vivir,y vivimos igual o mejor como el que más. “No es que no creamos en dios, solo le devolvemos la invitación”

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  1. Alguna vez creer estuvo de onda « Crítica creación

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