Skip to content
diciembre 21, 2008 / Roberto Giaccaglia

Fuck Christmas, I got the blues

fcigtb1

Por supuesto, de niño me encantaba la Navidad. Yo era un niño normal, o más o menos, y quería lo que todos: la visita del niño dios con algún regalo, o más de uno. Por entonces no existía Papá Noel, así que no lo esperaba, o sí existía, pero nada más que en el arbolito, en forma de pelota para colgar. El arbolito era además lugar de reunión, no sólo donde el pendejo dios dejaba sus regalos: allí rezábamos con mi madre todas las noches antes de ir a dormir, un Padrenuestro, un Avemaría y algo más, cortito, que no recuerdo. No sé por qué, era una especie de lugar sagrado, o el mojón no de un lugar, sino un mojón temporal: el niño dios estaba por nacer y ahí estaba el arbolito para hacérnoslo recordar y poder así elevar a tiempo nuestros corazones y nuestra fe. Mi madre lo armaba al pie de la escalera, acompañada de mis ganas más sinceras de ayudar. Mi viejo pensaba que el arbolito en ese lugar no hacía más que molestar, se lo llevaba por delante cada vez que bajaba o subía. Pero el enchufe para las luces estaba por ahí cerca y a mi madre no se le ocurría hacerse de un prolongador o algo por el estilo. El árbol no era gran cosa, creo que no lo cambiamos nunca y cada año estaba peor, deshilachado, con menos hilitos verdes, con más alambre a la vista, todo torcido. El de la vecina de enfrente, en cambio, sí era algo digno de mención. Era blanco, enorme, mucho más alto que yo por entonces y quizás ahora también. Tenía sólo adornos dorados, nada más, y algo de nieve artificial por encima. Los del frente eran gente más refinada y su árbol casi un objeto de lujo. Yo envidiaba ese árbol, pero no mucho más, porque los regalos que recibía la chica del frente no eran demasiado suntuosos, además la chica del frente era una tarada. A mí el niño dios me traía un poco de todo, debe de haber sido por lo mucho que rezaba frente al árbol antes de irme a dormir. Mientras lo esperaba, me iba a tirar cohetes con mis amigos. Ente tanto, en el horno a leña de alguna panadería del pueblo se cocía un cordero bien adobado. Esa noche por lo general la pasábamos en casa, recibíamos a veces amigos, a veces vecinos, a veces parientes y a veces un poco de todo eso. No tenía nadie con quien jugar entre todos los invitados, eran viejos y no andaban tirando petardos o cañitas voladoras, hablaban entre ellos, se reían y no paraban de descorchar botellas. Por el momento, yo no intuía entre las sonrisas o las palabras ninguna falsedad, engaño o impostura. Mis amigos venían a mi encuentro desde otras manzanas, o barrios. Recorríamos las calles bien munidos, nuestro arsenal por lo general se acumulaba en los bolsillos, junto a los fósforos. Desconocíamos el peligro. Yo empezaba por lo menos un mes antes a juntar petardos. Cuando llegaba la noche del 24 no había nadie que hubiese juntado tanta pólvora como yo. Para las 12 de la noche me reservaba lo mejor: unía con una banda elástica los petardos más grandes que me hubieran quedado, ataba sus mechas como si fueran una sola, en una especie de trenza, y lo ponía todo bajo un tarro de duraznos al natural vacío, cuyo contenido se había usado momentos antes para el clericó. A las 11:59 encendía la mecha y al ratito todo volaba al carajo. Así me gustaría que volara la Navidad ahora, que me hecho grande y ya no tiro cohetes. Ahora sólo espero que haya suficiente sidra, que no me toque nadie aburrido al lado en la cena y que el cordero no me patee el hígado. Total ahora el niño dios no existe más. En su lugar hay un gordo enfundado en rojo, que simula no cagarse de calor, con barba de profeta limpio, o sea de profeta de mentira. El gordo trae regalos para mi hija, para mis sobrinos, para los amiguitos de mi hija y de mis sobrinos. No para mí, uno más de los tantos que durante esa noche no sabe bien qué es lo que está haciendo ahí. Algunos de los grandes que rodean el evento de apertura de regalos filman y sacan fotos, para que perdure la alegría de las caras de los niños, sólo de los niños, porque los grandes damos sobre todo lástima a esa hora y si a alguien se le ocurriera filmarnos no aparecería en la pantalla más que la viva imagen del patetismo. Es la melancolía de Navidad, sumada a las botellas que se consumieron junto al cordero. Algunos se acuerdan de los niños que fueron, otros de los parientes que quedaron en el