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diciembre 13, 2008 / Roberto Giaccaglia

La alegría duradera (5)

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Uno tiende a pensar que escribir va a salvarlo. Fresa hablaba del miedo que le tenía al silencio, decía que acarrea desgracia, dolor. Yo también creo eso. Y me gustaría pensar que ya que he gastado un montón de tiempo en libros, ellos deberían redimirme. Algo me deben. Desde temprano he pensado, a través de los libros, una vida, pero, se nota, lo noto ahora, me ha tocado de lo leído la peor parte: todo lo que está oculto entrelíneas y nadie nos quiere decir.

***

Solía pasarme entrar a un lugar público y de pronto no saber bien dónde estaba. Me pasaba sobre todo en los bares, o en los restaurantes, pero también en los pasillos de los hoteles, que es, como todo el mundo sabe, el lugar de la mayoría de las pesadillas.
Ahora ya no me pasa, porque no salgo a ningún lado.

***

A Fresa le sucedía algo parecido.
En una entrevista radial le contó a un periodista azorado, porque en realidad él le había preguntado cualquier otra cosa, que una vez en un bar de Clorinda el tiempo pareció detenerse. Pero no sólo eso. Agregó que el espacio comenzó a llenarse de elementos extraños. Dijo estar seguro de que no volvería a encontrar nada parecido y que estaba agradecido por eso.

Acababa de entrar al bar, había muchas mesas ocupadas, casi todas, y no había una sola persona que no estuviera mirando hacia el televisor. Nadie bebía, o comía, o charlaba. No había más ruidos que el que hacía el televisor, la voz de un hombre que hablaba sobre algo de lo que no quiso saber.
Nadie le prestó atención cuando caminó entre las mesas y se sentó contra la pared. Ocupó una mesa que sólo tenía dos sillas. Evitó mirar hacia el televisor, buscó con la vista algún mozo libre, pero no encontró a nadie de pie, mozo o lo que fuera, entonces puso la vista en el mostrador, pero tampoco había nadie allí. De la cocina, que estaba detrás del mostrador, no salía ningún sonido. Aguardó unos segundos, pero no aguantó mucho más y tuvo que mirar hacia el televisor.
En un campo amarillo, un hombre se acercaba caminando lentamente a una casa. El hombre mientras caminaba iba diciendo cosas, y aunque todos parecían prestarle una atención casi devota, Fresa no lograba entender nada, como si en realidad el hombre hablara para todo el mundo, menos para él.
Al hombre le costaba avanzar, como si estuviera herido, o enfermo.
La casa comenzó de a poco a dibujarse más nítidamente. Se iba haciendo de noche y las luces de la casa se encendieron. Había algo en la ventana, el hombre fijó la vista allí pero no parecía confiar en sus ojos, la expresión de su cara lo denunciaba. Seguía hablando, cada vez más fuerte, y sus pasos eran cada vez más medidos. Fresa intuyó que era para darse coraje, porque él habría hecho lo mismo. La gente del bar de pronto pareció inquietarse, Fresa podía escucharlos moverse en sus asientos, como si no aguantaran la ansiedad de saber qué es lo que había en la ventana y se hubieran puesto a temblar o buscaran una mejor posición, para no perderse nada, estar más preparados para lo que iba a aparecer en la pantalla. No hablaban entre ellos, no compartían impresiones, sólo miraban el televisor. Fresa se puso impaciente, como todos, quería saber qué había allí, en la ventana, él mismo sintió que empezaba a moverse en el asiento, turbado, pero sin embargo algo lo distrajo: detrás del mostrador había aparecido alguien, quizá fuera uno de los mozos o el dueño del local. No miraba hacia el televisor, sino hacia él, fijamente, sin ninguna expresión en el rostro. Fresa se levantó, corrió entre las mesas y salió espantado del bar. Afuera todo parecía normal.

El periodista le preguntó si no hubiera preferido quedarse y ver qué había allí, en la ventana. Fresa le contestó que no estaba lo suficientemente loco como para intentar semejante barbaridad.

***

El Había una vez de todos los comienzos, que presumen, de una manera u otra, la realidad de lo narrado, no tiene razón de ser en el mundo fresiano.
Sin embargo, él aseguraba otra cosa —aunque en esta cuestión, como en muchas más, el autor formoseño se contradecía a sí mismo:
Fresa decía tomar de sus vivencias buena parte del material para sus ficciones, pero no por ello creyó alguna vez que sus vivencias fueran parte de la incontestable realidad. El desconfiaba de la realidad, la tomaba como parte de una necesaria construcción con la que darse cabida a sí mismo en el mundo o, en el peor de los casos, una trama a cargo de complotadores en su contra.

***

No hay registros que den cuenta de la existencia de algunas de las personas que según él lo rodearon desde pequeño y en quienes se inspiró para escribir sus cuentos y novelas. Pero no se cansó de repetir cosas como que tales y tales personas me ayudaron a volverme lo que acaso soy sin querer, alguien que escribe. Sin sus vidas, no podría haber escrito. No hubiera sabido qué cosa poner. Escribí sus vidas como escribí la vida, simplemente porque estaban ahí.

Uno de estas personas es Alicia Tónica: Alicia Tónica vivía cerca del agua. Una tarde, cruzando el monte que se cierne sobre el pueblo vecino, Colonia Pastoril, vio un hombre sentado en el suelo, en un claro, algo como un camino hecho por la costumbre, que, con un gesto que sólo podía denunciar desamparo, limpiaba su cuchillo, sucio de la sangre de su última víctima, que yacía detrás, semioculta por los pastos altos de noviembre. La sombra del hombre se proyectaba en el claro, alargándose sobre todo sus manos, oscuras, grisáceas, dadas únicamente a la limpieza del cuchillo. Alicia frenó sus pasos y trató de desviar la vista del cordero degollado, cuya cabeza, muy echada hacia atrás, parecía desprendida. Los ojos del animal estaban vallados por los pastos, pero se los notaba negros, profundos, aún vivos. El animal se agitó súbitamente y algo de tierra se elevó, una nube sin importancia, una nube marrón, tenue, que difuminó el paisaje por unos segundos. Alicia contuvo su corazón, su garganta, de nuevo sus pasos, pero no pudo desviar la vista, clavada en el animal que se esforzaba por respirar.
Así empieza la última novela que Fresa publicó en Argentina antes de viajar a España, Para ya no volver. La novela es parte de la saga de la familia Tónica, y su personaje, Alicia, había sido introducido en aquella novela que se iba a llamar A través de nada y que terminó llamándose El viaje, publicada a fines de 1988. Para Fresa, Para ya no volver fue un reencuentro con el personaje, que había dejado unos libros atrás. Alicia Tónica es además la protagonista de algunas de las historias que le quedarían por contar y, según él, siempre según él, una de las mujeres más interesantes que conoció dentro de eso que todos llamamos realidad, donde al parecer nadie más que él la encontró nunca.

***

Antes viajaba mucho, por mi trabajo atendía asuntos en todo el país. Ahora prefieren que me quede en casa. No es que haya dejado de ser todo lo solvente que siempre fui, dijeron, es otra cosa. Pero no me supieron decir qué. No importa, sé que aquí soy más barato y seguro.
Cuando viajaba visitaba hoteles constantemente. En los hoteles se encuentra la gente más extraña del mundo, no es muy difícil perder ciertas nociones o poner en duda la realidad si uno anda de hotel en hotel. Pero pese a todo lo que conozco acerca de ellos, lo que me ocurrió una vez todavía me acompaña y me despierta por las noches, como una ventana mal cerrada.

Me estaban preparando la habitación, acababa de llegar, así que mientras tanto crucé un pasillo y me fui a uno de los baños de uso general. Hacía horas que venía viajando y lo necesitaba.
El hotel estaba en silencio, no había gente en la recepción, sólo el tipo que me recibió detrás del mostrador y que me preguntó el nombre, mi ocupación, me hizo firmar y me pidió que aguardara unos minutos.
El baño era enorme y alto, reluciente como un auto nuevo. Era mi primera vez en esa ciudad, pero sentí que ya había estado en ese baño. Al menos no podía estar seguro de lo contrario, que no hubiera estado allí antes. Todo me resultaba familiar. Para tranquilizarme, pensé que no era tan raro después de todo: el trabajo solía pagar hoteles caros y los baños de todos los hoteles caros se parecen.
Caminé hasta la fila de mingitorios, a la vuelta de un separador que imitaba al mármol, sobre el que estaban las piletas para lavarse las manos. El último de los mingitorios estaba ocupado por un hombre de camisa blanca que intentaba orinar mientras otros cuatro hombres vestidos de azul lo miraban, rodeándolo. Nadie decía nada. El hombre de camisa blanca miraba hacia el mingitorio, con sus manos ocupadas y los pantalones abiertos y los cuatro hombres de azul lo miraban a él. Nadie se movió o se dio vuelta cuando yo llegué y ocupé el primer mingitorio de la fila. Por supuesto, no pude concentrarme. Lo único que pude hacer fue mirar hacia donde estaban esos cinco hombres. Ningún ruido venía desde allí. Pensé que si para mí era difícil concentrarme, al hombre de camisa blanca le estaría costando mucho más. No recordé haber visto en la entrada del hotel algún coche de policía o algo parecido, pero pensé inmediatamente en un huésped buscado por la justicia y en lo afable que la justicia había sido al concederle ir al baño antes de sacarlo del hotel.
No sé cuánto tiempo estuve así, o estuvimos, cada uno en su sitio, sin moverse, sin hacer ruido. Un golpe en la puerta del baño me devolvió a la realidad. Los otros cinco no se inmutaron. Me abroché el pantalón y caminé hasta la puerta. Era el conserje, el que me había atendido, tenía la llave de mi habitación en la mano y sonreía como un niño en Navidad.
—Creímos que le podía haber pasado algo —dijo—. Disculpe, lo estábamos buscando, hace tiempo que su habitación está lista, su valija ya está allí.
Me disculpé, tomé las llaves y salí del baño. Antes de cerrar la puerta miré hacia el separador, pero nadie apareció.
Empecé a caminar por el pasillo, pero me di vuelta y le pregunté al conserje, que se estaba yendo y ni se había asomado al baño, si había alguien más en el hotel.
—Nadie más —dijo—. Acaba de hacer abandono del hotel el único huésped que teníamos.
—¿Pero cómo? —insistí—. Si no había nadie más se me podría haber dado inmediatamente otra habitación.
—Están reservadas —contestó, con la seguridad de quien sabe mucho más que uno—. Tenemos un Congreso Evangélico en breve.
Me fui a la habitación. Lo primero que hice fue usar el baño, después me desvestí, me acosté y encendí el televisor. Un solo canal parecía funcionar, un hombre increíblemente parecido al del baño hablaba sin parar sobre un púlpito. Estaba diciendo que lo único que se podía hacer era dejar de creer. Parecía hablar para nadie. Cambié de canal, pero fue inútil, sólo funcionaba el que tenía al hombre hablando y hablando. Tuve la intención de llamar a la recepción, para que arreglaran el televisor, pero me ganó el sopor y me quedé dormido hasta el otro día, sin pesadillas, sin ruidos de ninguna clase, si que al parecer nada me acompañara. Cuando desperté, el televisor transmitía las noticias habituales, cambié de canal y todos funcionaban, había lo de siempre en todos lados.
La recepción era un hervidero. Cientos de hombres de traje hablaban en portugués y reían y arrastraban valijas y se abrazaban, como si hiciera años que no se veían. Me alarmó tanto que decidí no quedarme a desayunar.
Afuera no había un sólo lugar donde pudiera estacionarse un taxi, todo estaba ocupado por autos caros y cada uno de ellos tenía la calcomanía de un pez en la parte trasera. Caminé unos metros, paré un taxi y me fui a hacer las tareas que el trabajo me había encomendado. Le pregunté al taxista si no se había enterado de que la policía hubiera apresado por la noche algún delincuente peligroso en el hotel que acababa de abandonar.
—La policía está de huelga desde hace días —contestó—. Desde entonces todo está tranquilo.
Lo escuché reír al rato, como si hubiera entendido tarde su propia broma.

***

Leyendo los primeros libros de Fresa, a uno le entran ganas de conocer esos lugares pequeños y calurosos, llenos de garrapatas, donde tienen la mala suerte de vivir sus personajes. Algún día, imaginé cierta vez, luego de leer, cautivado, por tercera o cuarta vez Flora y fauna, tomaré un colectivo que me lleve hasta Formosa y desde allí saldré por la ruta señalada, señalada ya en esa primera novela, a encontrar Benedetto, Colonia Pastoril, los campos cercanos, Clorinda, los pueblitos o aldeas que llevan a ella, las plantaciones de algodón, de bananas, las lagunas llenas de anguilas, las lagunas secas. Quizá hasta pueda encontrar el campo del señor Elarsen, pensaba.
No se han conocido noticias acerca de alguna peregrinación en masa de lectores fanáticos de Fresa hacia los lugares descriptos en sus libros. Quizá no tenga lectores fanáticos después de todo. Quizá la prosa de Fresa no admita fanáticos, sino meros lectores de historias, libros con los que se pasa un buen momento y nada más. Tal vez el fanatismo que provoca Fresa sea solamente mío y nada más que mío. ¿Qué habré encontrado o creído encontrar yo en Fresa?
No sucede, ahora me doy cuenta, como con otros escritores: los lectores de Fresa no se vuelven, con el tiempo, el mismo lector. Fresa no provoca idénticas sensaciones en cada uno de sus lectores. De ahí, quizá, la falta de fanatismo en torno a su figura. No hay en él nada que aglutine ánimos. De ahí, quizá, que cada vez menos gente lo lea. Fresa no provoca adicción. Quizá no provoque nada.

***

—Es muy poco lo que cuenta —dice un personaje en unos de sus libros—: Es muy poco lo que cuenta. Nada tiene demasiada importancia, a no ser, a lo sumo, que uno sea un padre, entonces sí.
Lo mismo me dijo a mí una vez, en el marco de una feria del libro.

Yo todavía no escribía, ni lo intentaba siquiera. Lo mío era, simplemente, curiosidad. Así que levanté la mano y pregunté para qué se escribe, por preguntar algo, porque nadie le preguntaba nada.
Fresa había bajado desde Formosa para presentar su último libro, Para ya no volver (Húsares, 1992). Nadie parecía saber que iba a estar allí o quizá a nadie le importara, éramos dos o tres los que estábamos escuchándolo.
(En el 90, cuando también estuvo presente en la feria, le había ido un poco mejor, al menos la editorial porteña donde publicó El viaje le había conseguido un par de entrevistas y a su charla había ido más gente. Su popularidad descendió tanto desde entonces que no me sorprendió que al morir no se le hubiera dedicado ni un mísero obituario en algún medio importante: apenas un par de columnas en los diarios norteños, una mención en el diario de mi provincia y poco más. Ni siquiera en España, donde estaba viviendo Fresa, la noticia mereció atención.)

—Yo empecé a escribir muy temprano —dijo Fresa desde su silla, tratando de verle la cara al que había preguntado, cosa que logró fácilmente—. Escribir contaba mucho para mí entonces. Ahora hace tanto que lo hago que vaya uno a saber si cuenta. A esta altura a uno le parece que escribe por costumbre, por enfermedad, porque no sabe bien qué hacer o porque no tiene una manera más fácil de ganarse la vida. No sé decirle. De la vieja ambición, que me hacía saltar el corazón cuando pensaba en un libro mío publicado, ya no queda nada. Tal vez sean ganas de estar solo, nada más. Escribir es importante en tanto y en cuanto me asegure soledad. Una justificación de la soledad, eso es la escritura. La presentación de este libro, por ejemplo, es un completo error. Yo nunca habría venido, pero la editorial insistió. Por más que esté seguro de que no importa, seguiré escribiendo hasta la muerte. Es muy poco lo que cuenta. Nada tiene demasiada importancia, a no ser, a lo sumo, que uno sea un padre, entonces sí… Pero ni siquiera para un hijo hay que escribir. Hay que escribir para uno.

Entonces supe que hay escritores que escriben y otros que meramente publican. No recuerdo quién fue el que dijo que hay que desconfiar de los escritores que se sientan a escribir un libro. Bueno, ahí está Aira, que publica y publica, y que a pesar de todo escribe, en el sentido menos artificioso o forzado de la palabra. Pura inspiración ese Aira, pura improvisación. Alguien que no corrige. Es como una fábrica que saca latas de conserva por miles con la fecha de caducidad oculta.
Pero sobre Aira ya se ha escrito mucho, no sobre Fresa.

***

Hoy me levanté y miré el costado de la cama que ocupa mi mujer. Como si esperara otra cosa, me extrañó verlo vacío. Es más, me asustó. Después fui hasta la pieza de mi hija, abrí apenas la puerta, con miedo. Todo estaba ordenado, limpio, vacío como el costado de la cama. Fui hasta la heladera y miré el almanaque. No pude recordar con precisión la cantidad de días que hace que se fueron. Era temprano, quizá me estuviera arriesgando, pero igual levanté el tubo y llamé a casa de mi cuñada, en la Capital. Iba a dejar de lado mi promesa de no hablar con nadie. Me atendió un niño. Mi cuñada no tiene hijos, así que supe que me había equivocado. Iba a cortar inmediatamente, pero el chico empezó a hablar con ganas, tantas que me dio mucha pena cortarlo. Me dijo que su mamá había muerto hacía poco, pero que con su padre la estaban tirando bien. Debe de ser una expresión que usa su padre en ruedas de amigos, pensé, una frase con la que le da ánimos al niño y a sí mismo, La estamos tirando bien. Seguí escuchando. El sábado lo va a llevar a pescar y el domingo a la cancha. Me dijo que se divierte bastante con su padre, le deja ver mucha televisión, no le exige en la escuela, sus amigos se quedan a dormir todas las veces que él quiera. Lo único que no le gusta es la comida, dice que todo el tiempo come algo que estuvo envuelto. Me reí mientras él siguió hablando. Le pregunté entonces cómo se llamaba su mamá. Dijo el nombre de mi mujer y corté.

Pintura de Lisa Gipton
The night the moon had come
2006

2 comentarios

Dejar un comentario
  1. v.v.initials / Dic 13 2008 4:39 am

    Muy bueno, Roberto. Sigue, imagino, no?
    By the way, no te dije que el nuevo diseño me gusta mucho.

    Abrazo,
    V.V.

  2. Anónimo / Dic 17 2008 12:38 am

    Esa mezcla entre pueblo y ciudad, de hotel y pesadilla y de escritor intranscendente me atrapó.
    Me gustó el tono. Ese Fresa aparece siempre en tus escritos o miento? como decía no sé què comunicador.

    saludos

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