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octubre 5, 2008 / Roberto Giaccaglia

Magnetismo

No sé bien cuándo comencé a obsesionarme con Eduardo M, lo conocí alrededor de mis doce años, de eso estoy seguro, lo que no sé es cuándo me vino la obsesión, si inmediatamente, esa misma noche por ejemplo, o luego, durante las noches que siguieron, o si después, mucho después, después incluso que desapareció de nuestras vidas. Esto es una exageración. No quise decir nuestras vidas.
Mi padre se dio cuenta temprano de mi obsesión, o al menos la sospechaba, pero no se preocupó hasta que fue muy tarde, cuando todo ya se había desbarrancado y yo no pensaba en nada más. Tuve que irme de casa. No fue difícil, la verdad es que no lo soportaba. A veces me contemplo a mí mismo guardándole cierto rencor. Me miro al espejo por la noche y me pregunto quién me debe esto en que me he convertido, porque algún provecho ha sacado, y sólo pienso en él, mi padre. En su momento, digo, algún provecho habrá sacado. Me lo pregunto inútilmente, por supuesto. No tengo a quién cobrarle nada ya.
La cosa empezó con un campamento afuera del pueblo. Unos amigos me invitaron y no pude negarme, aunque me hubiera gustado. Yo no tenía carpa, ni colchoneta, ni nada, pero carpas había de sobra, así que ese no era el problema. El problema era dónde acostarse. Mi padre no me iba a comprar una colchoneta sólo para que pasara una o dos noches con unos amigos fuera del pueblo, en el campo de uno de ellos. Sacó un colchón viejo del garaje, un colchón flaco y sucio, que no sé cómo no habían tirado ya. Mi padre tenía la culpa de que se acumularan porquerías por todos lados. Creo que nunca tiró nada en su vida. Mamá le reprochaba en silencio esa manía suya de amontonar cosas inútiles. El colchón era una de ellas, ni un croto habría aceptado dormir en él. Yo acepté. Cuando llegué al campamento con ese colchón, enrollado sobre sí mismo y atado con hilo, mis amigos se rieron y me trataron de todo. Uno me dijo que si sabía traía la cucha del perro, que ahí iba a dormir mejor. La risa les duró un rato largo. Era así, cuando uno empezaba ya nadie paraba.
Los padres que nos habían llevado hasta el campamento se habían ido retirando a medida que sus hijos se instalaban o comenzaban al menos a instalarse. La premisa era esa, que no quedara un solo adulto cerca. La casa donde dormían los padres del chico que nos había invitado a su campo quedaba a unos doscientos metros del lugar elegido para acampar, y el campo a unos cuantos kilómetros del pueblo. Yo llegué en el 504 beige de mi padre, un auto que al lado de los otros había quedado bastante disminuido. Uno de esos autos todavía no se había retirado. Afuera y cerca del auto había alguien de nuestra edad que yo no conocía, y dentro había dos personas. Me dijeron que esos eran los padres de un chico de otra escuela, un tal J, amigo del dueño del campo, alguien que por alguna razón no había notado nunca caminando por el pueblo. En el pueblo había sólo dos escuelas, la nacional y la provincial, nunca supe cuál era la diferencia entre las dos pero rara vez uno de una escuela hacía amistad con el de otra.
Había alguien más que yo no conocía, Eduardo M. Pregunté, pero nadie supo decirme quién era o qué hacía ahí, ni siquiera se habían dado cuenta de que había alguien más, ajeno al grupo de siempre, aparte de J. Lo que sí sabían era que el tal J, al parecer, no creía poder soportar la noche, por eso sus padres lo estaban apalabrando. Intentaban convencerlo de que se quedara. Entonces lo deduje: el tal J se había traído consigo a alguien que no conocía nadie, Eduardo M, para que lo acompañara. A mí todo el asunto me pareció una reverenda mariconada, pero me quedé callado.
A nadie se le ocurrió preguntarle al dueño del campo por qué había invitado a un infeliz así, a un tonto como ese J. Seguro que sus padres conocían a los de J y que tenía el compromiso.
Eduardo M estaba lejos de ellos, de quien lo había traído consigo, de los padres de J, del auto, de toda la cuestión. Miraba a lo lejos, con la mano como visera, vaya uno a saber qué, el horizonte, simplemente el horizonte, el sol que se estaba yendo. Algo hizo que me quedara mirándolo. ¿No hay una capacidad en eso, lograr que a uno no le importe el mundo exterior, hacer que se concentre en cualquier cosa, volcar al otro en los propios pensamientos? No sé cómo se llama esa capacidad, si es que tiene nombre, la de fascinar, la de atraer. Eduardo M era un prestidigitador, lo sé ahora. Su ilusionismo era de carácter físico, quiero decir, regido por leyes físicas, pero también inocente: había un campo magnético en torno suyo, atraía sin saberlo, rechazaba sin que le importara.
