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febrero 27, 2009 / Roberto Giaccaglia

Escribir, y que SEA lo que SEA

El otro día recibí un mail raro, un spam en toda la regla, por supuesto: Amigos escritores y artistas: este miércoles 25 de Febrero nos reuniremos en la Biblioteca Córdoba (27 de Abril 375), a las 17 horas, para charlar sobre los requisitos para ser aspirantes al otorgamiento del beneficio de la Ley de Reconocimiento Artístico. Si conocen a algún artista o escritor que no sepa de la aprobación de esta ley ni de los requisitos necesarios, por favor, avísenle. y no olviden que la convocatoria será sólo durante el mes de Marzo, en este año. El próximo, no se sabe.

Empecé a buscar, para ver de qué se trataba, y me topé con que la del “reconocimiento artístico” es una ley aprobada el 17 de diciembre pasado en la Legislatura de Córdoba, y que permitiría ganar a quien haya cumplido los 65 años (y acredite al menos 15 de años de residencia en la provincia) y haya pasado por lo menos 25 de ellos pintando o escribiendo unos tres mil pesos por mes —todo esto si es que el postulante no recibe ya otra jubilación o pensión de la provincia por haber realizado otro trabajo, por ejemplo el de banquero, que como todo el mundo sabe es más aburrido pero redituable —eso sí, si la jubilación que ya percibe es de la nación no hay problema.

Lo que uno piensa ante noticias como esta, en forma inmediata y estúpida, es que seguramente no se les dará a todos el beneficio así como así, por más que la persona se presente munida de su pluma fuente o de su paleta de artista. Que las conciencias bienpensantes queden en paz: al parecer habrá una comisión encargada de evaluar los méritos literarios o artísticos del postulante a la jubilación, así que no habría problema.

Pero enseguida la conciencia bienpensante le hace lugar a cuestiones más importantes, o que realmente valen la pena.
El problema, uno de los tantos, es que hay muchas personas que se han pasado los últimos 25 años pintando o escribiendo, o esculpiendo, por ejemplo. Es más, yo tengo un vecino que tiene más de setenta y que se jubiló hace rato, trabajaba en algún tribunal de su provincia, se vino a vivir aquí y viene desde los cuarenta más o menos esculpiendo en madera unos garabatos bastante bonitos, que a veces dona a escuelas o logra encajar por ahí, en alguna plaza donde sobre lugar. Me pregunto si merece estos tres mil pesos por haberse dedicado con pasión a su hobby durante tanto tiempo. Me mostró incluso notas que le hicieron en un par de revistas de su provincia, donde aparece sonriente al lado de sus creaciones. Trayectoria tiene, eso es innegable. Al menos si uno le pregunta sobre eso, su “trayectoria”, mi vecino no dudará en decir que ésta le sobra, así que para él, al menos para él, merece la jubilación como el que más. Pasión y dedicación, por lo menos, no le faltan.
En mi trabajo como corrector he conocido ejemplos parecidos. Señores y señoras que vienen escribiendo desde hace rato y que más pronto que temprano estarán cumpliendo los 65, con un montón de libros con su nombre a sus espaldas. La mayoría de estos libros son muy malos, y hay algunos que hasta terminaron de ser escritos por varias manos —“escritores fantasma” les llaman a quienes se encargan de esta tarea que el autor no puede concluir—, por más que en la tapa, repito, aparezca una sola firma.
¿Merecerán todos ellos la jubilación?
¿La merecerán los escritores fantasma, que sí que trabajan y que sí son explotados por las editoriales?

