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enero 10, 2009 / Roberto Giaccaglia

Salgo a caminar… hacia ningún lugar

chej

Mis dos mundos, Sergio Chejfec, 126 págs., 2008, Alfaguara, Buenos Aires.

Antes de avanzar demasiado, cosa que por otro lado no pretendo, hay que dejar algo en claro: así se debe escribir, como Chejfec en Mis dos mundos.

No porque sea especialmente interesante lo que cuenta Chejfec en este libro, sino porque sin serlo él siguió escribiéndolo. Entiende, tal vez, que la escritura puede llegado el caso sostenerse por sí sola. Que al momento de escribir no cuenta sino el ejercicio, que todo plan es fútil, que los mapas se hicieron para encontrar lugares, no para irlos creando.

Se percibe en Chejfec una voluntad que trasciende todo intento, vano, por lo general, de transmitir un mensaje, una idea, una apreciación, lo que sea. Lo que a él parece interesarle es lo que puede lograr sin proponerse, a priori, lograr nada.

Es una escritura digamos autónoma, por qué no, la palabra no le hace justicia del todo, pero tampoco es injusta.

Hay pocos escritores así, que escriban por el hecho de que no pueden hacer otra cosa. La mayoría haría bien en dedicarse a tareas ciertamente más gratificantes, y no andar llenando hojas y más hojas de falsedades. Uno tendría que empezar a detectarlos desde temprano a esta clase de escritores, dejarlos de lado enseguida y sólo concentrarse en aquellos que escriben porque no pueden hacer otra cosa. O sea, porque lo necesitan, porque es algo que simplemente les sale sin que lo quieran.
En Uruguay estaba Levrero, en Alemania Sebald y en Argentina está Chejfec.

El argentino tiene un parentesco bastante cercano sobre todo con Sebald, el alemán. Mis dos mundos se parece todavía más al universo sebaldiano de lo que ya se parecía el anterior libro de Chejfec, Baroni: un viaje. O no digamos que se parece, digamos mejor que Mis dos mundos entra sin problemas dentro de ese universo que supo construir Sebald, el de alguien que escribe porque pocas cosas más puede hacer. Salir a caminar, por ejemplo, eso sí, pero es que a veces no basta.

Como Sebald, entonces, Mis dos mundos es un libro de un hombre que sale a caminar y que apenas puede se pone a contar lo que vio, cómo se sintió, las confusiones de las que fue presa, las dudas que le presentó lo experimentado, los recuerdos que eso le trae, las asociaciones libres, los paisajes que se le pintan en la cabeza. Y todo es extraño. Salvajemente extraño, por más que se nos cuenten pormenores mínimos que acosan a un vendedor ambulante en el centro de una ciudad turística y, por lo demás, bastante ordenada. Es el ojo del escritor, que ve más allá de lo obvio, de lo insustancial, porque todo guarda, y el escritor lo sabe bien, una esencia misteriosa dentro, por lo general traumática o al menos preocupante. Así, no es extraño que tanto Sebald como Chejfec paseen espantados por los lugares que visitan. Todo los sorprende y casi todas las cosas los alteran en alguna medida.
Creo que la necesidad, tanto en Sebald como en Chejfec, de dejar estas impresiones por escrito se hace más que patente: ambos cuentan en forma desesperada. La escritura se vuelve en ellos algo fatal. Simplemente, tienen que hacerlo.

Cuando un escritor escribe de esta manera puede decirse que se esconde. Al no contar historias asombrosas, ni armar tramas complicadas, ni sembrar pistas falsas y tampoco sorprender, los escritores como Sebald y como Chejfec pueden parecerse a escritores ocultos, que no escriben para nadie más que sí mismos. Y puede ser. Aunque lo correcto sería tal vez decir que lo que hacen es no exhibirse, que es más bien otra cosa. No lo hacen adrede, están tan compenetrados en lo que escriben que no tienen tiempo ni ganas ni interés alguno en exhibirse. Da mucho trabajo escribir para otro, o para los otros, así que se ocupan sólo de sus manías.

