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septiembre 21, 2008 / Roberto Giaccaglia

Clásicos metálicos, y del homoerotismo. Accept, Balls to the Wall

Balls to the Wall, Accept, 45:13, 1983, Lark Records.

Confieso que empecé a escuchar a Accept con Russian Roulette, no precisamente uno de sus discos más recordados. Para mí era un disco preciadísimo. No sé si por la voz de Udo Dirkschneider o a pesar de la voz de Udo Dirkschneider. Dependía del estado de ánimo con el que me encontrara. A veces era una voz especial, única, como es única la voz de Ozzy Osbourne, identificable, incomparable. Pero otras veces Udo sonaba demasiado chillón, hasta estrafalario, un cantante más apto para la balada melosa que para el heavy metal.
Russian Roulette salió en 1986. Yo lo habré comprado un año después. Fue lo que conseguí. En las revistas que leía cuando se mencionaba a los alemanes Accept se hablaba en realidad de otro disco, uno que al parecer había dejado una marca indeleble en la historia del género, a pesar del poco tiempo transcurrido: Balls to the Wall.
Por entonces no me llamó la atención que nadie mencionara la tapa del disco y que no se reprodujera en ningún lado. Con los años me enteraría de que había sido censurada en varios países, pero quizá no fuera esa la razón por la cual nadie la mentaba. Era la vergüenza, la simple, pura y llana vergüenza. ¿Cómo un metalero que agitara su cabellera al viento, despreciara a la sociedad, se vistiera con cuero y tachas y se la pasara haciendo los cuernitos con la mano derecha mencionaría el hecho de que uno de sus discos de cabecera tiene una portada en la que aparece la entrepierna velluda de un hombretón fornido y dotado? Era mucho mejor hablar de la música que había dentro del disco, de los estribillos memorables, de los duelos de guitarras (en realidad los “duelos” no eran tales, porque luego se supo que sólo uno de los guitarristas participó del disco —el otro hacía falta para las fotos), y, claro, de la voz de Udo Dirkschneider, petiso singular, por no decir raro, con menos pinta de heavy metal que la Hiena Barrios de cirujano.

Accept se formó en un pueblito de Alemania a principios de los setenta. Nadie les prestaba demasiada atención, a pesar de que la banda había ido cimentando disco tras disco lo que luego se conocería como thrash metal teutón y a pesar incluso de haber puesto los acordes y ritmos iniciales de ese subgénero algo bastardeado que se llamó speed metal, que después perfeccionarían otros (Slayer), es cierto, y que otros terminarían de arruinar (Slayer).
Nadie les prestaba demasiada atención, repito, hasta que salió Balls to the Wall. Ahí sí. Los ojos del mundo se clavaron en la entrepierna de la portada. Algunos suspiraron. Otros miraron enseguida para otro lado, pero siguieron escuchando.

Balls to the Wall cambió todo para la banda y algo hizo para que cambiara todo en el heavy metal, aunque esto se notaría mucho más adelante.
La idea era sacar un disco conceptual, un disco que girara alrededor de la rebeldía de los pueblos contra la opresión, alrededor del sentimiento de inconformidad que tarde o temprano se debe hacer lucha. La idea se cumplió a medias, porque otras cuestiones entraron a jugar mientras las letras de las canciones se iban escribiendo. Se produjo la explosión de cierto imaginario. Tal vez lo hayan grabado en primavera. Tal vez las hormonas de los muchachos terminaran de despertarse. Tal vez la tan mentada frialdad alemana fue una de las cosas contra las cuales el pueblo debía según Accept rebelarse.

No sé si fue uno de los primeros discos metálicos políticos, rabiosamente políticos, pero sí tal vez el primero en mezclar política con sexo, o al menos en tener ideas juguetonas al respecto.

Cuenta la leyenda que las letras de las canciones de Balls to the Wall no le pertenecen a los Accept después de todo, sino a su manager. Alguien que se hizo llamar “Deaffy” en los créditos del disco y que en realidad se llama Gaby Hauke, una mujer, amante del cuero, de las noches agitadas, de la fuerza bruta, o de esa que suelen apreciar ciertas personas y que Gaby Hauke eligió graficar de la siguiente manera: testículos que si se lo proponen son capaces, si hacen fuerza los dos en forma pareja, de derribar paredes. Por ejemplo, el Muro de Berlín, que seguro más de un dolor de cabeza les habrá traído a los Accept, porque del otro lado, por ejemplo, no pudieron sacar su disco con la foto que eligieron para la ocasión, esa que muestra dónde debe residir la fuerza y hasta el espíritu según Gaby Hauke.

Pasados unos años, Wolf Wolfmann, uno de los guitarristas de Accept (el único según parece en participar con algo más que su cabellera en el disco), dijo que la banda, al momento de elegir una imagen para Balls to the Wall era consciente de que se los iba a confundir a partir de la tapa del disco, pero que también tenían en cuenta el poder de la imagen, provocadora, bizarra, más llamativa incluso que la del Sticky Fingers de los Rolling Stones. Y acá hay que hacer una salvedad. El tipo cuya entrepierna se planta frente a la cámara en Sticky Fingers es un ganador, un langa, alguien acostumbrado al triunfo fácil, que hace ostentación no sólo de su poder, sino de su comodidad, mientras que la entrepierna de Balls to the Wall es la de alguien que quiere guerra, para ver si puede o no, para demostrarse sobre todo a sí mismo si puede o no. La entrepierna de Sticky Fingers es la de alguien cansado de triunfar. La de Balls to the Wall es la de alguien cansado de no intentarlo. Se puede decir que en Sticky Fingers hay un macho activo, y en Balls to the Wall un macho que quiere pasar a la acción, que es otra cosa. Al primero los demás se le entregan todo el tiempo. El segundo, en cambio, es alguien que solía entregarse. El tipo de Balls to the Wall un buen día se cansó de las cuatro patas y miró de frente, digamos (lo dijo, ya que estamos, uno de los miembros de la banda: “One day the tortured will stand up and kick some ass!”).

