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noviembre 22, 2008 / Roberto Giaccaglia

Todo sobre mi padre

tapa lord

El africano, J.M.G. Le Clézio, 140 págs., 2007, Adriana Hidalgo, Buenos Aires.

Me compré El africano porque Le Clézio se ganó el Nobel. Yo pensaba que Le Clézio escribía novelas de espionaje. Por eso, cuando le dieron el Nobel me extrañó mucho. Me dije: La Academia Sueca no le da el Nobel a los que escriben novelas de espionaje, a no ser, claro, que Le Clézio sea un buen hombre, o sea de izquierda, o sea contrario a Bush, o sea. Pero en ningún lado se aclaraba que Le Clézio fuera un hombre de estos, de esa clase de hombres a los que premia la Academia, así que, ya que escribía novelas de espionaje y no era claramente un buen hombre, la Academia debía de haberse emborrachado con Absolut antes de elegir al premiado de este año. Y está bien, en Suecia no debe de haber mucho más para hacer que dedicarse al buen vodka. Es más, a juzgar por los premiados de los últimos tiempos, no creo que los académicos hayan hecho otra cosa más que dedicarse al buen vodka. Por lo menos en los momentos previos a poner el dedo en uno de los nombres de la lista.

Así las cosas, me compré El africano. Por un momento pensé que me había equivocado y que había vuelto a comprar Infancia, de Coetzee. El error no me resultaba tan estúpido. Coetzee había ganado el Nobel años atrás, gracias a un arrebato de Absolut de los académicos, seguro, así que cuando le pedí al empleado de la librería lo último que se había editado en Argentina del último Nobel quizá me hubiera dado Infancia, que no era lo último de Coetzee al momento de hacerse con el Nobel, pero que por ahí andaba. En las estanterías de los Nóbeles las cosas terminan confundiéndose, sobre todo si el empleado es displicente y el lector un cholulo que compra lo que los premios importantes dicen que hay que comprar.

¿No es “Le Clézio”, acaso, el típico nombre que tiene un autor de novelas de espías? Por supuesto. No sé qué hace escribiendo esta clase de libros, como El africano, por ejemplo, que cuenta un momento, sólo un momento, de la infancia del autor en algún remoto paraje de África, arena, escorpiones, mosquitos, sopa de maní, calor, pobreza, y la imagen plañidera de su padre médico. Un mal tipo, su padre, como conviene que sean todos los padres de los escritores que un buen día deciden contar un momento de su infancia en vez de escribir novelas de espías. El padre de Coetzee también era así, seguro. Y si no era así, malo, porque ahora que recuerdo el de Coetzee compartía por lo menos algunas juegos con el futuro escritor, su figura estaba un poco desdibujada, el niño Coetzee, como el niño Le Clézio, no sabía qué cosa era su padre después de todo. Escribe Coetzee en Infancia, hablando de él en tercera persona: “Él nunca ha llegado a entender cuál es el lugar de su padre en su casa. En realidad, ni siquiera tiene en claro del todo con qué derecho está su padre allí”. Esto, repito, lo escribió Coetzee, relatando su infancia en África, pero tranquilamente lo podría haber escrito Le Clézio. Aunque claro, para eso habría hecho falta que su padre estuviera en casa, cosa que no pasaba. Por lo demás, para Le Clézio su padre también constituía un apéndice, alguien bastante desconocido que lo único que hacía era contribuir a la economía del hogar, nada más.
Cuando Le Clézio viaja desde Niza a África a conocer a su padre, alrededor de los ocho años, empieza a escribir. El dato no es menor. Conocerlo lo cambió todo. ¿O fue África lo que logró eso? Es una de las preguntas que Le Clézio intenta responderse a sí mismo, qué cosa pesó más en su vida: ¿el continente negro o el negro corazón de su padre?

Al menos por un momento, entonces, la infancia de Coetzee transcurre de forma parecida a la de Le Clézio: arena, escorpiones, mosquitos, sopa de maní, calor, pobreza, y la imagen plañidera de su padre… que no recuerdo médico, sino tal vez abogado. Y aparte de eso, la pregunta sempiterna que ambos se hacían de niños: ¿por qué soy blanco entre tantos negros? Los niños Coetzee y Le Clézio son perspicaces y sospechan que la condición de su piel es esencial para que se los trate mejor ahí donde viven. Bueno, por lo menos son menos pobres y sus padres tiene un trabajo decente y pueden pagarles al menos una rica sopa de maní antes de irse a dormir.

A todo buen autor que se precie le conviene tener cuentas pendientes con su padre. Le Clézio, al parecer, las tiene a montones. Así que El africano, más que un momento de su infancia, narra la vida de su padre, un médico militar mandado a Nigeria por alguna potencia colonizadora para realizar tareas humanitarias. Tal trabajo lo aleja de su familia, que vive en Niza, rodeada de otro tipo de cosas, muy diferentes a la disentería, a los vientres hinchados, a las guerras tribales y a la explotación con la que el buen hombre convive todos los días de su vida. ¿Buen hombre? El padre de Le Clézio fue un déspota, un autoritario, uno de esos hombres sobre los cuales sus hijos se ponen a escribir un día, con un poco de rabia y otro de melancolía. Le Clézio se lamenta no haberlo tenido más consigo, pero en cierta forma le agradece la experiencia africana, entiende que después de ese momento de su infancia en que fue a conocer cómo vivía y qué hacía allí al retornar a Niza fue otro niño. La breve experiencia lo marcó para siempre y al parecer lo transformó en lo que es hoy, un viajero que escribe.
En África, dice Le Clézio, se respiraba una libertad que en ningún otro lugar se encuentra, una libertad salvaje, animal, sexuada, peligrosa, atractiva. Pero no sólo eso. Como Le Clézio fue concebido en África, tierra mágica si las hay, y concebido en un tiempo que según él estuvo lleno de amor, un tiempo que para sus padres significó felicidad pura, felicidad que truncó el viaje a Francia de la madre para parir en un hospital como la gente, él cree que algo de ese espíritu africano imposible de describir se metió en el óvulo de su progenitora, por lo que la pregunta que recorre todo el libro y que creo nunca se hace literalmente el autor es ¿Quién soy realmente? ¿Un salvaje africano libre como el viento? ¿Un blanco burgués europeo explotador? Es esa la pregunta que justifica el librito —escrito en un mes, de diciembre de 2003 a enero de 2004, o sea que sabemos con bastante certeza en qué época Le Clézio sufrió esta duda existencial—, pero Le Clézio, como corresponde a todo buen escritor, no llega a contestarla. Lo que contesta en realidad es otra cosa. Contesta acerca de quién fue su padre. Salda algo de las cuentas pendientes.

Tal vez el libro de Coetzee me haya gustado más que el de Le Clézio, a lo mejor a los de la Academia también y por eso le dieron el premio antes al sudafricano que al francés. Pero hay que reconocer que el libro de Le Clézio tiene algunas imágenes fuertes (imágenes políticas, conviene aclarar, pero tal vez toda buena imagen literaria lo sea, sobre todo si aspira al Nobel, pero esto último no tiene por qué ser cierto, al menos del todo), dos o tres por lo menos, imágenes bien narradas, y andá a narrar bien una imagen, no cualquiera lo hace, ya que convengamos que las imágenes son más bien estáticas. O sea, Le Clézio tiene mano de narrador, es uno de esos tipos avezados, cuenten lo que cuenten les sale bien. Así que poco importa que El africano parezca un libro hecho de taquito, cosa que es. Me lo imagino a Le Clézio diciendo bueno… me voy a escribir un libro… y le sale algo como El africano por el solo hecho de que se puso a recordar un momento de su infancia en África, lo mismo que hizo Coetzee, cuyo libro tal vez sea más redondo por el simple hecho de que partió de un plan, contar las diferentes etapas de su vida, la niñez, la adolescencia, lo que sigue —los títulos en inglés, por si a alguien le interesa, son Boyhood: Scenes from Provincial Life (1997) y Youth: Scenes from Provincial Life II (2002).

Ambos escriben bien y hasta ahí llegan, o sea ese remoto lugar al cual la mayoría no puede ni arañar. Pero no me imagino yendo a comprar sus próximos libros con pasión. A decir verdad pocos libros voy a comprar con pasión, así que tal vez debería haber elegido otra palabra. Y voy a poner la palabra convencimiento, que no tiene nada que ver con pasión, que ni se le acerca, pero que de pronto me parece más útil para describir lo que me gustaría sentir al ir a comprar el libro de un autor que acabo de conocer, por más que haya obtenido el premio que los borrachos de Suecia hayan decidido darle.

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4 comentarios

Dejar un comentario
  1. estrella / Nov 27 2008 7:17 pm

    Infancia, Juventud y Desgracia: los tres son muy buenos.
    Si buscás leer con pasión y no sólo con convencimiento, lee Como una novela, de Mario Levrero.
    Saludos!

  2. robertogiaccaglia / Nov 30 2008 9:43 pm

    Gracias Estrella por la recomendación. De Levrero sólo leí La ciudad, que creo que es su primera novela. Me encantó, una novela extraña. No conozco Como una novela, espero que se consiga.
    Saludos.

  3. mirtha lucía / Sep 14 2009 12:27 am

    Me animo porque he leìdo El Africano. Coincido en lo de “taquito” es la impresiòn que me dejò. Pero a pesar de esto el libro me gustò y pienso que cuàntas lìneas se escriben que no son de taquito ,

  4. mirtha lucía / Sep 14 2009 12:40 am

    (perdòn..sigo)

    que cuestan mucho y no sale nada. Tambièn pensè en Coetzee, aunque no recuerdo ahora cuàl leì.

    Lo que quiero agregar es que a mì el libro sòlo me interesò precisamente cuando da el vuelco en relaciòn a lo que viene contando del padre. Hasta ese momento olìa a “idealizaciòn”, sentìa un “exotismo” edulcorado. Era imposible que esa experiencia africana quedara en la pintura que venìa haciendo. Asì, puede responder a la misma pregunta planteada” ¿què hombre se es cuando se ha vivido algo asì?.

    Sí, cruel para el niño. Pero el hombre (y el ser polìtico) lo comprende y le rinde su homenaje.

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