Skip to content
mayo 17, 2009 / Roberto Giaccaglia

Gente que anda por ahí

Gaiteri

Certificado de convivencia y otros relatos, Sergio Gaiteri, 108 págs., 2008, Ediciones Recovecos, Córdoba.

Alguien me dijo, hace un tiempo, que Sergio Gaiteri es el Carver cordobés. Por entonces, Gaiteri ya había publicado Los días del padre y acababa de ganar un premio por Certificado de convivencia, que todavía permanecía inédito. Ante afirmaciones como esa, uno tiende a ser escéptico, cansado de escuchar cosas como “El nuevo Bolaño”, “El Faulkner del Río de la Plata”, “El Borges peruano”, y categorías por el estilo, así que sólo me limité a decir ajá, o a lo mejor no dije nada, pensando sin compartirlo que Carver hay uno solo, y que si llegara a haber otro no aparecería por aquí, tan cerca de nuestra conversación. Eso sería un milagro.
Pero me equivoqué.
Después de todo, puede imaginarse uno, siendo indulgente, un Carver puede aparecer en cualquier lado. Es más, todo el tiempo hay un escritor que encuentra cualquier historia, la ve, o se la cuentan, la vive de lejos o de cerca, y se pone a contarla. Si es lo suficientemente conciso y efectivo, y logra crear un clima tal que no se arruine al poner el punto final, sino que permanezca en la cabeza del lector, como una tormenta que sigue amenazando a la distancia, ya está, apareció otro Carver.
Sólo hay que saber dónde van las comas. Y, también, en qué parte de las historias con las que nos cruzamos todos los días, propias o ajenas, se encuentra el principio del óxido que tarde o temprano comenzará a arruinarlo todo.
Bueno, entonces no es tan simple. Ahí ya tenemos una dificultad importante: encontrar el núcleo a partir del cuál se desencadena la explosión. Eso no lo encuentra cualquiera.
Pero hay algo bueno, que hace las cosas un poco más fáciles: no hace falta contar la explosión. Esto suele demandar mucho trabajo y es cosa que se deja para otra clase de escritor. Pongamos por caso, para el escritor de best sellers, no importa si románticos, sexuales, violentos o de suspenso: todos ellos cuentan a partir de la explosión, o a partir de la corrosión ya decididamente instalada, la que ha ganado la materia y lo ha puesto todo perdido, irrecuperable.
Antes de eso, de la explosión, de la corrosión definitiva, están las pequeñas anécdotas, esas que suelen carecer de importancia, o que no la tienen en absoluto. Al menos si no se mira con cuidado.
Lo que hace entonces un escritor como Carver, o sus epígonos, es encontrar una historia de este tipo, mientras más imperfecta y mínima mejor, poner las comas donde van y listo.
Y Gaiteri, como epígono ejemplar, emprende una tarea de esta clase, o sea la tarea del buen escuchador, la del buen mirador, la tarea del que no se pierde nada de lo que pasa a su alrededor, del que tiene buena memoria, del que puede incorporar cada cosa que ve, cada cosa que escucha, cada cosa que vive.
Pone en práctica, como pocos narradores hoy en día, el llamado “ojo del escritor”, algo de lo que no muchos artistas gozan, o más bien dicho sufren.
Es que hace falta mucha valentía para escribir así. En cierta manera, es una búsqueda de la angustia, o mejor dicho de los sitios donde ésta comienza. Allí, en lugares pequeños, mínimos, insignificantes, es donde el ojo del escritor encuentra su lugar. De ellos, tímidamente, puede ir apareciendo lo que a fin de cuentas el narrador quiere contar: el principio de la tristeza antes de que ésta se manifieste en todo su esplendor. No sé si los contextos importan mucho —tal vez no he viajado lo suficiente y no sepa diferenciar los matices.
Esto de que “los contextos no importan mucho” es una afirmación un poco pesimista, porque si realmente fuera así, si el contexto no importara, libros como los de Gaiteri no tendrían razón de ser, siendo que ya hubo un Carver que contó lo mismo, o sea un Carver que contó el desengaño, la decepción, el hastío, la soledad entre las multitudes, el abandono y la dejadez, el aburrimiento y la indiferencia, la apatía y la indolencia, como también la amistad y la lealtad, la esperanza y la ilusión, los pequeños triunfos, todo condensado en un par de líneas certeras y sin ambigüedad, palabras justas, sin adornos, sin rodeos.
Pero quizá haya, con todo, una versión local de todo eso, que también pueda condensarse o contarse sin ambages o largos circunloquios que pretendan poesía o belleza. Y es ahí entonces donde aparecería justificada la escritura de Gaiteri, un Carver con sabor local, que ha caminado Córdoba, sus barrios y por lo menos algunos de sus pueblos. Uno se imagina a Gaiteri saliendo a documentarse, a escuchar a la gente, a ver qué hace con sus vidas, para después sentarse y buscar dentro de sí el momento único e irrepetible en el que varios momentos de lo más normales y comunes se hacen literatura.
Por un lado, observar. Por el otro, esperar.
Sin embargo, yo al menos no llego a encontrar la presunta diferencia entre el “color” de la escritura de Carver y la de Gaiteri —repito: será quizá que viajé poco, pero para mí las parejas discuten más o menos lo mismo en Oregon que en Villa María, se ponen los cuernos igual, se quieren igual, se festejan parecido, los viejos pierden la memoria o les sobra tanto en un lugar como en el otro, los novios son abandonados y las ex novias encontradas tanto allá como acá cerca, por lo que si es de penas o de pequeñas alegrías cotidianas de lo que estamos hablando tanto da ambientarlas en un lugar que en el otro.
Y en cuanto a la forma, pues de una manera u otra ya lo dije: esto es minimalismo quirúrgico, la cantidad de palabras justa y necesaria para dar cuenta de situaciones que de tan verosímiles carecerían a simple vista de las palabras suficientes como para ser contadas: sin inventar nada, uno siempre teme aburrir; al ser tan simple lo que se va a contar, siempre está el riesgo de no contar del todo bien.
Pero Gaiteri puede. Sin originalidad y sin demasiado espacio para desarrollar nada, Gaiteri puede, sin embargo, hacer que uno no quiera despegarse de sus páginas, de las historias triviales de la gente trivial en cuyas vidas se inmiscuye. Es que cuenta bien. Simplemente eso, cuenta bien.
Y a ver… ¿de cuántos escritores se puede decir lo mismo hoy en día? Parece una perogrullada que “hay que contar bien”, pero no lo es en absoluto: con cientos de fórmulas en las manos (“teorías”, llamémosles) o bien con un manifiesto que trataría de terminar con todas las fórmulas, muchos escritores se olvidan de que lo principal sigue siendo contar bien, por lo que se embarcan en experimentos extraños, o ya intentados miles de veces, amparados en una vanguardia destinada a destruirse a sí misma, libros que se enredan en los laberintos que contienen, solipsistas, autores ídem, demasiado confiados en las virtudes de su mente, descreídos de sus personajes, despreciativos, abyectos de puro gusto, ajenos al mundo por considerarlo insuficiente, que no salen a la calle, que no viven.
Y eso se nota. De tanto alardear, hasta se olvidan de cómo se escribe.
A propósito, rescato algo que escribí hablando del bueno de Raymond que muy bien se puede aplicar a Gaiteri: es que esta clase de escritor se ocupa sólo de lo fundamental, con lo fundamental. Parece fácil, pero es todo menos eso. El escritor corriente está tentado al palabrerío, a la borrasca, al exceso. A Gaiteri, en cambio, le bastan un par de cosas: la clase de personajes que delinean la historia (donde Carver elige la clase media venida a menos de Estados Unidos, Gaiteri pone la clase media venida a menos de su provincia) y la historia misma. Palabras nuevas no hacen falta. La historia elegida ya tiene sus propias palabras, no se necesitan agregados de ningún tipo, tecnicismos, malabarismos. De ahí viene, me imagino, esa frase de Carver, de que sólo hay que saber poner las comas. Lo demás será tarea del lector, o de su sensibilidad, la capacidad para darse cuenta. Es él, a fin de cuentas, el lector, el encargado de escuchar esa “voz” soterrada por el exceso de palabras inútiles con que nos bombardean a diario, y del que es culpable también buena parte de la literatura.
Gaiteri, pues, prescinde de todo ello.
Por eso, si bien es cierto que ya hubo un Carver, no está mal que haya aparecido otro, y bien cerquita, al menos porque todavía no nos hemos dado cuenta de que hay algo más allá afuera que también puede aparecer en los libros, algo que no existe ni en el universo borgeano ni en las alcantarillas en las que algunos se sumergen a propósito. Tampoco en el espejo.
Se trata de gente que anda por ahí, ni más ni menos.

