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septiembre 14, 2008 / Roberto Giaccaglia

Qué recuerdo del día en que cayeron las torres

Me acuerdo de un tipo que se llamaba Farías. Parece un apellido, es cierto, quiero decir, es un apellido, pero en el barrio todos le decían así, Farías. Era uno de esos tipos sin nombre. Creo que nunca nadie lo supo. La mujer lo había abandonado. Bueno, es un decir. En realidad, lo había echado. Primero lo recluyó en un departamento que había al fondo de su casa, pero después la mujer decidió ampliar el departamento y convertirlo en un pequeño hogar de ancianos, empezó a trabajar sin habilitación de ninguna clase y así debe de seguir todavía, así que Farías tuvo que buscarse otro lugar para vivir. Se fue a vivir al edificio de departamentos del frente de su casa, donde vivía yo. O sea, el pobre hombre nunca terminaba de irse. Ahora podía ver desde un lugar privilegiado, su balcón daba al frente de la casa donde había vivido toda la vida, cómo su ex mujer se encontraba con su nuevo novio, cómo el nuevo novio de su ex mujer entraba en lo que había sido su casa, como estacionaba su auto en lo que había sido su garage, cómo le ayudaba con los viejos que llegaban a internarse en el departamento del fondo convertido en asilo, cómo salían juntos a pasear.
Farías no era muy limpio. Trabajaba de jardinero y cuando volvía de su jornada subía las escaleras embarrado de pies a cabeza, se limpiaba los zapatos en el borde de los escalones, raspándolos, escupía en los descansos, en el balcón, hacia la calle, se paraba bajo el marco de su puerta y desde ahí comía y eructaba, puteaba por lo bajo al novio de su ex mujer, saludaba amablemente a los conocidos del barrio, invitaba a pasar a quien quisiera, convidaba con lo que tuviera. Nadie subía nunca. Por las madrugadas se cruzaba hasta el jardín de su ex mujer y echaba vinagre en las flores. Una bruja le había dicho que esa era una buena manera de atraer de nuevo a la señora hasta él. Pero un buen día el novio de su ex mujer se levantó en calzoncillos y lo hizo volverse con la vinagrera en la mano.
Era un hombre supersticioso. Una vez, volviendo del trabajo, encontró en su camino a nuestro edificio, cruzando la calle, una barra de azufre aplastada, alguien la había dejado caer y seguramente un auto le había pasado por encima. Prefirió dar la vuelta a la manzana antes que pasar por encima de la barra de azufre hecha añicos. Yo estaba sentado en el balcón. Cuando apareció en el suyo, consternado, me dijo que cómo podía alguien haber hecho semejante cosa, plantarle azufre en medio del camino.
A veces Farías se sentía feliz. Entonces sacaba una silla al balcón, se sentaba, empuñaba su criolla y ofrecía su música al barrio entero, a grito pelado. No cantaba mal. Por lo general tocaba éxitos de Jorge Cafrune, de Yupanqui, de Larralde. Eran canciones penosas, de amores rotos, o de sueños de otra clase, rotos igual, pero a él parecían ponerlo muy contento. Después de cada canción le sonreía a un público que sólo podía imaginar.
Farías tenía una larga historia de desencuentros. No todos tenían que ver con el amor. La vida misma parecía haberse desencontrado con él. En sus buenas épocas supo trabajar para la municipalidad. Hasta tenía un furgón donde cargaba sus herramientas. Luego de empezar a perderlo todo, se valió de una carretilla. Algunos decían que había sido el vino el culpable. Otros, la mala suerte. La cuestión es que el tipo se quedó solo. Tenía dos hijas, un yerno, un nieto, pero también, como el trabajo en la municipalidad, el furgón y la suerte, fueron alejándose de a poco. De a poco y a los gritos. En las buenas épocas mis padres y yo fuimos invitados a la fiesta de quince de su hija mayor. En la mesa había de todo, menos gritos y soledad, cosas que después para él fueron abundando.
Así que cuando empezó a vivir en nuestro edificio lo único que todavía lo acompañaba era su carretilla y a veces su guitarra. A la carretilla la guardaba en la casilla del gas, junto a sus herramientas. La guitarra siempre estaba en una silla.
Una vez encontró un cachorro medio comido por los bichos y lo llevó a vivir con él. No sé qué nombre le puso, pero era un nombre de persona. Gaspar, pongámosle. Gaspar se la pasaba haciendo sus necesidades en los rincones del edificio. Debía de tener el estómago muy comprometido, porque vomitaba cada dos por tres. O quizá era que su nuevo dueño no prestaba atención al hecho de que el perrito era demasiado pequeño para soportar la misma comida que comía él, frituras de todo tipo, fiambres, facturas. Había que caminar esquivando comida procesada y al mismísimo perro incluso, que andaba a los tumbos, todavía medio comido por los bichos pero quizá un poco más gordo. Se ve que algo de lo que ingería le quedaba. Es más, el perro, más que caminar, se arrastraba, la panza le tocaba el piso, aunque esto quizá se debiera a alguna infección, porque las deposiciones de Gaspar eran cada vez más líquidas. Nadie se explica cómo fue que un buen día se cayó por el balcón.
Bah, ese perro de mierda, dijo Farías cuando se enteró, restándole importancia al asunto, sonriendo de costado. Un vecino se encargó de enterrarlo por ahí.
Su nieto, un niño de unos siete años, era la única persona que de vez en cuando iba a visitarlo. No sé si a él le afectó la muerte de Gaspar. Varias veces lo había visto jugando con él, pateándolo con suavidad, para que rodara por el balcón, por las escaleras. El perro, entonces, se quedaba quieto en alguno de los escalones y ahí depositaba algo, por alguna de las partes del cuerpo.
Farías hablaba mucho conmigo. Le gustaba opinar sobre folklore y sobre política. Pero de ambas cosas decía todo el tiempo lo mismo: si hablaba de folklore era para despreciar a los nuevos intérpretes —de la cantante Soledad decía que tenía una papa en la boca. Lo decía con mucha gracia, como si siempre lo dijera por primera vez—, si hablaba de política era para cagarse en los radicales y endiosar a Perón y a lo que él consideraba sus encarnaciones: Menem, De la Sota —cada vez que se votaba, me alcanzaba votos, calcos y todo tipo de propaganda justicialista, con euforia y convencimiento de que yo iba a votar como él. Creo que amaba a Perón por sobre todas las cosas.
Nuestros balcones estaban pegados, así que nos encontrábamos seguido. De vez en cuando me obsequiaba alguna torta frita o cosas así. Eran más bien cascotes blandos de harina engrasada, pero yo los aceptaba. Era un hombre de corazón, se notaba, demasiado amable como para rechazarle un regalo.
Una vez, un 11 de setiembre, a eso de las doce o doce y media, Farías se asomó al balcón y me llamó. Volvía de trabajar. Estaba embarrado, con tierra seca pegada a las ropas, transpirado, los pelos sobre la frente. Se pasaba una mano por la cara colorada. Había sido un día pesado y se notaba que le había dado duro a la pala.
Viste lo que pasó, me dijo.
No, le dije yo. Tenía televisión, pero lo encendía para ver películas en VHS, nada más. Y radio escuchaba sólo por la noche, Dolina. Esa mañana me la había pasado leyendo El Eternauta, encerrado, tendido en la cama. Creo que todavía no había desayunado. Mi último trabajo había terminado un par de meses atrás y no estaba buscando.
Chocó un avión en Estados Unidos, me dijo.
¿Un avión?, dije yo, pensando que los aviones más que chocar se caen, pero sin darle mucha importancia, porque caerse se caen todo el tiempo. Farías, sencillamente, había querido decir que el avión se había caído. Al menos yo creía eso.
Sí, contra un edificio, me dijo él, una torre.
Mirá vos, le dije, sin saber qué decir.
¿Qué le habrá pasado al piloto que no vio la torre?, preguntó Farías, retóricamente, como quien se habla a sí mismo. Habrá sido por la neblina, ¿no?, me dijo, mirándome, medio sonriendo.
Vaya a saber, dije yo.
Sí, vaya uno a saber. Bueno, me voy a comer algo, chau.
Chau Farías.
A su ex mujer le estaba yendo bien, ya había puesto un cartel en la vereda con el nombre de su geriátrico y tenía cada vez más abuelos a su cargo. Ese mediodía me quedé mirando el cartel recién puesto y después me metí dentro, a seguir leyendo El Eternauta. Podía escuchar a Farías canturrear mientras se preparaba la comida.
Al poco tiempo, Farías se fue del edificio. Se mudó a una pensión, a unas pocas cuadras, cruzando una avenida. Pero se lo siguió viendo por el barrio. El tipo mantenía sus clientes, trabajaba en los jardines, en la plaza, en el club. Lo vi una vez en un sitio baldío cercano a nuestro edificio. Charlé un rato. Me dijo que estaba por jubilarse. Con una sonrisa de oreja a oreja me confesó que con la plata de la jubilación esperaba encarrilarse de nuevo, que tenía unos ahorros, que lo estaba haciendo todo para recuperar a su mujer, para ponerse a su altura, me dijo, porque ahora ella no era cualquier cosa, tenía otras necesidades. Murió a los dos o tres meses de vivir en la pensión. Lo encontraron tumbado en el baño compartido, con un diario viejo abierto sobre la falda.

6 comentarios

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  1. mariano / Sep 17 2008 1:42 pm

    A vuelo rasante parece una historia simple, un tipo, el vecino, su perro hediondo, el vecindario, las torres y el avión. pero hay algo más adentro, retratos, pareceres, despojos.
    No busco símbolos en los relatos, me guío por su forma, la palabra concreta, la oración, el párrafo y lo suyo está muy bien. NO soy un gran crítico, muy paseos son superficiales, pero la música de la prosa en lo primero que me llama la atención.

    ¿Leyó el artículo-ficción de D.F. Wallace, La vista desde la casa de la señora Thompson, del libro Hablemos de langostas? Me pasó una coincidencia Austeriana con ese autor, compré el libro el miércoles y me enteré de su muerte el domingo siguiente. Le contaba, ese artículo también toma el episodio del 11.s pero no tangencialmente, sino de frente, adentro, in.

    lo sigo leyendo, saludos

  2. robertogiaccaglia / Sep 17 2008 6:48 pm

    Gracias Mariano. Voy a buscar ese libro. ¿Hablemos de langostas, se llama? Ya lo encontraré.
    Gracias de nuevo.

  3. El Gemelo Malvado / Sep 17 2008 10:47 pm

    Buen texto, Roberto. Buen modo de evitar el lugar común para la efeméride.

  4. robertogiaccaglia / Sep 18 2008 1:01 am

    Yo tuve noticia del hecho por esas palabras de Farías. Así que para mí ambas cosas van juntas. Era un buen tipo.

  5. Koba / Sep 18 2008 2:34 pm

    Qué pena me dio el perro, siempre sufro más por los animales que por la gente. Es así.
    Me gustó tu frase “Mi último trabajo había terminado un par de meses atrás y no estaba buscando.” Qué lindo no trabajar ni tampoco buscar trabajo, eso es vida. Y leer El Eternauta por supuesto. Recuerdo que lo devoré en una noche.

    En cuanto al 11/9, estaba laburando en una consultora. Fue un shock, lo seguimos en vivo en el salón de reuniones durante toda el día, luego la seguí en casa durante varios días. Increíble haber vivido ese momento en vivo. Pensar que estuve en las torres justo un año antes.

    Buen dato el de Mariano, también saldré a buscar algún libro de Wallace. Lo conocí ahora por notas en el blog de Piro (www.wimbleblog.com.ar) y de Fresán comentando su suicidio. Estoy hace días preparando un post sobre este “descubrimiento”,pero tengo mucha fiaca.

  6. es TOP SECRET viste / Oct 31 2010 11:08 am

    PARAAAAAAAAAAA COMO TE DICEN? GABO GARCIA MARQUEZ? xD

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