Skip to content
abril 17, 2009 / Roberto Giaccaglia

Otra novela que comienza

lp1

Lata peinada, Ricardo Zelarayán, 224 págs., 2008, Editorial Argonauta, Buenos Aires.

Hay cientos, miles, se los encuentra a montones, en los bares, en las plazas, en las redacciones de los diarios, y sobre todo en artículos vindicativos, cuyos autores se preocupan por encontrar de todos el nombre más raro, o el menos mentado. Son los poetas malditos, los que han publicado poco o nada, que ya tienen unos años o que han muerto en un olvido de los que a veces se los termina rescatando. Algunos se constituyen en mito y hay otros de los que se asegura influencia perenne. En la Avenida Corrientes hay una señora que vende sus poemas en hojas fotocopiadas, o bien los regala. Se la puede ver en la entrada de un teatro, no recuerdo cuál, sentada en los escalones. Tal vez dentro de un tiempo un ensayista y/o poeta de cierta fama la descubra y empiece tenazmente a mencionarla en columnas periodísticas. La señora pasará de pronto a ser mito e influencia, porque descubriremos de buenas a primeras lo buena que era y cuánta gente se inspiró en ella, lectores otrora anónimos y ahora escritores hechos y derechos, se descubrirán como lectores conspicuos de la señora.
Lo mejor que suelen tener estos poetas malditos es que nunca quisieron escribir un libro, ni darse a conocer, ni encontrar su nombre en las tapas de los suplementos culturales, sino meramente escribir, nada más, y si acaso compartir con alguien su afición, con allegados más que nada, con compañeros de copas, o de coplas. Por lo general, no pretenden otra cosa que circular tímidamente y hasta hay algunos que se conforman con escribir, leerse y tirar lo escrito.
Pero nunca falta el editor que les arruina el plan.
Pasó con un tal Macedonio y seguirá pasando, con nombres igual de simpáticos, o difíciles de encontrar repetidos.
Ahora le toca a Zelarayán, de quien venimos escuchado cosas desde hace rato, y todas buenas —como no puede ser de otra manera, siendo que nadie lo leyó.
No se sabe bien cuándo el nombre de un escritor supuestamente mítico y la mar de influyente empieza a moverse entre las sombras, a aparecer entre las grietas, pero la cosa es que a la larga ese nombre se destaca muy por encima de cualquier otro cuando uno se topa con él en las librerías, por más que el libro no ocupe la mesa de los más vendidos ni por asomo. Para colmo a Zelarayán le tocó el fondo del alfabeto, así que si uno lo quiere encontrar debe buscarlo bien abajo en los estantes, hacia la derecha, allí donde no se agacha nadie.
O sea que uno más o menos está familiarizado con Zelarayán, por su condición mítica, por su postura de escribir porque sí, a la que venga, porque es mencionado por voces famosas (Cucurto, Casas, Fogwill), por la dichosa y ponderada influencia que ha venido desperdigando en un puñado de escritos difíciles de encontrar, y porque las leyendas son necesarias. Fundamentalmente por esto último.
Zelarayán. La sola mención de su nombre da ganas de leerlo, lo cual es un riesgo, igual al que se corre con el nombre ya citado de Macedonio, o con el de cualquier otro escritor mítico o maldito: suele suceder que lo que se encuentra en las páginas escritas por unos y otros no esté a la altura de los elogios previos. Si sus nombres no son del todo evanescentes se debe más al empeño de colegas, editores, periodistas que a la propia producción de esos nombres, siempre poco leída, siempre muy dispersa. Pero ninguno de estos escritores míticos e “influyentes” tiene la culpa de lo que se genera a su alrededor. Por lo general, son artistas sin reglas, como debe ser, así que no aspiran a nada. Les basta con garabaterar sus ocurrencias, con empezar poemas, novelas, cuentos y no terminarlos, olvidarlos por ahí, perderlos en alguna mudanza. Si aspiran a algo es a la inexistencia, pero, como dije, nunca falta el editor que arruina sus pretensiones y los termina publicando, juntando sus papelitos y armando de la noche a la mañana una obra que el propio artista nunca soñó.
Así les salen esta clase de libros a estos editores, por supuesto.
Al final, lo que ocurre es que el autor mítico y supuestamente fantástico termina impersonalizado, porque las expectativas creadas por lo general terminan pareciéndonos injustificadas. Los mitos son muy simpáticos mientras no se los compruebe. Cuando alguien se empeña en llevar esta tarea a cabo, la magia por lo general se difumina. Y aquel deseo de no profesionalizarse jamás, o de escaparle al éxito, al prestigio, incluso a la mención, se ve truncado no por la comprobación de cierta magnificencia, sino por el empeño ajeno de dar a luz una obra hecha de rejuntes que no termina siendo del todo una obra, sino meras apuestas a un comienzo que no termina de empezar, ejercicios que nunca tuvieron pretensión de ser otra cosa y que deben leerse como tal.
La gente de la editorial que acaba de publicar a Zelarayán nos advierte de todo esto antes de que empiece la novela: vamos a leer fragmentos ordenados arbitrariamente —tal vez la advertencia debería figurar en la contratapa, junto a los elogios, o en vez de estos—, fragmentos que para su autor constituyen poesía, y no partes de una novela, o sea que deberían haber sido puestos en realidad en un poemario, o bien regalados a la entrada de un teatro en hojas fotocopiadas, o recitados entre amigos. La literatura de verdad puede asumir distintas formas, pero no sé si la elegida en la versión de Lata peinada que ahora se publica es la más adecuada, o la que puede hacerle justicia. Seguramente no.
Como sucede casi siempre en estos casos, lo que atrae de todo esto es la figura del autor, no la historia que cuenta, o la forma utilizada. En parte porque historia no hay, o porque apenas se insinúa, o porque es una anarquía ya vista en otros como él —Lata peinada, hecha de retazos inconexos, vendría a ser algo así como El almuerzo desnudo de la literatura argentina, salvando las distancias, no tan grandes después de todo—, y en parte porque en lo que hace a la forma se puede decir lo mismo: notas dispersas aquí y allá, buscando una melodía escurridiza que nunca, pero nunca, termina de encontrar los intervalos justos para materializarse en algo más o menos apreciable.
Macedonio, uno de los héroes confesos de Zelarayán, no es muy distinto a esto: sus escritos también son incontrolables, poco importa lo que los editores hayan “producido” en su nombre. Los intentos por ordenar tanto caos son vanos, y nunca quedan bien. La posición frente a la literatura que tienen Macedonio y Zelarayán hace que su poesía siempre nos suene mejor en boca de otro, pero no de cualquiera.
Para que estas músicas asonantes terminen de convencernos hacen falta grandes escuchas, por lo general más dotados que el propio artista, y no meramente un editor “arriesgado”. Haría falta un Borges, por ejemplo, o por lo menos uno de esos escritores medianos que saben hacer de un mito literatura, no importa si oral o si desde alguna columna periodística dominguera.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: