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septiembre 1, 2008 / Roberto Giaccaglia

Hay dolores, y dolores

Last Days, Gus Van Sant, 97:00, 2005, Estados Unidos.

About a Son, AJ Schnack, 97:00, 2007, Estados Unidos.

Cine comparado. Categoría de hoy: película a partir de la figura de Kurt Cobain.

En un pueblo por lo general no hay una mierda para hacer. A uno, tarde o temprano, le dan ganas de morirse. Se quiere matar, quiero decir. Bueno, en realidad no es para tanto, hay muchos que son más felices en un pueblo que en cualquier otro lado. Claro, pero para eso uno tiene que haber nacido con cierta predisposición, digamos. Cierta predisposición para el contacto, para la charla casual, para el saludo continuo, para el saludo eterno. Para eternizar ciertos ritos, lo cual, válgame el mal gusto, es una reiteración innecesaria. Sí, claro, pero para hablar de un pueblo está muy bien. Para hablar de un pueblo hay que reiterarse. Uno hace siempre lo mismo en un pueblo. La gente es siempre la misma. Pero sobre todo, uno es siempre el mismo. Eso es porque los demás saben cómo verte. Te ven de una sola forma. En cambio, en la ciudad no te ven. ¿No es peor eso? No sé, a ciertas almas les conviene no ser vistas. Ciertas almas prefieren pasar inadvertidas. Y otras necesitan el contacto. Todo lo que necesitas es amor, decía alguien en una canción. Al final, amigo mío, lo único que se necesita es amor. O heroína. No, qué heroína, eso se necesita cuando, justamente, no hay amor. ¿No es eso un lugar común espantoso? Nací en un pueblo, se me pegan los lugares comunes. Vaya uno a saber si es por eso, por haber nacido en un pueblo digo, porque si uno es monotemático encontrará lo mismo en cualquier lado, esté donde esté, o haya nacido donde haya nacido. Está bien, obviemos el asunto de haber nacido en un pueblo, no tiene importancia, ya estoy viendo. No, sí, la tiene, pero no es determinante. Sirve al menos para pintar cierta idiosincracia, o sea para dar una pátina identificable. O no solo para “pintar”… digamos que sirve para explicar cosas. ¿Eso de sentirse único, por caso? Es más fácil sentirse único en un lugar chico, sí, crecer con ciertos estigmas es más fácil en un pueblo. Claro, dentro de tanta gente normal, donde nadie parece sobresalir, es fácil que uno se sienta un bicho raro por el simple hecho, por ejemplo, de escuchar otra música o, para ir más lejos, por el hecho de no desear para la propia vida lo mismo que desean todos: una profesión segura, una familia, un auto, ir a ver a tu equipo favorito de tanto en tanto. Eso trae soledad. Desear otra cosa, quiero decir, trae soledad. Claro, por eso digo que si alguien “especial” nace en un pueblo muchas de las cosas que le pasen luego podrán explicarse a partir de allí. El pueblo como sitio donde se tejen destinos. ¿El suicidio, por caso? No, no termino de convencerme, hace falta algo más que haber nacido en un pueblo y sentirse distinto para llegado el caso querer matarse. ¿Y las ganas de escaparse? Al deseo permanente de huir me refiero, esas ganas de estar siempre en otro lado. Podría ser, aunque no, tampoco. A veces uno tiene ganas de escaparse de cualquier otra cosa, la cantidad de cosas a las que uno puede querer escaparles son infinitas. Estoy pensando en un campo ahora. No debe de haber nada más necesario para quienes viven rodeados de tumulto, aturdidos, con ganas siempre de escaparse, que irse a un campo, desconectarse… qué sé yo, como Salinger, por ejemplo. Puede ser, pero ese ejemplo es el de alguien que quiso escapar de la fama, no sólo del tumulto o del aturdimiento. Bueno, supongamos entonces que la fama sea un pueblo grande. O una ciudad donde todos te prestan atención. Una ciudad donde todos te prestan atención es el infierno. Sí, claro. Dicen: pueblo chico, infierno grande, pero para mí el verdadero infierno es el de una ciudad que centra los ojos sobre vos, porque en un pueblo, mal que mal, uno se siente en casa, más o menos en casa. No sé, me parece que hay personas que no se encuentran en casa en ningún lado. ¿En la heroína? Digamos que un vicio puede ser algo parecido a una casa, pero muy muy remotamente. No basta. Pensemos