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agosto 19, 2008 / Roberto Giaccaglia

Como para reír estamos

Heath Andrew Ledger, 1979-2008, Australia.

Meses atrás me topé en un blog con una nota —digo “nota” porque de alguna manera hay que llamar a “eso” que encontré— que se alegraba por la muerte de Heath Ledger. No conozco al autor de la nota, pero sí a uno de los dueños del blog, personalmente. Le escribí a este conocido para preguntarle si “eso” que había subido uno de los colaboradores era en joda o qué, porque no alcanzaba a comprenderlo. Me contestó ambiguamente, o sea sin que le importara un carajo mi pregunta o lo que había en su blog.

Yo todavía no había visto The Dark Knight, bueno, en realidad nadie la había visto todavía, pero sabía de sobra lo que se decía de la actuación de Ledger en la última película de Batman. El actor, simplemente, se robaba el film. Al parecer, el Guasón que había compuesto era antológico, una obra cumbre en sí misma, superior tal vez a la propia película. (Algo que no viene al caso, y que sin embargo voy a decir, es que no había visto hasta el momento ninguna película con Ledger como protagonista que me gustara.)

Las críticas que fui leyendo luego de The Dark Knight repitieron con creces los comentarios que tal vez se hubieran reproducido sólo de oídas. En todo caso, al parecer, las habladurías acerca de lo bien que había actuado Ledger eran justificadas.

Antes de ver The Dark Knight, entonces, tenía esas dos cosas en la cabeza, la actuación de Ledger y la notita que gozaba con su muerte. Me pregunto si habrá sido por eso que a lo único que le presté atención fue al Guasón.

De chico, no era el enemigo de Batman que más me gustaba —pero tal vez esto se debiera a que en el programa de televisión el Guasón estaba encarnado por un poco refinado Cesar Romero, a quien se le notaba el bigote debajo del maquillaje blanco y que a decir verdad daba más pena que miedo, o vergüenza ajena por lo menos.
En los recreos, cuando nos juntábamos a hablar de la serie, siempre surgía la pregunta acerca del enemigo preferido de Batman. Yo nombraba a Gatúbela, pero como las razones esgrimidas no bastaban para considerarla un epítome de maldad o de poderío, debía elegir a alguien que fuese mafioso en serio y no un aliciente de fantasías tempranas. Así que me quedaba con El Acertijo. En la lista de mis preferidos seguía El Pingüino, a quien, para colmo, encarnaría tiempo después Danny DeVito en la mejor Batman que se hizo hasta ahora, la segunda de Tim Burton —aquí también aparece Gatúbela, es cierto, encarnada, para colmo, por Michelle Pfeiffer, por lo que mi predilección por la gata enfundada en negro se patentizó nuevamente, por más que no pareciera tan mala o poderosa (por suerte mi mujer no lee estas críticas).

El Guasón estaba lejos de mis preferencias, repito, pero claro, no había visto lo que Ledger era capaz de hacer con el personaje —cuando vi a Jack Nicholson en la primera de Burton mi indiferencia por el Guasón no se inmutó en lo más mínimo, sino todo lo contrario.

Pero todo esto es el pasado. A partir de la personificación del Guasón por parte de Ledger hay que hablar en otros términos.

Lo que hace Ledger es otra cosa, algo distinto, vuelve al Guasón algo serio, monumental, un personaje para amar por siempre, la única razón para volver a ver una y otra vez The Dark Knight, la presencia que justifica la existencia misma de la película —que de no ser por él realmente no habría cómo mirar, el último Batman es más un robot que un enigmático caballero nocturno, un super soldado, un policía tecno, un producto de laboratorio, un facho con la voz alterada y con menos gracia que Robocop.

