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noviembre 5, 2008 / Roberto Giaccaglia

El hombre solo, los hombres solos

liver

Liverpool, Lisandro Alonso, 84:00, 2008, Argentina-España-Francia-Alemania-Holanda.

florma

Flormaleva, Buenos Aires. Discografía: Flor Maleva, 1999; Inocencia, 2003; Baldío, 2007.

Tiempo atrás escribí sobre una película que me gustó mucho, El otro, de Ariel Rotter. Dije básicamente que es sobre un tipo que, aburrido, decide no regresar de un viaje, pero que después termina regresando, porque se aburre. Eso es todo.

El viaje es, en esencia, lo que siempre se está haciendo en una historia, cualquiera sea, parta de donde parta, o surja de donde surja, de un crimen, de un amor, de un engaño. Básicamente porque una historia necesita de un momento único, un momento en el que todo cambia o empieza a cambiar para el personaje central. Y ese momento es el del viaje. Nada es absolutamente necesario, sino viajar.

Pero el personaje se engaña, se autoengaña a veces, porque, en realidad, eso de que “todo cambia” es falso, no hay nada más persistente que el corazón o el alma o cómo uno quiera llamar a su interior, y de eso no se escapa nunca.
A lo sumo, si hay algo dentro de uno que cambia, que se altera en alguna medida, es la capacidad de ese corazón, de esa alma: con el tiempo, suele verse desbordada. Es lo mismo que decir que uno se agota, o que se cansa.

Hay películas, por supuesto, que muestran otra cosa, películas quizá más optimistas, hasta redentoras, películas que dan esperanzas. En inglés, a este tipo de películas se las llama feel-good movies. A mí me encantan. No siempre, la mayoría son una estupidez, pero cuando están bien hechas me fascinan. Por ejemplo, Planes, Trains & Automobiles (1987), que, sí, claro, se trata de un viaje, donde los personajes, como debe ser, no llegan a ningún lugar, pero que redime, alegra, da esperanza. Miente, claro, y es una obra hermosa.

Pero hay otras que eligen ser más directas, o sea sinceras. Esas obras nos dicen que los hombres nos aburrimos, que los hombres estamos solos, que los hombres después de un viaje terminan siendo lo que eran antes, seres extraños, para sí mismos y para los otros, seres que no pueden perdonarse, seres que no logran la redención, ni la felicidad, ni nada.

A Lisandro Alonso le interesa el cine así, y eso se nota. Un cine fiel. ¿Fiel a qué, al espectador, al director, a algún tribunal que otorgue premios? No, fiel a lo que muestra. Eso, nada más. Un cine honesto, sin cálculos, sin diatribas, sin fetichismos, un cine con lo que hay, nada más que con lo que hay, imágenes y sonido, eso.

Justamente, detractores de su cine dijeron que esta película es por fin algo más que imágenes y sonidos. Por ejemplo, unos cuantos diálogos y hasta, si los apuran, un poquito de argumento, e incluso hablan de otro tipo de montaje con respecto a sus anteriores films, con algunos cortes, digamos, más planos y más cortos, esas cosas. Pero no sé si están siendo justos. Lo que pudo haber pasado es otra cosa: un descuido, por ejemplo, una pequeña brecha abierta en el orden de siempre, el natural, el que siguen las cosas cuando no cuentan ni siquiera con alguien que las mire. Y ese descuido, esa brecha, pudo haberse debido sencillamente a un afán, pequeño, mínimo, sólo el justo y necesario, de este gran artista por experimentar, ver qué resultaba si a eso que hizo siempre le agregaba palabras propias.

Es que a Lisandro Alonso no le interesa narrar, eso sería meterse demasiado en lo que muestra, entrometerse diría él, arruinar el ambiente, echar a perder las cosas como las echa a perder el científico que se larga a opinar, a molestar a las criaturas que está mirando vivir.

Sin discursos éticos de ningún tipo, ni tampoco narración, se podría pensar acaso que lo de Lisandro Alonso es la poesía, al menos es lo que uno esperaría, que su cámara construyera poéticamente asuntos diversos, por ejemplo la soledad, la manera en que un hombre se encuentra a sí mismo, o por lo menos se busca.
Pero lo suyo tampoco es la poesía.
Mirar, simplemente mirar, no es hacer poesía, dejar que la cámara capte las grietas de un rostro, cómo la pena va dejando surcos, qué es lo que hace la añoranza en la forma de moverse, qué es lo que hace en los ojos, no es hacer poesía, es sencillamente abandonarse a lo evidente, lo terrible de nuestra condición.

Ante esta evidencia —que de alguna forma los seres de sus películas terminan aceptando, cosa que les lleva su tiempo, más que nada por inocencia, por pureza, como inocente y puro es el cine del autor, en el mejor sentido de la palabra—, uno, como espectador, no puede más que hacer lo que la cámara de Lisandro Alonso hace, abandonarse, simplemente mirar, no componer nada, sentir, sólo sentir, emprender el viaje… y que la mente se inflame de deseos amargos y que el pecho explote de rencor… como bien dijo Baudelaire y como bien pueden sentir los hombres que en las películas de Lisandro Alonso viajan, se mueven, intentan llegar, buscan…
Los datos de la realidad presentes en sus películas son demasiados como para intentar otra cosa más que abandonarse, apabullan. Será por eso que algunos piensan a su cine como un arte complicado, porque no pide sino silencio, suspenderse, que es todo aquello a lo que nos empuja la soledad cuando ésta no es nada más que aislamiento o falta de contacto con otras personas, sino algo más preciso y contundente, algo que de tan preciso carece de nombre.

Qué sordidez, escuché decir a mis espaldas al final de la proyección de Liverpool, como si fuera esa la palabra buscada. Y sí. Ponemos esa palabra y está todo dicho. Pero nadie va a ver una película de Lisandro Alonso para sentirse bien. Tampoco para que le cuenten una historia. Por ejemplo, para que le narren un viaje. Uno va a ver una película de Lisandro Alonso para experimentar algo, algo que siempre es lo mismo, pero qué se le va hacer, el arte es así, algo más bien sórdido.
¿Feel-bad movies, acaso? Puede ser, pero creo que le salen así sin querer.

No hay nada que contar
, escuché también. Y es cierto, si uno le quiere contar a alguien esta película no tiene nada para decir. Por eso los críticos hablan entonces de lo que hablan, porque, por supuesto, se puede hablar de las virtudes compositivas, de los planos, de la cámara quieta, de la cámara que interroga, pero lo primero es tecnicismo y lo segundo un rebusque cualunque. Ya hasta me dio un poco de vergüenza hace un rato traer a colación aquello de la duración de los planos en esta película, de la duración y de la cantidad, del montaje y de los cortes.

Por otro lado, ¿sirve de algo, acaso, contar que en Liverpool un marino de unos cincuenta años, anclado en Ushuaia por unos días, regresa a su pueblo natal, al que abandonó siglos y siglos atrás, para ver si su madre todavía vive, un marino que toma del pico de una botella de vodka, que se encuentra con una muchacha retardada a quien no esperaba, pero que le intriga y a quien puede llegar a ver como lo último que le quede en este mundo cuando todo lo demás haya desaparecido? No. Las películas de Lisandro Alonso son experiencia pura. Contarlas tiene la misma utilidad que intentar explicar un paisaje bailando.

A lo mejor, para hablar del cine de Lisandro Alonso habría que contar un cuento, o copiar algún párrafo de una novela de Faulkner, o por lo menos algún tramo de La luna y las fogatas, la última novela de Cesare Pavese, en la que un hombre llega al pueblo que lo vio nacer, del que se fue hace años, y ve que todo sigue igual. Lo único que le resulta extraño es él mismo: está vacío.

Es que es difícil, sino imposible, ir alguna vez a algún sitio, cambiar de lugar, estar en otro lado, moverse. Se lo puede intentar de mil maneras diferentes, pero siempre se estará con uno mismo. Afuera, el paisaje puede ser hermoso, encantador, subyugante, árboles negros, secos, rodeados de nieve, árboles sobre la nieve, y nieve sobre los árboles, el entorno puede ser todo lo tierno y tranquilo que uno quiera, pero dentro el bosque se está incendiando.

Las películas de Lisandro Alonso no hablan de otra cosa, un bosque interno que se incendia.
Sus hombres, estén donde estén, caminen cuanto caminen, viajen cuanto viajen, siempre están pura y exclusivamente consigo mismos. Parecen todo el tiempo intentar huir, pero no existe nada que los pueda alejar lo suficiente de aquello que escapan. Algunos, resignados, parecen conformarse con entender lo que los rodea, pero tampoco lo logran, son extraños siempre, y los miran mal.

Leí por ahí que en su última película Alonso parece por fin alejarse de lo que nos entregó siempre. Yo creo, en cambio, que cada vez se está acercando más.

