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febrero 9, 2009 / Roberto Giaccaglia

A veces me siento malo

met

Los que me quieren me miran con ojos raros
y raro es mi proceder.
Y es que yo detesto al vecino, y a su falsa sonrisa,
yo aborrezco a su mujer; me irritan sus hijos,
sus juegos, sus risas. No quiero tener nada que ver…
Sus voces me cansan, sus caras me enferman,
y veo que soy ellos y me enfermo también…
“Malo”, Ariel Minimal

Estábamos aburridos, así que manejamos hasta la ciudad vecina, el día estaba fresco, nublado, lindo para darse una vuelta por ahí. Y había otra razón para salir: hacía como una semana que no teníamos nada en la heladera, ni en las alacenas, ni en ningún lado. No sé cómo hacemos para vivir así a veces, sin nada. Nos levantamos y comemos pan viejo vuelto a hornear, con algún resquicio de manteca que haya pegado al papel, en el fondo de la heladera. Y al almuerzo vamos hasta la despensa, compramos para hacernos algo en el momento, nada más. Y así con el resto de las comidas.
Es el calor, eso es. En temporada en nuestra ciudad el calor trae a mucha gente, el calor o las vacaciones, es lo mismo. Y entonces no salimos, nos encerramos, hartos de renegar con los turistas y con los autos de los turistas y con los apuros de los turistas. No hay nada más absurdo que un turista apurado, pero así son todos. Al menos los que llegan a nuestra ciudad.
El domingo estaba lindo, entonces, así que agarramos el auto y nos fuimos, directo a un hipermercado de la ciudad vecina, a abastecernos de productos no perecederos y de los otros.
Yo en realidad quería ir a alguna librería, o quizá a alguna disquería, pero era domingo. Creo que nunca había estado en ese hiper al que fuimos, o sí, pero mucho mucho tiempo atrás. Mi hija también quería ir a una librería, el último libro de Pescetti que se había comprado la había dejado con gusto a poco, medio como que entendió que Pescetti ya escribe en piloto automático, o que rellena libros por encargo. No sé, todavía tiene que ajustar su criterio crítico, aunque por la edad ya lo tenga más desarrollado que el mío.
En fin, como ambos queríamos libros, lo primero que encontramos al llegar al hiper fue la librería del hiper. Uno siempre encuentra lo que quiere encontrar. Es una forma de decir, claro, porque el hiper no tiene librería, sino unos estantes con libros de saldo, best sellers por aquí, best sellers por allá, libros de cocina, diccionarios, cómo conseguir novios, cómo separarse de los novios y cosas así. Igual, mi hija y yo nos alegramos, y nos fuimos directo hacia allá, mientras mi mujer se iba al sector decoración. Le encanta decorar su casa, y a quién no. Hay que estar muerto para no querer un adorno en algún lado.
Estuve desordenando un poco los libros, a ver qué encontraba. Lo primero que me llamó la atención, o lo único, fue un apellido, Haidukowski. Bueno, como para que no llame la atención. El libro se llamaba Met, el muerto, y me sonaba de algún lado. Había unos cinco o seis o quizá siete ejemplares. Detrás tenían una etiqueta: “Novela histórica”. Pero andá a saber qué humor tenía el tipo que los etiquetó al momento de pasar la maquinita.
Agarré uno de los ejemplares, vi la foto del autor, volví a leer el nombre: HAIDUKOWSKI… Es un nombre que suena todo en mayúsculas, pensé, un nombre, es más, que es imposible imaginar de otra manera… Si uno quiere escribirlo como se acostumbra escribir cualquier apellido, es decir sólo con la letra inicial en mayúscula, lo escribe mal: Haiducusqui, Jaiduvoski, Ayudosqui…
El título del libro, Met, y el nombre del escritor me seguían sonando… Entonces me acordé, súbitamente: ¡Yo a este tipo le había mandado un ejemplar de mi novela, un montón de años atrás, un siglo o dos! ¿Cómo había dado con él? ¿Por qué se lo había enviado? ¿Porque estaba desesperado porque alguien me leyera? ¿Porque era un autor que yo creía afín? Puf, a ver, ejercitemos la memoria un rato.
Me parece que en algún sitio de Internet había encontrado una entrevista que se le hacía a Haidu, no sé cómo, casualmente, buscando otra cosa. Yo antes leía entrevistas a escritores, perdía el tiempo así, en vez de jugar al Actua Soccer, por ejemplo. Ahora las entrevistas a escritores me aburren, a no ser que sea una entrevista vieja a Bolaño, que hacía de las respuestas un verdadero género literario, o alguna a Fogwill, esas donde putea a todos y se caga hasta en su madre. Y bueno, leí entonces la entrevista a Haidu y se ve que me gustó lo que decía. Me pareció que compartíamos ciertas ideas acerca de la literatura… Ahora juro que no sé bien qué es eso: ¡compartir ideas acerca de la literatura! Y como el mail de Haidu estaba ahí, en la nota, le escribí, me respondió, le dije que yo también escribía, le mandé la novela, él se excusó de hacer lo mismo, o en realidad no, no sé, no me acuerdo… Supuse que no tenía más ejemplares… Ironías del destino, pensé frente al estante, venir a encontrarme con tantos ejemplares juntos en la mesa de saldo de un hipermercado. A mí eso no me va pasar nunca, me jacté… porque los regalé todos (y la editorial hizo lo mismo con los que le quedaron).
Bueno, compramos las vituallas… estoy leyendo muchas traducciones gallegas, perdón… y nos volvimos a casa. Se había desnublado,  me di un baño, mi hija se fue a la casa de una amiga, mi mujer se cruzó de la vecina de enfrente, una mujer simpática que habla hasta por los codos, mi perra decidió salir a pasear y bueno, me quedé solo, con el libro de Haidu, un poco ajado ya, es del año 2001, o sea  del año en que cayeron las torres, y todo lo de ese año es viejo, viejísimo ya.

