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agosto 12, 2008 / Roberto Giaccaglia

Pieles de Judas

The Good Son, Joseph Ruben, 87:00, 1993, Estados Unidos.


Joshua, George Ratliff, 106:00, 2007, Estados Unidos.

Cine comparado. Categoría de hoy: “película con niño terrible”.

Nunca sabré si el par de escenas que dan comienzo a Joshua son un homenaje a The Good Son o bien una mera casualidad, es decir una muestra de agradecimiento por la inspiración recibida o un producto del azar. No conozco a George Ratliff, director de Joshua, no he leído declaraciones suyas acerca de su película ni acerca de cualquier otra cosa, ni sé qué obras o directores admira (bueno, sé de una obra en particular, porque Ratliff más obvio no pudo ser en su demostración de amor: Rosemary’s Baby, de un tal Polanski), por lo que siempre será un misterio para mí que Joshua empiece de una manera tan parecida a The Good Son, dos películas que versan sobre lo mismo, el mal encarnado en un niño que ronda los diez años, un niño capaz de todo, como por ejemplo ir terminando con su familia de a poco, por puro gusto.

Mientras los niños hacen esto, es decir adueñarse no sólo de las mentes de quienes los rodean (porque hay que aclarar que ambos son thrillers psicológicos, sobre todo Joshua), sino de sus mismas vidas, intentan pasar el rato masacrando animalitos, mintiendo a troche y moche y provocando accidentes varios. No hay nada demasiado diferente dentro de Henry, el piel de Judas de The Good Son, y dentro de Joshua, el otro piel de Judas. Ahí dentro está el mal, pero no el mal como tarea impuesta por algún capataz del averno, o sea el mal ficticio, el de las novelas oscurantistas, el de los chicos poseídos, sino el mal más llano y banal, el que existe de verdad, aquel al que uno haría bien en temer en serio: este mal, del que disfrutan Henry y Joshua, porque sus caritas se llenan de gozo cuando lo provocan, no es el sentimiento que envidia a la serenidad divina, no nace de un dualismo metafísico, es una verdadera pasión, una pasión humana, parte de nuestro carácter sensible, manifestación, en los casos de Henry y de Joshua, de una voluntad demasiado grande, nada más, ni nada menos.

El comienzo, como dije, comienzo luego del cual todo va empeorando paulatinamente para los seres que rodean y supuestamente aman a estos niños del demonio (es una forma de llamarlos, claro, porque los chicos son bien humanos, tanto que asustan), es bastante parecido, por no decir calcado:

Hay un partido de fútbol entre niños, o de soccer, como lo llaman los yanquis. Alrededor del partido, los consabidos padres de los jugadores, gritando las barbaridades que gritan los padres en ocasiones así. En eso, de repente, llega una noticia, uno de los niños es arrancado entonces de su partido de fútbol y llevado hasta un hospital por su padre. No hay tiempo siquiera para sacarse la ropa de fútbol, llegar hasta el hospital es urgente, prioritario: allí espera algo que lo cambiará todo.
En un caso, es un nacimiento; en el otro, una muerte.
Quien nace es la hermana de Joshua, que contempla desde la puerta de una habitación una felicidad donde no parece invitado, la de sus padres con la pequeñita recién nacida. Joshua, que, recordemos, viene de un partido de fútbol (o soccer, porque los yanquis juegan a otra cosa), viste una camiseta número dos, como para que sepamos qué lugar pasará a ocupar ahora el niño que da nombre a la película —hasta que decida otra cosa, claro. Y quien muere es la madre de Mark (primo de Henry), pero esto ya en The Good Son, o sea la película de Joseph Ruben filmada en 1993, interpretada por un jovencísimo Elijah Wood (Mark) y por un siempre joven Macaulay Culkin, quien hace de chico malo, bien malo, como la peste —Joshua puede verse como una adaptación moderna de esta película del 93 (que vi en VHS una tarde de invierno, allá lejos en el tiempo, asombrado de que el pobre angelito de Culkin se convirtiera en “eso”), una remake con ciertos agregados convenientes y ausencias que no vienen mal: tal vez George Ratliff, director de Joshua, sea un tipo que ha visto no sé si más cine que Joseph Ruben, pero sí mejor, de eso no hay duda.