Pero hay una melancolía, una soledad, que también puede aparecer en forma de canciones. En ellas también está lo que, por caso, se puede encontrar en Liverpool, el mar y el frío, la nieve y las montañas, el alcohol, la extrañeza, Flormaleva.
El director de sonido de las películas de Lisandro Alonso es Catriel Vildósola, guitarrista y cantante de una banda con nombre tanguero y algo ruin, Flormaleva, cuarteto que va del noise hasta el post-rock, o viceversa, lo que a veces quiere decir bellas melodías que intentan descansar sobre un colchón de ruido, acoples y acordes desganados.
¿“A veces” dije? En realidad, es por lo general lo que la música de Flormaleva entrega siempre, ruido y melodía, ambos en dosis justas, sin que lo primero llegue a aturdir ni lo segundo a empalagar.
Uno encuentra estas palabras juntas, ruido y melodía, y enseguida se remite a cosas como Sonic Youth, pero no, convendría mejor pensar en unos Tortoise levemente aguerridos, o en unos Mogwai de pronto más diáfanos, es decir ir más lejos, tratar de escapar lo más posible del formato canción, llegar por ejemplo hasta Bardo Pond, una banda con la que quizás sí pueda compararse a Flormaleva, aunque sea cierto que la voz de Vildósola no es la de quien acompaña a Bardo Pond, una banda que, como ellos, envuelve y lleva lejos, el viaje suele durar bastante y no siempre es placentero, pero sin embargo uno sucumbe a la experiencia, quiere sucumbir, está atrapado.
¿Feel-bad music para feel-bad movies quizá? Puede ser.
Para mí, ya, a esta altura, la música de Flormaleva y las películas de Lisandro Alonso van juntas, ambos, músicos y director, parten de lugares mínimos, de pequeñas cosas, para crear más que nada sensaciones, o no crear, sino mostrar, simplemente mostrar, porque hay una clase de arte que parece estar hecho con la menor de las intervenciones posibles, y de eso se trata, después de todo, lo que ofrecen Alonso y Flormaleva, simpleza y sinceridad, aquello que basta y sobra para dar cuenta de la desolación. Será por eso que cuando vemos los títulos en las películas de Alonso, sobre todo si sabemos más o menos de qué se trata su arte, queda tan bien ese impacto que es la música de Flormaleva, esa sorpresa, esa perturbación, esas canciones hechas con pocas cosas, nada más que unas cuantas notas, algo de ruido y si acaso algunas palabras.
Dicen que hacer grandes canciones con pocos elementos es más difícil que hacerlo con un gran despliegue instrumental o armónico o como se llame la mezcla virtuosa de sonidos varios. Lo mismo puede decirse de las películas a las que tan bien acompaña la música de este cuarteto, a uno le parece imposible que salga algo bueno o interesante si sólo tenemos la mirada y el caminar de un hombre solo, un hombre que se pierde entre la nieve, el frío, entre la propia soledad.
Esta particular forma de entender la música, como particular es la forma de entender el cine de Alonso, lleva pues a artes que se parecen bastante, artes indescriptibles, inenarrables, cosas que no se pueden contar, no quizá por lo mínimas, sino por lo esenciales. O por lo íntimas. La música de Flormaleva y las películas de Lisandro Alonso bien pueden funcionar como documentales del corazón de los hombres solos. O sea, historias que para entenderlas sólo pueden ser experimentadas en forma directa, o no para entenderlas, sino para sentirlas, que es a fin de cuentas lo que importa.
Sin embargo, Flormaleva, como si fuera posible, intenta desde su página explicar de dónde parten sus canciones. Así, para dar una pista de lo que hacen, hablan de inocencia, de amor, de incertidumbre, de ausencia, de recuerdos y de sueños, de lo que no nos decimos, de lo que extrañamos, de lo que deseamos, de lo que guardamos y de lo que escondemos. Dicen valerse de lo poco que se tiene y de lo mucho que no se tiene, como el cine que me hizo conocerlos y los hombres que pueblan esas historias donde por no ocurrir nada todo es posible, historias como canciones tristes y simples, que valen por su pulso, que nutren por los golpes que dan al corazón, por el misterio que generan, por el viaje al que obligan.

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3 comentarios

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  1. Charly / Nov 6 2008 1:26 am

    Roberto, es exelente el enfoque que le das a nuestra música. Una fotografía divina.

    un abrazo

    Ch.Flormaleva

  2. Marcella / Feb 24 2009 10:13 pm

    Estoy completamente d’acuerdo, y es por todo eso que Lisandro Alonso y Flormaleva me dan las emociones de corazon, y me gusta algun dia ver los chicos en directo en Holanda :-) Gracias chicos, gracias giaccaglia

  3. robertogiaccaglia / Feb 25 2009 12:28 am

    De nada Marcella, un gusto.

    Un abrazo Charly, y gracias.

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