mejor en algo que te guste hacer, no sé, qué sé yo, componer canciones por ejemplo. ¿Eso no puede ser un hogar, una canción? Sí, estoy de acuerdo, pero en algunas personas tampoco es suficiente. En algunas ocasiones las paredes de ese hogar son tiradas abajo por la presión de afuera. O carcomidas por las termitas de adentro, es lo mismo. Yo pensaba que eso pasaba con la heroína, lo de la lenta consumición, y por dentro. Sí, pero con algunas canciones también: te consumen, te quitan todo, como se lo quitan al escritor las cosas que pone en un libro, o al pintor lo que pone en un cuadro. Gente sensible. Gente sensible, sí, que o bien recurre a la botella, o a la heroína… o al campo, cosa que me parece más saludable e inteligente. No sé, no se puede juzgar a quien elige una cosa o se inclina por otra. ¿Quiénes somos para levantar nuestro dedo acusador y decidir que lo que elige tal o cual persona para escapar de su dolor o de su aburrimiento está mal? Es que a veces esas elecciones repercuten en otros, lastiman a otros. Bueno, está bien, sí, en eso estoy de acuerdo, pero nunca podremos ponernos en la piel de quien toma la decisión, la de la heroína, por ejemplo. O la de la escopeta. Todavía no había pensado en eso, la escopeta, pero sí, es inevitable. Con una escopeta uno puede hacer mucho daño, incluso si dirige los cañones sólo hacia sí mismo. Estimado, nunca, pero nunca, se dirigen los cañones sólo a sí mismo. Bueno, justamente, de eso hablo, de las formas en que uno provoca daño, dolores. Pero salí un poco a la calle, o encendé el televisor, mirá la tapa de los diarios: todo puede hacer daño… ¿te parece que podemos echarle la culpa a alguien por cumplir, digamos, los clichés del artista maldito, ese que, eventualmente, termina provocando daño, un daño mayúsculo, al creer que sólo se está dañando a sí mismo? ¿No estará dentro de uno el daño? ¿No serán ciertos dolores algo propio, una sombra? Hay gente que lleva el daño dentro, es cierto. Y a veces se nota demasiado, ¿no? Sí, tanto que llega a dolerles a los demás. Sobre todo cuando ese dolor se transforma en cosas que los demás pueden ver, o sentir, cosas que se hacen palpables. Canciones, por ejemplo. Estaba pensando justamente en canciones, sí. ¿Sobre qué? No sé, sobre haber crecido en un pueblo, apartado de todos y de todo. Sobre ser un chico raro. Sobre pensar solamente en volverse un punk cuando los otros piensan en volverse abogados, o médicos. Sobre haber sido más o menos feliz hasta que tus padres se separaron. Sobre no haber tenido dónde dormir. Sobre haber sufrido una enfermedad permanente, con dolores insoportables. Sobre no ser lo suficientemente apreciado. Sobre haber sido explotado. Sobre haber sido despreciado demasiadas veces. Sobre el deseo de venganza. Sobre querer componer las relaciones con los demás y no poder. Sobre querer estar solo y que no te dejen. Sobre querer estar acompañado y no encontrar a nadie. Sobre el espíritu adolescente. Sobre el espíritu infantil. Sobre llevar siempre dentro ese espíritu adolescente. Sobre no crecer. Sobre ser siempre un niño. Sobre ser el propio virus de uno mismo. Sobre haber dejado demasiadas cosas en el camino y no poder volver a buscarlas. Sobre tener que recurrir a la heroína, o a una escopeta. Canciones sobre eso. Canciones tristes. Todas las buenas canciones son tristes. ¿Por qué será? Vaya uno a saber, será, a lo mejor, porque las canciones tristes mueven algo más que los pies de quien las escucha. El arte como catarsis, digamos. Ponele el nombre que quieras, catarsis, expulsión de todos los males, desgañitarse hasta quedar afónico y ya no tener palabras dentro, palabras que duelan. Quedar como una escopeta recién disparada. No sé si la metáfora es propicia para hablar de este de quien estamos hablando. No, tal vez no. Es útil en otros casos, pero acá es casi un chiste de humor negro. ¿No te gusta el humor negro? Me encanta. Me acuerdo de un chiste, visto en una tira cómica: están el doctor Favaloro y Kurt Cobain sentados a una mesa, los dos muy serios. Uno de los dos pregunta: ¿Qué hacemos, nos tomamos unos mates o nos pegamos un tiro? Y el otro contesta: Y… yerba no hay.

