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octubre 28, 2008 / Roberto Giaccaglia

No puedo con mi histeria

Bestiaria: bestiaria.blogspot.com

Años atrás, cuando Página/12 era un diario que se podía leer y no el boletín oficial de un gobierno, hojeaba de vez en cuando el suplemento de los viernes, Las 12, una de cuyas columnas trazaba “perfiles” femeninos, perfiles alrededor de los cuales se destilaba sorna y algo de humor. La columna estaba firmada por Sandra Russo y ponía en ridículo ciertos aspectos que ella consideraba propios de las mujeres. Así, por la columna desfilaban la neurótica, la infiel, la insatisfecha, la diosa, la feroz, etc. No leí demasiado esa columna, me acuerdo de unas cuantas, nada más —creo que la última vez que leí Las 12 fue porque en la tapa estaba Susan Sontag, mi heroína literaria—, no me parecía gran cosa pero a veces era ocurrente. La columna se llamaba “Arquetipas”.
Hace un año y pico me enteré de que hay un blog muy exitoso que se encarga más o menos de lo mismo, trazar con sorna y algo de humor “perfiles” femeninos, arquetipos. Debí haber dicho sólo “sorna” tal vez, y no humor, porque de esto hay más bien poco, está, sí, pero opacado por la mordacidad, la mirada descarnada, la clasificación fácil, la crítica porque sí, la verborragia cruel, la arrogancia. Tal vez sea todo ello una forma de humor, es cierto, o partes que conforman todas juntas y pegadas con un corrector de estilo cierto tipo de humor, el que menos me gusta, el del que se siente más y mejor, el humor de los ganadores, el de aquellos que ríen sin que la víctima se dé cuenta.

Pero cuidado, que no por todo ello Bestiaria deja de tener sus dotes, dotes que se encuentran en la mirada ya señalada, esa mirada descarnada que clasifica fácil y que funciona, como la columna “Arquetipas”, como una especie de estudio de género, estudio en solfa, que analiza y explota normas, convenciones sociales y el comportamiento social (y sexual) de las mujeres, o de los diversos tipos de mujeres. O sea, Bestiaria es un blog que indaga e interpreta formas de ser femeninas, ensaya sin pretensiones de ningún tipo (pretensiones serias, quiero decir) y define (de eso se trata más o menos “clasificar”) qué lugar ocupa qué mujer en nuestra sociedad, cuál es su rol, su papel, cómo son las relaciones que entabla, qué hace en la familia, qué hace en la comunidad, qué hace en los diversos grupos sociales que integra, cuáles son sus deseos y anhelos, etc. Es, pues, la capacidad de “mirar”, y ciertamente de “encontrar”, lo digno a destacar de este blog.
Nos guste o no, la mirada de quien lo escribe es literaria. La manera en que la plasma es otra cosa.

Ciertos roles, aunque se definan, socialmente hablando, de manera casi tácita, aunque no parezcan lo que son, algo impuesto, son claramente una injusticia. Las personas quedan por así decirlo estigmatizadas. Es decir, ciertos roles son más fácilmente percibidos como injustos, descabellados, apurados y arbitrarios que otros, pero pese a eso no dejan de “funcionar”, no dejan de ser lugares comunes que hasta la “víctima” termina aceptando. De estos roles se componen los perfiles que Bestiaria desglosa e impone, con ellos forma su catálogo de mujeres al borde de ataques de nervios, o de machismo.

Nuestra idea acerca de lo que ser mujer significa va cambiando, depende del lugar que nosotros mismos vayamos ocupando, entre otras cuestiones. Ahí están la edad, la cultura, la comunidad, la familia, las distintas relaciones entre distintos grupos, con sus normas propias, y las generaciones que se van sucediendo, para hacernos pensar ciertas cosas sobre el género femenino, para que aparezcan los diversos estereotipos de mujer, o sea el conjunto de creencias sobre las características que ellas poseerían. El humor, a lo largo y ancho de la historia, se ha valido de estas “características”, o estereotipos, o arquetipos, para contar historias y describir personajes de manera tal que cada uno de nosotros pueda “ubicar” en ellos a alguna conocida y decir “Me parece que a esta chica la conozco…”. Uno se ríe con más ganas cuando algo así sucede.

Hay algunos artistas que lo hacen muy bien a esto de aprovecharse de los estereotipos femeninos. Esta chica que solía aparecer en la última página de la Para tí, por ejemplo… ¿cómo se llama? Ah, ya está, Maitena. Bueno, Maitena sí, me gusta, tal vez porque uno ve sus viñetas y se ríe, encuentra siempre un perfil o arquetipo o estereotipo que fácilmente puede comparar con alguna mujer que conoce y entonces se ríe. Lo de ella obedece a una construcción cultural, igual que lo de la columna “Arquetipas” y ciertamente Bestiaria, pero lo hace sin sorna, ni malicia, sin apuros que llevan a decir cualquier cosa, meter todo en la misma bolsa, volverse descabellado, injusto, criticón al pedo, una bestia.
O sea, tal vez la “mirada” de Maitena sea igual de buena que la de Sandra Russo y que la de la autora de Bestiaria, pero la gracia que provoca es de otro tipo, no sé si más inocente, no, esa no es la palabra que estoy buscando. Menos histérica tal vez, sí, eso puede ser, menos histérica, menos enfermiza.

La autora de Bestiaria es Carolina Aguirre, quien gracias al éxito cosechado (éxito del cual nos enteramos gracias a la propia autora, una gran propagandista de sí misma, que no para de destacar los premios que recibe su blog, las ventas que produce su libro, el próximo premio que seguro recibirá) fue invitada entre otros reconocimientos a escribir en uno de los blogs del diario Crítica de Lanata, o Crítica de la Argentina, como a usted le guste llamarlo. En el blog de dicho diario Carolina juega a pelearse con todo el mundo, más o menos como hace en Bestiaria, aunque ahora los perfiles no son meramente femeninos, sino que involucran sencillamente al que se le cruce enfrente. Por ejemplo, un taxista que no tiene para darle el vuelto. Carolina le reclama un peso, o algo así, y se pelea con él con argumentos sesudos, que cansan al taxista, como cansarían a cualquiera, quien termina devolviéndole el mentado peso de la discordia. Llegado el caso, yo preferiría dejarle el peso al taxista, que es lo que en realidad hago siempre. Es más, me parece un poco de amarrete andar peleándose por tan poca cosa, o criticando a un trabajador por querer hacerse un poquitín el vivo. ¿No oyó esta chica, en todo caso, hablar de algo que se llama “propina”? Sí, seguro que oyó tal cosa, pero la cuestión es pelearse, no dar propina. Vale decir, la autora simula tomarse las cosas demasiado en serio, de otra manera no podría encontrarle siempre el pelo al huevo y simular desprecio, berrinches, ataques histéricos, desear que los que dicen “tocayo” se caigan de un precipicio, o pensar que una promotora que le ofrece un regalo barato en el supermercado puede “cagarle” el día por robarle uno o dos segundos de su tiempo —más útil y siempre mejor aprovechado que el de la pobre promotora, seguramente.

Bueno, repito, más o menos lo mismo hace Carolina en Bestiaria: simula tomarse las cosas en serio, simula despreciar, simula berrinches, ataques histéricos. Al menos quiero creer eso, que simula. De otra manera nos estaríamos topando con alguien insoportable, no con alguien gracioso, o supuestamente gracioso por lo menos.
Es que después de leer varias notas de Bestiaria, y, repito, si uno no aceptara que todos los perfiles trazados van en joda, uno tiene todo el derecho a pensar que quien lo escribe es una mujer agotada de la vida, posiblemente fea, una de esas a las que no le fue demasiado bien en el amor, alguien que no se ha divertido lo suficiente. Es que las mujeres con suerte, sobre todo en el amor, no escriben cosas como las que escribe Carolina, en realidad ni siquiera escriben. O por lo menos no pierden el tiempo criticando a diestra y siniestra a rubias y siliconadas, a putas y a enamoradizas y a mujeres que son las cuatro cosas juntas. Vamos, no pierden el tiempo juzgando a mujeres que la pasan mejor, o que quieren cosas de la vida que ella no, o que gustan de asuntos que ella ni borracha. Todas estas mujeres le podrían decir una sola cosa a Carolina: Dejame vivir.

