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noviembre 19, 2008 / Roberto Giaccaglia

Aquí me quedo

heima

Heima, Dean DeBlois, 97:00, 2007, Islandia.

Un crítico dijo alguna vez que la música de Cocteau Twins es el sonido de la voz de Dios. Yo creo, en cambio, que la voz de Dios debe de sonar a algo parecido al primer disco de Napalm Death, pero no vamos a entrar en detalles.
Supongo que el crítico estaba haciendo referencia a cierta inconmensurable belleza, a cierta lasitud, a una atmósfera densa, sutil, todo junto, un paisaje donde nada importa sino mirar y relajarse, extender los brazos, hinchar el pecho, olvidarse de todo. En Escocia debe de haber sitios así, que inspiren sensaciones parecidas. De allí son los Cocteau Twins, o eran, porque creo que están separados, y seguramente algo de su tierra se ha quedado en sus canciones.
A los Sigur Rós, supongo, les ha pasado algo parecido con su tierra natal, Islandia, algo de la belleza y lasitud de esa tierra se ha quedado en sus canciones, les ha imprimido paz, niñez. A uno de los integrantes de Mötley Crüe le pasaba esto de volverse niño escuchándolos, o bebé, o nada de eso todavía: decía que ponía un disco de Sigur Rós y adoptaba la posición fetal, en el piso, hasta que el disco terminara.
Heima, película que documenta una serie de conciertos gratuitos y sin anunciar de Sigur Rós por Islandia, es más o menos eso, nadar en líquido amniótico, ser arrullado, no quizá por la voz de Dios, que debe de sonar terrible, sino por alguna otra cosa, algo de verdad calmo y bello, como supongo que ha de haber sido aquel tiempo en el que aún todo estaba por hacer, aquel en el que las palabras Madre Naturaleza tenían algún sentido y no eran todavía una excusa para que Al Gore se llevara el Nobel por su “contribución” a la reflexión acerca del cambio climático (quizá también debí poner “reflexión” entre paréntesis).
Algún mal pensado podrá decir que Heima sólo se trata de propaganda turística, algo así como Visite Islandia. Pero no. Eso pasa con las películas filmadas en San Luis. Lo de Dean DeBlois, director de Heima, es cosa seria. No es una casualidad que Dean DeBlois haya comenzado trabajando en películas animadas, como director, guionista y animador: en Heima lo que vemos es real, es un documental con todas las letras, pero sin embargo cada imagen parece obra de la fantasía. La cámara más que filmar se vuelve parte de lo que narra, al igual que las canciones, son como sonidos naturales de las cosas que vemos, las caídas de agua, el viento, las hojas, los susurros entre los árboles. Por momentos, incluso la tierra misma parece hablar, unirse a las voces de los integrantes de Sigur Rós, a los instrumentos de piedra y de troncos hechos artesanalmente. Quizá sean quejidos, quizá sean lamentos, formas de protesta a las que hay que prestar mucha atención para percibirlas, como tal vez se quejaba y lamentaba la naturaleza en la película bélica The Thin Red Line, de Terrence Malick. Allí también paisajes y cámara parecían una sola cosa. Era eso y no las balas o los cuerpos caídos o volando por el aire lo que más inquietaba. The Thin Red Line es en cierta medida no sólo un documento acerca de lo que los hombres nos hacemos a nosotros mismos, sino de lo que le hacemos a lo que nos rodea. Heima también es eso y tal vez de esa rara conciencia que produce en nosotros venga la melancolía que provoca, las lágrimas que empañan los sonidos.
No en vano mencioné hace un rato la relación que tiene la música de Sigur Rós con la niñez. Tal vez tenga que ver con dos cosas que en este caso van juntas: hedonismo y tomarse las cosas en serio. Un niño es eso, alguien que se toma su hedonismo en serio. Yo creo que Heima nos demuestra cierto placer perdido, aquel que tenía que ver con tomar al gozo porque sí como algo realmente importante. No sólo hemos perdido eso, nosotros los burgueses, sino también cierta relación con la naturaleza que teníamos cuando niños. Puede que con la música nos haya pasado lo mismo. Ahora, simplemente, nos queremos aprovechar de una cosa y de la otra.
Y además de todo esto, naturaleza y música, en Heima está la gente, las personas presentes en los conciertos, a veces muchos, a veces un puñado, los que lograron enterarse, todos subyugados, en silencio, tratando de ver, quizá, cómo las notas apenas pulsadas por los Sigur Rós se materializan en el aire. Hay que notar la expresión en los rostros de los presentes, los planos que el director les dedica para ver qué hace la música en ellos. Eso también constituye un paisaje, una forma de ver el alma, un alma que se confunde con nubes y montañas, con risas suaves, con abrazos, con nieve y calidez. En Sigur Rós ambas cosas se llevan bien. Su música es una soledad llena de abrazos. Y la película de Dean DeBlois también, porque en los paisajes que nos muestra, en las fábricas abandonadas, en el esqueleto de un avión estrellado, en las cabañas vacías, hay muchos abrazos, risas suaves, almas dispersas, miradas atentas, fantasmas.
Sí, en estos recitales ofrecidos de sorpresa hay muchos fantasmas, rondan entre el público, rondan entre las luces pálidas y sucias, del sol y del fuego, porque en Islandia la luz que sale de ellos es así, no puede ser de otra forma, son luces que vienen con sombras, salgan de donde salgan. No sé si esto tiene que ver con el respeto que parece habitar cada rincón de Islandia, el respeto y el silencio, porque cada cosa allí parece ser sagrada, de eso al menos se bañan las imágenes de Dean DeBlois, es una luz extraña, atenta, mágica, vivencial, como lo es el viento, que hasta parece prestarle atención al equipo de filmación de Heima, congraciarse con ellos como ellos se congracian con la naturaleza: durante la preparación de un recital acústico dentro de un parque natural de montaña, que luego serviría para la construcción de un embalse, el viento que venía azotando a músicos y público se detiene… para retomar su empuje recién a la finalización del pequeño recital. De cosas así están hechas Heima, la música de Sigur Rós y probablemente Islandia.
La palabra “heima” significa “en casa”. Y vaya si lo están. Pero no sólo eso, vaya si lo estamos.

One Comment

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  1. Koba / Nov 19 2008 5:04 pm

    Este post tendría que estar en la categoría “Servicio a la comunidad” porque ver esta película hace bien. Llegué a ella por otro blogger (El Caballero de la Luna), en realidad él posteó un video y luego buscando info del grupo llegué a este documental.

    Recuerdo que cada cinco minutos me venía el mismo pensamiento, “¡qué diferentes somos!”, obviamente comparaba islandeses con argentinos. Me daban ganas de estar en Islandia escuchándolos en paz y rodeado de naturaleza y de familias llenas de chicos. Y también recuerdo que ellos mismos lo dicen en el documental, dicen algo como que no veían la hora de volver a su país para disfrutar de tranquilidad luego de girar por varias ciudades. No están acostumbrados a las grandes ciudades.

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