De lo primero que me di cuenta es de que ya había leído muchos libros así, libros megalómanos, novelas donde el alter ego del escritor, por lo general el narrador, que cuenta en primera persona, se hace el malo, el sobrador, el señorito que mira a los demás desde arriba y que no cree que las personas que lo rodean tengan como él el paso por este mundo justificado. El personaje de este tipo de novelas es desconsiderado con todo el mundo, se cree mejor porque leyó más, o porque vio más o porque tiene una vida interior más profunda, porque aspira a un premio o acaba de ganarlo. Está convencido de eso y no para de decirlo, de una manera u otra. Es un tipo de libros donde, por ejemplo, puede suceder que el engreído narrador, un pistola que se las sabe todas, entra a un bar y ve que los dos o tres que están leyendo tienen en sus manos la página de los chistes o los resultados de las carreras y se alarma porque ahí dentro seguramente nadie sabe quién es el autor de La Fermata, por poner un ejemplo de libro raro, o más que raro snob. El personaje, entonces, en vez de pedirse un vino con soda y compartir un diario o un comentario o algo, se mira el pupo y gimotea. Son novelas ombliguistas, la literatura como manual de soberbia y desprecio. Estos libros me hartan enseguida, como me hartan las personas que combinan para sí supuestas dotes de certeza y de seguridad con carencia de humildad. El personaje de la novela de Hakudujusi no para de despotricar, de ir por la vida menospreciando, burlándose de lo poco importantes que son todos en comparación con él, etc. Es cierto, Fogwill lo hace en las entrevistas, y me gusta leerlo, pero al menos lo hace tomándole el pelo a famosos, o a gente importante, de la que uno a veces hasta tiene una buena opinión o que ostenta cierto poder. No es lo mismo salir a cazar vacas sagradas que gente de a pie. Y la literatura argentina está llena de escritores que salen a cazar gente de a pie.
(Es cierto que toda persona puede presentar rasgos narcisistas, o sufrir cierta desmesurada admiración propia, una autoestima de más, pero en ciertos libros argentinos el narcisismo se manifiesta de forma tal que dan ganas de tirar el libro por la ventana —total el de Haidu me salió barato—, echando por tierra la historia que se está contando e incluso su forma, porque no es sino en el propio autor en quien se nos hace fijar los sentidos, por más que al cabo de pocos minutos los sintamos atrofiados de tanto vanaglorismo. El resultado es que todos estos libros se parecen, como se parecen, después de todo, los enfermos de ciertos cuadros clínicos. De tan sobreestimadas que tiene a sus habilidades, entre otras cosas, el personaje de estos libros va por la vida como un infeliz irredento y no hace más que demostrarnos cuánto sufre, ya que no encuentra en ningún lado una persona o situación o estado que crea lo suficientemente bueno para él. No hay ahí afuera nada que lo merezca, así que se queda a sufrir dentro de sí, mirándose el pupo.)

Pero algo me asustó.
Si yo tuve, años atrás, o creí tener, ciertas ideas similares con respecto a la literatura, o compartí algo al menos, con Haiku, ¿eso significa que esa novela que publiqué en aquel momento se parece a esto que escribió Haiku?
Dios mío.
Corrí enseguida a ver, porque tiendo a olvidarme de lo que escribí. En serio, no me acuerdo, y menos de lo que se publica.

Acá está la novelita, detrás de mí, perdida entre otros libros, algunos con menos polvo que otros. Esta tiene mucho. Agarro una página al azar y leo:

El guarda dijo Paramos diez minutos y casi todos se bajaron. A respirar, supuso Esteban, pensando que la eliminación de sudor de esa gente, su gente, mi gente, era profusa, anormal. Esperó, vio gente fumando, gente que volvía abrochándose los pantalones para no perder el colectivo, nuevos ocupantes, con ropas claras, un poco más frescos, con sombreros de paja, con sonrisas que intentaron amistarse enseguida, saludos, incluso alguien que se sentó al lado, un intento de conversación.
—Calor, ¿no?
Esteban refunfuñó alguna cosa y le dio la espalda, como pretendiendo dormir. El tipo se calló, suspiró algo y Esteban no creyó que volviera a escucharlo.
—Nos vamos —dijo luego, también sin suerte.
El colectivo se puso en marcha con Esteban todavía dentro. El guarda empezó a recorrer el pasillo cuando el colectivo dejaba la ciudad, buscando nuevos pasajeros, colados o gente que pidiera por favor. Llevaba esa perforadora en la mano que los hace tan felices y hasta imponentes. El poder que les da esa maquinita sólo les sirve ahí dentro, así que tratan de aprovechar el momento al máximo, igual que sus heredadas camisas celestes y sus corbatas azules. Su paso apretado, de alguien que se está poniendo gordo sin saberlo, se detuvo ante Esteban.
—Boletos.
El guarda miró a Esteban con suficiencia, con una facultad que la pobre condición de pasajero no podrá alcanzar nunca. A todo esto, el colectivo ya llevaba unos metros fuera de la ciudad. El guarda sonreía mientras defendía su posición con la perforadora en la mano. Entre Esteban y el guarda mediaba un trabajo que el guarda odiaba; se iba a desquitar.

Cambio de página, siempre al azar:

Algunos tenían remeras con palabras inglesas estampadas en ellas. No pude evitar una sonrisa al pensar que en sus putas vidas iban a enterarse de lo que significaban. Había nombres de universidades, de equipos de fútbol, simples inscripciones sobre las bondades de la marca y una que llevaba estampado el nombre de un grupo de rock. Dios santo, eran como un remedo barato del colonialismo cultural. ¿Cómo se vería un animal si alguien lo vistiera con una piel que no le corresponde? Pero la mayoría vestía camisas. Los cuadros eran ineludibles: todas, fatalmente, tenían pequeños cuadraditos hechos con finos trazos de colores claros, casi tímidos. Las camisas les sentaban mejor, a sus panzas les sentaban mejor, pero dejaban ver algunos pelitos de su piel obscena. Todo hacía ver como irremediable su condición despreocupada. Camisas que estaban hechas para ellos, conjunto que estaba hecho para ellos: camisita a cuadros arremangada por encima del codo, jean terriblemente azul, inadmisibles medias de vestir dentro de mocasines que podrían usarse como alpargatas: gastados, ablandados, despintados, de otros años…

¿A quién le ganaste, tarado?
Sigo, por más que me pese:

Alguna vez esto fue una cancha de básquet o quizá lo siga siendo el lunes a la tarde, cuando el piso esté más o menos limpio. Están los aros, sin sus redes, las señales en el piso, sin su brillo, y la tribuna sin su público. Un entarimado, hecho seguramente de tablas que sirvieron para armar mesas en otras celebraciones, sostiene a una banda que no puede sostener el ruido que hacen sus instrumentos. Los parlantes, grandes y feroces, desproporcionan la fealdad de sus intentos, acompañando la salida de cada nota con un rugido no del todo inmaterial. La banda está formada por seis, siete u ocho (Esteban no quiere mirar bien) hombres sudados, de violencia inminente, vestidos con camisas con flores, abrochadas sólo lo necesario y pantalones caquis apretados y abultados. Un grupo de hembras en época de apareamiento salta fervoroso elogiando cada movimiento de los machos que compiten por su turno. El grupo de hembras también está sudado, también luce camisas abrochadas con apuro y también sus partes bajas se ciñen con furor a las carnes. Pero este grupo no lleva pantalones, sino minifaldas: de cuero, de cuerina, de jean, de acrílico, de tela amarilla, de sueños alimentados toda la semana, de calores a chorro, de horno donde se calienta la vida.
Hay sólo una mujer que no baila, que no salta, que no suda, está sentada sola, en una silla de lata azul, descascarada. Es rubia de ayer o de antes de ayer, los pelos de sus brazos son los de siempre y su rojo labial es el de hace unas horas. Tiene una remera flúo, que le guarda el pecho sin problemas: apenas deja que se vea una línea gruesa y oscura, larga y algo curva. Es lindo el contraste entre el marrón y el naranja brillante. También lleva minifalda; de plástico lustroso, roja. Sus piernas medianas tienen rodillas de rugbier con medias de luto, talones así y pies que no parecen corresponder al conjunto: largos, interminables. Calza zapatos del mismo tono que el de la minifalda y el de los labios. Las orejas están deformadas con aros seguramente pesados y decididamente feos. La vista suele engañar a Esteban y la distancia que lo separa no ayuda, pero a él le parece entrever pelos, muy negros, muy rígidos, entre la nariz de la mujer y su rojo labial. Un descuido del baño, de la depiladora, de la naturaleza.
La mujer que lo acompañará hasta el catre en el que está durmiendo se levanta, alguien aúlla y otros refieren un par de descorteses muestras de deseo, camina lento, bajándose inútilmente la minifalda, sabiendo las miradas y dirigiendo la suya a la puerta de un pasillo por el que también va a entrar Esteban. Siente la liviandad del que se sabe superado por un rival mayor y por eso sabe que no hay nadie que quiera reparar en él después de esos pasos lentos que se dejaron ver recién. Es una mujer famosa en el pueblo. Esteban se acuerda, ya era famosa incluso antes de que se fuera a la ciudad. Según dicen, trabaja de puta desde los catorce años y atiende tanto a hombres como a mujeres. Está empezando a ser vieja, a lo mejor por eso ya no baila, a lo mejor por eso solamente espera. A Esteban jamás le había interesado, jamás le habría pagado, pero ahora es distinto, ahora siente una desesperación, que no es por una mujer, por estar con una mujer, es por olvidarse, por olvidarse, nada más.

Y dale.
Con razón le mandé la novela a Haikudosky.
Bah, no creo que en aquella entrevista Hayudossy haya mencionado el tema… ¿Qué nombre ponerle al “tema”? ¿El asunto de “El novelista como gran ególatra”, quizá? ¿Alguna teoría sobre “El solipsismo en la narrativa argentina”? No sé, cualquier cosa de donde se desprenda que el narrador en algún momento debe despotricar contra su entorno, sentirse un superado, mejor que los demás, ser capaz de ponerle al resto de las personas etiquetas despectivas, sufrir porque nadie lo entiende debido a que nadie está a su altura…
Habría que inventar un nuevo género, un género que aunque no inventado ya existe desde hace rato y que campea a sus anchas en nuestra narrativa: el del novelista como hombre malo, intolerante y creído, que va por la vida sufriendo y sufriendo, un hombre narcisista que pese a lo cual se odia a sí mismo, un hombre que en realidad odia a todos los hombres, sobre todo a las mujeres, pese a lo cual es mujeriego, o quizá por eso mismo, un hombre que está solo, en parte por elección y en parte por insoportable, un hombre que está sólo y que se queja de su soledad, pero también de la compañía de los demás, un hombre que no forma parte de ninguna cosa, que no es contenido por nada, a no ser por su prosa odiosa y arrogante, con la que intenta demostrar por qué el mundo es tan feo, por qué no hay nada que valga la pena, por qué no se pude disfrutar de ninguna cosa, etc.
Pero, repito, no creo que Hayuduyusi en aquella entrevista haya hablado de esto, de este nuevo género quiero decir. Habrá mencionado, en cambio, alguna otra cuestión, ni siquiera habrá hablado de su novela, del argumento o de los personajes. Las suyas habrán sido, tal vez, palabras generales sobre la literatura o algo así. No creo que se haya puesto a teorizar acerca de este género del cual su novela forma parte, “Novela orgullosamente pedante”.