Pero este apunte es el de siempre, el acostumbrado, un lugar común que viene inmediatamente a la cabeza cuando uno se topa con críticas despiadadas. Es lo que se le dice a un crítico cuando destroza un libro, por ejemplo: se dice que el crítico pone eso porque él mismo escribe feo y es incapaz de hacer un libro como la gente. ¿Y qué hace el crítico entonces según esta óptica? Ve la paja en el ojo ajeno. Es uno de esos que no comen ni dejan comer. Me lo han dicho miles de veces y yo ahora peco de lo mismo, diciendo que quien escribe Bestiaria debe de ser una mujer fea, y si no fea al menos con poca suerte en el amor. O sea, el crítico que habita el cuerpo de Carolina Aguirre, un crítico social, se puede decir, o al menos un crítico de género, es conforme a esta óptica miope una persona desafortunada, alguien que se desquita de su suerte burlándose de los demás, rebajándolos, desmereciéndolos, diciendo, en unas cuantas palabras soeces, que solo está mejor, que la felicidad de los otros es de pacotilla. Es que el crítico feroz es así, un poco histérico, un poco simulador, confiado en que él es mejor que el mundo y que el mundo, o la gente que vive ahí afuera, la gente que parece feliz, está en su contra. Creencias vanas.
Por otro lado, desprestigiar a quien critica es más fácil que ejercer el acto de criticar, más fácil y hasta más divertido, pero también es de mal gusto, así que olvidémonos de un argumento tan pobre como que quien escribe en Bestiaria lo hace por celos, ojeriza, rencor, etc. De hacer tal cosa, seríamos igual que esos machos cabríos que cuando una mujer se manda una cagada al volante la mandan a lavar los platos. Y eso no puede ser. ¿Dónde se manda a los hombres cuando se mandan una cagada al volante? ¿A hacer un asado? Este es un mundo machista e injusto.
Pero el blog de Carolina Aguirre, definido por ella misma como un compendio de relatos e imágenes de mujeres, parece, ya que estamos, un poco machista e injusto.
Veamos.

La mayoría de los hombres busca mujeres escandalosamente atractivas a cualquier precio. Incluso si son estúpidas. Las aman aunque vivan preocupadas por lo que le dijo una amiga a la otra, por lo mal que les cortaron el pelo, o por el kilo y medio de más que subieron cuando se fueron de vacaciones. Aunque sean profundas como un charquito callejero. Aunque su única aspiración en la vida sea tener un marido exitoso que les ponga una casa en un country, que las lleve a Punta del Este, que les traiga la revista Gente a la salida de la oficina, y les pague una empleada doméstica que trabaje de lunes a lunes. Es la verdad. Algunos lo asumen directamente, y otros magnifican atributos comunes y fantasiosos en cada pava que encuentran para justificarse.

No sé si es verdad, pero si lo fuera, a lo mejor sí, no veo por qué un hombre debería buscar algo distinto a una mujer escandalosamente atractiva. No creo que nadie busque una mujer escandalosamente fea o escandalosamente despreocupada por su apariencia. Carolina, la fealdad y la falta de cuidado personal no son garantía de nada. Y bien se puede amar a mujeres que vivan preocupadas por los chismes, o por su pelo, o por sus kilos de más. ¿Por qué no? ¿Hay que querer sólo a las que se parecen a Marie Curie o a las que de tan preocupadas por la situación mundial se olvidan de depilarse? Y en cuanto a las aspiraciones de una casa en el country y las vacaciones en Punta del Este, ¿qué tiene de malo? Gustos son gustos, ¿o debo creer acaso en la superioridad moral de la chica que se la pasa encerrada en la biblioteca tratando de encontrar una verdad que venga a salvar a la humanidad? Por otro lado, los atributos comunes son a veces dignos de destacar en una mujer y bastan para enamorar, o al menos para acercarse a una dama con cariño: que sea una buena madre, que sepa hacer un bife de chorizo, que tenga un buen para de tetas, etc. Criticar estos aspectos, los de los atributos comunes, los de los deseos mundanos, etc., es ser más papista que Ratzinger, lo que en este caso significa ser sin darse cuenta un pelmazo machista, por más nombre de mujer que se tenga y se diga estar en contra de los hombres emocionalmente tarados, o sea los que suelen enamorarse de cualquier cosa. Una prueba de ello es que Carolina se queja de las mujeres que son sólo un par de piernas largas sin nada en la azotea, con esas palabras. Eso es machismo vil. Eso es asumir que si una mujer se preocupa por sus piernas, o tiene la fortuna de tenerlas largas y bonitas, no piensa, pero no sólo no piensa, sino que por ello mismo sirve para una sola cosa, para que alguien pase un rato entre esas piernas y nada más. ¿Tan cortas tendrá las piernas Carolina?
Yo mismo sigo con los lugares comunes, la chanza facilona, porque lo que leo en Bestiaria me empuja a ello.
Tanto mirar hacia la azotea marea un poco (o será que algunos preferimos el vértigo de las piernas largas).
Pero sigamos, sigamos.