Me sacó de mi ensimismamiento uno de mis compañeros. Vino a pedirme que le ayudara a cavar la zanja que se les hace a las carpas alrededor. Por si llueve, me dijo. Tenía dos palas. Noté que me dio la menos apropiada para el trabajo, pero no me importó. Estuvimos cavando un rato, mis surcos eran desprolijos, pero pensé que así iba a estar bien. Cuando vio mi trabajo me dijo que era terrible, que lo que había hecho no servía para nada, porque el agua se iba a colar por todos lados. No le di mucha importancia, tiré la pala donde había terminado y me fui a buscar el colchón enrollado y mis otras cosas, que habían quedado en el suelo, cerca de donde mi padre había estacionado. Él se había ido enseguida.
Eduardo M seguía mirando hacia la nada. Algunos ultimaban detalles de sus carpas, otros ya estaban metidos dentro, pocos jugaban a la pelota y ese que yo no conocía, ese J, de pie, fuera del auto, con una mano descansando en la puerta abierta, todavía estaba hablando con sus padres. Me pareció verlo llorar.
Le pregunté a uno que jugaba a la pelota. Me dijo que no sabía de qué le estaba hablando. Se encogió de hombros y siguió con lo suyo. Yo también.
Entré a la carpa, desenrollé mi colchón, miré de reojo la colchoneta del que iba a compartir la carpa conmigo. Él todavía estaba afuera, renegando con las zanjas que había hecho yo. Traté de hacerme lugar lo mejor que pude, era una carpa pequeña, sin lugar para nada. Acomodé mis otras cosas, la comida enlatada que mamá me había comprado, las galletitas, las botellas de agua y de gaseosa, la ropa. Todo había quedado apretado y se caía sobre el colchón. Me di cuenta de que por la noche iba a pasar frío, me había olvidado de las sábanas y de la frazada. Seguramente habían quedado en el baúl del 504. Mi padre no se había bajado a ayudarme y con tantas cosas por descargar lo más normal era lo que había pasado, que algo quedara dentro del auto. Lo puteé por lo bajo. Busqué un cuchillo, abrí la tela que protegía al colchón, más o menos a la altura de donde iría mi cuello cuando me acostara, y traté de convencerme de que metido ahí iba a estar bien.
Cuando salí de la carpa ya casi era de noche. El auto que todavía quedaba con nosotros estaba arrancando. Encendió sus luces y se marchó. Busqué con la vista a alguien que no conociera, pero sólo encontré a Eduardo M, todavía no integrado al grupo, pero ya sin mirar el horizonte. Entonces miré al coche que se marchaba, había tres cabezas y no dos dentro. Supe que el chico para mí desconocido, ese al que le decían J, se había marchado con sus padres nomás.
Eduardo M había elegido quedarse. Iba a dormir en la carpa de al lado.
Por la noche buscamos piedras y ramas, el chico dueño del campo caminó hasta su casa, trajo papeles de diario y fósforos. Hicimos un lindo fuego y nos pusimos a comer alrededor, casi nadie compartía lo que había traído con el otro. Eduardo M había llevado picadillo, pan, algo de fiambre. Comía sin hacer ruido, tomaba agua de la botella y no se fijaba en nadie. Después de comer, nos dedicamos a explorar la zona. Se formaron algunos grupos, yo integré uno, pero me rezagué, tal vez por no llevar conmigo una linterna.
Anduve solo un rato, hasta que Eduardo M me alcanzó. Se acercó sin decir una palabra, pero se notaba que buscaba la compañía de alguien. Le pregunté entonces cómo se llamaba, cómo era que había decidido quedarse si no conocía a nadie, que hacía con un tarado así como amigo, que no se animaba a pasar la noche lejos de sus padres, en qué posición jugaba al fútbol y en qué grado estaba. Empezó a contestar esto último, estaba en quinto, había repetido dos años y no esperaba terminar la primaria. Después dio su nombre, dijo que el fútbol no le gustaba y que en realidad no era amigo de ese pibe, así le dijo, pibe, sino que los padres le pagaban para que pasara tiempo con él. Estoy ahorrando, dijo. Era albañil, trabajaba con el padre, el padre vivía borracho, conoció al tonto trabajando en su casa, a los padres de éste les pareció buena idea adoptarlo como compañía de su hijo. Así gano más que llevando ladrillos de un lado a otro, dijo. En la escuela funcionaba como su protector o algo así. Desde que estaban juntos, nadie molestaba al tonto. Con eso a los padres les bastaba.
La historia me extrañó, pero me pareció molesto seguir preguntando.
Nos detuvimos, habíamos llegado otra vez al punto de partida, la pequeña fogata alrededor de la cual estaban las carpas. Miré a Eduardo M. Había clavado los ojos en el fuego. Che, le dije, si no los acompañaste de vuelta ahora te van a echar. No, me dijo. Después levantó la vista y recién ahí me miró. Tenía un ojo de color claro, y el otro oscuro. Sabía de caballos que tienen esa clase de ojos. Les dije que me tomaba unas vacaciones, de un día o dos, o lo que quieran quedarse ustedes acá, dijo Eduardo M. Allá en el pueblo las cosas se estaban poniendo malas, en casa digo. Entonces sí, ya no le pregunté más nada.
Nos quedamos tres noches, todo el fin de semana, incluido el viernes. La comida se nos acabó el domingo al mediodía, pero a la noche los dueños del campo nos invitaron a su casa a comer. No pudimos negarnos, por más hombres que nos habíamos querido hacer los días previos. La mesa era enorme. Ya se habían encargado de llamar a los padres de cada uno de nosotros para decirles que no nos vinieran a buscar hasta el lunes a la mañana. Menos a los de Eduardo M. Él me había dicho que ya les había avisado a los dueños del campo que no tenía teléfono, pero que no se preocuparan, que en su casa seguro no lo estaban haciendo. Se me ocurrió hacerle una pequeña broma: Ya sé para qué estás ahorrando entonces: para comprarte un teléfono. No, dijo Eduardo M, sin inmutarse, donde voy no lo necesito. Presumí que estaría por mudarse lejos. Era común, últimamente, encontrarse en el pueblo con familias provenientes de otra provincia, de pueblos perdidos en el monte, donde no hay nada. Nadie sabía cómo llegaban esas familias a nuestro pueblo ni para qué. Eduardo M seguramente se había cansado de la escuela, de trabajar de albañil, del tonto de J y quería volverse, por más que tuviera que hacerlo solo.
Eduardo M se sentó a mi lado, o quizá quiera convencerme de eso, que fue él y no yo quien eligió sentarse cerca. Comió calladamente y sin levantar la vista. Todos hacían un ruido atroz, estábamos comiendo bien después de tres días, pero Eduardo M no. Traté de imitarlo, pero me ganaba el hambre, el hambre o mi forma de ser, que recién ahí descubrí no era muy diferente de la del resto.
Los dueños de casa preguntaron a qué nos íbamos a dedicar, qué nos gustaba hacer, cómo nos veíamos en el futuro. Alguno dijo médico, otro abogado, otro nada, es decir hacer nada, tratar de vivir de arriba, casarse con alguna chica con plata, por ejemplo. Fue la única elección festejada. Yo me quedé callado. Para mi sorpresa, luego de la cena, cuando caminábamos hacia las carpas, Eduardo M dijo que no tenía la menor importancia ponerse a elegir qué hacer en el futuro, aseguró que cualquier cosa que eligiera iba a ser insignificante, no se puede cambiar el mundo eligiendo algo, dijo, así que lo mejor es dejarse llevar. La cosa lo iba a elegir a él, aseguró.
La mañana del lunes fue agitada. Menos para mí y para Eduardo M. Nadie venía a buscarnos, así que no había por qué apurarse, tampoco a quien abrazar o saludar. Ya sabía yo que mi padre caería por el campo cerca del mediodía, cuando no quedara ya nadie en el lugar. Varios se ofrecieron para devolverme al pueblo, pero a todos les dije que me quedaba hasta que se fuera el último. Me miraban extrañados, se encogían de hombros y se iban. A nadie le importaba Eduardo M. A mí me enorgulleció creer que le reconfortaba que yo esperara con él, al menos creo haber notado eso. Hasta el chico dueño del campo había desaparecido. Imaginé que iba a ser el primero en bañarse y lo envidié un poco. Cuando llegó mi padre, Eduardo M cargó sus cosas en el baúl y me ayudó a cargar las mías. El bollo de sábanas y frazada todavía estaba ahí dentro. Mi padre no preguntó nada. Saludó desde el coche. No esperaba que se bajara a abrazarme, pero sí que me preguntara qué tal la había pasado. Subimos y arrancó, le dije Este es Eduardo M, pero no dijo nada. Hizo un ruido con la boca, como si se estuviera sacando algo de los dientes.