Esta es una de las tantas cuestiones con las que se verá la comisión, la cual, por otro lado, deberá operar magnánimamente, es decir como una especie de dios estético, por lo que, evidentemente, nunca deberíamos conocer sus nombres en vida, ya que operarán desde el Olimpo y desde allí señalarán con el dedo quién sí y quién no. De otra manera, todas sus decisiones serían injustas, o al menos cuestionables. ¿Cómo saber, por caso, si no benefician a nadie por amiguismo? ¿Cómo saber, por caso, si no dejan afuera a algún genio oculto, tan sólo porque no entienden lo que escribe o lo que pinta? ¿O cómo estar seguros de que no serán los defensores del proyecto —la SEA de Córdoba (Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina), de donde me llegó el mail—, los inmediatos beneficiados, por más que a los libros de esta gente los hayan leído nada más que sus familiares y amigos?
La comisión, la cual será Ad honorem, estará integrada por cinco (5) miembros titulares y cinco (5) suplentes, todos de “reconocida trayectoria” —aquí se trunca la necesidad de que sean dioses— y elegidos por cada uno de los estamentos que representen —¡aquí también!—: a) Dos (2) por la Secretaría de Cultura de la Provincia de Córdoba u organismo que en el futuro la reemplace; b) Un (1) legislador designado por el Poder Legislativo, a propuesta de la Comisión de Educación, Cultura, Ciencia, Tecnología e Informática de dicho Poder; c) Uno (1) por instituciones académicas públicas provinciales y nacionales, en forma rotativa entre titular y suplente, y d) Uno (1) del medio artístico cultural de la Provincia de Córdoba.
¿Dejarán en algún lado asentados sus gustos y/o preferencias? ¿Contarán con algún don divino para no equivocarse? ¿Les importará realmente no equivocarse? ¿Ser del “medio artístico” garantiza en algo la idoneidad para elegir o vetar a un artista, o acaso lo garantiza ser parte de una secretaría de cultura, cuyos miembros vaya uno a saber cómo se seleccionan? No quiero hacerme la misma pregunta respeto a un legislador, pues en la mayoría de estos casos la pregunta suele ser retórica.

La ley de Reconocimiento Artístico habla de “requisitos particulares para cada disciplina”, por ejemplo las cantidades producidas de títulos de libros, de puestas teatrales, de lo que sea, como si la aglutinación de obras fuera un factor a tener en cuenta. El pobre Rulfo no habría pasado por este tamiz, por ejemplo, o el bueno de Salinger, pero conozco a muchos para quienes la cantidad de objetos “artísticos” producidos no representaría problema alguno. En realidad, al menos leyendo el boletín oficial donde salió la noticia —miércoles 21 de enero de 2009—, no se espera de los “creadores” más que cantidad. Así, el escritor debe haber publicado al menos cinco (5) libros al momento de solicitar la jubilación y el pintor haber participado por lo menos de veinte (20) muestras, propias o colectivas. Además de esto, debe contar con cierta “trayectoria pública”, lo que en estos tiempos no es muy difícil de lograr, como lo demuestran las notas que le han hecho a mi vecino. Pero eso no es lo importante, la cuestión es si esta acreditación de trayectoria pública importa realmente o significa algo. La popularidad no es garantía de nada, como tampoco lo es la cantidad. Por ejemplo, a la señorita Cumbio, además de tener que venirse a vivir a Córdoba, le hace falta solamente escribir cuatro libros más, o que se los escriban, para aspirar a tener una jubilación asegurada.

A casi nadie le ha ido bien escribiendo o pintando, a no ser que uno se llame Federico Andahazi, por poner el primer nombre que se me viene a la cabeza, en cuyo caso no creo que uno necesite una vez cumplidos los 65 pensión alguna, pero resulta ser que la ley no “discriminaría” a estos escritores de fama o fortuna —incluso tampoco discriminaría a los que sólo contaran con fortuna. Así es, esa es la palabra que usaron, “discriminar”, porque resulta ser que es un premio al “mérito”, no a las ventas o al éxito. ¿El mérito por haber escrito, entonces?
¿Tiene un mérito el mero hecho de escribir, o de haber escrito? ¿O lo tiene haber vendido mucho? ¿Qué es lo que justifica, a la larga, que uno reciba tres mil pesos por mes si ha escrito o pintado durante al menos un cuarto de siglo? ¿El número de objetos realizados? ¿El número de objetos vendidos? ¿La calidad de los mismos?
Como si no fueran pocos los problemas, aquí aparece otro: ¿cómo hacer para no pifiarle en el asunto de la “calidad”, cómo determinarla, en base a qué? ¿Le habrían dado la jubilación a Roberto Arlt? ¿Algún legislador habría sido tan visionario de otorgar un reconocimiento a alguien que vendría a tenerlo muchos años después de muerto? ¿Se la habrían dado a Macedonio Fernández, un prolífico autor casi sin obra? ¿O se la darían hoy al propio Juan Filloy, cordobés, quien se hizo más conocido por vivir mucho que por los libros que escribió?

Encima hay otro asunto, tal vez el que más interesa: ¿es escribir realmente un trabajo?
Hay algunos que opinan que sí, por ejemplo el ya mencionado Federico Andahazi, quien dice que el del escritor es un trabajo como cualquier otro.
Bueno, si a uno le encargan la composición de determinado libro, por ejemplo uno donde aparezcan cuentos sobre hombres casados, porque resulta ser que el editor ha visto que dicha temática tiene cierto filón, se puede decir que escribir es un trabajo, uno al menos en el que se es comandado por un jefe que espera de uno determinados resultados, luego de los cuales se espera recibir cierto salario y realizar ciertos aportes, en virtud del tiempo destinado a la tarea el primero y en virtud del monto percibido lo segundo.
También es posible entender la tarea del escritor como un trabajo si éste se empeña en producir —sí, “producir”— libros destinados al género best seller. Cualquiera con un poco de mano sabe más o menos cómo producirlos. La categoría de “best seller” ha dejado de ser un logro para pasar a ser una clase de literatura desde hace rato, libros que salen con determinada temática, forma y contenido, hasta número de páginas y diseño de tapa. Hay escritores que se encargan de elaborar libros así y supongo que ellos sí tienen un trabajo como cualquier otro.
Pero resulta ser, al menos para mí, que estos escritores son los menos meritorios de todos.

El señor Eduardo Mileo, poeta, titular de la SEA, defensor de la jubilación paga del escritor, no hace reparo alguno entre una clase de escritor y otra, para él todos son trabajadores: “La mayoría de los escritores no asegura su sustento, ni mucho menos su retiro, con su oficio. Sólo logran esa condición los pocos que alcanzan el éxito editorial. El resto debe apelar a otras tareas para sobrevivir, o quedar directamente desempleados. Los escritores tampoco cuentan con los subsidios necesarios para desarrollar sus actividades; mucho menos, la difusión de su trabajo en los medios de comunicación, cuya ‘política cultural’ está regida por el beneficio privado”.
Me gustaría pensar que la mayoría de los escritores ya sabe que escribir no asegura sustento alguno, a no ser, otra vez, que estemos hablando de los empleados de las grandes editoriales, o de profesionales creadores de éxitos. Y también quisiera pensar que no hay escritor que crea en la posibilidad de que se lo va a subsidiar por el mero hecho de que sienta que tiene algo para decir o alguna cosa semejante. Eso lo transformaría en mesiánico, o directamente en un trastornado. Y ya extralimitándome en mis deseos, quisiera creer que no debe de haber muchos escritores que sientan que los medios de comunicación les deben un espacio… medios que, se sabe, y sobradamente, están regidos efectivamente por el beneficio privado… al igual que el 99% de los escritores… ¿o todavía piensa el señor Mileo que se escribe pensando en el beneficio del otro? Si así fuera, ya que estamos y por empezar, los escritores que tanto le gusta defender a Mileo entregarían gratis su “trabajo”… o permitirían que se hicieran fotocopias de sus libros, para acercarlos a la mayor cantidad de gente posible —pero la mismísima SEA viene peleando más o menos desde que nació contras las fotocopias, o sus equivalentes.

Involuntariamente, en esta nota que Mileo escribe con la esperanza de que los escritores se “organicen”, el titular de la SEA acerca un concepto: “albañiles de ficción”. Él lo usa para otra cosa, pero al menos a mí me resulta muy útil para aplicarlo a cierto tipo de “escritores”, no precisamente a los que escriben por vocación o porque se les va el alma en ello. Los albañiles de ficción, para mí, son los que hacen libros por encargo, que vaya uno a saber por qué se llaman escritores, y no escribas, o escribanos, ya que su tarea es redactar documentos. Estos, al ser ya empleados de editoriales, deberían pues percibir una jubilación, algo más que justificado, por lo que no necesitarían esta que se les quiere regalar. Pero esa, otra vez, no es la cuestión.
La cuestión es que en realidad no sé por qué un escritor, o un pintor, tendría que ser reconocido como un prohombre y recibir del Estado más dinero que alguien que haya trabajado en serio. No me vengan con sandeces. Una cosa es sudar sobre un teclado o un lienzo y otra muy distinta es dentro de un pozo, o en un aula, o al volante de un colectivo. Las dos primeras se hacen porque uno quiere hacerlas, o, mejor dicho, porque puede, las otras tres se realizan porque a uno lo obliga el bolsillo, no porque en esencia las disfrute o signifiquen una gratificación espiritual o constituyan la expiación de determinados fantasmas. En las dos primeras, uno se hace de un tiempo para poder realizarlas, porque tiene ganas, porque son actividades que valen de por sí, pero en las otras tres el tiempo es absorbido por ellas, por lo que no suele quedar nada para cualquier otra cosa, por ejemplo escribir o pintar. En las dos primeras, la vida propia se regenera, de una manera u otra, en las otras tres la vida se diluye, se va, no vuelve.
Nadie entrega su vida a la literatura o al arte porque haya ahí afuera alguien que lo obligue a ello, lo hace porque cree que puede hacerlo, o bien porque hay dentro de sí una necesidad no monetaria que lo empuja sin condiciones de ninguna clase. Es una elección, o en todo caso, poéticamente hablando, una fatalidad, que tiene que ver con el espíritu y con cuestiones que no puede tratar ninguna ley ni ningún legislador. Y que cuando son explicadas por gente que quiere recibir subsidios por haber hecho eso toda su vida se embarran.

Una salvedad: debe de haber, seguro que hay, escritores o artistas cuya obra es valiosa, emociona, hace pensar, etc., y que hoy se están muriendo de hambre o algo parecido y no tienen forma, por la edad, por lo que sea, de procurarse un sustento decente. ¿No se los puede encontrar sin necesidad de una ley que a priori suena demasiado abarcativa, injustamente inclusiva? ¿No se los puede ayudar sin una comisión de notables y sin que personas poco notables sean también beneficiadas?
(Algo me dice que aquellos escritores o artistas que más merecen el beneficio son los que menos saldrán a buscarlo.)

No hace mucho estuve en un hotel tapizado de pinturas de un artista plástico ya mayor, que se ufanaba de que sus obras adornaran hogares de Europa y de los años que lleva pintando. Mencionaba pues su trayectoria, dejaba su teléfono y el precio de las obras exhibidas. La más barata costaba unos dos mil pesos y casi todas eran feas, algunas muy, y no eran muchas las que se salvaban de ser algo más que mediocres. Pero sin embargo este artista, con sus años, sus papeles y su cantidad de obras, podría seguramente reclamar la pensión que vendría a otorgar esta ley, siendo que no creo que haya hecho por el gusto y/o por la educación estética de nadie más que el maestro ignorado de música que todos los días les pone a sus alumnos un disquito como la gente y les enseña a ver el arte de otra manera. Un maestro que, encima, realiza aportes jubilatorios, cosa que el pintor que cobra barbaridades por sus cuadritos seguro que no. ¿Hay por ahí aunque sea en proyecto alguna ley que reconozca el esfuerzo y el mérito de un maestro así?

Por otro lado, esto de que unos cuantos escritores se amontonen para defender sus derechos me suena a gremio mal parido. O a voluntades unidas no por el amor de su labor, sino por el espanto de quedarse con los años sin una reserva monetaria que los ampare —no es la culpa de nadie si no supieron dedicarse a algo redituable o productivo en serio y lograr con los años un buen pasar. Si esto último se debe a sus “capacidades superiores”, o “anti pragmáticas”,  lo mismo da.
Mileo dice que “cualquier trabajo está regido por el salario, del cual se descuenta un porcentaje para depositar en una caja de jubilaciones. Un escritor debería poder vivir de lo que hace”, y se lamenta de que los escritores estén obligados a tener un trabajo “para poder cumplir con su imperativo artístico”. ¿Y desde cuándo el imperativo artístico de nadie es más importante que el sustento de una familia, cosa que para la enorme mayoría de las personas es lo que obliga a tener un trabajo? ¡¿O desde cuándo, peor, escribir o pintar debe estar regido por un salario?! Me gustaría decirle a Mileo por qué cosas está regido el escribir o el pintar, pero vaya uno a saber si lo entendería.

Lo de “Amigos escritores y artistas”, con lo que se encabeza el mail que recibí, invitándome a una congregación en pos de un beneficio que no sé si toda esta gente merece, me suena a manotazo de ahogado, a manada a las apuradas, a un lobby encarado por una asociación que juega a representar lo que a priori no tendría forma de ser representado (ni tampoco un porqué): un escritor. Al mail lo firma una tal Eugenia Cabral, de quien vengo a enterarme que, aparte de ser autora de unos cuantos libros de poemas que no sé cuán bien le han hecho al mundo, o si merece reclamar por ellos, es la presidenta de la SEA Delegación Córdoba, con lo cual está casi todo dicho.

Lo que sucede es que tanto Cabral, como Mileo, como cualquiera de los escritores aglutinados en torno al pedido de jubilación, creen que la sociedad los necesita, que la sociedad los reclama, que no puede vivir sin ellos, puesto que la literatura hace falta, como la música, o las películas. Es cierto que todo ello hace falta, que la vida sería bastante más insoportable de lo que puede serlo sin un libro o un disco, pero también es cierto que la actividad artística no puede medirse con los mismos parámetros con los que se mide la actividad de un tambero, o de un médico —otra cosa que es cierta es que si bien la literatura hace falta, o la pintura, no es lo mismo cierta literatura que otra, o cierta música que… etc., de lo que se desprende, en efecto, que hay literaturas, músicas, pinturas de las que podemos fácilmente prescindir sin que por ello nuestra alma se eche a perder o se empobrezca nuestro espíritu.

Los productos lácteos son más necesarios que un libro, si vamos al caso, y nadie se preocupa porque el tambero perciba en un futuro una jubilación como la gente, para no hablar de los médicos o de las enfermeras, cuya tarea ya no puede tildarse de necesaria, sino de esencial. Estos trabajos sí necesitan ser remunerados para seguir haciéndose, pero no lo creo tanto en el caso del artista. Al menos de la enorme, gigante, colosal mayoría, pues la titánica cantidad de gente que es artista por el mero hecho del propio placer o porque se da un gusto —mi vecino, por ejemplo, o muchos a quienes las editoriales escaldan para que se den el lujo de ver su nombre en letras de molde—, no espera realmente que alguien le pague por eso —pueden ser soñadores, pero no utópicos hasta la estupidez.
Ciertamente, de esta “producción” de artistas porque sí puede salir algún día un Roberto Arlt, o su equivalente pictórico o musical, alguien que a los 65 años termine en la lona, muerto de hambre y enfermo, alguien a quien descubriremos tarde, como siempre, y a quien leeremos con más gusto y dedicación que a laburantes de verdad, como Federico Andahazi, pero esa es, señores de la SEA, o “amigos escritores”, la historia de todo artista que se precie de tal: no esperar nada a cambio, jugársela, ir contra todo, correr el riesgo, que al final del camino no haya una cama mullida, ni una jubilación de tres mil pesos, sino la asfixia, como asegura Vila-Matas que decía Canetti, para quien el escritor de verdad no reclama laureles, sino, meramente, el silencio.

8 comentarios

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  1. Juan Secaira / Feb 27 2009 10:39 pm

    EStimado Roberto: has dado en el clavo, el escritor, además, es un solitario por excelencia y como tu dices no es lo mismo escribir por encargo que plantear una obra de autor. Y esos llamados, por acá también los hay, suenan a amiguismo o a compromiso, llevado por la cantidad y asumo yo porque la obra no genere ninguna incomodidad. ¿le darían la tal jubilación a un tipo como Bukowski, por ejemplo? O a Bolaño?, intuyo que no. Lo mejor del arte y la literatura es que no sirve pata nada, es decir, no se adecúa al sistema, y a la vez lo es todo. Saludos

  2. Eugenia Cabral / Mar 26 2009 3:34 am

    ¿Y vos quién diblos te creés, Giaccaglia? Por lo menos hubieras tenido los cojones de responderme a mí, directamente, todo eso por mail. ¡Maricón!
    Eugenia Cabral

  3. Gonzalo Toani / Mar 27 2009 2:03 pm

    Qué educada esta señora, ojalá se jubile pronto, como merece (o merecemos).

  4. Eugenia Cabral / Ago 19 2009 5:10 pm

    Le respondo al Sr. Toani y al Sr. Giaccaglia, quien, por lo visto, no ha retirado aún sus oprobiantes conceptos de este maravilloso medio de comunicación que es internet: Sí, soy muy educada, jamás falto el respeto a mis colegas. Pero también tengo el derecho de enojarme hasta el insulto con personas tan hipócritas y malintencionadas como Giaccaglia quien, lo reitero, jamás tuvo la decencia de dirigirse a mí en forma directa ni a Eduardo Mileo, uno de los mejores poetas de nuestro país. Los conceptos de Giaccaglia son propios de los tiranos que sólo justifican sus propias ideas e inclinaciones y estigmatizan las de quienes levantan ideales, aunque no se coincida con ellos. Y ya llevo demasiado tiempo dedicado a una persona tan poco útil (ya que él habla de utilidades) a una sociedad que necesita de más derechos culturales y artísticos y no de menos. Si los disminuimos, quedaremos al borde de la miseria cultural. Algo que, por lo visto, a Giaccaglia no le preocupa, pero a mí, que no hago me importa a quién haga feliz con mis poemas si no a quién haga pensar con ellos o que por lo menos me ayuden a mí misma a pensar, sí me preocupa. La literatura ni el debate se hacen con palabras bonitas, se hacen con verdades.
    No me importa ya, señor Giaccaglia, que usted sea capaz de comprender mis palabras, pero lo insto a que retire sus textos de internet, porque está manchando mi buen nombre y honor y el del Sr. Eduardo Mileo.
    Eugenia Cabral

  5. M.L. / Ago 21 2009 3:19 pm

    Por supuesto, el escritor debería entender que su actividad es eminentemente no-comercial: lo hace porque quiere, nadie lo demanda. Si esperara cobrar por ello o solo tuviese eso en mente me pregunto cómo le saldrían los libros.

  6. Andrés / Ago 27 2009 5:20 pm

    Nada, nada, a laburar, y a llorar a la biblioteca. mucha razón en esto, sí señor. escribe el que quiere, pero también el que puede: ¡no los vamos a andar subsidiando por lo que eligieron ser!

  7. Raúl / May 21 2010 6:37 pm

    Buscando en número de esta ley, encontré este sitio y al entrar me encuentro con este tema y si bien no es mi intención polemizar, me pregunto; este señor Giacagglia: ¿tendrá una opinión diferente para las jubilaciones de privilegio de personas tan importantes y útiles al país como el abogado que nunca ejerció, Mariano Grondona, quiene studió en una universidad estatal y brega porque hoy la privaticen? Digo, o quizá esté subido a alguna montaña, donde falta el oxígeno y sus neuronas deliran.

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  1. Por qué se escribe (o en todo caso “para qué”) « Crítica creación

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