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mayo 1, 2009 / Roberto Giaccaglia

Esto por ahora

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Un oso polar, Pablo Natale, 116 págs., 2008, Ediciones Recovecos, Córdoba.

Dicen que la poesía puede ser precisa y sin embargo imperfecta. Que puede decir las cosas como son, por más que no parezca bien escrita. O por más que esté, redondamente, mal escrita. Quizás tenga que ver con la concisión y con cierta mirada para la cual la mayoría de nosotros no esté todavía preparada: de ahí que creamos que ciertas obras no están del todo acabadas, o siquiera bien elaboradas, por más que digan, narren, describan, en forma justa, con imágenes que lindan la belleza, las cosas como son.
Yo no podría afirmar que la poesía presenta estas cualidades, no soy lector de poesía, muy a mi pesar, por supuesto, porque sé que algo me falta. Sin embargo, a veces me pasa que leyendo prosa creo estar leyendo poesía, por lo precisa aunque imperfecta que me resulta, o tal vez por esas imágenes justas que se presentan, que describen (dicen) las cosas de una manera única: “Un indio enorme abrió la puerta del lado del conductor, y sacó todo el cuerpo por ahí. Era como si un toro saliera por la ventana del baño de una granja”.
Aquí el escritor sabe que ha acertado, que ha encontrado “algo”, y lo dice sin reparos: “La imagen era correcta, estaba bien”.
Y de esos aciertos hay muchos.
Pero también hay de lo otro, la imperfección: “Creo que la última vez que vi a Guillermo Kenny fue en octubre de 1992… Pero creo que la última vez que había escuchado hablar de Guillermo Kenny fue en otoño del 2006”.
La construcción de ciertas obras, que uno presume veloz, aparta de la consideración la limadura de asperezas. ¿Para qué?
Yo confío mucho en este tipo de literatura, por más que presente, para el tipo de lector que soy, cierto riesgo: el de querer encontrarle la vuelta. ¿Cómo es que este escritor pese a todo ha logrado atraparme tanto?, me pregunto, entre fascinado y preocupado. Es ahí donde uno deja de ser del todo un lector para pasar a ser otra cosa, por ejemplo: uno de esos espectadores cínicos que van a ver magia para descubrir los secretos del mago, no para disfrutar del espectáculo.
Oscar Wilde deploraba a los lectores así, y lo bien que hacía. O más que deplorarlos sentía pena por ellos, porque se estaban perdiendo de algo buscando cosas que no se pueden encontrar. Para colmo, si a la larga resulta ser que se “encuentran”, el resultado es todavía peor para el lector-espectador cínico: ocurre el descorazonamiento de ya no tener qué buscar, o de haber encontrado algo pobre, o que al menos se le aparece frente a los ojos, tal vez por el cansancio de tanto buscar, insuficiente, sin mérito.
Por lo general, la lectura que estos libros plantean se descubre en el mero principio: es como un aviso de lo que va a venir. Son sinceros, no engañan, no se esfuerzan en agradar. De ahí mi confianza en este tipo de literatura, que suele tener, ante todo, y por más que sus cultores nunca querrían aceptarlo, cierta pretensión de belleza.
Escritores de prosa seca como Andrés Rivera —a quien Pablo Natale debe de haber leído (bastante, quizá demasiado)— tienen más de una página compuesta de forma similar: las vueltas las dan sólo las palabras, las frases, las comas: porque en esencia lo que se quiere decir ya está dicho de antemano, tal vez en el primer párrafo. Avanzar hasta el último a veces resulta redundante: no hay nada más. Pero el lector-espectador cínico sigue. Quiere saber qué es lo que se esconde tras ese esfuerzo aparentemente limitado, tras esa fingida simpleza. Porque algo tiene que haber. Y si no, habrá que inventarlo.
Lo que conviene en estos casos es la persistencia. A la segunda lectura ya no es un pesar. A la segunda lectura empiezan a aparecer los entredichos, los espacios en blanco, las misceláneas, y la poesía que se insinuaba detrás de la prosa comienza a desplegar todo su esplendor.
Es cuando se dejan de lado las fallas que en una primera lectura creímos entrever, los errores que vimos como cosas groseras, los devaneos, los pasos en falso, hasta el olvido del que el escritor nos pareció presa, víctima.
¿Pero esto ya no lo habías dicho antes? ¿Pero no estabas hablando de otro personaje? ¿Pero ese nombre es correcto? ¿Pero ese giro está bien? Pero si el personaje había salido de la sala, ¿cómo es que aparece de pronto realizando en esa misma sala una acción? ¿Pero de dónde salió ese otro y adónde se fue aquél? ¿Por qué decir “el revés de la palma de una mano” en vez de simplemente “el revés de una mano”? ¿Cómo es que ahora el personaje tiene unos notorios tatuajes y antes no? ¿Cómo es que logra agarrar un cigarrillo, encenderlo y fumarlo si tiene los brazos en esa pose, cruzados, una mano sobre la otra? ¿Estás seguro de que querés hablar de lo que estás hablando y no de otra cosa?
Todas son preguntas vanas, que en una segunda lectura ya no se tienen en cuenta, o por lo menos se minimizan.
En eso debe de haber algo de crédito, o mucho.
Y también en la variopinta galería de personajes que se despliega en estos relatos. Bueno, “variopinta”…
Más o menos. Son bolañescos: escritores y/o artistas frustrados, un poco freaks, que no han llegado muy lejos, por su propia severidad o por la del mundo, con cierta fijación, todos, por existir porque sí y dejar un rastro que sólo a un escritor de pura cepa se le ocurriría seguir, una estela mínima, imperceptible, de esas que sólo ven, de nuevo, los escritores de pura cepa, o los buenos poetas.
Y Natale, escritor joven, que publica su primer libro, seguramente es ambas cosas.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Pablo / May 2 2009 5:01 am

    Concuerdo.

  2. Alan / May 3 2009 11:50 pm

    Yo también.

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