Hicimos el viaje de regreso en silencio. Yo intenté silbar algo, pero todas las melodías que se me venían a la cabeza me parecían insípidas, o imposibles de silbar. Eduardo M pidió bajarse antes de su casa, En la plaza está bien, dijo. Como mi padre pareció no escucharlo, le dije que yo también me bajaba en la plaza, que tenía ganas de caminar. Mi padre asintió, estacionó cerca del cordón, yo le abrí el baúl y Eduardo M sacó sus cosas y se despidió.
Me quedaban pocas cuadras a pie, y las disfruté. El 504 ya estaba en el garaje, saqué mis propias cosas del baúl, la ropa, el colchón, las sábanas y la frazada que no había usado.
En casa, mamá estaba acostada, los ojos muy abiertos y un pañuelo en la mano, bien apretado. Había pasado un fin de semana terrible, me dijo, pero no me había querido preocupar, así que por eso recién me enteraba ahora. Está bien que te diviertas sin pensar en tu madre, que siempre está así, dijo, mal, siempre mal. La vi más flaca, o quizá más pequeña, como si durante el fin de semana su cuerpo se hubiera entumecido.
Mi padre comió algo conmigo. Le pregunté si conocía a un tal J. Pensó un rato. Ah, sí, el puto, dijo, el hijo del abogado, el putito, sí. Es amigo de Eduardo M, le dije. A ese no lo conozco, dijo él. Pensé en decirle que acabábamos de traerlo de regreso con nosotros, que se lo acababa de presentar, pero me contuve: nada de lo que tuviera para decirle le interesaba.
Sacó su plato de la mesa y dijo que se iba a acostar. Se había levantado temprano esa mañana. Vos tenés colegio hoy, ¿no? Le dije que no. Faltaba una semana entera para que empezaran las clases, el último año de la primaria.
Estaba fresco. La casa no olía bien. Dejé el plato, los cubiertos y el vaso en la mesada de la cocina y salí a caminar otra vez.
Recién a fin de año me toparía de nuevo con Eduardo M. Fui segundo escolta en la ceremonia de fin de curso. Se rumoreaba que me habían dado el lugar por lástima, podía escuchar lo que se decía de mí. No me importaba, ni los comentarios ni el lugar que me habían dado. Cuando me enteré di las gracias como quien recibe algo que no espera, el regalo de un pariente lejano que no conocemos, que aparece de repente y que ni siquiera se queda a cenar. Miré de reojo a la chica que tendría que haber sido escolta, ella me miraba con odio, puedo jurar que se mordía los labios. Me hubiera gustado decirle que no era mi culpa.
Eduardo M estaba cambiado. Más alto, más flaco, tenía el pelo largo y algo de barba. Le pregunté por J, sin que me interesara ni un poco lo que había sido de él. Pero de algo tenía que hablarle. Tenías razón, me dijo, allá en el campamento, los padres de J me echaron del trabajito que me habían dado. Pero no me necesitaron en todo el año, el pibe se fue a terminar la escuela a otro lado, no sé dónde. Caminamos un rato juntos. Tenía ganas de mirarlo a los ojos, cuando me lo encontré me pareció que ya no eran de un color distinto el uno del otro, pero no me animé. Entonces le pregunté por su casa, si las cosas ya estaban bien ahí. Estoy preparando todo para irme, dijo. ¿Y en la tuya?, preguntó. Mamá murió hace unos meses, contesté, papá sigue igual. Frenó en seco, como si le hubiera dado una orden, como si yo pudiera haberle dado una orden. Me miró, los ojos volvían a ser los de aquella noche frente al fuego. Estoy apurado, te veo después, a lo mejor paso por tu casa.
La promesa me mantuvo despierto toda la noche. Había dejado la ventana abierta. Mi padre se había dormido junto a su radio, que seguía despierta. Los mosquitos jorobaban, pero no tanto como el calor. El único ventilador estaba en la cocina y no tenía ganas de ir a buscarlo. A eso de la una de la mañana escuché mi nombre. Me asomé a la ventana, era él. Tenía a sus pies el mismo bolso que le había visto en el campamento.
Lo acompañe hasta la salida del pueblo, no hablamos mucho. Me dijo que ya estaba todo listo, que no tenía nada más para hacer. Había repetido otra vez, pero no iba volver a la escuela. Estuvo haciendo dedo un rato largo. Yo estaba sentado en un montón de piedras, había una obra en construcción por ahí cerca, iban a levantar una especie de monumento o algo por el estilo, unas manos hacia el cielo, abiertas, rogando. Hasta el día de hoy no sé qué significan.
De vez en cuando, mientras hacía dedo, Eduardo M me decía que todo estaba de más y que de eso se había ido dado cuenta mientras preparaba su viaje. Me voy como más liviano, dijo, sabiendo eso me voy como más liviano. Un camión que llevaba vacas paró a unos metros, Eduardo M me abrazó y se fue trotando. Vi que se abrió la puerta del acompañante y después lo vi subir. Sacó la cabeza por la ventanilla y me gritó que pensara en eso.
