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febrero 23, 2009 / Roberto Giaccaglia

La división del trabajo

librero

El blog del librero humanoide: librerohumanoide.blogspot.com

Varias entradas atrás, un lector poco asiduo de este blog —en realidad creo que más de una vez dejó comentarios sin importarle lo que escribo—, dejó dicho que empezó a leer una crítica mía a un libro pero que la abandonó enseguida, porque había llegado al tercer párrafo y todavía no decía de qué coños iba el libro en cuestión.
Para los lectores así, poco pacientes, o que prefieren que le allanen el camino antes de meterse en él, hay una página muy recomendable, la de un tal librero humanoide, que desglosa palmo a palmo cada libro que cae en sus manos y nos explica con economía de palabras argumento, trama, contenido y forma.
Lectores como el que se aburrió con mi crítica encontrarán en los escritos de este librero comodidad, fluidez y simpleza, y tendrán ante sí una especie de prospecto adjunto bien redactado, que deja cualquier ocurrencia de más o digresión lejos incluso de la posibilidad de que sucedan.
El librero humanoide no sólo cuenta con talento en lo que hace a concisión, también es elegante y distinguido, su prosa es clara, rápida y no por ello volátil. Simplemente, escribe bien, pero nada de esto tiene acaso comparación con su principal cualidad: su buen gusto.
Todos los libros que el librero humanoide reseña son buenos, muy buenos, buenísimos, conquistando para sí la tarea que señalaba Auden acerca de la virtud principal que debe tener un crítico: dar a conocer obras o autores valiosos —otras virtudes serían las de invitar a reconsiderar grandes obras olvidadas, intentar lecturas “profundas”, “didácticas”, “hacer visible” lo que a simple vista se escapa, etc. —para Auden, todo ello puede hacerse sólo si el crítico escribe sobre los libros que le gustan y nada más que sobre los que le gustan, cosa que el librero humanoide cumple casi al pie de la letra.

Dejando de lado aditamentos a lo principal, se puede decir que la tarea que Auden reclama para el crítico puede resumirse en descubrirle al público cosas buenas, hacerle conocer obras que valgan la pena, a veces hurgando entre la mediocridad de hoy, a veces hurgando entre la mediocridad del pasado, pero siempre rescatando objetos perdidos y valiosos. No importa, en suma, la edad que tenga el libro rescatado, puede ser de varias décadas atrás o del año pasado, el librero humanoide no responde a modas ni a cuestiones tan prosaicas como el libro que acaba de convertirse en best seller. El lema de su blog lo dice todo: comentar libros que son un éxito en Marte.
Es tan convincente cada cosa que dice que a uno le gustaría vivir allí donde él, en Marte, porque al parecer sólo cosas buenas hay dando vueltas por ahí, Dick, Bolaño, Borroughs, Levrero, seres dejados de lado por los suplementos literarios. En efecto, cualquier eñe de cualquier clarín se ocupa sólo del último premio, del último éxito, del último suceso, y por ello esos suplementos carecen de importancia para aquel que sólo se interese en leer cosas buenas. El librero humanoide es un comentarista distinto, está para otra cosa, para libros que importan en serio.
Eso sí, quien busque el riesgo, es decir todo aquello que hace a un crítico independizarse de la obra que reseña, si es que, de hecho, la reseña, deberá leer críticas en otro lado —es más o menos fácil encontrar a esta clase de críticos, los que toman riesgos: se los distingue, entre otras cosas, por los magullones (y por su manía de chocarse las paredes que ellos mismos levantan).

Es que vaya uno a saber si la función de la crítica es mostrar nada más que cosas buenas. En principio, me gustaría aclarar que la crítica para mí no tiene función alguna, que no sirve, que la crítica simplemente es, está, existe, y que no necesita de nada que la justifique. En suma, la crítica es una obra independiente —de ahí los porrazos que se dan los críticos que me gustan. Es que yo pido para la crítica lo mismo que pido para la literatura (o para el cine, o para la música, o para los chocolates): que no esté en función de nada, que no sea una cosa útil, ni siquiera para el público, o mucho menos, que el público se las arregle como pueda, que el crítico está para otra cosa, escribir, salir volando, estrellarse. (Tengo cierta predilección por el crítico magullado, como acabo de decir, por el que toma riesgos, para qué negarlo.)
Sin embargo, hay ahí afuera todo un mundo necesitado de la crítica, o de la tarea del reseñador. Miles de lectores piden ayuda, qué es lo que debemos leer, dinos por favor. Agarran una crítica y la leen con los mismos ojos con los que se mira a un mozo para que nos recomiende el plato del día o que nos informe acerca de cómo sale ese de nombre tan raro o qué ingredientes tiene, Goulash a la húngara, Doctor Pasavento a la Vila-Matas, Papas rústicas con pimienta cheeveriana, etc.
A estos consumidores —nunca mejor empleado el término—, el librero humanoide les entrega en bandeja la explicación y/o la recomendación, solicitadas o no. El librero humanoide, como mozo, o, mejor dicho, sommelier, hace lo que le viene en gana, elige a su gusto, pero merced a sus cualidades ya señaladas el público confía plenamente en sus decisiones. Y lo bien que hace el comensal o bebedor, repito, porque no debe de haber en toda la web, o en muy pocos sitios, un lugar con mejor acierto que el del librero humanoide para elegir qué consumir y cómo, sin andar perdiendo el tiempo en cosas que no importan.

(Perder el tiempo en cosas que no importan…
De hecho, es fácil encontrarse con gente que se enoja porque al crítico suele ocurrírsele el tremendo pecado de escribir… sí, de “escribir”, no de meramente “reseñar”.
No hace mucho, en un blog otrora amigo, varios lectores se encargaron de despotricar contra esta pretensión del crítico. Los cito:

“y sí. piense que el crítico, a pesar de sus pobres pretensiones, nunca, jamás será un tiburón… siempre ese parásito que a igual que el ateo, nada necesita fundamentar, sólo decir… no. pero la creatividad siempre estará en otro lado.
hay gente que se dedica a criticar escritores, pero qué publicaron? tres líneas en facebook o cuatro en un blog. pobres rémoras… un crítico literario no es más que un jorge rial…”

“Es verdad, para complementar su opinión cito a Abelardo Castillo: “Cierta clase de seres tienen una clarividencia casi genial para descubrir los defectos de un hombre superior a ellos. Cierta clase de críticos pertenece a esa clase de gente.”

“Coincido, eso sí, con lo de los críticos. Creo que tiene que ver con la necesidad de sentirse parte de una elite. ¿Viste los discos “Canciones con metáforas acerca de la marihuana” de Capusotto? Bueno, algo así.”

“Y respecto a la crítica literaria, no tengo nada contra esa diciplina, me molesta cuando se van por las ramas sin decirme nada del libro.”

“De acuerdo en el primer punto, lo que pasa es que las reseñas de libros la hacen escritores que se obligan a mostrar cuán buenos son y usan esa porción textual como muestra gratis de sus vuelos narrativos, poéticos, crípticos y filosóficos…”

Seguramente, para todo ellos está pensado un blog como el del librero humanoide. Allí encontrarán lo que buscan, satisfacción garantizada, como en Garbarino, o Red Megatone, no sé, un lugar de esos donde atienden con una sonrisa al cliente y éste se va contento, llevándose lo que fue a buscar, sólo lo que fue a buscar.)

Así, la función de este librero es aclarar el panorama, presentar la cosa. No es un crítico para sí, sino para el otro, existe porque hay un lector que va a leerlo —leerlo instrumentalmente hablando, quiero decir—, y no porque tenga necesidad él mismo de nada. Por ejemplo, de crear alguna cosa.
A esta altura es de perogrullo aclararlo, pero ante la andanada de lectores furiosos con la pretensión del crítico de ponerse de vez en cuando a escribir, hay que volver a decirlo: el crítico es, fundamentalmente, un creador. Que parta de una obra ajena para desquitarse del mundo, o crear otro, es lo de menos.
Pero el librero humanoide no es de esta clase de críticos. La “cosa” para él —la obra, el mundo— ya está creada, el libro, y lo único que puede hacerse es hablar de ella. Es decir, el librero deja de lado el aspecto autoral de la crítica para abrazar fervientemente el del destinatario.

Pero quizá se me esté escapando una cuestión esencial: el librero no es, después de todo, un crítico. Como su nombre lo indica, y por más que habite Marte y no la Tierra, él está para recomendar (un lector se lo dice en un comentario: “Esto es lo que necesitaba, alguien que me recomiende algunos libritos. Vos purificas nuestro oidos”), es decir vender, no para “aprovecharse” de la cosa ya creada y a partir de ahí intentar algo nuevo, como hacen los críticos magullados que tanto me gustan. El librero abraza otros aspectos de la crítica, como ya dije: el del destinatario: en pocas palabras, se concentra en lo que el lector promedio quiere encontrar cuando sale en busca de una crítica.

El interés informativo es lo primero que se nota en este tipo de lecturas, es decir la adquisición de datos, ampliar o precisar conocimientos —y si acaso permitirle al crítico evaluar, interpretar, juzgar, publicitar. Para el lector que se conforma con esto, el librero humanoide cumple una labor notable:
«Para el lector, el enunciado crítico es la voz de alguien que “tiene derecho” a ser un guía en el consumo literario independientemente de si se reciben sus opiniones aprobatoria o polémicamente. El papel de guía así entendido abarca —junta o separadamente— actividades publicitarias (“¿qué leer” o “¿qué no leer”?), operaciones cognoscitivas (la “interpretación” del hecho literario) y valorativas (el indicarle al lector en qué campo de valores ha de situar un hecho dado). Las relaciones entre esos elementos se presentan de manera diferente en los variados géneros de la crítica. En el nivel más bajo de las acciones críticas (las reseñas periodísticas) tienen una significación dominante los factores publicitarios» (Janusz Slawinski, “Funciones de la crítica literaria”, revista Comentarios, La Habana, 1994).
Por más que se traten sobre libros que por lo general valen la pena y no meros acontecimientos pasajeros, las reseñas del librero humanoide tienen una significación publicitaria, son meras reseñas informativas cuya virtud reside en que se leen como si fueran críticas. Están bien escritas, funcionan como los comentarios de la solapa del libro, es cierto, pero mejor. El consumidor de noticias o buscador de advertencias en las solapas o contratapas no es necesariamente un lector de críticas, pero tampoco quien llega a la página del librero humanoide:
«Los autores se refieren a la crítica periodística de varias maneras: reseña, comentario, glosa, recensión, artículo crítico o criticismo reporteril, sin que ello indique diferentes grados de profundidad. Pero sí habría que catalogar como subgénero la simple reseña informativa o gacetilla, variante noticiosa de la crítica, que se agota en la breve descripción de la obra, la mayoría de las veces copiada de la información de solapa, con una mínima extensión y generalmente sin firma. Algunos autores diferencian el crítico del reseñador y consideran a este último como un reportero que evita expresar sus opiniones, limitándose a la información. Se trata de una distinción artificial y discutible, apoyada en la clasificación de los géneros periodísticos como compartimentos estancos. Campbell B. Titchener establece esta diferencia pero con matices importantes, porque considera la opinión como parte imprescindible de la reseña. Según el profesor norteamericano, el crítico y el reseñador realizan funciones similares, pero desempeñan distintos papeles. El crítico es un especialista, que suele colaborar semanalmente en un suplemento o edición dominical; el reseñador, en cambio, integra el equipo de redacción del periódico y entre las funciones que realiza está la de reseñar nuevas obras. Tanto la reseña como la crítica son piezas subjetivas de escritura, pero la segunda supone un análisis más riguroso y profundo que la primera, según Titchener» (Mary Luz Vallejo Mejía, La crítica literaria como género periodístico, Ediciones Universidad de Navarra, 1994).

Pues bien, las pretensiones de rigor y de profundidad son, entre otras cosas, lo que permite diferenciar a los lectores entre sí. Qué busca cada uno responde a intereses particulares que se condicen con lo que interpretan que debe ser una crítica (palabra que en periodismo está más relacionada con el mundo artístico que cualquier otra y que por ello sirve —o se cree que sirve— tanto para analizar e interpretar, como para noticiar o publicitar obras y espectáculos). De todo esto surge que dentro del aspecto destinatario, donde el interés inmediato es el informativo, hay al menos dos tipos de lectores: el lector de reseñas y el lector de críticas; cada uno de ellos tendrá, conforme a sus particularidades, propósitos secundarios, atractivos laterales de la lectura informativa que motivarán una búsqueda específica en la reseña o en la crítica aparte de la simple búsqueda informativa. Para el lector, la crítica tendrá la función que sus intereses le asignen.
Las búsquedas que se dan junto a la información pueden tener que ver con cosas tales como la sugerencia (la reseña como gacetilla), la convalidación (que el reseñador corrobore nuestras ideas preconcebidas), la formación (la reseña didáctica). Debe de haber más, seguramente, pero estas son, me parece, las básicas.
Esta configuración sobre el tipo de lector es parte de lo que nos lleva a entender a la crítica como una pluralidad de valores. Así, la idoneidad de una crítica para con un tipo de lector determinará, en el universo significante de ese lector, qué es la crítica. La idea que cada lector tenga acerca de la crítica proporcionará un valor a la misma, una estimación que dependerá ante todo de los propósitos del lector.

El aspecto que deja de lado el librero, dijimos, o dije, es el autoral. Tal vez se pueda resumir este aspecto diciendo que la tarea del crítico que pretende escribir no es otra que la de transformar. ¿Transformar qué? Por empezar, la obra que tiene frente a sí. No tiene que ver al libro como un manojo de páginas y tinta, sino como la posibilidad de hablar de otra cosa, de él mismo, por caso, ¿por qué no?, o de lo que realmente le interesa, cualquier asunto que pueda ir más allá de lo inmediato, la obra que se le encarga comentar. Si el crítico tiene alguna razón de ser, ésta cae fuera del ámbito del saber práctico o instrumental, que es aquello a lo que precisamente nos obligan desde todos los ámbitos posibles. ¿Por qué el crítico va a limitarse a las pretensiones de un lector (dime de qué va el libro, por favor), o incluso del escritor que aguarda su opinión (quiero que me digas qué tal escribo, argumentando, por supuesto)? De aceptar tal cosa, o tales cosas, no sería más que un empleado, un eslabón más en la cadena de consumo, comparable al de un publicista, al de una marquesina, al de un premio literario, etc. O sea, aceptaría la fatalidad de la especialización y de la cooperación de las fuerzas laborales, el cumplimiento de un rol con el objetivo de mejorar la eficiencia.

El trabajo del librero es de esta clase, y lo cumple con frases como las que siguen:

“Hasta aquí puedo llegar sin decir nada que revele parte de la trama, pero que conste que la cosa apenas empieza. Lo interesante del asunto es que se resuelve de una manera totalmente inesperada, si es que puede decir que se resuelve….”
“Más que un libro, se trata de dar un paso adelante hacia lo desconocido. Una experiencia espiritual y psíquica, que, con algo de suerte, logrará emocionarte…”
“Una obra excepcional. Altamente recomendable…”
“Recomiendo ampliamente ésta obra a quien quiera escucharme. Tanto si te gusta el cómic, como si no, estamos hablando de una obra mayúscula…”
“En fin, si la consiguen, no lo duden…”
“En todo eso piensa uno cuando lee ésta pequeña joya. Tal vez mi amigo tenga algo de razón. No se la pierdan…”

Lo del librero humanoide, pues, es casi una tarea cívica, irreprochable, aunque a veces, como todo publicista, termine hablando de más, que es uno de los riesgos que corre todo reseñador que se deja de lado a sí mismo en pos de la obra que comenta.

Digo, ¿hace falta leer El caballero y la muerte, por ejemplo, después de algo como lo que sigue?
“El caballero y la muerte versa sobre un asesinato político. Han matado a Sandoz, el abogado del presidente. Tratándose de una figura tan poderosa, el mismísimo jefe de la policía y el vicejefe serán los oficiales que investigarán el caso.
Lo primero, las preguntas de rigor a los últimos que han visto con vida al abogado. Incluso cuando ello implique tener que entrevistar al presidente. ¿Es que, acaso, se puede dudar de él?
A medida que el caso avanza, se descubre el nombre de un grupo terrorista que se ha dado en llamar los hijos del 89, presuntos autores del crimen. Incluso más tarde capturarían a uno de los líderes de la banda terrorista. ¿Pero el caso está avanzando sobre rieles o se trata, en realidad, de una falsa pista?
Ahora bien, más allá de la trama, lo importante aquí no es el enigma policial a resolver. Quien así lo entienda, se pierde la mejor parte. A saber: asistir a la transformación psíquica y anímica que se opera en el personaje del vicejefe…”

En efecto, el librero no para de anticiparnos cosas, de simplificarnos la vida:
“Igual, que todavía le falta contar su experiencia como Sr. Maíz. Su reinado glorioso de veinticuatro horas.
Todo se reduce a aprovecharse de la ingenuidad de los fieles y reclamarles dinero y, con suerte, llevarse a la cama a alguna tucumana, paraguaya o boliviana que le guste.
Y así sucede…”

Otro ejemplo de lectura arruinada es algo como esto:
“La novela comienza con el llamado telefónico de Gloria a Fat. Gloria está recolectando pastillas de Nembutal, para poder suicidarse. Fat interpreta que esa es la manera que tiene Gloria de pedir ayuda. Le dice que tiene pastillas en su casa y le pide que vaya a buscarlas, con la intención de brindarle consuelo y persuadirla de su fin suicida. El año pasado, la esposa de Fat había muerto por culpa de las drogas y el mismo Fat está enganchado a ellas.
Esa noche en que, finalmente, se encuentran, Fat le pide a Gloria que se vaya a vivir con él. Gloria le dice que está bien, pero cuando regresa a su casa a buscar sus cosas, no vuelve. Al poco tiempo, Fat recibe un llamado del esposo de Gloria, anunciándole su suicidio.
La traumática experiencia significa mucho para Fat. Sensible a un nivel insólito, acaba teniendo una experiencia mística a través de la contemplación de una vasija de cerámica que le obsequiara una amiga suya.
A partir de aquí, la narración pierde cierta coherencia argumental. El libro comienza a ahondar en discusiones teológico-místicas. Discute con sus amigos hasta altas horas de la noche, a veces se ponen de acuerdo y a veces no. Los discursos sostenidos en los debates y las polémicas entre amigos, se mezclan con las teorías y las hipótesis del autor y del narrador sobre el misterio de la vida, convirtiendo la novela en un libro filosófico-esotérico…”

Para colmo de males, a veces el librero emplea un tono pedagógico, similar a lo que acostumbran los diarios de provincia en sus reseñas de películas románticas, dramáticas, del montón:
“Una bellísima obra que habla sobre la posibilidad del amor y la fatalidad del amor.
Una bellísima obra que habla sobre la hipocresía de ciertas posturas morales que encierran, en realidad, deseos libidinosos.
Una tragedia hecha de amores locos y desesperados…”

O apelaciones a la conciencia del lector que se demuestran en reseñas como esta, para hablar de un libro que al fin no le ha gustado… o sí:
“Te hablo a vos, mi vida. A vos, que leíste yonqui de burroughs y lo toleraste bastante bien. A vos, que incluso llegaste a reírte con algunos episodios de Palahniuk. Te hablo a vos, muchachitx locx posmodernx que crees que lo has visto todo y que ya nada te puede sorprender. A vos que leíste a Bataille, a Genet, a Selby. A vos que ya nada te puede shockear. Tus inocentes ojos ya han visto demasiado y sin embargo, sabes que no es suficiente. Necesitas algo realmente gore. Algo que realmente te haga cagar en los pantalones del asco y que te repugne hasta el vómito. Necesitas un libro realmente “salvaje” que te trastorne el cerebro, que te descomponga físicamente, que te asquee. Pues aquí está Dennis Cooper. Un escritor realmente escalofriante, que te dejará sin aliento. ¿Hay alguna necesidad de ser tan obsceno? Todo el libro es un golpe bajo. Innecesariamente explícito, minucioso en detalles que sería mejor obviar. Un libro inmundo. Pero también son éstos libros los que te sacuden las ideas…” (En realidad, todo le termina gustando al librero, como si estuviera impedido de elegir mal: “Detrás del velo hay una historia de violencia, de traumas familiares, de negación paterna. Hay una historia sofocante, inevitablemente triste, amarga. Y sin embargo es una obra grandiosa…”)

Y por más que no invente, nunca se queda sin material. Incluso cuando está frente a una obra que se rehusa a ser tratada, como El frasquito, se las apaña para contarnos algo:
“¿De qué se trata? Bueno, para empezar, no es posible definir a ciencia cierta al narrador. Tampoco es posible definir un argumento. En realidad, no hay acción ni nadie que relate los hechos. ¿Qué es lo que hay? Una especie de monólogo interior. Un fluir de recuerdos y pensamientos, entremezclados con fantasías. La dificultad está dada cuando, sobre esa base, resulta que no hay una única voz, sino al menos tres voces que recuerdan. Y se vuelve bastante difícil identificar cuándo ha callado una, para dar paso a la otra. Incluso en un mismo párrafo hay oraciones que pertenecen a una voz y oraciones que pertenecen a otra.
Hay dos hermanos mellizos. Uno ha muerto y el otro no. El que sobrevivió y el que murió dan cuenta de sus propias experiencias. También hay un tercer personaje. Mas luego no queda claro cuál de los tres está narrando y tampoco queda claro qué es lo que está narrando. ¿Se trata en realidad de una única voz? Tal vez…”

Pero a veces el librero se apiada de sus lectores y logra frenarse, no del todo, eso sí, pero al menos deja un poco de margen para que el lector descubra cosas por sí mismo:
“Kien decide irse de la casa por un tiempo y en un bar de mala muerte conoce a Fischerle. Personaje todavía más entrañable que Kien. Fischerle es un enano jorobado y tullido obsesionado con el ajedrez. Fischerle está convencido de que merece ser el campeón de ajedrez del mundo y que, si tuviera oportunidad, le demostraría a Capablanca su superioridad. En lo único que piensa es en ahorrar dinero para poder viajar y tener la oportunidad de enfrentarse a Capablanca. Cuando conoce a Kien, intenta persuadirlo de juntar fondos para su proyecto. A cambio, puede acostarse con su mujer, si quiere. Kien no quiere saber nada con las mujeres, pero está dispuesto a ayudar al enano. Fischerle se sorprende de que Kien tenga dinero y se hace amigo de él, mientras planea cómo estafarle su fortuna.
En fin, otro tanto sucede, pero no quiero arruinarles la sorpresa. En verdad es una obra impresionante. Dotada de un humor corrosivo, dinámica y absurda, compleja y grandiosa. Irreal y napoleónica. Una novela única, difícilmente olvidable…”

Aunque lo que más abunda son las reseñas en las que el librero no se apiada en absoluto y se empeña en contar, contar y seguir contando (tal vez los lectores acostumbrados a cosas como El Amante, revista que no tiene empacho alguno en contar por entero una película si con eso salva su crítica o demuestra algo, no tengan problemas en disfrutar de lo que hace el librero. Yo sí tengo.):
“El argumento de la novela es confuso y laberíntico, como la vida misma. Se puede decir que el protagonista emprende un larguísimo viaje hacia París. (Un París completamente irreal y onírico). Se ha olvidado la razón por la que ha emprendido su viaje, aunque eso ha dejado de importarle. Se toma un taxi, aunque el chófer se descompone y muere. Un remolque ofrece llevar al protagonista a donde van a parar todos los menesterosos, pobres y desesperados: El asilo. Allí se instalará. El recepcionista, que también es una especie de Cura, le ofrece mirar un catálogo donde podrá elegir una puta que le haga compañía. Elige una. Decide tomar un baño y, al rato, oye unos golpes en la puerta. Se trata de otro huésped, que le explica los pormenores del asilo donde ha ido a parar. Según parece, de allí no se puede salir. Incluso, hay unos centinelas armados vigilando día y noche la puerta. Los huéspedes se ven forzados a convertirse en mártires a la fuerza. Son como una especie de monjes viciosos y perdidos. Le pide que le deje quedarse a su lado. El protagonista accede. Luego hará su aparición Angeline, la prostituta que le correspondería al protagonista. Al encontrarse con el otro huésped, se saludan y se ponen a conversar. Son viejos camaradas, conocidos de toda la vida. El protagonista lamenta ser aguafiestas, pero se siente con derecho a reclamar lo que le corresponde.
La prostituta resulta ser, en realidad, una pieza fundamental en un complejo entramado de conspiraciones inciertas. Sea como fuere, pertenece a la Resistencia. Aunque no queda claro de quién contra quién o contra qué, se hace evidente que hay una guerra y ella forma parte de la resistencia. Negocia con el protagonista la posibilidad de escapar del asilo a cambio de que éste acepte ser intermediario…”

Cada crítico puede hacer de su actividad (estoy tentado en llamarla “arte”, pero por ahora me aguanto) un fin en sí mismo o bien un medio para llegar a un fin. No estoy hablando meramente de ideología, todo crítica es ideológica y ya no sé si vale la pena mencionar la palabrita. De lo que estoy hablando es de la justificación de esta actividad… un arte, pongámosle… arte o actividad que debería carecer de otra explicación que no fuera la voluntad de ser ella misma lo que es, algo que debe valer por sí, independientemente de la presunta necesidad de que allá fuera haya alguien que nos esté esperando para contarle o explicarle alguna cosa. Por ejemplo, cómo leer un libro, qué esperar de él, con qué vino acompañar tal platillo y cosas así.
Sin embargo, pareciera ser que la única justificación posible de esta actividad… que ya no tengo tantas ganas de llamar “arte”… es la de brindar un servicio.
Y tengo al menos para mí que si sólo de esto se trata el librero humanoide lo hace mejor que nadie.

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