Iba poner que mostró que podía usar las bolas para algo más que el tintineo, pero eso, de alguna manera, ya se dice desde la portada.

Y bueno, hay muchas formas de demostrar fiereza y está bien que los heavies se enteren de vez en cuando. Ahí tenemos a Rob Halford para demostrárnoslo. Y si Udo canta en una de las canciones de Ball to the Wall acerca de los chicos londinenses que se visten de cuero, que son el placer de la noche, y que deben estar todos juntos, no quiere decir que amaine su vigor frente a hechos que sí son importantes, como ese muro que unos cuantos metaleros provistos nada más que de sus pelotas intentan derribar en el video promocional de la canción que da título al disco, uno de los videos más absurdos de la historia del género, con uno de los guitarristas y Udo, con guantes de ciclista y pantalones camuflados, prodigándose extrañas formas de compartir el micrófono en el estribillo. Hay que estar unidos y ese es uno de los lemas del disco, una idea que lo atraviesa por entero y que sirve de llamado de atención. Juntos es mejor, parecen cantar en cada canción. Sólo así venceremos al enemigo.
Se dice que en la antigüedad los soldados se acariciaban mutuamente antes de entrar en batalla. Eso les infundía no sólo coraje, sino sentido de compañerismo. Tal vez estos alemanes chillones y perfectos compositores de estribillos, riffs y melodías creyeran en algo semejante al ponerse a grabar el disco de sus vidas.

Pero no nos vayamos por las ramas.
O por las piernas.

Volvamos al disco.
Balls to the Wall es el quinto disco de Accept, el más conocido del grupo, el que más vendió y el único en lograr la calificación de oro en los Estados Unidos.

Pero esto es aburrido. Volvamos a las ramas. O a las piernas.

Muchos dicen que es un disco más de Accept (todo los discos de Accept se parecen bastante, una superación de AC/DC, un leve recrudecimiento, una aceleración y nada más) y que logró el éxito que logró gracias a la controversia gay que se formó a su alrededor. Puede ser. Al menos la tapa ayudó, junto al video de la propia “Balls to the Wall”, los suspiros amanerados de Udo que se dejan oír de cuando en cuando, la canción ya citada de los chicos londinenses que se visten de cuero, más la llamada “Love Child”, que bien puede “leerse” como la historia de un muchacho que empieza a sentir celos de la novia de su amigo.
Hoffmann, quien parece ser el que más salió a hablar del asunto, le echa la culpa de todo a los yanquis. En parte es cierto. El disco, al menos en Europa, se vendió por lo que es, un conjunto de excelentes canciones metálicas, con riffs en los que hasta Iron Maiden se animaría a “inspirarse”. Pero se sabe cómo son los yanquis con este asunto del sexo. O del seso.

Como sea, para Accept el disco nunca representó controversia. A lo sumo, la aprovecharon. Repito, llegaron a aceptar que tuvieron conciencia que un par de bolas bien puestas generaría, al menos en el mercado yanqui, moralista y asustadizo, que se hablara de la banda en medios que nunca los notarían de otra forma. Pero es cierto también que todo el asunto hizo que las muy relevantes canciones del album se vieran como hasta innecesarias al lado de todo lo que la fotito dio para hablar. Ante las melodías impecables, esos estribillos, esos estribillos, y los riffs que van fundando estilo mientras suenan, uno hasta puede llegar a pensar que se hizo bien en algunos países en quitar la foto y poner una tapa cualquiera, al menos para que los metaleros locales pusieran los oídos donde debían ponerlos y no los ojos donde no se animaban. No es difícil imaginarse una edición de Balls to the Wall arruinada, con una tapa compuesta, por ejemplo, de una pared blanca medio venida abajo y el título del disco escrito con pintura roja sobre los ladrillos, algo similar a The Wall, de Pink Floyd, pero peor, más feo. Es más, creo que alguna vez vi algo así en una de las revistas metálicas que leía allá en los ochenta. Pero no, mentira, esto no hubiera ayudado a la música del álbum, que a decir verdad no necesita de ninguna ayuda. La censura nunca es buena, mata el alma y envenena y es, precisamente, una de las cosas contra las cuales este flor de disco está en contra.

Ya lo decía la manager y letrista Gaby Hauke, para justificar sus letras, su estética, sus ovarios: “I have been very rebellious and by no means I would have written anything normal! Never!”.

Al final, parece, todo se trató de rebelión. O de romper un poco las bolas.

One Comment

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  1. V.V.Initials / Sep 22 2008 1:04 pm

    Ta buena la frase final… Ay! me hace acordar a mi juventud :)

    Che, sabés que conseguí trabajo en BCN?

    Un saludo a vos y a tu flia.

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