Skip to content
octubre 15, 2008 / Roberto Giaccaglia

Lo justo y necesario

Mi mujer rompió dos vasos de whisky. Pero no es eso de lo que quiero hablar, no necesito hablar de dos vasos, son sólo vidrio, vidrio esmerilado, con reborde de oro, pero nada más. Necesito hablar de mi hermano, el pobre está seriamente…
Eran de buen vidrio… me cago en Dios, los vasos eran buenos, no sólo de buen vidrio, estaban bien hechos, con el borde enchapado en oro, lisos como un féretro caro.
No es lo mismo tomar en un buen vaso que en uno cualquiera. Eso lo sabe todo el mundo. Mi mujer quizás no…
Vaya uno a saber en qué estaba pensando cuando los rompió, en nada, probablemente en nada, o no, lo más probable en realidad es que estuviera pensando en darme la contra de nuevo, otra vez, como siempre, porque yo ya le había dicho cómo debía lavarlos, pero ella hizo todo lo contrario. Ni siquiera aprendió o quiso aprender después de haber roto el primero. Tuvo que romper el segundo, tuvo que seguir insistiendo en esa forma de lavarlos.

Pero debería pensar en mi hermano. Me preocupa que esté tomando cada vez más, que se olvide de las cosas que hace, o peor, que no le importen, que las acepte sin más, que esté perdiendo todo, de a poco, que su vida esté pasando a ser algo así como un trapo que se va escurriendo. Tanta suerte que tuvo siempre.

A los vasos los heredé del viejo. Una de las pocas cosas que heredamos de él, mi hermano y yo. La más preciada, al menos para mí. No sé qué es lo que mi hermano aprecia más de lo que él le dejó, posiblemente su carácter, no darle importancia a nadie, a nada, que las cosas le resbalen.
Eran seis vasos, nos tocaron tres cada uno, alguien se los había dado a nuestro padre como pago de un trabajo, él aseguraba que valían más que nada en toda la casa, eran una antigüedad, presumía de ellos ante sus amigos, los hacía tintinear, los guardaba con celo, no se los dejaba tocar a nadie.
Cuando mi mujer rompió esos vasos mi hermano todavía tenía los tres que le habían tocado. Mi hermano siempre fue un hombre de suerte: no se casó, hace lo que le viene en gana. Y todavía tenía esos tres vasos.

Pero bueno, es cosa del pasado. Ahora me sirvo un whisky en uno de esos vasos y me voy a tomarlo al quincho, solo, y voy a tratar de pensar en mi hermano, en cómo puedo ayudarlo, si es que alguien puede. Me esperan los árboles, las sombras, los últimos estertores del día y la última imagen que tengo de mi hermano en la cabeza.
Mi hermano haciendo una de las suyas, haciéndose daño sin notarlo, desarmándose de a poco frente a los demás, sin que nadie más que yo parezca notarlo.

Mi hermano trabaja para una empresa alemana. Nunca entendí qué es lo que hace ahí dentro. Un amigo le consiguió el puesto años atrás, no tenía título alguno y ahora es dueño de un auto importado. La propia empresa se lo regaló. Lo obligaron a estudiar, a que se recibiera de técnico en algo, no sé bien, algo relacionado con las computadoras, y ahora tiene personas a su cargo, secretaria. Al parecer, puede obtener lo que quiere. Tiempo libre incluso. Cuando falta al trabajo, la empresa lo llama a su casa, alguna de sus novias atiende el teléfono, dice que está indispuesto y la empresa le desea que se mejore y que vuelva cuando se reponga.
A mí no me fue tan bien. Puse negocios que nunca terminaron de arrancar. Hice remeras, tuve una fábrica de pastas, vendí ropa para niños, puse un bar, un kiosco, una despensa. Vivo de rentas, de lo poco que se paga por un local en esta ciudad de mierda, que se viene a pique como mi ánimo. Tengo dos locales, no muy grandes, donde antes funcionaron el kiosco y la despensa. En uno pusieron una mercería y en el otro un call center. Me alcanza. Puedo ver pasar las noches desde el quincho de casa, mientras mi mujer y mis hijas vaya a saber Dios qué están haciendo. Digo que puedo ver pasar las noches desde el quincho de casa sin pensar en nada más. En qué haré mañana, por ejemplo, o en cómo voy a pagar las cuentas.

Ahora vine al quincho a pensar en mi hermano. Están esos dos vasos dándome vueltas en la cabeza. Cada vez que tomo algo en el que quedó, pienso en esos vasos.
A mi hermano, dicen, ya no le importa nada. Pero sé que sólo me preocupa a mí, que sólo yo lo tomo en serio.