Las películas de Van Sant y de AJ son muy parecidas en algo, aparte del hecho obvio de basarse en quien se basan: ambas son muy aburridas (bueno, quizá “muy” sea la de Van Sant, y a la de AJ haya que quitarle el “muy”). Pero ojo, a mí me parece que tildar a estas dos películas de “aburridas” es demostrar que se las ha visto con un ojo acostumbrado a que en el cine pasen cosas, y no siempre pasan cosas en el cine, al menos en la pantalla. Ya sé, ya sé, son películas donde lo que sucede “pasa” por dentro del espectador. Y bueno, dentro del espectador, entonces, se puede decir que ante Last Days y About a Son pasan cosas, muchas. Lo que no hace que dejen de ser aburridas. Está bien, convencionalmente hablando son aburridas, pero estamos ante retratos de un artista que no era eso, algo convencional, estamos ante un tipo que cambió el rumbo de la música rock, ¿cómo hablar de alguien así en forma convencional, sin repetir lo ya mil veces dicho? Es cierto, pasemos mejor a otro asunto. Bueno, ya que hablamos de un aspecto que ambas películas comparten, citemos otro, bastante particular: su duración. Es cierto, en eso son iguales, las dos duran exactamente lo mismo, ni un minuto más, ni un minuto menos, aunque también es cierto, mucho, que la de Van Sant parece durar el doble, quizá el triple si uno está en un mal día. Puede ser. En sus pretensiones de veracidad también son muy parecidas. Sí, lo son, pero antes me gustaría que te fijaras en algo en que se diferencian mucho, pero mucho. Hablo del catálogo de colores y de texturas que ofrecen ambos directores: Van Sant es avaro, opaco, pide que el espectador sea como él, un asceta casi, alguien que se conforma con poco, que usa lo justo y lo necesario, sin hacer demostración de nada, sin gozo, en cambio AJ es lisonjero y desprendido, dadivoso, pletórico, tira manteca al techo, tanta que uno se empalaga: nos obsequia simpatiquísimas y muy pintorescas tomas de Aberdeen (pueblito donde nació la estrella de ambos films), Olympia (pueblo donde se desarrolló), y Seattle (ciudad donde se reprodujo), mientras nos embadurna de paso los oídos con una selección musical que ilustra perfectamente cada cuadro y cada palabra. Sí, una selección erudita, diría yo. Pero volvamos a las semejanzas, a sus pretensiones por ejemplo. Decíamos que tienen pretensiones parecidas. Sí, pretensiones de veracidad. Ambas películas funcionan como un documental: uno actuado (mal), y el otro compuesto de imágenes absolutamente azarosas (bien). Quieren hacernos creer eso que nos muestran es real: que la estrella pasó sus últimos días así (mal, en la de Van Sant), o que la estrella vivió así (más o menos, AJ). O sea, son documentos artificiosos de lo que pretenden mostrar. No digo que esté mal la introducción de la ficción en la realidad que sea, mejor aún, me parece, pero no me vengas con que me estás “recreando” algo. Decime mejor que no se te ocurría una historia mejor a partir de otra cosa y lo elegiste al tipo este para decir lo que te parece. Construcciones, digamos. Decime que aprovechaste una figura jugosa para inspirarte y hacer, qué sé yo, eso que hiciste, una película. A mí me parece que Van Sant dijo algo parecido, que lo suyo no es un documental de nada, que lo suyo es más bien un homenaje. Bueno, si es así… ¿pero homenaje? ¿De qué homenaje estamos hablando si todo el tiempo me mostrás al “homenajeado” como un flor de tarado, que no puede ni prepararse un desayuno o hablar con la gente? Eso no es un homenaje, es más bien hacer leña del árbol caído, amarillismo. Y todos caen en la volteada, no se salva nadie. El entorno de la figura principal termina siendo tan demonizado como en la vida real lo demonizan actualmente