Pero acerca de la actuación de Ledger (enorme, ¿sólo enorme?) hay que tener en cuenta algo, que tiene que ver con lo que citaba al comienzo.
La muerte de Ledger, ¿sirve para que actúe mejor, para que se vuelva tan omnipresente, para que opaque todo lo demás? ¿No estaremos un poco sugestionados? ¿No nos habrá afectado su muerte? ¿No será compasión lo que sentimos al verlo en su último papel, algo parecido a lo que sentimos por aquel actor italiano que protagonizó Il Postino, que de tanto llorar su muerte nos daban ganas de robar el Oscar para dárselo a él (a sus familiares)?

Estoy tratando de acordarme de esa frase que dice que la muerte de un pelado hace que la gente le peine rulos que no tenía. De acordarme literalmente estoy intentando, claro, pero me es imposible.

No importa, lo que vale es el espíritu de la idea y me parece que tan mal encaminado no estoy.
Ni siquiera me acuerdo acabadamente de la notita que se burlaba de la muerte de Ledger —comenzaba diciendo, sí, que la muerte de Ledger le importaba tres pitos—, pero sí puedo rememorar el “lugar” adonde apuntaba: el tipo que la escribió decía experimentar gusto cuando moría una celebridad. La fracesita, provocadora, da para pensar un rato.
Antes que nada, pensar, por ejemplo, si alguna vez no sentimos algo parecido a lo que dice sentir el autor de la necrológica feliz. Sincerarnos, tratar de ver si no nos pasó alguna vez algo similar por la cabeza. Esto sirve, en parte, para darnos cuenta de cómo somos como especie, como especie manipulada digo. Y luego de pensar esto podríamos enfocarnos en lo que sigue (que en realidad es algo inmediatamente anterior, no posterior): el manejo de las noticias luctuosas por parte de los medios, cuyo disfrute es más notorio, aunque nos intenten engañar diciendo exactamente lo contrario. El “disfrute” solapado de los medios es lo que nos puede llevar, después de todo, a sentir ese gozo culpable por la muerte de una celebridad. La degradación y la vergüenza con la que los medios suelen vestir la muerte de una celebridad (o sea ese momento final donde no suelen faltar excesos de todo tipo), puede provocar en el hombre común, sobre todo si uno es un miserable, cierto sabor de triunfo, que es el triunfo de la mediocridad, lo que todo un miserable llamaría “justicia poética”, sin saber de qué se trata tal cosa. A esta sensación la corona la frase “Mejor conformarse con lo que uno tiene, mirá cómo terminan estos”. Es la frase del hombre de a pie, del bienpensante, del que se resigna a su chatura y se deja estar, feliz de no ser una celebridad atrapada por las cámaras en un momento más bien oscuro. Por carecer de excesos, y también de genio, estos hombres quizá tengan una vida mucho más larga que personas como Ledger, pero también más angosta.

Los medios tienen sus tiempos y esto es algo a tener en cuenta.
Luego de la degradación y la vergüenza, viene por supuesto la alabanza, la tarea de hablar bien hasta por los codos de la personalidad muerta. Más o menos en ese punto está Ledger hoy en día. ¿Es posible ver The Dark Knight sin sentirse acicateado por el punzón de la opinión mediática, que ha coronado de laureles la memoria actoral de Ledger? No lo sé, pero me gustaría mucho pensar que su tarea en The Dark Knight no necesita ni de un poquito de ayuda, nada, ni siquiera de una cala de plástico. Tal cosa lo tornaría todo más real y, al mismo tiempo, mágico, único, la sensación de estar ante una actuación más que brillante explosiva, pero explosiva como supongo ha de ser justamente una estrella, algo después de lo cual ya no queda nada cerca.

Es una sensación que tengo, nada más. O, mejor dicho, una sensación que me gustaría tener: la de haber presenciado una actuación como ninguna y no la de estar influenciado, mediáticamente influenciado.