La última novia de mi hermano era una loca de atar. Mi mujer y yo fuimos para una Navidad a su casa, a casa de mi hermano digo, ella ya estaba instalada ahí, como reina y señora. Mis hijas prefirieron otra salida, no les importa la Navidad y menos pasarla con nosotros. Hace rato que han empezado una vida que no nos compete.
Esta chica es unos diez años menor que mi hermano, si es que no me quedo corto. Entonces llevaba el pelo largo hasta la cintura y era flaca como un espárrago escurrido. Tal vez fuera la más fea de sus últimas cinco novias. Se llamaba Ceci, o eso creo haberle escuchado, porque la mayor parte del tiempo él la trataba de che, y cuando nos la presentó yo no escuché, me quedé viendo cómo había adornado la casa, el empeño que había puesto, las guirnaldas, los ángeles, las botas rojas, la nieve falsa que parecía más real que la real. Era vegetariana, pero no le importó en lo más mínimo cocinar para nosotros un cerdo al horno que figura entre mis recuerdos más preciados de Navidad alguna. Ella comió una ensalada con frutos secos, la regó con aceite de oliva importado y le puso tanto que el aroma de su comida invadió la nuestra.
Después del brindis, cuando nuestras mujeres se habían ido a ordenar un poco la cocina, le pedí a mi hermano que nos sentáramos afuera y que sacara alguno de sus whiskys, el que quisiera. Sacó uno importado, que sé cuánto cuesta porque lo veo siempre en las góndolas y nunca me lo permito. Pero yo no tenía ganas de beber, ya había tomado suficiente, lo único que deseaba era ver esos vasos. Me sirvió un whisky entonces, pero él siguió con el champagne, con tanto ahínco que no pude negarme a terminar rápido el whisky y acompañarlo enseguida en su bebida. Mi hermano toma cada vez más. Dijo que la mezcla no me iba a hacer bien y que, en todo caso, no le iba a sentir el gusto. Pero no me importó e igual quise acompañarlo.
Sé de sobra que mi hermano es así, la gente termina haciendo lo que le parece a él.
No recuerdo mucho más de esa noche, mi mujer manejó hasta casa y al otro día no la vi hasta mucho después del mediodía. Cuando apareció me dijo que había pasado el día con las chicas y que había estado muy bien, se habían divertido.

Creo que mi mujer siempre prefirió a mi hermano. Tal vez yo también. Me hubiera gustado ser él, sí, de una manera que en la infancia era enfermiza y que sólo después de la juventud se fue mitigando. Aunque nunca desapareció del todo.
Siempre nos llevamos bien, gracias a su indulgencia tal vez, porque lo cierto es que yo siempre lo jorobé bastante.
Cada vez que mi mujer y yo discutimos, o discutíamos, porque ya no lo hacemos, cansados los dos de no ponernos nunca de acuerdo, ella solía terminar el asunto diciendo que se había casado con el hermano equivocado. Nunca supo que la frase jamás me molestó. Yo tenía lo siguiente para reprocharle:
—Si hubiera sido así, el arruinado habría sido él, y vos hoy te quejarías de no haberme elegido a mí —daba un portazo y no me hablaba por dos o tres días.
Cierto amigo nos invitó a las charlas que daba un cura en la parroquia, algo acerca del mantenimiento sostenido del amor. A él le había servido. Nos anticipó que no tenía nada que ver con Dios o con la religión o con rezar, tomarse de las manos, cerrar los ojos, bajar la cabeza, elevar el espíritu, prodigar cantitos absurdos. Eran consejos, nada más que consejos, palabras bien servidas. Fuimos, y al final tuvimos que tomarnos de las manos y hacer lo que el cura nos indicó, desde cerrar los ojos hasta cantar. Me tocó darle la mano a una muchachita que habrá tenido unos dieciocho o diecinueve años, muy bella, muy frágil. La acompañaba un joven hosco, visiblemente más aburrido que yo de toda la situación. Mi mujer volvió de la sesión muy contenta. Esa noche hicimos el amor, después de varias noches de ni acercarnos. Yo pensaba en la muchacha a la que me había tocado darle la mano.
La cosa anduvo bien un tiempo, nos saludábamos por las mañanas con una sonrisa y todas esas cosas, desayunábamos juntos y hablábamos de nuestras chicas, de cómo crecían, de cómo les iba en el colegio, en la vida en general. Después, ellas se despertaban y nos veían alegres en la mesa. Ahora es distinto. Las chicas pasan poco tiempo en casa, a veces se ausentan por semanas. Cuando lo hacen, si soy yo el que atiende el teléfono me saludan amablemente y piden hablar enseguida con su madre. No sé qué les habré hecho, juro que puse empeño en que crecieran felices. Cuando vuelven a casa no les pregunto nada. Jamás me piden dinero, así que supongo que alguien debe de mantenerlas. Espero que no sea el mismo para las dos.
La cosa anduvo bien un tiempo, como digo, pero no tardamos en aburrirnos el uno del otro. Y no quisimos volver a las charlas del cura en la parroquia. De pronto nos pareció una cosa de tontos. O quizá nos pareció que tan desesperados no estábamos, que no importaba, que podíamos seguir así por siempre, que daba lo mismo, que las chicas ya estaban grandes. Todavía teníamos los tres vasos de whisky. Le propuse brindar por la propuesta. Le serví una buena cantidad, pero a ella nunca le gustó beber. Brindó y dejó el vaso en la mesada. Yo me tomé el mío de un sorbo y el de ella de a poco. Ya había salido cuando terminé.

Es así con mi hermano, todo el mundo parece preferirlo, tenía su colección de vasos completa al momento en que mi mujer fue rompiendo uno y otro, pero así y todo no sé si me gustaría ser él ahora que lo pienso. Lo admiro, pero no sé. Tiene sus locuras. Todos hablan de eso, las locuras de mi hermano. Les divierten. A la mayoría les parece imposible que vengan de él, de él mismo, así que cuando alguna de sus locuras le ataca la gente que tiene cerca prefiere señalar la gracia que se le acaba de ocurrir, o sea que festeja esas locuras como una ocurrencia sana. Hay gente que siempre cae bien.
De él todos dicen que es un hombre encantador, se la pasan diciendo eso, que no da problemas, que es un amor, pero yo sé reconocer a los hijos de puta cuando los veo, y los hijos de puta son así: se ríen de este tipo de cosas, de este tipo de hombres, de los hombres supuestamente encantadores que no dan problemas, de eso se ríen los hijos de puta, para ellos no son más que payasos listos para entretenerlos.
Mi hermano es encantador, no da problemas, y supo tener su colección de vasos completa cuando yo no, pero nadie lo quiere, nadie excepto yo, es mi hermano, tengo que ayudarlo, lo rodean arpías de todo tipo, mala gente.
Ese me parece un precio demasiado alto para tener lo que a él siempre le sobró, dinero, mujeres, respeto, cierta completud. Yo no quiero saber nada con sus locuras, y nadie querría si pudieran verlas de otra forma. Nuestros amigos en común, nuestros vecinos que llegan a conocerlo, sus vecinos que él nos presenta, no paran de decir lo ocurrente que es, lo especial, las sorpresas que guarda. Pero es evidente para quien quiera verlo que esas locuras son sólo una carga para él. Y tal vez para sus novias. Sí, son las únicas que las sufren de verdad. Por eso no le duran.