En la escuela secundaria, es muy fácil reconocer a la afectada porque tiene colores para subrayar y siempre sabe qué hay que hacer para el otro día. Pero desgraciadamente para ella, sus rituales no se mezclan nunca con la inteligencia. De hecho, en la mayoría de los casos es una burra infernal que memoriza las lecciones como un grabador de mano y pregunta —por las dudas, para estar segura— cuarenta veces por clase si ese tema va a estar en el examen, si es lo mismo comprar flauta Melos que Yamaha, y si puede usar el manual de geografía que usó su hermana el año anterior.

Y sí, el blog de Carolina es una defensa de la mujer inteligente. El problema es ¿qué hará esta chica cuando se tope con una? Je, espero que el público femenino no se me enoje. Es una broma, nada más. Es que leyendo ciertos tramos de Bestiaria no puedo dejar de pensar en uno de los sketches de la serie Little Britain, ese en el que un gay estrafalario, protagonizado por Matt Lucas, defiende su elección sexual con orgullo y osadía, hasta con arrojo se diría, porque desde siempre él se supo (se creyó) en un pueblo homofóbico, pero tiene miedo de que aparezca otro gay en el pueblo, lo niega, le parece imposible y hasta odia semejante posibilidad. Claro, al haber un igual no tiene nada que defender o criticar, está secundado sin quererlo, él mismo existe reflejado en el otro, uno cualquiera. “Everybody knows I’m the only gay in the village”, dice Lucas, caracterizando a Daffydd Thomas, el gay en cuestión, orgulloso de tener lo más lejos posible aquello que defiende, quizá para no compararse, o para no salir perdiendo. En él es gracioso. En Carolina no tanto.

II

Bestiaria podría ser al fin y al cabo la página de una muchacha superior que sólo pretende demostrar cuán superior es. Por eso sus objetos de estudio son los más fáciles, los más miserables, los que siempre salen perdiendo, los que tienen sueños que posiblemente no cumplan nunca, o que para cumplirlos deban rebajarse. Bestiaria cosifica, de la misma manera en que lo hacen los programas de concursos en la televisión que supuestamente ven, fanatizadas, las criaturas que ella misma describe.

A las pruebas me remito, cuatro en este caso, una donde Carolina señala a una “afectada”; luego a una mujer con pretensiones de artista —rubro donde ella logró el éxito, así que se puede reír, pasar por encima, posar de ganadora—; después a una “vieja zángana” —algo que me desconcierta un poco, porque al final ahora no sé si Carolina está a favor o no de las labores prácticas, o sea de lo mundano— y, finalmente, una donde Carolina señala a una mujer que anda buscando puntos por la ciudad.

Cuando tiene un hijo, la afectada no hace nada que no haya dicho el pediatra. Lo llama cuarenta veces por día para preguntarle si puede reemplazar la zanahoria con zapallo, la manzana por banana o el yogur de vainilla por uno sin sabor. Sin embargo, su taradez no está asociada a un trastorno obsesivo. No se enferma de angustia si el nene tiene tos o llora por la noche. Simplemente no sabe ni puede imaginarse qué hacer para curarlo. No entiende. No sabe en dónde buscar. Se queda clavada en el piso.

La loca artista tiene aspiraciones inverosímiles de pintora, escritora o provocadora vanguardista, y si bien su carrera profesional comienza y termina dentro de cuatro paredes, su cuestionable creatividad no merma jamás a la hora de innovar y expresarse como poeta del mundo.

La vieja zángana nunca ejecuta una tarea realmente necesaria. Todas sus labores, forzadas obligaciones, y ridículos deberes son descarados inventos de utilidad discutible, y ocio recreativo ejecutado con concentración.

Sin embargo, no siempre el turismo fomenta el amor. A veces despierta otra clase de sentimientos. La gula, la codicia o la pereza son algunos de ellos. O miren sino a esta clase de jinetera que anda dando vueltas por los bares irlandeses del microcentro.
La jinetera es una empleada perezosa que de chica fue pobre, repitió tercer grado, nunca tuvo una carrera ni vocación, cuya existencia está consagrada a la búsqueda de un extranjero que la salve de su paupérrima vida de secretaria indigente.

Esto último, repito, aclaro, es lo que escribe Carolina para burlarse un ratito de las mujeres argentinas que buscan una vida mejor en la billetera y/o entrepierna europea. ¿Y?, pregunto yo. Un trabajo es un trabajo, mientras no se le joda la vida a nadie.
Pero bueno, Carolina es una ganadora, no le hace falta salir a buscar puntos por Corrientes. Además sabe pronunciar bien el inglés:

Para la bestia bruta los idiomas son imposibles. La mandaron a inglés siete años pero apenas si pronuncia tres palabras (Ticket, small y sorry —tiquest, esmol y zorri—). Tampoco es capaz de ser prolija: Se le explotan las biromes, se le desplancha la pollera, tiene fea firma, letra de varón y usa muchos ojalillos. Todo lo que escribe está plagado de errores de ortografía. Usa mal muchas palabras y dice barbaridades como “ninodoro”, “mongólico”, “manipulear” y “Spielbert”.

Así cualquiera.
Pero puede que Carolina esté en realidad tergiversando o parodiando su propia vida, o sea riéndose de sí misma. Aunque eso sería como decir que todas las mujeres son iguales, que se resumen en una, por lo que Carolina sería la bruta, la jinetera, la incontrolable, la estratega, la espumosa, la acaparadora, la gordita híbrida:

Apuradas por la curiosidad carnal, todos los años egresan, con sus breves polleritas, las inquietas adolescentes listas para ser mujeres. Corren de la oficina a la universidad con sus cuadernitos y fotocopias mientras llevan, prendidas en sus caderas, las húmedas miradas de jefes y profesores verdes. Sin embargo, no todo es sensualidad. Entre los cuerpos pegajosos y el coqueteo de pupitre, emerge, como un anodino bebote de goma, una vírgen de tetitas puntiagudas y firuletes de broderie: la gordita híbrida.

Eso sí que tendría gracia, que ella misma fuera lo que critica y de lo que se burla, que ella misma fuera el espejo en el que pueden mirarse cada una de las desgraciadas mujeres que se describen en su página. Escribir desde uno mismo, después de todo, no sólo es justo, sino quizá lo más justo, lo único que corresponde hacer. Así, es hasta meritorio el regodeo, la risa cruel, si Carolina puede identificarse con todas las mujeres retratadas se estaría riendo de sí misma, lo que me parece perfecto. Si no, lo único que estaría haciendo es ocupar un sitial de poder, un lugar omnímodo, presuntuoso, vil, un panóptico desde el cual señalar con el dedo actitudes, miserias, bajezas, penas y desgracias.

III

Pero no creo que sirva de nada enojarse tanto con la autora. Lo que hace, lo hace en broma, no se lo cree. ¿O sí? Bueno, Carolina dice que Bestiaria es una hipérbole de sí misma, por lo que podemos pensar que aunque sea un poquito eso que pone en su blog sale de lo que en realidad cree, por caso, que las señoras ya grandecitas que estudian no sirven para nada, que molestan.