Joshua, de la película homónima, y Henry, de The Good Son, comparten no sólo altura física y tamaño corporal, sino también altura moral y un odio de dimensiones similares por todas las personas de este mundo. Para colmo, son inteligentes y manipuladores, chicos con caras angelicales, completamente adorables por fuera y absolutamente carcomidos por dentro, llenos de encono hacia todo lo que respira y celos, muchos celos, se saben especiales y no entienden cómo es que una hermanita que todavía ni sabe hablar ocupe el lugar que le correspondía a él, Joshua, o que un primo a quien se le acaba de morir la madre venga a fastidiar con su dolor de pacotilla para que todo se eche a perder, Henry. Así que lo mejor es deshacerse de todos esos que no entienden quién es el que manda, o sea los familiares de uno y los familiares del otro, los familiares y sus mascotas, más o menos con los mismos elementos: sagacidad, mentiras, accidentes provocados, sangre fría, malicia, y algo de veneno.

Lo del veneno es digno de destacarse. En ninguna de las dos películas los muchachitos terribles llegan a utilizarlo contra las personas que aborrecen (sus padres, sus hermanos, sus primos, sus abuelos), pero dan notables señales de querer hacerlo en algún momento u otro, metiéndolo en la comida que se guarda en la heladera o en la alacena, por ejemplo. Pero el uso del veneno, en ambas películas, se queda en eso, en una amenaza, en un aroma de lo que se está cociendo en la cabeza de cada uno de los pequeños demonios, nada más. O sea, el veneno no es más que una promesa incumplida, como si Ratliff hubiese visto en la película de Ruben lo efectivo que es para el espectador prometerle esto, el uso de veneno.
Lo que sí se cumple en una y otra es el lugar común de que los muchachitos engañen sin problema a los psicólogos que los atienden: a pesar de todo lo que han leído estos profesionales sobre mentes infantiles dotadas de genio y de maldad, al parecer no saben ver qué es lo que está pasando alrededor de ellos (y dentro). Estos profesionales son sólo un par de víctimas más de la saña de los muchachos, idiotas útiles en este caso, un engranaje más en el sistema ideado por los muchachitos para quedarse con todo —otro de los aspectos, el del psicólogo engañado, al que Ratliff supo verle utilidad, aunque en su caso, es cierto, la “idea” resulte llevada a cabo de una manera más profunda, convincente y, por qué no, aterradora.

Pero, por supuesto, no sólo las personas son meritorias de la saña y de el dolor del que es capaz la inteligencia de los diablillos Henry y Joshua, sino también los animalitos. Como el de los psicólogos engañados, aquí aparece otro lugar común compartido: la maldad de la que es capaz un ser frío como lo es Henry o Joshua se demuestra, antes de pasar a cosas mayores, con un animalito, un hámster, un gato, un buen perro, el mejor amigo del hombre y el peor enemigo de los niños malos. En ambas películas una de las primeras víctimas de la profecía desatada es este noble animal. Es la forma en la que ambos directores nos avisan que estamos tratando con chicos que más que dudas son una certeza: o sea, sí, son malos. La forma pura del mal es gozar con el dolor ajeno, sea el de un perro, sea el de una hermana, sea el de una madre. Y todos ellos (perros, hermanas, madres) sufren lo suyo en ambas películas, como haciéndole el juego a estos pequeños maleantes desvergonzados, que sin pudor van tejiendo trampas para hacerse primero con la mente y después con la vida de las personas (y animales) que tienen cerca.

Y esto da miedo, mucho, la crueldad digo, la mirada sanguinaria de quien sabemos que está preparando el terreno para que su víctima caiga en la trampa. Y da miedo, sobre todo, cuando es un niño quien pone en práctica esa crueldad, esa mirada, esa trampa. Y también dan miedo estos niños cuando juegan a las escondidas, porque sabemos que es el juego preferido del demonio, real o no.
Por supuesto, hay escondidas en las dos películas, escondidas con trampas y crueldad, escondidas determinantes para lo que ha de venir (más o menos en el medio del metraje de cada una de ellas), como si el juego hubiese sido usado como una bisagra para separar momentos, para volverlo de ahí en más todo un poco más rápido y tétrico.

La diferencia más notoria, o quizá la única, hablando justamente de lo tétrico en cada una de las películas, es que The Good Son es una película cuyo terror respira a pulmón hinchado en los espacios abiertos, mientras que Joshua prefiere asustar con el encierro. Agorafobia por un lado, claustrofobia en el otro. En algo tenían que diferenciarse.

En otra cosa que se diferencian es en la calidad de los actores. Y esto es lo que, al fin y al cabo, a pesar de las situaciones tan similares, a pesar de un guión tan parecido, hace que una de las películas sea tan mediocre y la otra un poco más importante —a pesar de haber llegado quince años después y de no haber sido escrita por Ian McEwan, el gran autor inglés, quien se hubiera merecido mejores intérpretes para su obra, empezando tal vez por el director mismo —obra esta, la de McEwan, de la que tal vez, es decir “tal vez”, George Ratliff haya tomado más de una idea.
En este rubro entonces, el actoral, la segunda parte de The Good Son… bueno, su secuela… bueno, tampoco, digamos la película que la “homenajea” o quizá esta casualidad que es Joshua, sale mejor parada que la primera. Sam Rockwell, como padre de Joshua, es infinitamente mejor que el que hace de progenitor de Henry, de quien ni siquiera me acuerdo el nombre.

Pero lo principal no son los padres, un adorno, después de todo, sino el rol del chico problema en cada película.
El niño que hace de Joshua, Jacob Kogan, es bastante más creíble y da más miedo que el que encarna Macaulay Culkin, cuyo cinismo en el film parece en parte sobreactuado y en parte mal maquillado, pero esto a lo mejor se deba a que Macaulay Culkin para la fecha ya era un niño sobrexpuesto, sobrexplotado, y un cachitín sobrestimado. Lo que había hecho en Mi pobre angelito uno y dos había estado bien, y fue una rareza toparse con esa carita hermosa y tierna destripando perros y empujando a su hermana a un lago helado, pero el papel de Henry le queda grande, nadie se traga su rostro de falta de pudor a la hora de sembrar catástrofes, a no ser sus padres y la psicóloga que lo atiende (pobre, la tipa dice que el mal no existe).
No creo que a esta altura le importe algo a Macaulay Culkin que un actorcito ignoto lo haya superado en malicia (¿de dónde habrán sacado a este Jacob Kogan?), debe de estar demasiado podrido en varios vicios distintos como para darse cuenta de semejante cosa —ahora que lo pienso, a lo mejor los malos son los padres, quién sabe. Ese es otro asunto, claro, el del chico explotado. Macaulay Culkin lo fue y quizá haya tenido la necesidad de desquitarse, qué le vamos a hacer, y haya pedido a gritos participar de una película “distinta”, donde más que amor demostrara odio, repulsión, saña, aunque más no fuera para vengarse ficcionalmente de sus seres “queridos”. Es más, se dice que el papel de Henry no estaba pensado para Macaulay Culkin en primera instancia, sino que su “elección” fue más bien una imposición del estudio —lo dicho, el tipito traía consigo el arrastre de Mi pobre angelito, por lo que no le habrá sido muy difícil convencer a los ejecutivos del estudio que el rol principal debía recaer en él. Incluso hizo que ciertas partes fueran escritas nuevamente, para encajarlas a su gusto.

O sea, para nosotros, y con esto debe quedar claro qué film es meritorio en serio, Macaulay Culkin siempre será el pibe asustado, querible e ingenioso de Mi pobre angelito, nunca el Henry de The Good Son, película olvidable, que sólo la visión de Joshua me trajo a la mente, pero Jacob Kogan, el intérprete de Joshua, siempre será eso que acaba de aterrarnos, una cara sin expresión de ninguna clase, un par de ojos que se aparecen de repente en medio de la noche, o en medio de nuestros sueños, una presencia ominosa dispuesta a quedarse con todo, incluso con la categoría de “película con niño terrible”, categoría dentro de la cual cada nueva película perteneciente a ella tendrá a partir de ahora un título de cuidado con el cual compararse.

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