No hace mucho me crucé con la última novia de mi hermano, la que había cocinado para nosotros aquel cerdo en Navidad. Yo venía de hacer unas compras, whisky más que nada, algo de leche y de miel para tomarlo en las noches frías, unas galletitas, no sé para qué. La llamé por el nombre que creía correcto. Se acercó con una sonrisa de oreja a oreja, me dio un beso, me dijo que andaba paseando, nada más. Charlamos un rato, parados los dos en una esquina. Le extrañó que yo no supiera que se había separado de mi hermano. Lo dijo sin que un solo atisbo de pena pasara por sus ojos. Me gustó eso. Cuando yo cuento algo por lo que supuestamente los demás deberían sentir pena, o lástima por mí, se me humedecen los ojos. Eso a mi hermano no le pasa. Debe de ser una de las cosas que más nos distinguen el uno del otro. No me gusta eso de él, pero siempre, por lo mismo, lo envidié. Y al parecer Ceci es igual, el asunto de la separación no le iba ni le venía, pero en ella queda bien.
—¿Tenés algo que hacer? —me preguntó. Todavía faltaban unas horas para que me sentara en el quincho a hacerle compañía a los árboles que se recortan en la oscuridad, mientras suenan las últimas cosas que el día tiene para hacer sonar. Le dije que no.
—Te invito a un café —me dijo.
—Bueno.
Sólo me salió eso, pero me hubiera gustado decirle que hacía tanto que nadie me invitaba a nada, especialmente una mujer, especialmente una mujer joven, que me atacaron unas ganas terribles de tirarme a sus pies y besarlos, o por lo menos de abrazarle las rodillas.
Fuimos a un barcito de por ahí nomás, nada especial. Sólo queríamos un par de sillas, tiempo y unos cafés. Y si acaso, mirar por la ventana.
—Mi hermano no me cuenta nada —me excusé—, no me extraña que no haya estado enterado de lo que pasó.
No era buena forma de empezar, pero otra no se me ocurrió. Iba a decirle también que mi hermano estaba cada vez más extraviado… pero eso hubiera sido traicionarlo, no es de buenos hermanos hablar así por la espalda, y sólo para contentar a una mujer. Un hermano es un hermano.
Por lo demás, era cierto, mi hermano no me cuenta casi nada. O tal vez yo lo escucho cada vez menos. Sí, es eso, ¿cómo puede ser que yo nunca haya sabido con certeza qué es lo que hace en esa empresa alemana? Seguramente me lo habrá explicado unas mil veces.
—No importa —dijo ella—, en serio.
Tal vez tuviera ganas de pasar a otro tema, pero yo no, insistí. Se limitó a decir que llegado un tiempo cierta clase de hombres se ponen insoportables, pierden la conciencia, se transforman, se vuelven algo impensado.
—¿Por ejemplo? —pregunté.
—Tu hermano sale los días de lluvia y se sienta en el jardín, a la vista de todo aquel que pase, estira sus piernas y pone los brazos detrás de la nuca y se deja estar, sin más, bajo la lluvia, con una amplia sonrisa. Se ríe como si el mundo hubiera dejado de existir. Cuando la lluvia pasa, se levanta de su silla y entra a la casa, chorreando agua. Esos días no va al trabajo. Llaman y preguntan por él y yo tengo que responderles que el cambio de tiempo le sentó mal y que tiene gripe. Lo peor son los vecinos. No quiero que piensen que vivo con un loco. Se lo aguanté un par de veces, pero ya a la tercera o cuarta vez me resultó insoportable, así que lo dejé.
—¿Sólo eso? —pregunté.
—¿Cómo que sólo eso?
—Me parece poca cosa para dejar a un hombre.
—Tal vez lo defiendas porque es tu hermano…
—No, nada de eso, sólo que no entiendo cómo un hombre puede ser abandonado nada más porque le guste estarse bajo la lluvia.
—Sí, tenés razón —contestó levantándose de la silla—, tal vez tendría que haber ido a sentarme con él.
Dejó el café en la mesa y se retiró. Me lo tomé yo, pero ya estaba frío. Parece que todo el mundo me deja bebiendo así. Tal vez sea una clase de destino, una cruz en otra forma, con otro peso.

Más tarde, cuando llegué a casa, después de perder el tiempo, esperando que se hiciera tarde, que el día fuera desapareciendo, mi mujer me esperaba a la mesa. No se levantó para ofrecerme nada. Me hizo sentar, tenía algo que contarme. Yo dejé las bolsas en el piso y me senté. Ella sonreía con malicia.
—Tu hermano sigue sorprendiéndonos —dijo.
No sabía de qué hablaba, tenía sed, me paré, ella siguió hablando a mis espaldas mientras yo me servía un vaso de agua. Me senté de nuevo.
—Hoy en el club su última conquista nos contó algo al respecto, todas festejamos, la cosa nos causó gracia, pero la pobre parecía lastimada, como si hubiera perdido la oportunidad de su vida… Bueno, no deja de ser un hombre interesante.
—Me gustaría que te explicaras mejor… hace un rato vi a la ex novia…
—¡Ex novia! ¿De quién hablás?
—De la chica que tan bien nos atendió en Navidad…
—Esa ya tiene un número en su espalda, una marca, es otra de las vacas de su ganado perdido. Yo estoy hablando nada más que de su última conquista. La conoció hace unos días, es parte de nuestro círculo de amigas.
Mi mujer está capacitada para integrar círculos, disposiciones geométricas que se renuevan con inusitada facilidad, que parecen enriquecerse, ganar terreno. Yo doy vueltas en el sitio que me dejan los demás, o ella misma. Parece que en uno de estos círculos había una joven linda y sola, se la presentaron a mi hermano, fue idea de mi mujer: quizá por no animarse a encararlo ella para sí. Se lo había dejado a otra, simplemente, a un ser casi anónimo y necesitado. Lástima que a la chica no le fue tan bien. O sí, quién sabe, en opinión de mi mujer y de su círculo, las cosas que hace mi hermano alimentan la curiosidad, siembran semillas que dan ganas de quedarse al lado, para ver en qué resultan. Pero ellas, mi mujer y quienes integran su círculo, se limitan a jugar, a imaginar, a desear, a ver qué pasa con las que empujan adentro de lo que ellas imaginan. Por ahora les basta.
—Parece que tu hermanito —dijo entonces— hizo otra de las suyas. Sacó a comer a esta chica, después de dos o tres días de completa pasión y entusiasmo, nos contó cada cosa, y en medio de la cena, un restaurante fino, de esos donde no todas tienen la suerte de ir, vació el plato del postre en el mantel y se puso a comerlo directamente de ahí, con la cuchara, ayudándose con los dedos, porque según dijo el plato estaba muy frío y le daba dentera. La gente lo miraba, los mozos, el sommelier, y ese que acompaña a la gente a sus mesas, pero nadie se acercó a decirle nada, todos se reían y hubo incluso alguno que aplaudió y hasta un par de mesas imitaron el gesto, diciendo que el hombre tenía razón, que en ese restaurante sirven los postres en platos muy fríos, echan a perder el sabor dulce. Pero la pobre chica no lo soportó.
Mi mujer soltó una risotada.

Al día siguiente visité a mi hermano, la chica con la que me había encontrado tenía razón, por supuesto, y también la última de sus conquistas, así que fui a verlo, pero quién es uno para hablar mal de su hermano a sus espaldas, para darle la razón a una mujer desalentada por tan poca cosa si se trata del propio hermano el hombre cuestionado y, sobre todo, quién es uno para, a expensas del propio hermano, festejar la risa de una esposa que se ríe de las locuras de un hombre en problemas.
Me recibió con sorpresa, sonriendo. Enseguida me invitó a tomar algo. Le dije que ya estaba enterado de lo que había pasado con su última novia.
—No, no lo estás —me dijo él.
—Bueno, sí —contesté a su arremetida—, ella misma me dijo que se habían separado.
—Quiero decirte que no sabés los detalles.
—No me interesan —dije—, lo que piense ella de tus manías es asunto de ella, y si no las soporta…
—No son manías —volvió a interrumpirme—, te habrá dicho algo de la lluvia seguramente… No veo problema en eso. De chicos nos gustaba la lluvia, ¿te acordás?
Me quedé pensando. A mí nunca me había gustado la lluvia, yo odiaba no andar por ahí corriendo o haciendo macanas. Cuando llovía, me encerraba a refunfuñar todo el día. Pero le mentí.
—Sí, me acuerdo, pero ahora no me quedo bajo la lluvia mientras los demás pasan con paraguas o en sus autos o corriendo y yo los veo y los saludo sonriendo, como si estuviera tomando sol, como si estuviera en la playa y ellos desfilaran hacia el mar…
Se levantó como si no me hubiera estado escuchando y nos sirvió dos tragos en los vasos que él todavía conservaba en su totalidad. Parecían más lindos que nunca, llenos de una bebida transparente y fresca, con notas amarillas, con el hielo jugando dentro, estaban tan lisos, tan frescos, tan brillantes.
—Nadie prepara el gin como vos —le dije, para decir algo—. Eso sólo debería bastar para mantener a las mujeres que a uno le gustan… sin embargo…
—A propósito —dijo—, porque ya sé lo que vas a decir, sé que estos no son los vasos apropiados para el gin… pero me gusta usarlos cuando me visitás.
Alcé mi mano, le propuse un brindis, sin palabras. Chocamos los vasos y bebimos. Él tiene mayor tolerancia al alcohol que yo, siempre fue así, así que ya se estaba sirviendo otro cuando yo todavía escuchaba en mi cabeza el ruido de los vasos chocando entre sí. Pero me preocupa que esté tomando cada vez más, que se olvide de las cosas que hace, o peor, que no le importen, que las acepte sin más.
—No sé si estabas por decir algo…
—Iba a decir algo con respecto a las mujeres, pero no tiene la menor importancia.
—¿Te sirvo otro?
—Esperá que termine el primero.
Tomé otro y me fui antes de verlo cómo terminaba la botella. Dejé el vaso en la mesa ratona que nos separaba, pensé en la suerte que tenía de tener todavía sus tres vasos y salí.

Luego me enteré de lo que había hecho en el club, el mismo donde a veces suele ir mi mujer, con su círculo de amigas. Me pregunto si habrá estado justo en ese momento.
Parece que en medio de un partido de tenis, luego de acertar alguna bola difícil y de que, como costumbre, todo el que estuviera cerca lo festejara, incluso el par de contrarios contra los cuales estaba jugando un doble, se sacó los pantalones y la remera, los tiró a una platea imaginaria y siguió jugando así, en calzoncillos. Al rato vino el encargado de las canchas, lo llamó con una seña y le pidió al oído que se vistiera. Mi hermano le dijo que sí, pero que esperara sólo un segundo. Ya que estaba sin pantalones, quería aprovechar para tomar sol en las piernas, estaban muy blancas y ya se acercaba el verano, le dijo. Dicho esto, se acostó en el polvo de ladrillo. Todos aplaudieron, su pareja en el partido, los contrarios, los tres o cuatro que estaban curioseando, los que jugaban en la cancha de al lado, todo el mundo. El encargado se retiró, volvió con el personal de seguridad y lo sacaron de la cancha con toda la amabilidad que pudieron. Iba ganando.

Fui a verlo de nuevo, preocupado.
Pasé por el mercado y compré una botella de las caras, muy bien presentada, en una caja de cartón grueso, brillante, y la llevé a su casa.
—Sé lo que te pasó en el club…
—Qué gente aburrida, ¿no?
—Sí, lo único que querías era broncearte un poco.
—El día estaba tan lindo…
Le dije que a pesar de que era su casa, el anfitrión iba a ser yo. Era mi botella, después de todo. Le pedí que se sentara cómodo, fui a la cocina, tomé dos vasos de la vitrina, los puse en la mesada y los contemplé antes de empezar a servir. Los acaricié, los alcé, los puse a la altura de mis ojos y miré a través de ellos: la cocina parecía otra, todas las cosas parecían otras. Después me serví un poco de whisky, puse un par de hielos y volví a mirar los vasos. Entonces llené hasta el borde el de mi hermano. Toma cada vez más y quise complacerlo, cada vaso le dura menos tiempo vacío, y menos tiempo lleno. Lo tomó enseguida. Le fui sirviendo vaso tras vaso, mientras en el mío el whisky se aguaba de a poco, perdía sabor y color. Mi hermano, al fin, luego de hablarme y de hablarme, cada vez con más dificultad, cada vez más entusiasmado, fue cerrando los ojos y se quedó dormido. Entonces agarré el vaso que él todavía tenía en la mano, no se le fuera a caer, y lo dejé en la mesa ratona que nos separaba. Vacié el mío en su camisa, de a poco, busqué el vaso que quedaba y puse los tres en la caja del whisky que había comprado. Me arrepentí de inmediato. Me estaba sobrando uno, no era justo, no era necesario, me estaba excediendo. Saqué el vaso seco y lo volví a guardar. Ya que estaba en la cocina, tomé una botella de whisky cualquiera, volví al living y tiré parte en el piso, parte en sus ropas, la puse entre sus dedos y salí de la casa.

No creo que a mi mujer le importe dónde debe servirse un whisky. No diferencia un buen vaso de uno normal, se conforma con poco, más o menos como yo, es cierto, pero yo sí sé diferenciar un buen vaso de uno normal.
Hay algunas mujeres a las que esas cosas les molestan, tomar en un vaso así nomás digo, buscan calidad, exactitud, no consideran que tomar en un buen vaso sea una cuestión de lujo, un capricho, sino lo que debe hacerse, simplemente. ¿Pero quién necesita una mujer así? Además, la mayoría de los hombres bebemos solos. Al menos yo.

Antes de servirme un buen vaso de whisky, contemplo mi colección completa, que guardo bajo llave. Ya no permito que ella los lave, me adelanto, lo hago yo, los seco con cuidado y los guardo de nuevo.

Ahora estoy en el quincho y quiero pensar en mi hermano. El pobre está teniendo ciertos problemas, y al parecer no hay forma de ayudarlo. Ni yo puedo. Se olvida de las cosas, las tergiversa, inventa todo el tiempo hechos que no pasaron. Dicen que está por perder el trabajo. No le renovaron el carnet de conducir, no lo dejan entrar al club, han dejado de invitarlo a cenas o fiestas, ya nadie sale con él. No me extrañaría que un día de estos perdiera la casa, todo lo que construyó con tanto esfuerzo, todo lo que logró con los años. Brindo por él en silencio, ojalá mejore su suerte.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: