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mayo 26, 2009 / Roberto Giaccaglia

Un verde brillante

Soñé que en la pileta de mi padre habían crecido unas plantas enormes. Eran de un verde claro, un verde limpio, uniforme. No ensuciaban el agua, sino, por el contrario, parecían purificarla, en las paredes no se juntaba musgo ni había bichos en la superficie, tampoco hojas. En el fondo, nada de tierra, sólo las raíces de las plantas, acariciando el suelo de la pileta. Sin embargo, daban cierta impresión. Y como yo limpiaba piletas, ese era mi trabajo quiero decir, debía encargarme de lo que de buenas a primeras había aparecido en la pileta de mi padre. Lo hice a desgano, me llevó todo el día y me perdí de atender varios clientes. Así que me desperté de mal humor y muy cansado, como quien reniega durante toda la noche, dando vueltas en la cama, peleando contra fantasmas.
Mi padre en realidad ni siquiera tiene pileta. Soy yo el que tiene, o tenía. Y entonces estaba llena de hojas. Con tantas cosas por hacer, da pereza ponerse a limpiarla. Pero tampoco quería llamar a nadie que lo hiciera, siendo que es tan fácil, que lo puede hacer cualquiera. Me decía que me iba hacer de un tiempo para dejarla linda, se lo prometía todos los días a mi mujer, pero nunca lo hacía. Siempre que tengo un ratito libre, miro televisión, o prendo la computadora, o me voy al bar.
Anoche fui y gané unos pesos. Hacía rato que no tenía una buena racha. Cuando volví a casa, me metí en la cama con mi mujer, le dije que había ganado y le mostré los billetes. Me contestó algo, pero creo que seguía dormida.
Lo que ella quería es que hiciera algo con la pileta, y no le importa si en el bar gano o pierdo. No le gusta que vaya, por otro lado. Nunca le gustó. Y eso que en el bar me hice de buenos amigos, eso ella lo sabe, por lo menos yo se lo cuento. La paso bien, hablamos de cualquier cosa, apenas tomamos y cuando pierdo no pierdo demasiado.
Hoy en el desayuno, entonces, en vez de recordarle lo que había ganado por la noche, le conté lo que había soñado noches atrás. Tampoco le gustó. Me dijo que no es más que una extrapolación de mis deberes incumplidos: hacía un montón que no visitaba a mi padre y hacía un montón que prometía limpiar la pileta y no lo hacía. Tu falta de cumplimiento ha crecido tanto, me dijo, que se está transformando en algo imposible de satisfacer: la pileta cada vez más sucia, tu padre cada vez más solo.
De mala gana, dejé la taza a medio terminar, agarré el auto y salí, pero no iba a ir al trabajo. Manejé hasta la casa de papá. Estaba sentado en el jardín. Le dije que hacía frío para estar sentado a esa hora, tan temprano a la mañana, afuera, haciendo nada. Estoy mirando, dijo, algo hago. No me reprochó que hiciera semanas que no pasaba, por más que vivimos sólo a kilómetros de distancia. Me metí en la casa, saqué una silla del comedor y me senté con él, afuera, en el jardín. Yo también me puse a mirar. Entonces pensé en lo que me había dicho mi mujer, eso de que mi padre está cada vez más solo. Tanto que ya se había olvidado de hablar. Sentí que no estaba haciendo nada ahí, que estaba perdiendo el tiempo, así que me levanté y me fui. Lo saludé, le di un beso, pero no respondió.
Cuando llegué al trabajo mis empleados me miraron raro. Parecía que todo el mundo me quería decir algo, pero no sabía cómo. Así estuvieron, dirigiéndome miradas que más bien parecían esquivarme, como si buscaran algo detrás de mí, o a los costados. Me hablaron poco, o casi nada.
Al mediodía llamé a Natalia, entró a mi despacho con una sonrisa a medias, más impostada que de costumbre. Le pregunté directamente si había pasado algo de lo que yo debiera enterarme. Pareció cubrirse con las carpetas que tenía en la mano, se las llevó al pecho.
Pensábamos que ya lo sabía señor, su amigo… Como no hice seña alguna de que sabía de lo que estaba hablando, ella continuó: su amigo…. Mainardi… murió anoche, apenas se acostó, sabe, de un ataque, su mujer llamó a la ambulancia…
Mainardi, repetí, fui repitiendo, en voz más baja cada vez. Entonces lo vi, cerré los ojos por un momento y lo vi: sentado la noche anterior en el bar, puteando porque perdía todas las manos, pidiendo otra ronda.
Había perdido todo, pero no era para morirse.
Le dije gracias a Natalia, ella se fue y yo agarré el teléfono. Estuve haciendo lo mismo una hora, más o menos, llamando y llamando, y el teléfono de Mainardi me dio siempre ocupado. Cuando al fin se comunicó, nadie fue a contestarlo. Estuve así un largo rato, con el auricular en la oreja, esperando, hasta que pensé que me iba a volver sordo. Colgué, traté de imaginarme a su mujer, los compañeros del bar dicen que es linda, más joven que él, elegante, rubia. Dejé todo como estaba y salí.
Afuera, en la calle, todos me parecieron feos, o enfermos, amenazantes. Recordé ese cuento, o tal vez haya sido una novela, no sé, en el que un tipo se pasea con su auto y cree ver gorilas en todas partes. Gorilas copulando, gorilas haciendo sus necesidades en la calle, gorilas persiguiéndolo. De pronto, la ciudad se había convertido en algo que me rechazaba.
Patricia, me dije, Patricia me va a cuidar. Doblé, cambié el rumbo, dejé para después visitar a la esposa de Mainardi.
Me gané a Patricia hace unos cinco años, en el bar. Era la prostituta más linda, y la más nueva. El que ganaba esa noche, se la llevaba. Los otros, iban a tener que esperar por lo menos hasta que volviéramos a jugar. Ella no quiso ser prenda de nuevo, lo que me enorgulleció. Desde entonces no dejo pasar mucho sin visitarla. Le llevo cositas, regalos, pavadas. Pero ahora iba a caer con las manos vacías.
Estacioné y me crucé a un kiosco, antes de tocarle el timbre. Compré lo único que me parecía, una caja de bombones rectangular, con un papel bordó brillante y un moño dorado, sin marca. Vaya uno a saber cuánto hacía que estaba ahí esa caja de bombones.
No tengo un buen día, me dijo desde el otro lado de la puerta. Te traje algo, le dije yo. Pero ella repitió lo que acababa de decir, tal vez con más énfasis, No tengo un buen día. Me pidió que volviera mañana, o pasado, con el regalo, o sin él, que igual me iba a atender. Dáselo a tu esposa, terminó diciendo. Le dije que yo también estaba en un mal día, pero no sé si pudo escucharme.
Subí al auto, tiré la caja de bombones a un lado y arranqué.
Mucho antes de llegar a casa pude ver la pequeña corriente de agua que venía bajando por la calle, contra el cordón de la vereda. Ya sabía que venía desde nuestra pileta. Estacioné al frente, para que el chorro de agua no mojara la parte de abajo del auto, quién sabe lo que puede hacer tanta agua.
Marisa le había pedido al vecino la bomba prestada, para vaciar la pileta, me dijo que se había atascado varias veces, por las hojas, así que había tenido que parar y sacar las hojas del filtro para continuar, una y otra vez, pero que ahora hacía rato que la bomba estaba andando sin problemas.
Mientras hablaba, miraba sólo la pileta, la bomba, el chorro de agua salir hacia la calle. En ningún momento me dirigió una sola mirada, ni amistosa, ni hostil, ni nada.
Por suerte no tenemos hijos, pensé, así no tienen que ver todo este deterioro.
Entré al auto, abrí la caja de bombones y me comí unos cuantos, no estaban mal, pero en realidad no les sentía el sabor, comía sin pensar en que estaba comiendo, con la mirada al frente, la calle vacía, algunas hojas cayendo todavía y el ruido del agua saliendo de la pileta.
Arranqué, primero anduve sin rumbo, después me acordé de lo de Mainardi, así que fui a la casa de uno de los compañeros del bar, el petiso Correas. Por la noche también había estado con Mainardi, es más: se había sentado al lado, le había hecho bromas, eso de desafortunado en el juego, afortunado en el amor, lástima que tu mujer no opine lo mismo, y cosas así.
Mientras manejaba hasta la casa de Correas, llamé por celular a una florería en la que tiempo atrás compraba flores para mamá, cuando todavía visitaba su tumba. Estamos cerrados, me dijo el tipo. Se notaba que estaba almorzando. Mire, le dije, soy cliente, o fui, usted prepáreme una linda corona para un amigo, y yo le pago el doble, o lo que quiera. Lo que quiera, entonces, me dijo el tipo, y me pidió los datos del muerto. Tuve una laguna mental, nunca me había pasado, jamás, así que no pude decir cómo se llamaba, dije: Que descanses amigo, tu compañero de cartas, y le di mi nombre. Eso no queda bien en una corona, me dijo el tipo. Qué cosa, Eso, lo de compañero de cartas. Bueno, entonces ponga simplemente compañero. Mi dijo que pasara dentro de una hora, hora y media y me colgó.
Llegué a la casa de Correas. Supe lo que pasó, pensaba en decirle mientras caminaba hasta la puerta, pero lo supe recién, porque a mí nadie me dijo nada, me enteré de casualidad. Pero no tuve oportunidad de decir nada, porque no había nadie en casa. Quizá golpeé la puerta de más, al ver que nadie respondía al timbre. Salió un perro de la casa de al lado, a ladrarme, enseguida se asomó una vecina, supongo que la dueña del perro. No están en casa, me gritó, salieron a un velorio. Entonces empecé a acercarme, mirando con recelo al perro, que no paraba de ladrarme, y sin avanzar mucho más le pregunté a la señora si sabía dónde quedaba la sala velatoria. Me dio la dirección, le di las gracias y me fui. La señora me estuvo mirando todo el tiempo, lo pude sentir. Cuando llegué al auto me comí uno o dos bombones más, ahora los notaba agrios.
Como no quería llegar sin la corona, paré en un bar a hacer tiempo. Me tomé un café. Pensé que en realidad lo que debería hacer es largar todo a la mierda, irme al sur, solo, hasta que se me acabara la plata, y después dejarme morir de hambre, o de frío, en medio de alguna montaña. Los bombones me habían caído pesados, y por eso se me cruzaban esas ideas en la cabeza. Por lo general, soy un hombre de lo más optimista, no pienso en cosas negativas. Me estaba pasando lo que a todos, el matrimonio se estaba yendo en picada y los amigos habían empezado a morirse. Nada más, nada del otro mundo. Ah, y para más datos la prostituta de siempre no me había querido atender.
Miré el reloj, ya era más o menos la hora, fui hasta la florería, el tipo había hecho una corona hermosa. Era enorme, repleta de crisantemos blancos, algún toque de color y mucho verde, un verde brillante, o tal vez deba decir reluciente, porque se notaba que le habían pasado ese líquido que hace ver a las plantas como muebles recién repasados. Es de estilo americano, me dijo el tipo, como usted no especificó, le hice la más cara. Le dije que estaba bien, muy bien, lo felicité por el trabajo. Ojalá me regalen una de estas cuando parta, agregué, sonriendo, mientras pagaba lo que me pedía. El no dijo nada, agradeció, me ofreció su pésame y cerró la puerta antes de que lo saludara.
Llegué a la sala velatoria, pero no había ningún movimiento. Me quedé dentro del auto, con la ventanilla abierta y el motor en marcha. Se abrió una puerta y salió un hombre de azul con una escoba. Se puso a barrer las hojas del frente. Tampoco había tantas, pero quizá no tenía mucho que hacer adentro. Paré el motor y fui a preguntarle. No había ningún cartelito o algo parecido anunciando que allí se había llevado a cabo velatorio alguno. Disculpe, ¿no se veló hoy aquí a un señor Mainardi? No que yo sepa, dijo, sin parar de barrer. Después paró, medio se apoyó en su escoba, me miró y dijo que hacía rato que nadie se moría. O por lo menos no los traen acá, largó una risotada. Me pareció que no tenía dientes, pero no volví a mirarlo.
