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diciembre 7, 2008 / Roberto Giaccaglia

Sufrir bien

cpav

Cuarteto para autos viejos, Miguel Vitagliano, 174 págs., 2008, Eterna Cadencia, Buenos Aires.

I just hang on
Suffer well
Sometimes it’s hard
It’s hard to tell

Hay libros que gustan de entrada. Sin embargo, será quizá por lo jodido que puede uno ponerse, a veces esos libros parecieran ir desnudando su mecanismo mientras son leídos, como si todo estuviera a la vista, libros transparentes. Bah, en realidad es uno mismo quien va encontrando cosas, casi sin querer, depende de uno darles importancia o no. No sé si esto es un defecto como lector, quizás sí, porque no suele tardar en aparecer cierto placer culposo: el libro nos gusta, pero hay algo allí con lo que no concordamos del todo. Ante obras semejantes, el crítico tiene al menos dos caminos diferentes. Algunos se rinden ante lo evidente, es decir lo más fácil de encontrar, lo que está a la vista, y festejan el libro, digamos por su forma. Pero otros sucumben hacia el fondo de la cuestión. Estos son quizá los peores críticos, los más hinchapelotas al menos, porque de alguna manera intentan que la obra no les guste lo suficiente, con tal de opinar en contrario. Es decir, no aceptan sin más su placer. Quieren dejar de sentir. Oscar Wilde decía que esta clase de críticos, en su manía por posar de difíciles, toma ciertos riesgos con tal de lastimar —si es de un libro de lo que estamos hablando, desean por ejemplo que el mundo que el autor ha armado para sus queridos seres se venga abajo por culpa de que como lector ellos se pongan a pensar demasiado—, pero al final los únicos que terminan sufriendo son ellos, los críticos, porque se perdieron la obra. No sé si es del todo así, pero supongamos que un crítico quisiera ante el gusto que le ha provocado Cuarteto para autos viejos encontrarle la quinta pata al gato… ¿Qué empezaría diciendo ese crítico? ¿Qué terminaría diciendo?

Tengo que escribir rápido, antes de que sea demasiado tarde, antes de que todas las voces presentes en el libro opaquen mi opinión y deje de considerarlo trivial o anodino, porque lo que cuenta es así, pero sus personajes no, son otra cosa, algo que escapa a toda regla, hacen de todo para eso, cómo no se van a escapar y llegar más allá, mucho más allá, un lugar no previsto por el narrador, que ha quedado evidenciado como incapaz de retenerlos.
Tengo que ponerme a escribir rápido, derrumbar el mundo que el autor ha armado para sus queridos seres, no dejar que el tiempo pase y que me gane la simpatía…
Tengo que ponerme a escribir ya mismo y denunciar este mundo endeble de casitas de fósforos, de taxis que no levantan pasajeros enfermos, de performers que se cambian el nombre para que se los deje de confundir con su pasado, de amores que van y vienen, de penas que vienen y se quedan, de personas aturdidas que confían siempre en cosas ajenas a su vida, la matemática, la lógica, el azar, la terapia.
Tengo que ponerme a escribir antes de esfumarme como se ha esfumado el autor… antes de que no quede nada de ambos deberá por lo menos quedar algo en el papel… o en la pantalla…
Tengo que escribir rápido y ser crítico en serio y decir que no me trago ninguna de las historias de este libro con nombre indescifrable que involucra a cuatro seres imposibles que acarrean problemas inenarrables cosidos por una trama poco creíble y que no puede ser que a todos los una la desgracia, como ocurre en las películas corales malas, indescifrables, imposibles, inenarrables y poco creíbles, donde siempre pero siempre es justamente una desgracia, un accidente por ejemplo, o una enfermedad, lo que termina uniendo a los personajes, provocando el encuentro… pero no puedo porque… no, no quiero ser uno más de los personajes que componen esta…
Y tengo que ser capaz de decir que esa forma de sufrir que tienen los personajes no es una buena forma de sufrir… quiero decir, sí, lo es, a más de uno a la hora de sufrir le gustaría sufrir así, como si no sufriera, pero es falsa, porque sufren en silencio, porque toman como algo normal todo lo que les pasa, porque no parece importarles, porque son como un mecanismo programado para aceptar lo que haya de venir, porque el único de todos ellos que se anima a gritar lo hace tan fuerte que parece gritar por todos, porque el único que se revela contra la parsimonia a la que parece sumirlos el autor termina mal, muy mal, como si fuese él, justamente él, la válvula de escape, el chivo expiatorio de tanta aceptación impuesta a punta de teclado… o lo que use el autor para escribir… un gran autor, no puedo olvidarme de eso, de que este autor tiene por lo menos una novela con un título formidable, Los ojos así, y que sólo por eso merece mi respeto… pero el crítico no tiene que respetar, el crítico tiene que odiar… y amar… en la misma medida.
Tengo entonces que detenerme en ese punto, la forma de sufrir, porque no puede ser cierta, porque formas de sufrir hay muchas pero es raro que todos compartan la resignación, que a veces en esta novela se confunde con aceptación, como si las dos cosas fueran lo mismo y no, pero no sólo eso, sino también como si fueran dos cosas que las personas se van contagiando una a otra, sí, eso, contagio, tengo que hablar del contagio, de los puntos en contacto, o mejor de paralelas que no se juntan nunca pero que mantienen entre sí algo así como un halo, un vapor, algo como eso, si es que puedo explicarme aunque sea a mí mismo qué cosa es un halo… porque resulta ser que los personajes se van pasando su resignación, su aceptación, su parsimonia, su aburrimiento, su dolor, un dolor que no los hace crecer, los detiene.
Tengo que decir entonces que lo que no mata a uno lo fortalece, pero aquí no ocurre nada de eso, porque ni mueren de dolor ni salen mejor parados de la experiencia —me pregunto si con esto como crítico no estaré develando demasiado, no, quizá no, porque la “forma” es lo que cuenta, la bendita forma… como dice uno de los personajes: “Acaso lo extraordinario dependiera menos de los hechos en sí que de la manera de relatarlos…”
Tengo que decir entonces que todos viven resignados, pero no frustrados, sufren bien, con un dolor que no lo parece, incluso no parecen desear nada, ni siquiera que el dolor pase, como si todo lo asimilaran sin problemas, o casi, viven sin expectativas, sin logros ni ganas de alcanzarlos, proponiéndose tal vez dejarlo todo para más adelante, como si el tiempo les sobrara.
Tengo que hablar entonces de la mansedumbre, de la sumisión, del acto de ceder para no causar problemas, evitar discusiones, esas cosas tan normales, tengo que hablar de que se ponen a jugar al Scrabel cuando tendrían que romperse platos en la cabeza, o que se ponen a armar cuadros de doble entrada cuando tendrían que tomar el toro por las astas y torcer su destino hacia la felicidad, o que se ponen a buscar seres viejos y desabridos que los contengan cuando podrían tener al alcance cientos de otras posibilidades, como si las cosas no del todo lindas o la vida no del todo placentera fueran algo a lo que uno termina por acostumbrarse, más que nada porque son más fáciles de conseguir que lo opuesto, aquello cuya falta hace sufrir, bien, a veces mal, sobre todo mal, pero que los personajes de esta novela llevan de tan buena manera.
Tengo que decir que estas personas atrapadas en este cuarteto aceptan que todo lo que alguna vez quisieron se vea frustrado y arruinado, si es que quisieron algo alguna vez, porque bien dice uno de los personajes, para mí central, que vive de la mejor forma que puede y que además prefiere alejar el concepto de “completitud”, porque, después de todo, se pregunta, ¿cuántos son los segundos de una vida entera en los que uno se ha sentido pleno, totalmente pleno?
Tengo que decir que a los personajes de esta novela no les interesa siquiera rememorar esos segundos… ni siquiera sufren de nostalgia… ¿tendré que decir acaso que son poco humanos?
¿Y tendré acaso que ponerme teórico y decir por ejemplo que cuando uno acepta la frustración lo que está haciendo es reconocer que la realidad no es otra cosa que la realidad… como decir que la única verdad es la realidad y entonces pues hacerse sí o sí peronista, porque si no se es peronista no se puede vivir… a lo que podría agregar, si sigo teórico, que todo esto favorece a lo que se conoce como “proceso de duelo”, o algo por el estilo, o sea un proceso en el que uno se despide definitivamente de lo que no pudo lograr, de lo que no consiguió, para así poder rehacer su vida?…
Pero si digo todo esto, ¿tengo que decir acaso que a los personajes de esta novela no les interesa rehacer su vida?
A no ser el que termina mal…
Y tengo que decir lo que se dice siempre, y que en este caso es verdad, que la novela está terminada a los apurones o algo así, tengo que decir que la última parte no parece del todo estar hecha para esta novela, que quizá haya sido el comienzo de otra y que aquí ha quedado mal engarzada, tengo que decir algo como eso antes de que me gane la… antes de que me gane la simpatía, sí, la simpatía… antes de que me gane la simpatía o la prosa limpia del narrador, que ahora que lo veo no ha desaparecido del todo… ¿o serán acaso las voces limpias de los protagonistas?… tengo que escribir rápido entonces, ponerme crítico en serio y decir que esta novela co…
Tengo que escribir rápido sobre esta novela coral y ampararme aunque sea en lo que uno de los propios personajes del libro dice, aquello de que “Acaso lo extraordinario dependiera menos de los hechos en sí que de la manera de relatarlos”, si es que no lo dije ya, cosa con la que estoy de acuerdo, como estarán de acuerdo todos aquellos que han leído una o dos líneas de buena literatura alguna vez, eso de que no importa lo que se cuente siempre y cuando esté bien contado… pero si escribo a las apuradas… ¿cómo puedo?… frase ésta que de alguna manera está presente en una de las máximas del teatro, aquella que dice que toda vida merece ser narrada, pero bien… por eso tengo que ponerme a escribir rápido antes de que me gane la simpatía por toda esta clase de cosas y termine aceptando sin más que la novela en realidad me encan…
Tengo que escribir rápido sobre esta novela coral… no, ya no, ya no puedo evitarlo… tengo entonces que ser una de sus voces, quiero inmiscuirme, ser el hermano, el marido, el amante, el abandonado, o sus equivalentes femeninos, qué importa, por qué no, por qué no puede ser uno el personaje que admira, que lo ha encantado, que lo llevado a vivir otras vidas, cualquiera sea ese personaje, sufra mal o bien, sea hombre o mujer (¿no dijo acaso el propio autor de este libro que cuando escribe se siente una mujer? ¿Será porque sufren más? ¿Será cierto que sufren más?).
Tengo que hablar sin que parezca que esté hablando, pronunciar con convicción, que los personajes, por confianza, me vayan revelando sus secretos, sus dolencias, que aflore algo así como su psicología, lo que a veces querrá decir sus contradicciones, aquello de lo que está hecho la vida misma, esa cosa que algunos osan llevar a la imprenta.
Tengo que adentrarme en esta obra repleta de encrucijadas y de secretos, de asuntos de familia y del corazón, de cosas terribles y de asuntos mínimos, de juegos y de peligros, pero siempre con cuidado, porque estos seres agónicos parecen débiles, pero no lo son, se la aguantan, respiran fuerte, viven, se esconden para alejarse, pero también para traicionar.
Tengo que tener cuidado de no develarle a ninguno de los cuatro personajes principales lo que deberán descubrir por sí mismos, no hablar de los secretos que cada uno guarda para sí y que, cuando mucho, apenas quiere contarle a algún amigo o por lo menos a una persona de esas que pueden llamarse ocasionales, un personaje de color, que si bien en esta novela no abundan la nutren y la fortifican, a cuentagotas, como esos fantasmas que aparecen y desaparecen en un mismo acto.
Tengo que comprender y ellos mismos quizá que cada uno necesita del otro, es mentira que no quieren verse, que no se necesitan, que no se conocen, todos son almas gemelas, como las casas feas de los barrios feos, donde todo lo malo que puede pasar pasa, siempre, por más que no se note o que se lo quiera disimular con plantas al frente, con césped, con pintura.
Tengo que hablar de las diferentes soledades, de las diferentes pasiones, de los diferentes desórdenes, las formas de ser de uno y de otro, todas iguales, en suma, tengo que decir algo acerca de lo que poseen, sus obsesiones, y lo que les falta, todo lo demás, aquello que salen a buscar de forma tal de no encontrarlo nunca.
Tengo que escribir sobre eso que dije recién, las obsesiones, porque de eso se trata esta novela, o lo que es lo mismo: formas de escapar, formas de no arreglar nada, formas de dejarse estar, sufrir bien.

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6 comentarios

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  1. Pablo Giordano / Dic 9 2008 5:01 pm

    Quería ver de que iba el lkibro pero estaba por entrar al párrafo tres y todavía no hablabas de él. Abrazo.,

    P.

  2. robertogiaccaglia / Dic 9 2008 5:58 pm

    Si querés saber de qué va el libro comprate la Ñ. Ahí te van a decir.

  3. v.v.initials / Dic 11 2008 8:40 am

    Me gusta la cita del comienzo. ¿Estaba en el libro o la seleccionaste / escribiste vos?

    Un abrazo.
    V.V.

  4. robertogiaccaglia / Dic 11 2008 2:05 pm

    Es de Depeche Mode, de la canción del mismo título que esta crítica. Es una canción que, presumo, se trata de soportar el dolor. Como soportan todo el tiempo los personajes de esta novela.

    Un abrazo.

  5. vitagliano / Dic 18 2008 10:05 am

    Gracias por la lectura. Siempre alguien escribe, siempre alguien lee.

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  1. En qué se están yendo los días (8) | Crítica creación

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