camino, otros de los seres queridos que están lejos, otros del auto que no pudieron comprarse ese año. Siempre hay un motivo para lagrimear en Navidad si uno no está abriendo un regalo o tirando cohetes en la vereda. Vaya uno a saber por qué. Quizá sea por culpa de la costumbre, la costumbre que supieron conseguir las propagandas televisivas, radiales y revisteriles, con Coca Cola a la cabeza, por supuesto. Es más, hasta se podría decir que la Navidad se debe en gran parte a Coca Cola, o al menos su perseverancia. Hablo de perseverancia lacrimógena, la misma que nos lleva a abarrotarnos de cosas inútiles para olvidarnos de esta cualidad de la Navidad, la de ser lacrimógena para los grandes. Por supuesto, Coca Cola no está sola en esto, a ella se le suman Wal-Mart, Disneyworld y otras compañías igual de grandes o más o menos. Hay que comprar y olvidarse, regalar y regalarse, usar y tirar, pavonearse. De todo ello viven pues estas grandes compañías, de la necesidad del olvido. Por eso es que se quejan tanto asociaciones religiosas de todo tipo, oficiales o no. Se quejan de que la gente ha olvidado el espíritu de la Navidad, su verdadera esencia. En los países ricos, la gente sale a comprarse cosas caras y posterga dicho espíritu, en Argentina comemos hasta el vómito y nos emborrachamos ídem. Comprendo el dolor y la queja de estas asociaciones religiosas, las mega corporaciones les han arrebatado la atención del devoto. La gente tiene poco tiempo para ir a la iglesia, debe gastarlo en los supermercados, en los shopings, en las botellas, en la pollera de la cuñada. Total, Papá Noel se encarga de todo lo demás, de lo que a fin de cuentas importa: la sonrisa filmada de los niños por la camarita digital que acabamos de comprarnos. Así, el tan mentado espíritu navideño se olvida, tanto que los mayores, los bien mayores, los que todavía rezan, lo creen perdido para siempre. Es de buenas conciencias intentar recuperarlo, claro, pero se sabe los peligros que genera la buena conciencia. En Estados Unidos hay un tipo, Reverendo Billy se hace llamar, que fundó hace unos años la Iglesia Para Parar de Comprar —el nombre queda mejor en inglés, por supuesto, pero yo no puedo traducirlo con tanta presteza. El tipo es simpático, muy buen actor. La gente se congrega para ver sus performances. El suyo es un activismo pintoresco, que no parece entrañar demasiada estupidez —quiero decir peligro—, y que no viene mal para que recordemos de paso qué cosa eran el comunismo, el anarquismo, el situacionismo, el altermundismo y si acaso, entre otros ismos olvidados, el propio cristianismo. Su coro, además, canta muy bien, así como los solistas que ha sabido conseguir. El tipo se pasea por los centros de compras con su coro, canta y hace cantar, simula ataques divinos, desmayos, posesiones del Altísimo, e intenta de paso convencer a la gente de que si sigue comprando se viene el Apocalipsis. (El brillante documental What Would Jesus Buy?, de Rob VanAlkemade, 2007, sigue sus pasos por la América profunda, del norte, y sus pequeñas, modestas, valientes y medianas batallas, la mayoría perdidas, entre un shoping y otro y en el corazón mismo de la tormenta navideña, Disneylandia, lugar peligroso si los hay. La película representa un programa mucho mejor para la próxima Nochebuena que cualquier reunión que ya se haya acordado con parientes y/o amigos, por más cordero que haya en el medio. Es más, si los medios, en Argentina o en donde sea, no estuvieran guiados por gente ruin y cómplice, la película a pasarse cada víspera navideña no sería como siempre alguna de las versiones de ese engendro de Dickens que es “Cuento de Navidad”, que dicho sea de paso cuando niño me asustaba bastante y no me dejaba enseñanza alguna, sino precisamente What Would Jesus Buy?, una obra infinitamente más valiosa y disfrutable). El mensaje del Reverendo Billy es uno solo: En Navidad, comparta, pero no compre. Y también es uno solo el enemigo a desterrar del planeta, o mejor dicho una sola la imagen a la que este enemigo puede reducirse: el perverso Mickey Mouse. El demonio, según el Reverendo, ha tomado forma de simpático roedor y con ella ha conquistado los corazones de los pequeños y los bolsillos de los grandes. Con el corazón de los pequeños ya tomado y el bolsillo de los grandes ya ocupado, la Iglesia se queda sin nada. O las Iglesias, digamos, porque tanto corazón como bolsillo le interesan a todas las congregaciones del planeta. En Argentina no sé qué imagen podríamos demonizar para incluir bajo su tutela a todo lo perverso que acarrea la Navidad, pero se me ocurre que haríamos bien en fijarnos en las propagandas institucionales de los canales de televisión, esas que comienzan a aparecer en las vísperas de la temida festividad. En esas propagandas debe de residir alguna clase de demonio, no me cabe duda. Esas personas de fama, que a lo largo del año nos pasaron noticias, nos enseñaron a cocinar, a bordar y a tantas cosas más, y que de pronto vemos brindando felices con árboles de Navidad detrás, sillones adelante y mesas ratonas con bandejas de pan dulce no creo que aniden nada bueno. Todo junto constituye pequeños mensajes de que algo malo está por pasar y que para escapar de eso debemos reunírseles, tratar de ser lo que ellos son. La venta del alma al diablo es algo cómodo y seguro, más o menos como transformarse en abogado, o en contador, pero uno debería estar avisado de todo lo feo que se esconde tras dicha operación comercial. Como todavía no hemos aprendido lo suficiente, caemos como bobos en las fauces de ese emprendimiento ajeno, creyendo que así tendremos todo arreglado. No es que yo sea un superado, más bien todo lo contrario, pero me ayudó bastante haber escuchado temprano en la adolescencia “Noche de Paz”, de Sumo. La Navidad, de pronto, fue eso, esa canción quiero decir. Ya no tiraba cohetes, ya no tenía amigos, ahora me encerraba en mi pieza a escuchar una y otra vez “Noche de Paz”, de Sumo. Rebobinaba el cassette unas veinte veces y unas veinte veces más volvía a escuchar “Noche de Paz”, de Sumo. Nunca supe bien qué canta Luca Prodan en esa canción, pero sabía que me la estaba cantando a mí. Después bajaba y ahí estaban todas las personas a las que el demonio había hecho suyas: mis padres, mis vecinos, mis parientes, los amigos de mis padres. Todos tenían las copas en alto y también las sonrisas, Hola querido, vení, sentate, tomá, comé, brindemos. Para defenderme, para que ninguna de sus emanaciones hiciera mella en mí, tarareaba “Noche de Paz”, de Sumo, e intentaba que mi terror no se notara. Lo lograba a medias. Comía como podía, empujaba el cordero con algo vino, apuraba después un turrón con sidra y luego trataba de desaparecer, sin lograrlo nunca del todo. De la Navidad uno nunca puede esconderse lo suficiente. Sólo dos veces la pasé solo en mi vida, y ni así pude alejarme lo bastante como para que su maldito brazo no me alcanzara. La primera vez fue a los dieciocho años, en Bariloche, en pleno viaje de egresados. Por la tarde habíamos subido no sé a qué cerro absurdo para hacer no sé qué absurdo ejercicio. Por ejemplo, tirarse por alguna de sus laderas vestidos como bolsas de papas psicodélicas, no sé. Pero en Bariloche hay bares por todos lados, incluso al pie de los cerros. Así que empecé a tomar apenas llegué abajo, después seguí tomando cuando bajaban los otros, yo no me tiré de nuevo y tomaba mientras los otros se tiraban por segunda vez. Llegué mal al hotel. Cuando todos ya se habían bañado y cambiado para ir a festejar Nochebuena, yo todavía no había devuelto mi traje: era amarillo, con rayas rojas y azules brillantes, y con él terminé tirado a la entrada de nuestra habitación, la que me había tocado junto a cuatro compañeros de secundaria y el padre de una compañera, que supuestamente debía cuidarnos de que no nos mandáramos macanas. Cuando mis compañeros entraron a la habitación ya habían brindado y comido la cena especial que el hotel le había brindado al contingente por ser esa, justamente, una noche especial, pero yo seguía enfundado en mi traje y tirado en el piso. Me despertaron, me bañé, logré sacarme algo del alcohol de encima y salimos a un boliche, no recuerdo cuál. La melancolía por no haber estado presente en el brindis con mis compañeros me agarró de los tobillos y me empujó a la barra de nuevo. No fue del viaje la última borrachera, todavía habría una peor —en la que arranqué un pedazo de plástico del puente del boliche Cerebro y en la que perdí la campera de un futuro doctor, cuya madre me la cobró peso por peso cuando regresamos del viaje—, pero si me obligan a rememorar alguna, quiero mencionar esa, que fue no como muchas borracheras, es decir por nada. Después de Bariloche cada uno se olvidó del otro y estoy seguro de que ya nadie se extraña