los periodistas. Lo de AJ, en cambio, es otra cosa. Sí, tiene una estructura más lineal. ¿Lineal? Me parece que no, pero igual yo me refería a que en la película de AJ sí se está ensalzando la figura de la que se parte, la figura y hasta su entorno. Se crea un mito. Se nos miente, pero en favor de la figura retratada. Y, creo yo, porque esto hay que decirlo, lo que hace AJ es en favor también de su público, tan necesitado de héroes. Es una película más servicial, si se quiere. Y paradójicamente menos periodística. Sí, porque destila menos sangre. Con lo de paradójico me refiero a que la película de AJ está compuesta por la voz de la figura retratada, casi con exclusividad. Lo suyo es un documento en el sentido que la palabra Historia, con mayúscula, le da al término. Veinticinco horas de entrevistas tuvo que escuchar AJ para hacer su película. Eso es periodismo, pero la composición del film tiene que ver más con el arte. Lo de Van Sant también, pero menos, lo de Van Sant tiene que ver más con el ensayo: no sólo por su carácter detectivesco, sino por lo que hace la cámara, fundamentalmente por esto diría yo. La cámara de Van Sant, como en Gerry, como en Elephant, como en Paranoid Park, es una cámara ensayística, que no sabe bien dónde ponerse, que no tiene en claro nada, que hurga permanentemente, hasta el cansancio. Es el procedimiento de los escritores que me gustan, pero llevado al cine no siempre funciona. Es un recurso que cansa un poco, sobre todo si uno ya vio alguna de esas películas. Y sí, como llega a cansar el film de AJ, imágenes descolocadas que siguen a imágenes descolocadas. O no tanto, porque el tipo se las arregla muy bien para ilustrar lo que dice la voz de la figura registrada en esas horas de entrevistas. Tiene buen gusto, es cierto, o mucha suerte, porque suele acertar con la imagen que muestra mientras la voz habla y habla. Puede ser, o será quizá que el espectador hace lo que puede y termina él mismo fusionando una cosa y otra. Más que nada para no dormirse frente a la pantalla. No es para tanto. A mí el film de AJ me resultó varias veces más entretenido que el de Van Sant. ¿Querés decir entretenido o educativo? No había pensado en eso, en lo “educativo” del film de AJ, pero puede ser. Es lindo enterarse de ciertas cosas que uno desconocía de la figura retratada, ¡y qué mejor que enterarse por la propia voz de esa figura! Pero esa voz es un personaje más, en esta película digo, por lo menos en esta película es un personaje más. Sí, lo es, pero muy bien compuesto, si no es así, si las cosas no fueron del todo así, qué importa, está bien escucharlas de esa voz. Pero esa voz no hace más que repetir los clichés que uno espera: la pobreza de la figura, su soledad, su heroicismo, su extrañeza, su postrero triunfo, su postrero y merecido triunfo. Su venganza, quiero decir. Sí, son clichés, pero bastante menos despreciativos que los que muestra Van Sant, que después de todo no hace más que retratar el tormento interior de quien logra, a la postre, triunfar. AJ, en cambio, no se regodea en el tormento. AJ produce otra cosa con su película, que la figura retratada respire en paz, o por lo menos se muera tranquila. Van Sant llega incluso a enjuiciar, cuando uno de los personajes de su película, una pésima Kim Gordon, que como actriz es una excelente compositora, le hace una pregunta jodida a la figura central, haciéndole sentir culpa por hacer sufrir a su familia, por ser, en pocas palabras, un desgraciado. Cierto, qué caso el de Kim Gordom, será un prodigio indie y todo lo que vos quieras, pero ojalá que pueda mantenerse alejada de cualquier set de filmación que se le presente, aunque sea en honor a la veracidad del cine, esa sana pretensión de que nos creamos que lo que pasa en pantalla es real. Bueno, pero volvamos a eso del enjuiciamiento de la figura. Sí, algo de mal gusto en la película de Van Sant y que está lejos de las pretensiones de AJ, pretensiones que bien pueden alimentar a la estrella con fantasías, hacerla engordar con dulces y grasas, pero que al menos dejan fuera los mañosos dedos acusadores, o a esas manos que empuñan la acostumbrada hacha que hace leña y que después prenden fuego y se calientan alrededor del muerto. No es tampoco que Van Sant haya hecho un biopic ortodoxo, no lo es, en parte porque carece de las emociones preconcebidas de un biopic ortodoxo, de los que tanto gustan a Hollywood y hacen llorar a las señoras, y en parte porque está filmado con personalidad, pero es su interés, los lugarcitos por donde se mete, los sitios donde elige hacer cosquillas lo que transforman a su película en un lugar común más de los tantos lugares comunes que forman el ya apretujado país del retrato miserable. Eso está claro y ya dicho: AJ elige otra cosa, hacer que la leyenda crezca, se expanda, explote llena de luces de colores que todo lo inundarán con su gracia. O sea, su película también es corriente en este sentido, quizá más que la de Van Sant, pero también más justa, más justa y menos pretensiosa se podría agregar. Como que no se aprovecha de la figura retratada, o al menos no tanto. Sí, como si lo suyo fuera una elegía y no tanto un espejo quebradizo, quebrado tal vez por los golpes de la propia figura retratada, por su furia, por su pena, pero un espejo feo al fin y al cabo, un espejo dañado, de esos que uno haría bien en obviar antes que fijarse a ver qué encuentra. ¿En ese aspecto se puede decir quizá que lo de Van Sant es más “artístico”? Tal vez, pero sólo en ese aspecto. O sea, artístico dolorosamente hablando. Ojo, a lo mejor su ambición fue otra. Sí, pero eso no lo exime del resultado. Se puede decir que mientras la película de Van Sant retrata una tragedia, la de AJ retrata… iba a decir “dicha”, pero tampoco es para tanto, pero algo de eso hay, “dicha”, en las imágenes elegidas, en las palabras elegidas, incluso en el tono de voz, para no hablar de las canciones de la banda sonora, cosa que no está de más repetir. Se puede decir entonces que la película de Van Sant es sobre una muerte, mientras que la de AJ es sobre una vida. No sé, no, tampoco, mejor decir que la película de Van Sant es sobre alguien que ya está muerto, mientras que la de AJ es sobre alguien que estará vivo para siempre.

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3 comentarios

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  1. lanoviadetroll / Ago 16 2011 4:21 am

    Estos dias descubrí a Aaron Katz, tambien oriundo de Portland, Oregon (que pasa en esa ciudad?)

    Su primer película (Dance Party,USA) es pariente de Elephant, pero me simpatiza más. Quiet City va segun gustos pero todo Ok y Cold Weather, la más reciente es una obra “de madurez “(creo que se entiende mal sin conocer las otas dos) y una pequeña gran “comedia”

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    -para viajar un rato lejos de nuestro por venir (o no)…

    Sdos

  2. Roberto Giaccaglia / Ago 16 2011 6:06 pm

    Gracias, muy amable. Habrá que verla.

  3. lanoviadetroll / Ago 17 2011 9:01 am

    Finalmente el mejor video de Duran Duran, dirigido por un maestro… (que hijo de p*ta LOL)

    ps: tus “Diario de un Librero” son una maravilla, aunque mi opinion este teñida por recuerdos adolescentes de tardes en librerias porteñas (calle Corrientes, por ahi…) y amigos que perdi de vista

    Sdos

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