Subí al auto, todavía podía escuchar al hombre de azul riéndose, arranqué y me fui. En el asiento del acompañante había quedado la corona, encima de la caja abierta de bombones. Manoteé uno, sin saber por qué. A lo mejor porque había dejado de fumar hacía un tiempo y de repente tenía ganas de nuevo. Manejé hasta el bar donde jugábamos con Mainardi. Si en algún lado sabían dónde lo estaban velando, era ahí. Las puertas estaban cerradas y las cortinas corridas. Me bajé del auto para ver mejor el papel pegado en el frente, que ya imaginaba lo que decía: Cerrado por duelo.
Volvía a estar a un paso de casa, después de haber manejado casi durante toda la siesta. Así que fui hasta ahí, medio resignado. Imaginé que volvía de una batalla en la que el único sobreviviente había sido yo. Estacioné, no había rastros de agua. Es la sequía, pensé, este tiempo horrible que no para. Bajé la caja de bombones a medio terminar y la corona.
Mi mujer tejía en la cocina, con el televisor mudo. Es que me distrae, me dijo, cuando le pregunté por el volumen.
No se había dado cuenta de lo que traía en las manos, concentrada en su tejido. Dejé la corona en el sillón del living comedor, armé más o menos la caja de bombones y se la ofrecí cuando terminó la vuelta. Hizo una pausa para anotar algo en el cuadernito que tenía en frente y entonces aproveché. Bombones, dijo, cuánto hace que no como uno. Dejó el tejido a un lado, agarró la caja poniéndose de pie y me abrazó. Volví a sentir algo, no sé qué, pero me contuve. Había muerto un amigo. Se lo dije. Mirá, le compré una corona y todo, pero no pude enterarme de dónde lo velan. Lo único que me respondió es que no sabía que tenía un amigo con ese nombre. Después miró la corona: Es linda, dijo, crisantemos blancos. Me gusta el verde que los acompaña. Enseguida se alejó un poco, extendió una mano y me ofreció salir al patio, como si afuera hubiera algo más importante que mi amigo muerto, o la corona que le había comprado. Tenía esa cara de haber estado guardándose algo. Salí.
Supuse que lo nuevo, si lo había, y seguro que lo había, iba a estar en la pileta, en lo limpia que ahora estaría, en las paredes relucientes y todo eso. Pero no. De pileta quedaba poco, eso quiero decir. Mientras yo había estado afuera, un camión había descargado en la pileta seca y vacía un montón de tierra. Faltaba poco para cubrirla por entero. Noté que se me acercaba, pero me quedé quieto. Puso la cara en mi hombro y me dijo al oído, mientras me abrazaba por detrás, que más tarde llegaría la tierra que faltaba, luego vendría alguien a apisonar todo, a controlar que la tierra fuera suficiente, y después alguien más que traería pasto en panes, para cubrirlo todo. Después, me dijo, podemos poner unas plantas. No muy grandes, dijo, ilusionada, con esa voz con la que a veces se dicen cosas llenas de esperanza, pero muy verdes y limpias, de esas que no ensucian tanto de hojas, que están lindas todo el año.
No dije nada, me di vuelta, traté de desasirme gentilmente y me fui al dormitorio. Me senté en la cama y de la mesita de luz saqué la guía telefónica. Busqué en las páginas amarillas y llamé a todas las salas velatorias de la ciudad, incluso pregunté si había alguna que no figurara en la guía. En ningún lado se estaba velando a un Mainardi.
Cerré la guía y me cubrí los ojos con las manos. Pensé que quizá las plantas de mi mujer se verían como las de mi sueño. Tal vez me quedé dormido, no sé cuánto pasó hasta que entró mi mujer a decirme que se iba a su clase de tejido, cuando ella habló fue como abrir los ojos en otro lado, o después de otra vida. Dicen que las siestas más reparadoras son las que duran apenas unos minutos. Me dijo que ya estaba terminando el pulóver que le había encargado la vecina del frente para su marido. No necesitamos la plata, le dije. En vez de reprocharme el comentario, me dijo que no volviera a la chocolatería esa donde había comprado los bombones, estaban agrios. Y que por favor sacara esa cosa que había dejado en el sillón, que acá no se murió nadie.
Salió, esperé un rato y me levanté, bastante después de que el sonido de la puerta de calle se apagara en mi cabeza. Cuando estaba por salir, no sé para qué, vi el camión de tierra llegar, con tres tipos arriba, por lo menos. Me dijeron que ya estaba todo arreglado con la señora. Me imagino, les dije. Les pregunté si no querían unos bombones. Cómo no, dijeron, y les tendí la caja, para que se sirvieran los que quedaban. Cerré la puerta de casa, les dejé el patio abierto, agarré la corona y volví a salir.
Recorrí todos los sanatorios, hospitales y clínicas, preguntando si por la noche habían atendido alguna emergencia, una emergencia que había terminado mal, con un tal Mainardi por enfermo, enfermo coronario, aclaré. Emergencias había habido, sí, algunas, y hasta un par de ataques, lo corriente, pero nadie se había muerto, y menos un Mainardi, apellido que no estaba registrado en ningún lado, en ninguna salida de la noche anterior.
La corona me esperaba en el auto, y cada vez que me subía me parecía más ajada, menos vistosa, descolorida, mustia.
Llegué al trabajo justo para saludar a todos los empleados. Cada uno me dio la mano, hasta hubo quien me abrazó y dijo que comprendía cómo me sentía. Llegó el sereno, me miró con pena, saludó cortésmente y se colocó en su puesto. Yo tomé unas cosas de la oficina, papeles para revisar que no había tenido oportunidad de mirar durante el día y me volví a casa.
La corona estaba ahí, así que tomé la decisión de pasar por la casa de Mainardi. En ningún momento se me había ocurrido la posibilidad de que lo velaran en su propia casa. Me dije que eso no podía ser, que ya no se usa, que a nadie se le hubiera cruzado por la cabeza semejante cosa, que si había sido así, si ahí había sido el velorio, los idiotas, los desubicados, habían sido los familiares, no yo.
Nunca había estado en la casa de Mainardi, pero me había invitado varias veces, así que sabía cómo llegar. Las luces de la calle ya se habían encendido. Un camión de mudanzas estaba terminando de hacer su trabajo. Me bajé con la corona en la mano. Me pareció que dentro de la casa salía una luz triste, fría. Esta vez no me equivoco, pensé, y traté de recomponer palabras ya viejas, Lo supe recién, de casualidad, nadie me dijo nada, compré esta corona. Una linda mujer, bien arreglada, salió a mi encuentro antes de que yo llegara al jardín de la casa. No podía ser la mujer de Mainardi, era muy joven para eso, sé que le llevaba unos años, pero no tantos, aunque era elegante, rubia, tal como me la habían descrito. Estaba despidiendo a los tipos del camión de mudanzas. ¿Sí?, me preguntó, sorprendida. No pudo evitar fijarse en la corona que traía en la mano. Sentí que estaba viendo al hombre más extraño que había visto en su vida. ¿No vive un Mainardi aquí? Quiero decir, ¿no vivía un Mainardi aquí? Quizá, pero de eso hará ya mucho tiempo, señor… No dije mi nombre, ni nada. Mire, acabamos de mudarnos, y la casa estuvo desocupada mucho tiempo. Y por lo que sé, no tratamos con nadie de ese apellido. Ah, gracias, le dije, y empecé a irme. Sentí sus ojos en mi espalda, no sé si se dice realmente así. Me di vuelta y caminé hacia ella de nuevo. Le tendí la corona y le pregunté si no la quería, Para cuando se le muera alguien, le dije. Se llevó una mano al pecho, y corrió enseguida hacia la puerta de su nueva casa.
Pensé que lo que acababa de decir no era para tanto, dejé la corona en el asiento del acompañante y arranqué el auto. Paré en el cementerio. Hacía frío, el viento había parado, ya no volaban hojas, pero hacía frío. Agarré la corona, entré al cementerio, me pareció que en la entrada el hombre que barría era igual al que había visto en la puerta de la funeraria, pero no me fijé demasiado, ni él tampoco en mí. Caminé hasta la tumba de mamá, arranqué la dedicatoria de la corona y la puse en el suelo. Estuve un rato mirando la lápida, el césped bien cortado, las plantas a lo lejos, que no se movían. La luz de la luna las hacía brillar.
Después fui hasta el auto y manejé hasta casa.

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