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febrero 4, 2009 / Roberto Giaccaglia

Clásicos metálicos y más o menos instantáneos. Dio, Holy Diver

dio

Holy Diver, Dio, 41:29, 1983, Warner Bros.

Todo el mundo lo esperaba, que el primer disco de Dio después de dejar Black Sabbath fuera una obra maestra, y el petiso no defraudó a nadie. Es así, salir de Black Sabbath después de haberse pasado una temporada como cantante de la banda parece que inspira, por lo que los aficionados están más pendientes del primer paso del ex cantante que de lo que Black Sabbath tenga para ofrecer en los próximos años. Había funcionado de sobra con Ozzy Osbourne, que se cansó de grabar éxitos luego de Black Sabbath, y tenía que funcionar con Ronnie James Dio, dueño, como Ozzy, de una voz prodigiosa, tan distinguible como la de Ozzy y hasta quizá más adecuada a lo que un heavy metal común y corriente esperaría escuchar.
Como Ozzy, Dio fue un buen alumno de la banda madre, no sólo un participante estrella, por lo que se llevó consigo tanto como dejó, así que el imaginario de su primer disco tiene mucho de Black Sabbath, así como un par de recursos o consejos musicales previamente ensayados al lado de Tony Iommi y de Geezer Butler, guitarrista y bajista, respectivamente, de Black Sabbath, quienes al escuchar el primer disco de su inmediato ex cantante se habrán querido dar contra la pared, porque en el fondo sabían que lo que estaban haciendo ahora no le llegaba ni a los cordones de los zapatos a Holy Diver, quizá el mejor disco de los muchos que grabó y grabaría Ronnie James Dio en sus varias encarnaciones —Heaven and Hell incluido, clásico de clásicos de Black Sabbath y que el infierno me perdone.
Que Holy Diver fuera mejor que lo que los muchachos de Black Sabbath estaban haciendo en ese momento se debe en parte a los talentos de los que supo rodearse Ronnie al entrar a grabar su primer disco solista. Sobre todo, el jovencísimo guitarrista irlandés Vivian Campbell, que le daría un aire fresco a la voz que ya nos tenía acostumbrados a proezas varias. Con esos riffs y melodías de fondo que arremete Vivian, la grandilocuencia de Dio volvía a sorprender, se renovaban sus posibilidades. Las escalas, los power chords y los armónicos chirriantes son los usuales en cualquier disco de metal de la época, y de las que vendrían, pero Vivian combina todo ello con una gracia y soltura que hace pensar por momentos en que fue él el primero en usarlos todos juntos, o al menos en combinarlos de esa manera. Pero también están Vinny Apice, baterista que supo estar en Sabbath, que sin destacarse demasiado golpea donde tiene que golpear, y un tal Jimmy Bain al bajo, del que no tengo muchas precisiones, a no ser el hecho de que al menos en este disco suena como un digno aprendiz del maestro Butler, al menos del Butler de los ochenta, alguien que sabía jugar no sólo con las notas de su bajo, sino con los silencios de los que era capaz. Esto no está al alcance de cualquier bajista, dejar que el oyente se imagine la base, seguir haciéndola efectiva incluso cuando una de sus partes deja momentáneamente de tocar.
Pero tal vez es en el plano compositivo donde Holy Diver sorprende más. Todas las canciones impactan a su manera, es decir tienen un gancho propio, distintivo. La furiosa “Stand Up and Shout”, por caso, con un riff clásico, de esos que ya son standard y que uno no dejaría de copiar mientras aprende a tocar la guitarra y que hasta incluso puede haber inspirado a los Maiden para la entrada de su “Two Minutes to Midnight” —los clásicos son así, hasta los genios se aprovechan de ellos. Y después, mucho después, trazando un enorme arco, se encuentra la sorpresa de “Rainbow in the Dark”, una canción hipnótica, que le debe tanto a la voz de Ronnie como a la introducción del teclado, típicamente ochentosa y típicamente pop, una intromisión que parecería a simple vista un pecado, pero que de alguna manera la banda que comanda Ronnie se las arregla para producir con ello una de las mejores y más significativas canciones del álbum. Significativa no sólo porque es el hit del disco, sino porque hay que tener cierto desarrollo hormonal para animarse a tal cosa, tocar los teclados de esa manera en una canción heavy destinada no sólo a un público que a priori sólo quería mosh, sino a formar parte de un disco del que se esperaban grandes cosas, no artilugios bolicheros. Ojo, no hay que olvidarse de “Don’t Talk To Strangers”, una clara enseñanza de cómo debe ser una canción con pretensiones de hit inmediato, con comienzo baladístico incluido —que muchos heavies melódicos copiarían de ahí en más—, sin por ello menospreciar cualidades como fuerza, actitud y calidad. Todo un muestrario de dotes compositivas al servicio de la demanda por un metal fácil de escuchar y que no causara al mismo tiempo rechazo entre los metálicos de raza. La canción “Invisible”, por otro lado, una canción de tiempo medio, y también de calidad media, con apenas toques de genialidad, tanto en lo que hace a arpegios como a la voz, es una canción más cercana a las radios de oyentes acostumbrados al pop que a recitales de melenudos enfervorizados, pero así mismo hace su propio camino hacia el corazón del oyente y contagia cierta complacencia, como si a esa altura ya nada quedara fuera de lugar en Holy Diver y cualquier trasnochada popera de Ronnie fuera bien recibida.
Pero Ronnie fue desde el comienzo un tipo aventajado. Digan lo que digan, sin él esta música sería otra cosa. Por principio, nadie haría en los recitales heavies ni en las fotos ese signo de los dedos índice y meñique extendidos mientras los demás se esconden. Bueno, él dice que fue su invento. Le viene de una pariente de la lejana Italia, de donde proviene su estirpe —el nombre verdadero de Ronnie es Ronald James Padavona, nació en el 42 y dentro de poco estará cumpliendo 70 añitos y si todo sale bien todavía seguirá con lo suyo, por caso, y si los demás aguantan, con esa banda que nació de cenizas varias: Heaven and Hell, cuyo primer disco se sigue esperando.
Bien, volvamos a la señal del diablo, de la que tanto alardea Dio.
Al parecer, esta viejecilla pariente suya era muy creyente, y cada vez que caminaba por la calle y se encontraba con lo que creía era una de las manifestaciones del demonio, vaya uno a saber qué encontraría la buena mujer en la calle, hacía cuernitos señalando a lo que ella creía demoníaco, para que esto no la afectara. Como el pequeño Ronnie solía caminar de la mano con ella, tomó la costumbre, y después, cuando se hizo grande —es un decir, porque mucho no creció—, la costumbre continuó en los escenarios: en una mano, el micrófono; en la otra, los cuernitos, señalando al público, a los músicos, al humo escénico, a cualquier cosa.
Pero por supuesto la colaboración al mundo del metal del petiso es mucho más importante que la señal del diablo, señal que en Argentina tiene que ver con otra cosa, un marido convertido en ciervo, por caso.
El petiso Ronnie viene desde hace bastante formando parte de avanzadas musicales que hicieron mella en las paredes por lo general poco permeables de este tipo de música. Y bueno, eran los setenta y principios de los ochenta, donde los oídos no estaban muy acostumbrados a nada que no fuera un blues subido de tono y poco más. De hecho, Ronnie es un blusero subido de tono. De allí, del blues, toma su inspiración, lo único que hace es agregarle potencia, mucha, fervorizar los lamentos, catapultar el sentimiento de pena hacia alturas todavía no consideradas. De ahí, quizá, y no metafóricamente hablando, su registro y su estilo, ambos ascendentes, un grito inacabado que puede llegar a cualquier lugar. Súmenle a eso una base potente y ya podemos estar hablando de Hard Rock, al que si se le agrega velocidad se lo transforma en Heavy Metal. Por eso, de cualquiera de las bandas históricas por las que paso Ronnie, Elf, Rainbow, Black Sabbath, es decir blues, hard rock y metal a secas, Ronnie salió bien parado, por más que en una de esas bandas el espacio sónico y creativo estuviera ocupado por la megalomanía de un tal Ritchie Blackmore, un mal bicho.
Bueno, a decir verdad, y según parece, en la lista de músicos megalómanos Ronnie suele figurar en los primeros lugares. Tiene con qué responder, de cualquier manera, pero el hecho no deja de ser gracioso, porque después de todo estaría avalando la sentencia de que no hay petiso que no sea agrandado.
Las revistas metálicas españolas que compraba a mediados de los ochenta solían mofarse de esta cualidad de Ronnie, la de ser un bicho mal parido. Hacían caricaturas con él donde siempre les estaba gritando a sus músicos, tratándolos como trapos de piso y cosas así. Recuerdo una en la que aparecía quizás Campbell o Apice en cuatro patas haciendo de taburete para que Ronnie pudiera subirse encima y llegar a decir algo donde todos pudieran verlo.
En fin, Ronnie también se hizo famoso por su forma de ser, es decir por lo dictatorial que era con quienes lo rodeaban, no sólo por su voz. Sin embargo, en el maravilloso documental de 2005 A Headbanger’s Journey, dirigido por Sam Dunn, una de las personalidades que se muestran más afables, amigables y dispuestas a contar cosas interesantes es el propio Ronnie James Dio, un desecho de simpatía y buena onda, mientras que los Mayhem, por ejemplo, y en el mismo documental, se muestran como unos desgraciados egocéntricos hijos de su madre y xenófobos hasta la médula
Por supuesto, la famosa frase con la que Dio se despidió de Black Sabbath, “When it comes time for the vocal, nobody tells me what to do. Nobody! Because they’re not as good as me, so I do what I want to do”, frase que habla mucho sobre la prodigalidad de su voz y bastante sobre su ausencia de humildad, no ayuda a deshacerse de la imagen de tipo creído que tuvo siempre Ronnie, pero, repito, en el marco que nos ocupa, hablar de un gran cantante y por momentos de un gran compositor de canciones, eso es lo de menos.
El disco salió un 25 de mayo del 83, se convirtió en oro poco tiempo después, en platino en el 89, en edición de lujo remasterizada  en 2005 y, no tan sorprendente como parecería de un vistazo, en video juego para niños varios años antes, en 1989, con el propio Ronnie convertido en personaje principal dentro de un mundo que le es propicio, un ambiente medieval y mágico. También Holy Diver fue canciones amoldadas para cuajar en otros juegos de video, como Grand Theft Auto y Guitar Hero Encore: Rocks the 80s. El disco, por otro lado, tuvo nueva versión en 2006, esta vez en vivo, el Holy Diver – Live, con el nuevo grupo de Ronnie tocando las canciones en su orden original, sin los servicios de Campbell, Apice y Bain, y con un Ronnie demasiado ocupado con su micrófono y sus cuernitos como para tocar las partes de teclado de “Rainbow in the Dark”, de las que seguramente se encarga un tecladista en las sombras, como hace todo grupo heavy que se precie de tal, esconder al tecladista.
Pero todo lo que imaginaron o puedan imaginar los ejecutivos o creativos de las discográficas (quizá Ronnie a esta altura se haya convertido en uno de ellos) a partir de Holy Diver, por mucho que sea, agrega poco a un disco al que no le falta nada. Menos si son un intento por “reflotar” un clásico. No lo necesita.

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