Vuelvo a la notita burlona, porque seguía diciendo cosas que vienen a cuento.
Decía, este tipo, sentir una curiosidad infantil cuando los canales del corazón y de la farándula muestran historias truculentas. Al parecer, el hecho de que esta gente sufra le da alegría, pues cree que los famosos del espectáculo no se merecen ningún tipo de felicidad, sea por los millones que ganan, por el deseo que los rodea, por las luces que los iluminan.
Yo prefiero pensar modestamente, tal vez es lo que le convenga a todo aquel que pretenda ser ante todo un buen espectador y no un enjuiciador que se la pasa buscando la quinta pata del gato, el pelo al huevo y rizando el rizo de la estupidez.

Lo que digo es que la actuación de Ledger en The Dark Knight merecería toda la retribución posible de millones, deseo y luces alrededor que se le pudiera dar. Alguien que deja una actuación así no merece atragantarse con un frasco de pastillas para dormir. Esas pastillas que se tragó Ledger no lo mataron sólo a él, sino que también terminaron con la posibilidad de ver otra vez una actuación semejante, el regreso del Guasón o de alguna otra cosa maligna, cínica, anárquica y tan fantástica como esa. ¿Vale la pena hacer otra Batman? Por más bien que se elija a Gatúbela, digo, o por más que Tim Burton decida volver a la franquicia, ¿vale la pena hacer otra Batman? Para mí ya está. Sería como grabar de nuevo el álbum blanco de los Beatles. Ver The Dark Knight es un poco triste: vemos la actuación de nuestra vida como espectadores y al mismo tiempo sabemos que es irrepetible, que ya no puede darse, que a lo sumo veremos otra cosa, algo parecido si tenemos suerte, pero eso, justamente eso, ya no.

No me parece que sea algo justamente para reír, sino todo lo contrario, a no ser, claro, que nos hagamos en la cara una sonrisa especial, para la ocasión, una sonrisa de idiota, la del canchero que se la tira de políticamente incorrecto, de provocador, la del que se cree gran cosa por despreciar el éxito, o que agarremos un buen cuchillo y nos marquemos para siempre una cicatriz como la del Guasón y que riamos sin ganas por toda la eternidad, castigados, cargando en el rostro un destino cruel, una sonrisa fatal, incluso después de habernos atragantado con un frasco de pastillas para dormir.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Guillermo Belcore / Ago 20 2008 2:24 pm

    Estimado Roberto:

    Tu comentario es excelente. Coincido con casi todas las conclusiones, incluso con elegir a El Acertijo como el villano favorito del Batman camp. También me desagradan esas poses intelectualoides (no es más que un vano intento por destacarse entre la manada) que desdeñan la fantástica actuación de Heath Ledger. Discrepo sólo con la postulación de que ya no será posible filmar otro Batman. El arte, por fortuna, es una eterna tarea inacabada. Quién sabe, quizás el futuro no nos tiene reservado otro malvado inolvidable que desafíe al caballero de la oscuridad.

    Mis respetos
    G.B.

  2. Juan Secaira / Ago 21 2008 1:56 pm

    estimado Roberto:
    No me había percatado de que abriste nuevamente la oportunidad de comentar. Adjunto mi comentario para aportar a la conversación y te agradezco por tus palabras:

    muy bueno el comentario sobre Guasón; a decir verdad, tampoco era mi malvado favorito, pero el actor australiano le da nuevos bríos a su personaje.
    Respecto a lo del tipo que se alegra porque alguien famoso ha muerto, pues nunca me ha pasado, pero sí ocurre, tal vez no tan bruscamente pero desde, a veces, el círculo íntimo de cada uno se pugna por la destrucción y el fracaso, como si eso alimentara el ego de los demás. es también esa una forma de morir, de negarse a sí mismo, de permanecer impasibles y felices por la destrucción del otro.
    esa falsa pertenencia ocurre, en otro sentido, en el fútbol, por ejemplo, cuando los hinchas dicen: “hoy jugamos bien”, pero en plural como si ellos hubiesen intervenido directamente en el juego. Pero el nosotros cambia a ellos cuando el equipo ha jugado mal o ha perdido. ESo tiene que ver con cierto complejo , creo yo, o ganas de llamar la atención.
    Bueno, te mando saludos

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