O sea, no sé bien qué dijo y por qué creí compartir algo con él, pero obviamente es una casualidad que en su novela el personaje hable mal de la gente normal que lo rodea y que en mi novela ocurra otro tanto… ¿o no?

Haya dicho lo que haya dicho, el asunto principal es que lo de ambos constituye, o está armado a partir de, una mirada sin conmiseración, que debe de venir de algún lado, de algún rencor, de alguna creencia o jactancia.
¿O me estoy equivocando y se trata de lamentos y de pataleos a los que hay que prestarles atención?
¿Hay acaso en esta forma de escribir, en esta preocupación por mostrarse odioso, lamentable, una manifestación de carácter político? ¿Constituye este tipo de literatura un activismo en contra de la hipocresía y de la simulación?
¿Será que quienes nacimos entre los sesenta y los setenta y escribimos, odiamos la conformidad y queremos verlo todo mal, revelarnos contra lo que consideramos felicidad impuesta? ¿Nos creemos los voceros del desacuerdo y de la discordia y explotamos ante la comodidad ajena? ¿Somos capaces de crear por ejemplo un movimiento político a partir de nuestros poemas en contra del gusto medio? ¿Alguien nos señaló como la reserva elegante de una sociedad supuestamente en decadencia, a la que salvaríamos con nuestros escritos en contra de la gente que mira a Tinelli?
¿O será que nos sentimos en el fondo mejor que quienes no saben quién es el autor de La Fermata, por ejemplo?
¿Sabrán un guarda de colectivo, por caso, o una puta, o unos parroquianos en un bar, o alguno de los que se burla Hayujokyu o de los que se burlaba el personaje interpretado/escrito por Pablo Ramos en esa novela furibunda que odié, quién es el autor de La Fermata?
¿A alguien le importa?
¿No seremos en el fondo unos perdedores patéticos que de algún modo queremos desquitarnos, raritos a los que en alguna oportunidad se los miró con desprecio o recelo por leer de más, escribir en un bar o en el banco de una plaza o por saber quién carajo es el autor de la puta Fermata?

El autor de la puta Fermata tiene para mí, ahora mismo, menos valor que el carnicero de la otra cuadra, que sabe separar perfectamente la entraña del costillar y que no la cobra de más. La entraña echa rapidito a la parrilla, vuelta y vuelta, con algo de limón, sal gruesa y pimienta, es un manjar de dioses. Pero antes habré creído otra cosa, no sé, y la verdad que me arrepiento. No me creo por esto un autor populista. El autor populista, por lo menos, tiene un plan. Yo carezco de tal cosa. Escribo porque se me da la gana. Y si antes lo hacía con el ánimo de desquitarme de alguien o convencido de que era mejor que otro, o envarado porque iba con mi escrito a enseñarle a la gente cómo debe pensar o qué debe consumir o cómo hacer para despegarse del suelo —porque yo me creía más arriba—, díganme dónde tengo que firmar para dejar constancia de que me arrepiento.

Uno puede decir: Es ficción, todo eso que pusiste burlándote de la gente de a pie o quejándote porque en el fondo tu personaje se cree mejor es ficción.
Sí, las pelotas.
Todo lo que se escribe tiene un dejo de verdad anquilosado en algún rincón del corazón. Si no, es escritura falsa, que es peor. Si yo puse que los parroquianos de un bar son patéticos porque se visten con remeras que dicen nombres de universidades yanquis que no saben dónde quedan o cómo se pronuncian o qué son en realidad, es porque en algún momento de mi vida los vi así, patéticos, o porque en algún momento esa absurda idea se me cruzó por la cabeza.
Y eso ahora mismo me revienta.

En algún lado escribí en contra de Quintín porque decía en una crítica que la película Tocando el viento (Brassed Off, Mark Herman, Inglaterra, 1996) es una porquería porque es mentira que unos obreros del carbón, unos mineros recuerdo, puedan aprender a tocar instrumentos de viento y formar una banda. Así que los obreros estos sólo pueden golpear paredes de roca, cargar carretillas y cosas así. Quintín cuestionaba que Brassed Off mostrara a esta gente como seres sensibles a la música, incluso se quejaba de que el director del film llegara a insinuar que esta gente puede ser inteligente.
Copio un pedazo de la nota de Quintín:

“(…)A la destruida clase obrera británica no solo la ha manipulado el thatcherismo. Últimamente lo ha hecho también el cine, con películas como Tocando el viento, en la que a un conjunto de futuros desocupados se los dota con la sensibilidad para la música y el arte de la oratoria, se les hace vivir romances y participar de torneos como si se tratara de una estudiantina americana. No solo eso, se les inventa también diálogos agudos, réplicas ingeniosas, momentos brillantes…”.

¿No es esto pura mierda? ¿Cómo puede alguien afirmar que una persona por el hecho de realizar un trabajo rudo no puede tener oído, dotes musicales, saber apreciar la música, etc., o mantener una conversación ingeniosa?
Creo que fue este palabrerío estúpido de Quintín lo que me despertó de cierta modorra y me hizo de ahí en más desconfiar de todo autor despreciativo, fuera en joda o no, jugara a ser políticamente incorrecto o no.
No es porque yo me tome la vida muy en serio (la vida, en realidad, es una joda desde que nacemos hasta que nos hacemos mierda con alguna cosa o con los años —Dios es un bromista macabro), sino porque, justamente, la clase de autor despreciativo se toma a sí mismo muy en serio, como si fuera la gran cosa y los otros caca (putas, guardas de colectivo, mineros, etc.). Lo suyo es muy relevante, como es relevante el hecho de que un parroquiano no sepa qué coño dice su remera y prefiera leer el resultado de las carreras de caballos antes que cualquier otra cosa —dicho sea de paso, el autor despreciativo debe de estar convencido de que si uno busca el resultado de las carreras no sabe quién es el autor de Met, el muerto, por ejemplo, como piensa Quintín de los mineros: un trabajador que se la pasa bajo tierra no tiene idea de qué es la música. Convencidos de esto, estos autores se la pasan ninguneando o basureando y les salen entonces novelas que ningunean o basurean y ensayitos ídem. Es miopía en su estado más puro, y horrible, en descomposición, de la que hay que huir como la peste.

Ahora que lo pienso quizá no fuera a Haiyudusji a quien le mandé la novela, sino a otro, con un apellido igual de difícil o parecido… pero eso no tiene la menor importancia.

2 comentarios

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  1. Koba / Feb 10 2009 2:13 pm

    Estoy de acuerdo Roberto, no entiendo por qué a veces tiramos mierda por tirar. Leo a veces algunas criticas y me pregunto si no habrá algún problema personal entre el crítico y el criticado, o será un hobbie, o será que si no hablo mal de alguien soy un tibio, qué sé yo.
    El comentario de Quintín no tiene ningún sentido, ¿por qué no suponer que esos desempleados puedan tener un alto grado de cultura? ¿No pueden saber de música clásica por ejemplo? Seguramente a Quintín no le gustó la película, cosa razonable, pero luego para justificar esa opinión termina diciendo cualquier cosa. O tendrá prejuicios para con la gente desempleada.

    En cuanto al libro, me lo regaló hace años, en su primera edición calculo, un amigo con el que estaba distanciado. Luego de ese regalo, nos peleamos definitivamente. Chiste aparte, me pareció muy malo, y sí, también un terrible libro megalómano.

  2. Juan Secaira / Feb 20 2009 1:03 am

    Hola Roberto; qué bien puntualizas el problema del escritor egocentrista y miope. Una pena de novela, y de esas hay muhcas más; con un aire sofisticado y sobrador, con el ánimo no de contar una historia sino de impresionar demostrando su “inteligencia”.
    saludos.

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