Por supuesto, no deben esperarse ventas masivas de un libro como el de Chejfec, un libro tan tranquilo, escrito como un cuaderno personal, tal vez para no ser publicado, pero no creo que esto afecte en algo la parsimonia de Chejfec, o su afán, si es que después de todo esto de escribir porque sí es para él un afán y no algo que ni siquiera llega a eso.
Chejfec dice que el público al que debe aspirar un escritor es un público sordo, un público que no entienda, que haga incluso sentir su resistencia, un público que señale la inutilidad del escritor. Lo dice en el propio marco del libro que nos ocupa, ilustrando la ocurrencia, al parecer repentina, como algo que se le hubiera venido de golpe, con dos o tres peces y dos o tres tortugas que van a su encuentro en un parque turístico. Los animalitos están acostumbrados a que la gente les arroje comida, así que se acercan al borde donde está parado Chejfec y Chejfec no puede más que imaginar en ellos a su público ideal: un público con sus propias reglas y su propia paciencia, un público al que nada le importa y que de un momento a otro va a abandonarlo sin recordarlo un segundo después.

Si el público al que debe aspirar un escritor debe ser sordo, se entiende todavía más el ideal de escritura de Chejfec (ideal que se desprende sin que haga falta que él se ponga a reflexionar acerca del mismo): se escribe porque sí, o porque no hay explicación posible, por eso, porque no se puede decir por qué se escribe. Marguerite Duras lo decía mejor, se escribe para intentar saber qué escribiríamos si escribiéramos, y Levrero, el uruguayo con el que en cierta medida se me ocurre comparar a Chejfec, al menos en la persecución de ciertos afanes, lo pone muy en claro en ese diario que los avatares editoriales transformaron en novela: Cree la gente, de forma casi unánime, que lo que a mí me interesa es escribir, pero si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos.
Para todo esto, y Levrero lo sabía bien, como lo sabía Sebald y lo sabe su para nada secreto admirador Chejfec, no hacen falta argumentos, tramas, incluso ideas. Basta con recordar, con ver y recordar, escuchar y recordar, caminar y recordar. Levrero dice que la antigua acepción de esa palabra, recordar, era despertar y que eso quiere hacer cuando escribe, despertarse. Algunos lo llaman encontrarse a sí mismo, que suena cursi, es cierto, porque algunos para lograr eso hacen yoga una vez por semana y hasta se ufanan, pero no deja de ser cierto.

El escritor está a la pesca de sí mismo, dice Levrero, de su alma, y no de argumentos o de mensajes o de diatribas, esas cosas innecesarias con las que se arman libros o reputaciones, porque el yo es tan estrecho y limitado, y vive para colmo en un mundo que cada vez lo estrecha y lo limita más, que hace falta de una práctica un poco más elevada, vital, superior para dar con él (o ella).
Los caminos secretos de los que habla Levrero son arduos, no hay mapa para adentrarse en ellos. Como lo dice él, tal vez esos caminos se hagan a medida que el escritor va avanzando, con trozos que la memoria logra rescatar de lo que el alma ya sabe.

Chejfec ha elegido senderos de este tipo, por lo menos desde su anterior libro. De seguir por ellos, quizá logre lo que al parecer es su aspiración, algo por otro lado muy lógico: Había gente que entraba a la terraza del café y se ponía a mirar hacia el lago, hacia el conjunto de árboles frondosos que se agrupaban hacia un costado, incluso miraban con insistencia hacia donde yo estaba, probablemente intrigados por este hombre solitario y bastante ignoto. Mi sueño, ser nadie, escritor de nuevo secreto, otra vez realizado…

Fotografía de Diego Sandstede

9 comentarios

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  1. mhario / Ene 10 2009 4:23 pm

    Oh el señor Chejfec que vive una bonanza con los popes de la literatura nacional y esta vez han acertado, bueno, casi nunca le pifian pero tienen la capacidad de instalar y desinstalar escritores como se monta una performance no al estilo Baroni, of course, lo de ella es más a pulmón. Beatriz Sarlo lo pondera en téminos positivos y el bueno de Fogwil no lo escupe. pero más alla de las panegíricas lanzadas por estos reconocidos críticos lo de Chejfec es meritorio. Venir remando de tan lejos o tuvieron que pasar como vos decís tanto Sebald o la similitud que tiene con Saer ( similitud no es la palabra tal vez afiliación? ) para que sea reconocido. Hubiera sido bueno, por un lado, que mantenga un anonimato puesto que ahora, sus libros se dispararon como el riesgo país y quiza el análisis más superficial que haga un no-lector de Chejfec sea el análisis costo-beneficio, viendo que el volumen no supera los tres centímetros de espesor.
    Leí un adelanto de Mis dos mundos en el blog Parábola anterior y me pareció una lectura que invita al regocijo. un texto que sale de lo convencional. Como decís en tu reseña, por demás acertada y totalmente de acuerdo con las impresiones que yo tengo del señor Chejfec como creador de una literatura cercana a la de Saer con una función estimulante.
    Sigo leyendo tu blog y buscaré la forma de hacerme de ese libro.