Ya hacía tiempo que se había ido, pero yo lo veía por todos lados. A veces sus ojos eran del mismo color y a veces no. Todos los meses íbamos con mi padre al cementerio, a limpiar el panteón, a dejar flores. Yo no podía llorar. Él me miraba con los ojos acuosos, callado. Evaluaba algo en mí, trataba de sacar conclusiones. Creo que me preguntaba si esa mujer que estaba ahí dentro había dejado de importarme, cómo era que no demostraba nada.
Repetí primer año, pero seguí adelante. Cuando repetí segundo mi padre me dijo que abandonara el estudio y que lo ayudara en el negocio. Me daba lo mismo, eran dos cosas igual de malas. En uno de esos días en que lo ayudaba, en una oportunidad en la que él se había retirado, se presentó un hombre en el negocio, no buscaba nada de lo que podíamos ofrecerle ahí. Quería saber sobre Eduardo M, decía que era su padre y que si yo era tal y tal debía saber dónde estaba Eduardo M, porque él me había mencionado mucho antes de desaparecer. Sentí el rubor. Ante mi silencio, el hombre insistió, me miraba como si yo le escondiera algo. Le dije que de Eduardo M yo no sabía nada. Se lo repetí varias veces. Me encogí de hombros, para que supiera que no podía hacer nada más por él. El hombre se fue, dijo algo cuando se dio vuelta, pero no fue un saludo.
Por las noches, yo lo evocaba en sueños. Debió de ser la única cosa en el mundo capaz de despertar a mi padre. Me dijo que ya estaba grande para soportar tonterías de un hijo retardado, posiblemente invertido, así que no haría mal en irme. Me alquilé una piecita con mis ahorros y trabajé de lo que pude.
Un buen día mi padre murió, así que volví a casa. Del negocio yo ya había aprendido lo suficiente como para seguir solo. De vez en cuando un ex compañero de la primaria o de la secundaria aparecía y me invitaba a salir por ahí. Yo les decía que no casi invariablemente, y cuando accedía no me divertía. Volvía a casa con la garganta y el estómago ardidos. Si habíamos pasado por la casa de putas era peor.
Una noche saqué el 504 y me dirigí al mismo camino donde me había despedido de Eduardo M. Lo crucé como quien abandona algo, no como quien piensa volver. Me vi tal vez como se había visto él a sí mismo.
¿Qué sabía hacer Eduardo M? Probablemente nada, pero sus ojos convencían de otra cosa.
Llegué a un pueblo que me pareció nuevo. Hacía tiempo que no lo visitaba, así que era nuevo en serio. Di varias vueltas, alrededor de la plaza, por el centro, pasé una y otra vez por las mismas calles. Tenía la vaga esperanza de encontrarlo, como si a pesar del tiempo transcurrido no hubiera podido ir más allá. La esperanza no era sólo vaga, era estúpida, pero me aferraba a ella. Lo imaginaba hurgando en los tachos de basura, o pidiendo limosna, más flaco, con el pelo más largo, con más barba.
Hacía buen tiempo, lindo para caminar. La noche era parecida a aquella en la que se había ido, quizá más fresca. Dejé al auto y me propuse dar una vuelta por la plaza, mirar la gente, las parejas, los chicos. Me pareció que la plaza se iba vaciando de a poco, a medida que yo andaba por ella, miré mi auto, ahora era mi auto, no había ningún otro estacionado y cuando llegué me había parecido ver por lo menos tres o cuatro. Al volverme, un hombre me miraba de frente, a pasos de mí, incrédulo. Parece mentira, dijo. La cara me resultaba conocida, pero la luz no era tanta como para estar seguro y además la persona que yo buscaba era otra, no tenía más en mente que un nombre. Parece mentira, repitió, sos vos. No sé si es cierto que usted me conoce, dije, pero de lo que estoy seguro es que yo no. Vamos che, soy J… J, ¿te acordás? Le dije que sí, pero era una verdad a medias. Me invitó a su casa, estaba a unas cuadras. Dijo que tenía algo para decirme acerca de lo que yo andaba buscando.
Me vine a este pueblo porque acá no me conocía nadie. Bueno, ahora tampoco, lo que demuestra que elegí bien. Se rió con ganas, como si el chiste hubiese hecho también algún efecto en mí. Me preguntó si sabía algo de Eduardo M o si sólo había caído de casualidad por ahí. Le dije que la última noticia que había tenido de él era que su padre había ido al negocio de mi viejo a preguntar por él. Ah, conociste al padre entonces, lindo hijo de puta, ¿no? No tenía opinión al respecto, para mí era un hombre común y corriente.