Paradójicamente, después de tanto hablar de Carver para hablar de Gaiteri, el relato menos carveriano de los siete que se presentan en esta colección es el mejor de todos: “Nivel medio”. En él, un profesor de secundaria encuentra entre sus alumnos alguien que se destaca por encima del resto: el chico o bien es un escritor genial, o un asesino en potencia. Sólo tal vez las dos cosas. El profesor sólo puede ver al escritor, el resto de la gente al asesino. El personaje del cuento recuerda un poco al Roderer de Guillermo Martínez —artista en las antípodas de Gaiteri—: un ser empequeñecido por el medio que lo rodea, y enorme en la soledad de su talento.
Al igual que lo que le sucede al personaje con el resto de sus compañeros, a este relato le cuesta un poco integrarse al resto de los que componen el libro: es más cerebral, más intelectual si se quiere, dos palabras que apuesto Gaiteri odia con justa razón. Incluso, y que el realismo que el autor pregona sepa perdonarme, hasta se puede decir que tiene toques de ensayo. Aunque esta última impresión pueda estar dada por ser el único de los relatos que no carece de sustancia —algo que no siempre es necesario.
Por suerte está el final, cortado a cuchillo, de un solo tajo, dejando tal vez para más adelante un desarrollo que en esta oportunidad el autor no se permitió.

Fotografía del autor: Martín Baez / La Voz del Interior

Anuncios

6 comentarios

Dejar un comentario
  1. mirtha lucía / May 20 2009 7:17 pm

    Muy bueno tu comentario. Dan ganas de leer a Gaiteri. Lo que va a costar es despojarse de la influencia de tu lectura. Pero lo intentaremos.

  2. El Gemelo Malvado / Oct 17 2009 10:16 pm

    Nunca mejor puesto. Me gusta Gaiteri. Nos conocimos hace unos días. Tiene mirada pícara. Como si estuviera esperando el momento de irse a escribir sobre tu encuentro contando lo que no querías que viera.

  3. Roberto / Oct 19 2009 12:17 am

    Vos sabés que sí Gemelo, a mí también me pareció. Buen ojo.

  4. Juan Secaira / Mar 15 2010 5:20 pm

    excelente comentario, estimado amigo, acabo de descubrir a este autor, un abrazo

  5. Morris / Abr 10 2010 2:25 am

    Autor sobrevalorado, con demasiados amigos en la Voz del Interior, pobre, muy pobre, más vacío que un anillo.

Trackbacks

  1. Literatura Cordobesa | Taringa Descargas gratis

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: