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marzo 22, 2009 / Roberto Giaccaglia

Antinovela sobre la tristeza en el arte (2)

Previously on Lost…

Después de terminar la novela Los que pierden, al día de hoy inédita, me puse a escribir dos cosas, una que llevaría por título Las bailarinas marxistas, y otra que llevaría por título La luna es un país redondo, o a lo mejor Los infiltrados. Todo es tentativo en esta vida. Digo que estas novelas o comienzos de novelas pueden ayudarme a ilustrar mis ideas acerca de la tristeza porque son novelas tristes. Todo lo que hago es triste….
En realidad, todo lo que hacía. Ahora sé que lo que carece de humor no resiste demasiado, ni el paso del tiempo, ni la paciencia del lector. Además suele ser banal, pretencioso y lastimero. Una obra sin humor suele ser pasto de la cursilería, de la solemnidad sin matices, que es más o menos lo mismo. Pero bueno, son épocas.
Incluso me invitaron cierta vez a participar de una charla cuyo título era algo así como “Los escritores jóvenes y la tristeza”, o a lo mejor era “melancolía” y no me acuerdo bien, pero ahora, por suerte, me reiría de un título así y aduciría cualquier cosa para no ir, la enfermedad de un tío, el casamiento de otro, un velorio, un nacimiento, lo que fuera.
Esa vez me acompañaba Hugo Rabbia, buen escritor. Pero Hugo Rabbia, haciendo caso omiso al tema de la charla, dijo en realidad que él disfrutaba cuando escribía, así que el tema de la charla terminó yéndose al carajo. Yo había preparado un largo escrito para esa charla, que la moderadora que nos tocó, Susana Chas, no me dejó leer entero. Hizo bien, por supuesto.
Me cortó en seco, porque al parecer iba a faltar tiempo para que se explayara el otro escritor, que llevó lo que iba a decir en un papelito lleno de flechas, dibujos, tachaduras, un papelito que desabolló de su bolsillo y que lo que menos tenía eran palabras. Había nada más que manchas azules, pero él leyó algo ahí, o improvisó a partir de las flechas, los dibujos y las tachaduras.
Como sonrió durante casi toda la exposición, de la presunta tristeza que lo embargaría al escribir, asunto por el cual lo habían invitado, no quedó nada, y al final todos terminamos haciendo chistes o algo parecido a eso, reduciendo a cero o a otra cosa el tema que nos tenía presentes allí.
La moderadora había escrito de mi novela que era una mirada descarnada y pesimista hacia un mundo sin amor, expulsador y violento, degradado y egoísta. Y sobre la novela de Rabbia había dicho que se trataba de una desolada cosmovisión acerca de la generación actual.
No sé en qué se inspiró Hugo para hablar de la generación actual, o siquiera si es cierto que habla en su novela de la generación actual, yo no estoy tan seguro, aunque sí sé qué le impulsó a escribir la novela: un chico que tardó diez meses en nacer.
Juró ante el público que la historia era cierta. Dicho personaje, que no es un personaje, sino una persona que él conoce bien, le contó que se había pasado un mes más de lo que usualmente se pasan los bebés de todo el mundo en la panza de sus madres, y que ello seguramente podía significar una sola cosa: se había esforzado realmente en no nacer, mucho más que cualquiera. La mayoría de los bebés supera este problema relativamente enseguida, pero él, al haberse esforzado tanto, todavía no estaba seguro de haberlo superado, por más que hiciera varios años que había dejado de ser un bebé. No debe de haber nada tan triste, pensé, mientras Hugo se reía con la historia, y hacía reír a los demás, como ser escindido de un mundo acogedor, tibio y seguro. La de este bebé permaneciendo diez meses en la panza de su madre era una historia de una lucha agotadora, que de antemano no podía terminar bien. La persona de su libro, la persona verdadera, todavía estaba buscando qué era lo que había salido mal, por qué razón lo habían expulsado, por qué razón estaba viviendo afuera.
Mi novela, en cambio, ambientada dentro de un infierno, nació no de una historia increíble, sino de lo que veía todos los días, o de lo que escuchaba, y nada de eso era pintoresco o gracioso. No es gracioso, por ejemplo, participar de una charla en la que una señora dice muy suelta de cuerpo que le encantaría ir al velorio donde se velan tres cuerpos, porque nunca había estado donde se velara más que uno. Yo lo escuché, y lo puse en la novela. En mi pueblo había habido un accidente, y tres chicos habían muerto. Y esta señora estaba ávida por ir a ver cómo era eso de que se velaran tres cuerpos juntos.
Es imposible no ponerse a escribir sobre eso alguna vez, a no ser que uno logre incorporar dentro de sí el mal, la desesperación, el agotamiento, subsumirlos, transformarlos en otra cosa y seguir adelante sin tener la necesidad de hablar de ello nunca. A veces es más o menos fácil hacer de cuenta que no pasa nada, o que no pasó, pero otras es imposible.
Catarsis, le llaman. Los griegos sabían de ello, lo útil que puede ser, por lo que con sus tragedias les daban a los espectadores lo que habían ido a buscar, algo así como una purificación de su sistema nervioso a través de la purga que presume la ficción.
Desde entonces, el tema de la angustia en el arte está, creo yo, íntimamente relacionado con esto de la catarsis, palabra que explica muy bien no sólo por qué el público acude a la ficción, sino también por qué alguien querría ponerse a escribir… o a cantar, o a lo que sea —también, como señalé al mencionar la “actividad” que la ficción presume, podríamos hablar de “purgación” en vez de “catarsis”, al menos si quisiéramos hacer el término más liberador… y también más doloroso, por qué no.

Uno escribe ficción pensando en la realidad porque nadie se purga de ficciones, sino de dolores verdaderos. Y la ficción no es otra cosa que la transformación de la experiencia, propia o ajena, a través de la imaginación. Tal vez, por qué no, la mezcla de imaginación y de experiencia sea el nombre que en literatura le damos al conocimiento.
Berna, uno de los personajes de mi novela, lo dice claramente a la hora de poner en claro su vida: A ver, memoria. A ver, fantasía. Está invocando a dos musas, a dos formas de conocimiento. A través de ellas, Berna quiere saber más de sí misma, de dónde viene, o quién es realmente, y también cómo es la gente que la rodea.

Quizá la práctica de la escritura sirva entonces, de paso, para conocerse… Cierto poeta decía no saber qué es la poesía, pero aseguraba que se le podía preguntar a la poesía quién era él. Claro que uno, conscientemente o no, intenta conocerse escribiendo pero conocerse una vez ya limpio, despojado de temores, de rencores… despojado, en suma, de recuerdos que lo entorpecen. O sea, saber quién es uno luego de la catarsis, de la purgación.
Quedar como un fusil recién disparado, decía Pavese, que aún se sacude y humea. Vaciarse, descargarse, desquitarse, liberarse, escribiendo acerca de los miedos, propios y ajenos, esos de los que uno irremediablemente se apropia, casi sin querer, cuando sale a la calle y se encuentra con historias que parecen servir nada más que para ser contadas —ejemplo: el ansia de aquella señora por saber cómo es un velorio donde es más de uno el cuerpo que se despide.
Es ahí cuando encontramos a nuestros personajes, que, por el impacto que nos han causado sus miedos, rencores, dolores, ansias, terminan siendo uno mismo, siempre. El escritor es, lo quiera o no, una esponja, una esponja que absorbe celos y angustias y tristezas y preguntas, muchas preguntas, que son, claro, la madre de todo lo que viene luego, para bien o para mal.
Ahora, con lo que se obtuvo, con todo eso, hay que hacer algo…
En su libro, Rabbia lo dice claramente: “Qué puedo hacer con todas estas preguntas, qué puedo hacer, ¿escribir un libro?”.
Creo que aquí aparece otra vez la idea de que la escritura sirve para conocerse. Al menos, no queda mucho más que intentar esa hazaña, la de conocerse, cuando tantas preguntas aparecen.
Esa hazaña se trata de entrar en el alma de un hombre, nada menos.

Un escritor hoy bastante despreciado —sin embargo escuché por ahí que están juntando firmas para candidatearlo al Nobel, pero a lo mejor es mentira—, Sábato, benemérito recopilador de historias macabras, dice que una vez que la humanidad comprendió que no toda la realidad es la del mundo físico y ni siquiera la de la Historia o de las especulaciones que se tejen sobre ella, se advirtió entonces que también formaban parte de la realidad los sentimientos y las emociones y que era el arte, tal vez la literatura más que ningún otro, la única cosa capaz de dar cuento de ello. Es decir, la única cosa capaz de entrar en el alma del hombre y ver qué hay dentro.
Uno puede imaginarse por qué.
En algunas novelas estamos irremediablemente contenidos y nos parece que es el propio autor el que nos lee y no nosotros quienes lo leemos a él… tal vez porque la creación poética, literaria, es también la creación de lo humano. ¿Pasaremos a ser tal cosa, humanos, sólo después de la poesía? Oscar Wilde no dejaba de decir que la vida imita al arte, y no al revés, de lo que puede desprenderse, entre otras cuestiones, que una vida sin arte es incompleta. Yo no puedo asegurar esto, pero sí, en cambio, que algunos libros hacen que veamos el mundo de otra manera, como si la literatura nos descubriera sus secretos más íntimos y terribles, que suelen ser también los nuestros. Nada puede seguir igual después de leer a Kafka, por ejemplo, dejamos de ver ciertas cosas como las veíamos antes, palabras como “miedo”, “soledad”, “padre”… toman otro significado. Kafka literarizó sus ideas, sus penas, sus preguntas, su angustia, y nos entregó El Castillo, El Proceso, representaciones del mundo, terribles, por cierto, que parecen más reales que la fachada que vemos a diario. La “realidad”, después de Kafka, es algo menos cierto, como si después de él fuera más verídico lo que está en sus libros que cualquier cosa que se encontrara afuera: meras reminiscencias de la fantasía más terrible. No es con el único autor que pasa esto: ¿no es más real el profundo sur de Faulkner, acaso, que el de cualquier historiador de la Guerra de Secesión? ¿No es más real Antoine Roquentin, acaso, que el hombre que pueda retratar cualquier tratado filosófico?    (Algunas pesadumbres no las puede retratar un ensayo, pero ciertas novelas, especialmente La náusea, tienen como materiales al absurdo, la muerte, la posibilidad o no de elegir, la libertad, pero no simplemente especificados o ejemplificados, sino vividos y sufridos en la carne de un ser que desde la novela respira y nos interpela… un hombre en crisis que nos habla no solamente de su propia crisis, sino de la nuestra.)

Rabbia dijo que disfrutaba escribiendo.
No sé.
Cuando uno escribe suele encontrarse con uno mismo y el encuentro no suele ser placentero. De hecho, es más bien un encontronazo…

3 comentarios

Dejar un comentario
  1. mirtha lucía / Abr 27 2009 8:27 pm

    HOLA ROBERTO:

    Muy buenos los cambios que has hecho en el formato (no sè si uso el tèrmino correcto);realmente cuando uno pasa un tiempo sin visitar tu blog, se encuentra con la diversidad desde la entrada.

    Releyendo esta segunda parte de la tristeza en el arte, he pensado que, finalmente, uno debe asumir las tristezas de ese lugar en el que se ha ubicado. Sea el que fuere. Por supuesto, debe haber quienes disfrutan escribiendo; pero si no es el caso propio, no sòlo no sirve de nada lamentarse, sino que hasta es “indecente”.

    Comparto muchas de las cosas que decís. Para resumir, ya que siempre hay que resumir (cada uno lo hace en el grado que puede):la escritura
    es una forma de conocerse porque – en en ùltima o en primera instancia como quieras- siempre encuentra la forma de hablar del que escribe. No importa el gènero que elija o el tema, se habla siempre de sì mismo. Y en mi caso, por ejemplo, como lo percibo, parece encontrar placer y no poder salir de una atmòsfera de melancolìa. No es para nada un orgullo, es la reducciòn de lo que se puede.

  2. fernando / Ene 5 2010 12:14 am

    Escribir para desconocerse, mejor. Fernando Pessoa decía que conocerse es errar, la tarea está en desconocerse conscientemente, mientras se escribe, he ahí el enigma.

    buen post, muchas gracias por escribir!

  3. Roberto Giaccaglia / Ene 8 2010 1:45 am

    Gracias, y de nada.
    ¿Escribir para desconocerse? Sí. A veces uno se siente raro escribiendo. Debe de ser eso.

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