Sabemos que está ahí; entre la burra, la chica linda que falta mucho, la muda, y la anteojuda intelectual, está usted. En el fondo de la clase, escondida detrás de su reluciente cuaderno de anotaciones y su saquito abotonado, está usted, insoportable, verborrágica, espesa mujer de largas observaciones. Está usted, esperando que el profesor termine la línea para levantar su mano veloz y pistolera, esperando para acotar y compartir. Está usted, asintiendo cada palabra con su aburrida cabezota demodé.
Sabemos que esta ahí, anhelando recuperar el tiempo perdido a expensas del nuestro, luchando con la bolita del mouse, alejando y acercando sus añejos lentes, soñando con recibirse de socióloga o abogada, pretendiendo renovar su anecdotario medieval.

¿Puede esto, acaso, tomarse en serio? No, pero la cuestión es que si se deja de tomar en serio deja de funcionar. Para que sea efectivo debe operar la malicia, la mala leche, el despropósito, la insolencia, sólo así es posible “reflejar” lo que la autora considera que es un pensamiento “íntimo, angustiante, emocional, verborrágico y compulsivo de las mujeres”. O sea, la autora simplifica, mete todo en la misma bolsa y una vez ahí dentro golpea y golpea, hasta que todo queda demasiado revuelto y sanguinolento como para poder distinguir algo con claridad. Cierto humor funciona de esta manera, tomando un lugar común, estirándolo y embarrando con él a todo un conjunto, conjunto cuyas partes son significativamente disímiles la una de la otra. Eso se llama parodia, tomar algunos elementos reales, los más visibles, agregarles algo de fantasía y magnificarlos. Pero a veces el cliché, cuando todo lo embarra, se vuelve un chicle, un chicle molesto y sin sabor, juego de palabras que hasta reprobaría un alumno de primaria, pero otro no se me ocurre.

La autora, para hacer efectivo su blog, cuenta con la malicia de sus lectores, el hambre de sangre, o al menos de tinta que ensucia. No de otra manera se explica la deformación a la que Carolina somete a las criaturas que rondan a su alcance. Debe de ser una gran observadora y de esa capacidad debe de sacar muchos de los “perfiles” con que llena su página. Me la imagino observando todo el tiempo a quienes la rodean y tomando nota mental de esos pobres seres, seguramente inferiores a ella, en la cola del supermercado, o en la del banco, en las plazas, en las reuniones de Tupperware… ¿Habrá ido a alguna alguna vez? ¿Se lo permitirá? ¿No lo considerará algo menor, típico de una mujer con pocas dotes? Porque ojo, a ella no le va lo que tarde o temprano convertirá a la mujer en una bestia:

La bestia bruta es metalera o le gusta la música latina (Ella le dice melódica). Adora los programas del mediodía, los que tienen concursos, números musicales y entretenimientos variados (Mira por ejemplo el laberinto de perros de Susana Giménez, el show del Chiste y la novela “Pasión de Gavilanes”), escucha la FM HIT y llama para votar los temas, y delira por Gustavo Bermúdez, Pimpinela y Valeria Lynch.
A la bestia bruta le gustan las frases y las citas, y las memoriza o las escribe en un cuaderno. Le gustan los señaladores con perros y muñecos que dicen cosas de amor y de amistad. Dice que le gusta leer, pero que prefiere revistas. Su libro preferido, es “Relato de un náufrago” y las novelas románticas.
La bestia bruta no es vaga, no es buena en nada pero se esfuerza. Estudia repitiendo sin parar pensando que esta vez quizás apruebe, pero nunca pasa. Probablemente repitió una o dos veces en primaria y le molesta profundamente levantar la mano a principio de año, cuando preguntan quien es “repetidor”.
Finalmente todas las bestias brutas o abandonan, o terminan en un secundario nocturno acelerado.

La bestia bruta está de novia siempre con alguien del barrio. A él le gusta correr picadas y el fútbol. Toman mate y comen facturas sin parar mientras miran Telefé y dicen burradas.

Yo no sé si hace falta denigrar de esta manera, despotricar tanto, todo el tiempo, declamar que se es mejor por no compartir gustos que tiene la mayoría o al menos una buena parte de la población. ¿Será este el pedestal que tanto odian quienes critican al escritor sin compromiso, será esta la torre de marfil, la de la observación canalla y enjuiciadora? Bueno, hace falta si uno quiere escribir a costillas de los demás. Pero a mí me parece, en cambio, que las mejores historias son las del hombre común, o de la mujer común si ustedes lo prefieren. Ir en contra de ellos porque ven Tinelli es una burrada. A lo sumo se puede ir en contra de Tinelli, que es otra cosa, pero eso Carolina no lo hace. Para burlarse, prefiere al débil. O sea lo mismo que hace Tinelli, lo mismo que lo llevó a la fama, aquello que cimentó su carrera. Claro que Tinelli, por más que use y abuse de la gente común, de sus sueños y esperanzas, también de sus miserias, acepta en cierta forma que en el fondo él mismo no es algo muy diferente: sólo tiene más poder, más dinero y más impunidad. Carolina, en cambio, juega a separarse de todo aquello que critica. No es parte de nada. Mira desde demasiado arriba, desde demasiado lejos.

Pero tal vez haya que ser Cheever para hacer literatura con la gente común, o con la mujer común, sin aprovecharse de ella. O por lo menos escribir como el cantante de Pulp, Jarvis Cocker, y hacer buenas canciones inspiradas en lo que la gente común hace o deja de hacer. Lo demás, sencillamente, suena a histeria, o sea esa neurosis que algún machista creyó una alteración propia de las mujeres, o a lo sumo de poderes demoníacos que anidaban en los cuerpos femeninos. Este tipo, seguro, era también así, y si hubiera escrito no habría escrito de otra forma, con un desprecio que bien pudo haber pasado por humor.
Pero al menos acertó en los síntomas: fantasía enfermiza, emotividad lábil, sugestionabilidad, ganas de llamar la atención, verborragia y pulsión por ir al choque sin que se tenga razón alguna. Más o menos todo lo que se encuentra en Bestiaria.

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6 comentarios

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  1. Gala / Oct 29 2008 4:16 am

    Totalmente de acuerdo. Yo no soporto a Bestiaria, me parece una tipa un tanto resentida.

    ¿Tan mal la trató la vida para que odie a todo el mundo?…

  2. Adriana / Oct 29 2008 2:05 pm

    No puedo creer que haya alguien en contra de Bestiaria… ¡Por fin!

  3. El Gemelo Malvado / Oct 29 2008 10:24 pm

    He entrado cuatro o cinco veces para convencerme de que, muy quizás, era yo. Y no –o sí, pero no importa: Bestiaria no me gusta.
    No me atrae el estilo. No hallo demasiado placer en su estrategia narrativa. La bronca y la queja ya no son literatura en ARG ni tan siquiera una manifestación original de acción política sino una composición cotidiana de lugar de una sociedad frustrada consigo misma.
    No tengo animosidad para con la chica, a quien no conozco. Dudo que realmente piense cuanto escribe (evitaré el error de confundir escritor con personaje) pero esa aparente incorrección política de su discurso me resulta adocenada. Si te gusta el estilo, no escribe mal.
    Buen post.
    Saludos.

  4. mariano / Oct 30 2008 2:38 pm

    me asustan los blogs de concurrencia multitudinaria. Una entrada y abajo 1245 comentarios, es posible que el autor los lea a todos? y algunos comentarios son una chorrada de argumentos y disquisiciones de terrible calibre.
    Bestiaria o el catálogo de los tipos, si, pero para leerlo en formato libro o será mi envidia?
    como escribió un columnista de Ñ, se está en la blogosfera para salir de ella y ella, la blogger, ya salió.

    buen post

  5. marcelo metayer / Ene 25 2011 3:54 pm

    bestiaria no es más que los exabruptos, en el mejor de los casos ingeniosos, pero en general deplorables, de una señora gorda, por más que sea flaca, una especie de susanita neurótica para mejor estar a la moda

  6. andrea / Dic 8 2012 8:15 pm

    increíble encontrar esto en internet, no sabía quien era Carolina Aguirre, la tenía en tw , supongo que por alguien la seguía. Al poco tiempo me hartó con sus comentarios hirientes y desde la superioridad . Le contestè lo que pensaba unas dos o tres veces, me bloqueó al toque, evidentemente muy intolerante para las críticas, que ella hace despiadadamente. Tb me acordaba de arquetipas y me dió bronca que ganara plata con algo que ya había inventado otra. en fin… que fue divertido encontrar esta crítica. Coincidimos.

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