Eduardo M fue a verme esa noche, dijo. Ya habíamos llegado a su casa, estaba a oscuras. Era pequeña y creo que amarilla, al menos por la luz de la calle que la alumbraba. No tenía jardín y la puerta cancel estaba sin llave. La de la entrada tenía una cadena y un candado, daba directamente a la cocina comedor. Encendió una vela y me dijo que me sentara un rato y que lo disculpara, pero no tenía nada para ofrecerme. Eduardo M fue a verme esa noche, volvió a decir, me habló de vos y me aseguró que tarde o temprano todos nos íbamos a encontrar de nuevo. No podía ver su rostro, pero podría asegurar que era de satisfacción. No sé qué busco, le dije, pero después de que lo conocí pude hacer muy pocas cosas bien, si es que alguna. Ya sé, ya sé, es raro lo que provoca Eduardo M en la gente, o no en la gente, sino en aquellos que buscan entenderlo. ¿Entenderlo?, pregunté. Sí, de alguna manera vos y yo buscamos entenderlo, ver de qué está hecho ese magnetismo. ¿Qué fue de vos después del campamento?, me animé a preguntar. Quería hacerlo cambiar de tema, me daba vergüenza hablar de Eduardo M con él, al menos creo que era eso, vergüenza. No mucho, terminé la primaria en otro lado, después me interné o me internaron en un colegio secundario de los caros, cuando salí volví a nuestro pueblo, pero no tenía muchas ganas de estudiar nada, mi familia me dio un dinero, me vine para acá, compré esta casita y me lo fui gastando de a poco. El mes pasado me cortaron la luz. ¿Tenés para comer?, pregunté. Me las rebusco, contestó. Me levanté para irme, no parecía capaz de decirme algo más. ¿Sabés?, me dijo, cuando estaba abriendo la puerta, ahora puedo quedarme solo toda la noche.
Caminé en busca del 504. En la plaza no había ni fantasmas.
No me di cuenta hasta no estar dentro del auto que me había apurado en llegar, en abrir la puerta y en cerrarla. No quería admitir mi miedo. Encendí el auto, las luces, puse marcha atrás, enderecé el volante y salí. Pensaba en lo que Eduardo M le había dicho a J, aquello de que tarde o temprano todos nos íbamos a encontrar de nuevo. Parecía una promesa tonta, quizá J se la hubiera inventado para retenerme un poco, tener alguien con quien cruzar unas palabras. Traté de convencerme de que era mentira que Eduardo M lo había visitado.
El viaje se me hizo largo, como si los pueblos se hubiesen distanciado todavía más mientras J y yo charlábamos.
Me apenó haber vuelto así, vacío. Pero quizá no era eso, sino el hecho de que aquella noche Eduardo M también había pasado por la casa de J. Así que tomé la Bersa Thunder que mi padre guardaba dentro de la carcaza de un aire acondicionado que había sacado años atrás, cuando había dejado de funcionar. Todo estaba en el garaje. Me di cuenta de que yo tampoco quería tirar nada. Miré las macetas que mamá se había hecho comprar y que nunca había llenado, ni de tierra, ni de flores. Miré la bicleta roja que solía usar de chico, colgada de un gancho, oxidada, con las gomas podridas. Por ahí también estaba el colchón que había usado en el campamento, todavía enrollado, tal cual lo había dejado. La caja de balas estaba en la carcaza del aire acondicionado, cargué la pistola y volví a casa de J. Evité la plaza, estacioné directamente frente a su cordón, me bajé y traté de no pensar, de ni siquiera escuchar. Había voces por todos lados, quizás fueran perros. Volví al auto satisfecho de que ya no hubiera otro más que yo que tuviera de Eduardo M ese último recuerdo, el de aquella noche.
Pensé que ahora debía ocuparme también de sus padres, pero lo descarté enseguida. El viejo era un borracho y a la mujer, si es que todavía vivía, nada le importaría menos que Eduardo M. ¿Qué podían acordarse de él? Y menos de esa noche. Confiaba en que Eduardo M había sido sigiloso. Bueno, por las dudas fui a buscarlos. Aunque nunca había estado en la casa, la encontré fácil. Eduardo M me había dicho dónde vivía, no recuerdo en qué momento. Los encontré dormidos, no creo que hayan sentido nada.
Al otro día abrí el negocio con una sonrisa. Los clientes de pronto parecían felices también. Entró más gente que nunca. Unos ex compañeros de la primaria vinieron con una invitación, hacían un asado y querían juntar a la barra de entonces. Por la tarde me compré ropas, un perfume, quedé como nuevo. Y por la noche la pasé muy bien. Durante la sobremesa pregunté, en medio de algún silencio, si alguien se acordaba de Eduardo M. Se quedaron mirándome.

5 comentarios

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  1. Francisco Laiseca / Oct 13 2008 11:35 am

    Roberto, como estas tanto tiempo. Me gusto mucho el cuento, aunque no me gusta mucho la lectura online este relato me mantuvo bastante hipnotizado al rededor de quince o veinte minutos aproximadamente. Hace tiempo no ingresaba a tu blog y sinceramente pensaba encontrarme con alguna critica y no con Magnetismo.
    Te contacto por acá porque perdí tu mail, el segundo motivo de este mensaje es hacerte llegar la invitación del Centro de Estudiantes de mi Facultad para venir a Salta a dar algún tipo de charla acerca de cualquier tema, ya que tu libro Critica Creación es bibliografía obligatoria en la cátedra “Prácticas Críticas” en la carrera de Letras y Cs. de la Comunicación.
    Bueno Roberto, me despido atte. desde Salta Capital esperando una respuesta favorable para empezar a coordinar detalles.

  2. robertogiaccaglia / Oct 13 2008 6:42 pm

    Muchas gracias Francisco. Ya nos pondremos en contacto. Un abrazo.

  3. mirtha lucìa / Oct 19 2008 10:20 pm

    Hola ROBERTO:

    Leí tu cuento hace un par de dìas y quedò rondando. Me di cuenta de que habìa caìdo bajo la acciòn del magneto. Hoy lo releì a los saltos como para intentar despegarme. En eso estoy.

    Parece que se va a tratar de una operaciòn progresiva, a ritmo demorado. Todo para zafar del remanente… que es mucho.

    Muy bueno lo tuyo.

  4. Anónimo / Oct 25 2008 12:28 pm

    Hola amigo…esta bueno el cuento, interesante y con un final que no esperaba…digamos que bien resuelto, tal vez el título me desoriento…yo sentía más remolino que magneto, mas caos que atracción, y lo peor, caos que no se ve a simple vista, pero si que barbota ahí abajo como barro…
    Una sola y pequeña crítica, tal vez los nombres son muy obvios para los que entendemos…pero es solo una crítica boluda poruqe uno en éstas cosas deja un poco de si mismo, lo esconde o lo muestra…no?…odiaría decir la palabra catartico…

    Un abrazo Santiago

  5. robertogiaccaglia / Oct 25 2008 3:06 pm

    Gracias Mirtha,
    gracias Santiago,
    y sí, tenés razón, me es medio difícil utilizar otros nombres, se me quedan pegados. Viste lo que pasó con la novela. Ya aprenderé a mentir.

    Un abrazo.

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