    saludos
    Mhario de quaderno ribadavia

  2. El Gemelo Malvado / Ene 14 2009 4:04 am

    Alguna idea de cómo hacerse del libro por aquí arriba, bienvenida.
    Saludos.

  3. El Gemelo Malvado / Ene 14 2009 4:10 am

    Definitivamente, escribir es un intento por escribir lo que querías escribir. El asunto es que es una búsqueda necesaria de una especie de imposible: la palabra y la frase perfecta, la construcción ideal.
    Todos sabemos que lo perfecto se ve bien en una esquina oscura y ventosa (o una especie de silencio) de tu cabeza, por unos momentos. O nunca aparece, pero si lo hace algo falla en la sinapsis pues nunca llega del modo pensado a la punta de los dedos.

    Tendré que conseguir el libro.
    Saludos.

  4. robertogiaccaglia / Ene 14 2009 4:31 pm

    ¿Conseguir el libro en DC Gemelo? Mm… no sé. Tal vez la editorial Candaya, de España, que también lo editó, con una tapa más linda y todo, haga envíos: http://candaya.com/misdosmundos.htm

    Saludos Gemelo,
    Saludos Mhario

  5. carlos / Ene 17 2009 12:56 pm

    hola Roberto, hoy te mandé un dibujo y ahora leo esta crítica al último libro de Chejfec (que tiene una tapa horrible, los editores ¿quieren vender?) y veo que tiene mucho que ver con esto. Esa pretensión o aspiración de desaparecer, de ser invisible, tan walseriana, ¿acaso se logra con una prosa tan transparente?
    Pienso esto cuando recuerdo la impresión (velada) que me produce a veces leer a Chejfec y sentirme dentro mismo del silencio. Y sentir que estoy leyendo lo que podría yo pensar de mi propio silencio.

    un abrazo

  6. robertogiaccaglia / Ene 17 2009 1:38 pm

    Antes que nada Carlos, gracias por el dibujo. Y sí, tal vez la pretensión de desaparecer se logre, en parte, escribiendo de forma transparente, cosa que tiene que ver con hacerse notar poco, o nada. Y mirá vos, Walser era un tipo a quien sólo caminar le gustaba más que escribir, más o menos lo mismo se podría pensar de Sebald y de Chejfec. No lo había tenido presente, lo admito.
    Un abrazo.

  7. jpf / Dic 11 2009 6:15 am

    “Están equivocados. Pero yo prefiero equivocarme con los compañeros a tener razón solo.” ¡Qué frase, qué lección de política!

    Un guionista tiene que tener algo en la cabeza para escribir eso. ¡Qué les puedo decir, muchachos! Los respeto. Hagan su experiencia. Pero mi corazón está con los grandes narradores de historias, de conflictos humanos, de peripecias en que se juega la vida, la muerte, el amor, la cobardía, el coraje. Está con John Ford, Howard Hawks, Nicholas Ray, David Lean, Samuel Fuller, Truffaut en Los 400 golpes, Visconti en La Terra Trema, Rocco y sus hermanos, El Gatopardo. Fellini en Amarcord. ¡Carajo, miren todo lo que cuenta Fellini en Amarcord y tengo que pagar lo mismo para que un despistado me cuente sus inmovilidades pretendidamente metafísicas!

    No lo niego: puede ser que el tiempo sea éste. El de no decir nada. Miren, lo acepto. Pero a mí no me pasa. Bioy, en sus últimos tiempos, decía: “Se me ocurren más tramas de las que puedo escribir”. Me pasa precisamente lo mismo. Y creo que también a Sasturain y a Fogwill y a Saccomanno y a Belgrano Rawson y a Angie Pradelli y a Esther Cross y a De Santis y a Guillermo Martínez, prefiero sus laberintos algo british que el silencio pedante del “no tengo nada que decirles, sean testigos de mi supremo embole”.

    Entre los escritores se les parece Sergio Chejfec. ¡Cómo no se les va a parecer si es un producto de Sarlo! El y su “prosa lenta”. Qué pareja, por Satanás. Filipelli los revienta a ustedes y la otra a los narradores de la “prosa lenta”. Vos no tenés “prosa lenta”, Chejfec. Simplemente escribir te cuesta mucho, se te nota el esfuerzo, la patética inhabilidad, se te nota, viejo, que ejercés un oficio para el que no estás dotado. Adelante igual, la tenacidad hace milagros.

    A esa tenacidad –para suerte tuya– la gente de la academia ha decidido decirle “prosa lenta”.

    A mí me dicen “pluma ligera” y me critican malamente por eso, que es mi goce, mi alegría de escribir, de sentirme libre al volar por sobre el papel. Pero es como si lo mío fuera liviano y lo tuyo –tu lentitud– un acto de reflexión, de hondura existencial.

    ¡Siempre el tedio tuvo más prestigio que su ausencia, que su negación, que el ritmo, la musicalidad, y hasta el vértigo!

  8. Roberto Giaccaglia / Dic 11 2009 4:17 pm

    jpf,

    La frase “Están equivocados. Pero yo prefiero equivocarme con los compañeros a tener razón solo” más que lección política me parece un peligro, pero bueno…
    A mí también me gustan las historias, los conflictos y leer sobre la vida, la muerte, el amor y el coraje, es más, mi biblioteca casi que no tiene otra cosa, pero no puedo negar el atractivo de la escritura de Sebald, o Chejfec, o por caso Bermani, que incluso dice menos y que me gusta más. Si leo al del medio no es por Sarlo, no, no, no, sino por el afán de Chejfec de seguir adelante por más que el lector ya lo haya abandonado, lo que me resulta muy extraño, para qué negarlo: es una persistencia contra el lector, y sólo a favor de sí mismo, mientras que muchos escritores hacen exactamente lo contrario: escriben como esperando recompensa, la sorpresa del lector y cosas así.
    Lo de Chejfec es algo que no sólo ha venido pasando en la literatura, sino también en el cine, sobre todo el argentino, particularmente ese que no le gusta a Carnevale, que se queja de la falta de historias. Puede cansar, como cualquier cosa, y de hecho no estoy leyendo a Chejfec y hasta me reventó Como un avión estrellado, de Ezequiel Acuña, a quien había admirado antes. Y esa película es del 2005, o sea que seguir en esta tesitura de “no decir nada” ya puede, sí, cómo no, empezar a generar fastidio (para no hablar del fastidio que seguramente generó Extraño, de Santiago Loza, que es del 2003).
    Pero vaya uno a saber si es cierto que estas obras “no dicen nada”… ¿no habrá en sus intersticios al menos retazos de nuestra propia existencia? ¿O al menos de una “zona” (gris) de nuestra vida? Por otro lado, ¿no es demasiado imperioso para el narrador que siempre tenga que “pasar algo” en lo que cuenta?
    ¡Y para qué contar entonces!, dirás vos… a lo que no tengo nada que responder, a no ser pedirte que leas a Sebald, por ejemplo, que no hace más que recordar y recordar y recordar, pero cuyos recuerdos provocan más (al menos en mi caso) que los escritores que nombrás (Sasturain, Saccomanno, Esther Cross…).
    En tu defensa, me resulta gracioso el “no tengo nada que decirles, sean testigos de mi supremo embole”, frase con la que se puede coronar tantas críticas a tantas obras de los últimos tiempos, pero, como de alguna manera decís, habrá sido cosa de una época, que ya pasó o que ya está pasando.
    Además, no hay de qué preocuparse… las novelas que ganan premios son las que siguen contando historias, conflictos, amores, muertes y esas cosas. Si no la academia, cosa que no importa, o que le importa a dos o tres (a mí no), la prensa y el mercado siguen estando de su lado.

  9. Otto Zutz Enlaces Lista Isaac / Jul 18 2012 11:21 pm

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