mutuamente. Ahora que lo pienso, me podrían haber ido a buscar esa noche, antes de brindar, pero también puede ser que yo lo haya querido así, pasar la Navidad solo quiero decir. La segunda vez que pasé Navidad solo fue lejos de Bariloche y la historia no es tan colorida como ese traje amarillo de rayas rojas y azules, ni siquiera divertida. La imagen que recuerdo es yo mismo tratando de sacar una canción de Kula Shaker en la guitarra, nada más, con los equipos a fondo, intentando anular la batahola de festejos que se sucedían afuera, los petardos y las cañitas voladoras y el fuego que toda la gente gasta en la fecha. Los oídos me dolieron un par de días, sentí un zumbido atroz que no me dejó escuchar mucho más que eso, pero yo estaba orgulloso de mi dolor, era una marca que me avisaba por lo menos a mí que yo no formaba parte de ningún festejo estúpido donde las personas celebran mentiras abrazándose con otras a las que no les tienen en realidad la menor simpatía. Este es, claro, un punto álgido en la discusión pre Navidad de toda gente grande, ya casada y para colmo con hijos: ¿qué hacer con los parientes en Navidad? Es que en Navidad los parientes empiezan a pesar en serio. A lo largo del año la falta de ocasiones para encontrarse mantiene sobre todos un palio de honorable distancia, pero ante la llegada de la Navidad no hay tela que venga a esconder nada. En Navidad hay que estar presente. Y el que no lo está, es una mala persona. No importa que, como digo, a lo largo del año ninguno haya hecho un carajo para encontrarse, pero en Navidad hay que estar, sonreír, regalar, abrazar, ser feliz y, por sobre todas las cosas, ser felices juntos. Es en Navidad cuando un hermano es un hermano, un cuñado un cuñado, un primo un primo, y un tío político eso mismo, es decir asuntos algunas veces difíciles de tratar, para los que nunca estamos lo suficientemente preparados. Es que nunca nuestras sonrisas son lo suficientemente ensayadas, ni nuestras carcajadas, ni mucho menos nuestros parlamentos. En Navidad nunca nadie habla de lo que al otro le interesa, las personas se juntan porque eso manda la costumbre y al final lo único que hay para compartir es un cordero que nunca tiene la suficiente sal. Pero en realidad nunca hay nada para compartir con nadie. O sí, digamos comida y juguetes para los pobres, pero claro, como ya dije, estamos muy ocupados para ponernos en gastos que no incumben a nuestro círculo más inmediato. La Navidad podría ser eso, sí, compartir con los pobres, como dice la religión, pero ni falta que hace. Digo, si uno va a ser considerado con los demás debe serlo en serio, ¿o acaso los niños pobres deben jugar sólo en Navidad y los hambrientos comer sólo en Nochebuena? La Navidad como excusa para ser buenos es para los desposeídos pan para esa noche y hambre para el resto del año. Una cagada, o sea. El gordo barbudo que por estas tierras parece no sufrir calor no trae ningún alivio en su bolsa, no hay nada que hacerle. Es cierto que el niño dios tampoco, no es a la modernidad a lo que le hecho la culpa, porque cuando el niño dios existía y Papá Noel era un adorno en el arbolito, yo tampoco estaba enterado de que la Navidad era también melancolía y gente que se suicidaba, por más que ambas cosas existían de sobra. Es más, por estas tierras, cuando el niño dios pasaba por casa y me dejaba camiones de plástico, no era el niño dios precisamente el que visitaba ciertas casas. Y allí no dejaba nada, sino que se llevaba. Pero en fin, en Argentina se seguía brindando y todo como si nada. O como si hubiera habido algo para festejar. Para alguna vez dejar de brindar por chotadas hay que ser bastante valiente. La copa hay que levantarla cuando vale la pena hacerlo. Cuando nos rodeamos de los que queremos en serio, por ejemplo, y no precisamente a propósito de alguna festividad pagana que se le haya ocurrido a Coca Cola Company o a cualquiera de los otros perversos creadores de ídolos falsos.

De fondo suena, claro, una y otra vez la canción que da título a todo este palabrerío, compuesta e interpretada por el notable bluesman portugués Paulo Furtado, también conocido como The Legendary Tiger Man —pero en un rato pongo “Noche de Paz”, de Sumo, que me gusta más.

Anuncios

One Comment

Dejar un comentario
  1. Navidad / Dic 21 2008 9:45 pm

    Fuck your blues, es navidad… ;)

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: