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junio 3, 2009 / Roberto Giaccaglia

Losing my religion

jacob

Lost (Quinta temporada: “Destiny Calls”), enero – mayo (2009), 17 capítulos, Estados Unidos.

Nunca pensé que llegaría a escribir esto: Lost se transformó en una porquería. Ya Horacio (65 AC – 8 AC) señalaba la inferioridad de las soluciones sobrenaturales frente a las soluciones lógicas en las tramas literarias, le parecían un atajo propio de artistas sin imaginación, que no quieren trabajar demasiado. Y las volteretas de tipo mágico que los guionistas le han propinado a la serie son huidas de este tipo, sin viso alguno de inteligencia, un escape hacia adelante, por la vía rápida, la de la fantasía gratuita, la ilusión porque sí. Horacio también hablaba de la necesidad de perfección técnica y de rigor, pero ya sería pedir demasiado.
Stephen King, fan número uno de la serie, había pedido públicamente, allá por la temporada número dos, que por favor no arruinaran el final, que si los dueños de la serie se lo pedían, él podía ayudar con gusto a terminarla. Quizá se trate de alguien demasiado pagado de sí mismo, porque por lo general King no termina bien sus obras, aunque las empieza estupendamente, pero eso no importa, lo que importa es que al final su miedo se transformó en una realidad: la quinta temporada de Lost es un vehículo desbarrancado con el motor todavía en marcha y el piloto desmayado. Y ese motor según parece va a rugir una temporada más, con nosotros a su alrededor, como bobos, esperando a que se detenga de una buena vez.

Las buenas historias siguen pareciéndose a la vida, perdón por el anacronismo. Y antes en Lost de esto, de la vida, había mucho, los personajes eran humanos, habían tenido una vida antes, lo veíamos en sus flashbacks, y trataban de tenerla ahora, en la isla.
Sólo estoy hablando de principio, desarrollo y final, pero siento que debo pedir perdón, avergonzado por mi falta de innovación. Será que no entiendo la idea de muchos productores de series con éxito, a quienes no les importa sobrecargar la obra hasta volverla imposible con tal de seguir vendiendo. Los personajes ya no viven, ni, es más, parecen haber vivido. O sea que no es sólo que se hayan transformado en monigotes al servicio de un capricho: alargar la parte del “desarrollo” por demás, sino que incluso sus vidas pasadas carecen de significado, o de valor, porque ahora nos venimos a enterar de que siempre estuvieron digitadas, con lo cual la serie de desdichas que sufrieron, las muertes cercanas y el dolor, antes y durante su etapa en la isla, vienen a cuento sólo porque una fuerza mayor los necesitaba.
Y como hoy me siento pasado de moda, ya no sólo no me conformo con comparar a las buenas historias con la vida, o con citar a Horacio, sino que necesito rescatar a Aristóteles: la duración de una trama debe ajustarse al paso del héroe desde la felicidad a la desgracia, o de las desgracias a la felicidad.
Hacerlo atravesar una y otra vez por etapas diferentes, sin resolver nada en ninguna, es redundar. O lo que es lo mismo, fastidiar al espectador.

Y para hablar de redundancias, hay que citar la manía de los guionistas por los fantasmas, otra solución sobrenatural que sale en ayuda de la serie cada vez que el guión se empantana o un personaje necesita una mano. El padre de Jack, por ejemplo, es una figurita repetida, lista para asistir a cada uno de quienes se encuentran con disyuntivas, cualquiera sea, antorcha en mano, entre las sombras, con su camisa de siempre y su cara de yo no fui, pero igual te ayudo, porque todo lo sé.
La otra cuestión que pasma es Richard Alpert, otro con actitud de yo no fui, pero igual te ayudo, porque todo lo sé. Este es un hombre detenido en el tiempo, con la misma edad de siempre y su misma cara de naipe, mientras todos los demás crecen, engordan, se arrugan, mueren, no llegan a conocer al próximo presidente. Después de cinco temporadas saliendo y entrando de la nada, da lo mismo de dónde viene y hacia dónde va, con tal de que no vuelva.

La forma de explicar muchas de las cosas que pasaron en Lost, según parece, se va a dar (se está dando) gracias al atajo del viaje en el tiempo, o de algo parecido, fórmula trillada, aburrida y que permite, cuándo no, que dentro de su tejido se cuelguen cientos de artefactos sin el menor sentido, que encandilan, que no guían hacia ningún lugar, que enmarañan. Pero hasta los propios autores se enmarañan: ¿qué hacen treinta años atrás Bernard y su enamorada Rose cuidando de Vincent, viviendo cual hippies, como si nada hubiera pasado? Su presencia, si no es un mero relleno, parece más una notificación moral que otra cosa, un simple aviso de los propios autores, una confidencia, una aclaración a la atormentada audiencia: en realidad, ya nada tiene sentido y da lo mismo que aparezca cualquier cosa en pantalla. Bernard y Rose, cuidando de un perro, viviendo en paz a la orilla del mar, son la perfecta muestra del espectador cansado: da lo mismo que Jack haga volar la isla en pedazos, o que alguien lo detenga a tiempo. ¿Para qué moverse, para qué intentar nada?
Mientras más difícil se vuelve una trama, por lo general sucede lo de siempre: su interior se vacía, se agota, ya nadie se ocupa de él. Se puede decir que no es tarea de ninguna serie ocuparse de nada que valga la pena, en lo que concuerdo, pero resulta ser que Lost desde el primer momento se plantó ante nuestros incrédulos sentidos como una reflexión cuasi filosófica, cuasi política, cuasi científica, cuasi literaria de la vida (prestar atención al nombre de los personajes: Locke, Hume, Rousseau, Bakunin, Hawking, Faraday, Austen…), como si de un guión de Slavoj Žižek se tratara, autor que ve en películas como Matrix o cosas parecidas una oportunidad para hablar del dominio del hombre por el hombre y cosas así. Y bueno, Slavoj es complicado y aburre, pero Lost no, al principio era simple, divertía, todo encontraba su lugar y uno tenía entonces la sensación de haberse enganchado con una ficción que al fin era algo más, no algo que restase hasta que todo desapareciese.

Pero nos equivocamos, porque Lost en su quinta temporada se convirtió en más de lo mismo, en mucho pero mucho más de lo mismo, en un caldo demasiado aguado como para encontrar algo de gusto dentro.

¿Será culpa del éxito, que lo arruina casi todo?
Parece que sí.
Según dicen, J. J. Abrams, uno de los creadores de la serie, tenía pensada una obra en tres partes, cada una de las cuales duraría un año de producción, o lo que es casi lo mismo, se dedicaría una temporada a cada parte. Pero la cadena ABC habría ofrecido a J. J. Abrams algo así como siete millones de dólares por alargar un poco la serie, una o dos temporadas, o tres si hacía falta, para que las cosas terminaran cerrando después de que entraran más personajes, más pequeñas historias, más flashbacks.
Y bueno, con tantos comensales, el guiso se echó a perder. No había más que agua para echarle y sólo de vez en cuando algo de condimento.

O sea que con algo menos de avidez monetaria, la serie quizá habría terminado en su tercera temporada, allí donde nos enteramos de que dentro de la isla había un pueblo instalado, con sus reglas propias, y listo. Pero claro, como los televidentes y compradores de cajas de DVDs se fueron sumando, también lo hicieron los capítulos, todos a partir de ahí bastante prescindibles, por no decir molestos, porque alargaron la trama sin el menor sentido, introduciendo más y más elementos traídos de los pelos, restando más y más emoción, arruinando una historia que por el bien de todos podría haber terminado ahí nomás, cuando todo ya estaba más o menos definido (forzando un poco las cosas, hasta podía haber terminado en ese formidable flashforward donde Jack se lamenta por haber dejado la isla).
¿Pero cómo puede algo definirse si continuamente se están sumando personajes? Este es otro factor que nos tiene que hacer notar la falta de sustancia que ha venido campeando a sus anchas en las últimas dos temporadas de la serie, o por lo menos desde la mitad de la temporada número tres, aunque no es tan alarmante como el cambio radical que han sufrido los personajes. Un personaje no puede darse vuelta como una tortilla en medio de una trama. Es decir, su conducta y forma de ser deben permanecer lo más cercanas posibles a lo que eran al inicio de la historia. Y en Lost esto no se da. Sawyer ha cambiado tanto que ya uno no sabe quién es, para no hablar de Jack, de Hurley, de Jin, quienes durante las tres primeras temporadas tenían una personalidad definida, muy clara, marcada al detalle en cada uno de sus movimientos e intervenciones, pero que ahora parece difuminarse, perderse en una medianía sin definición. Esto es así porque los guionistas ya no necesitan a los viejos personajes, sino a unos nuevos, que acompañen el “desarrollo” de la serie, un desarrollo en picada y a lo loco (y a lo tonto), pero desarrollo al fin, que hoy nos tiene empantanados, y con el ánimo en suspenso… mentira.
Mentira porque en realidad ya estamos todos hartos de Lost. Mentira porque, al contrario de lo que sucedía antes, cuando sentíamos que algo se nos estaba por revelar a la vuelta de la esquina, por fin nos hemos convencido de que a la vuelta de la esquina no hay nada. A lo sumo un cartón pintado que para colmo en esta quinta temporada se nos a aparecido como un émulo de Jesús, o de Mahoma, o de quien sea y que pretende guiarnos hacia algún destino.

Y sí, ahora resulta que debemos engarzarle a una especie de dios todo lo que ha venido pasando temporada tras temporada en Lost. No hay derecho, simplemente no hay derecho. Que ese tal Jacob en vez de una voz sin rostro, que muy bien podría haber sido un engaño de Ben para confundir a Locke, un deus ex machina, haya sido todo el tiempo un gringo apacible con poderes que sólo reciben los Mesías, es una tomadura de pelo de gente que no tiene la menor compasión por el público.
No sólo tenemos a Jacob (a “un Jacob”, debería decir), sino también a Aaron (a “un Aaron”), el pequeño que no debe olvidársenos, como supuestamente se lo olvidó Claire. Aaron, recordemos, es el nieto del padre de Jack, pero en la Biblia es el tataranieto de un tal Jacob, con lo que Jacob, pues, sería el abuelo del señor Shephard, quien se ha quedado allá por la cuarta temporada con la custodia de Claire, quien ya no quiere saber nada con Aaron, un niño con las características de su hermano Moisés, es decir de guía, de “futuro guía” para más datos, que quizá llegue a cumplir, como muchos de los jefes espirituales de la isla perdida (ejem, Richard Alpert, nombre sacado de, coincidencia, un líder espiritual que en realidad existe, conocido ahora como Ram Dass, autor del libro Be Here Now, sobre conocerse a uno mismo y esas cuestiones), los 123 años que llegó a cumplir su homónimo bíblico.
Se puede decir que la Biblia metió la cola, sí, claro, cómo no, como sucede en muchas películas yanquis, que nos venden todo el tiempo cruces por liebres, pero eso sería demasiado conspirativo, hacer llegar demasiado lejos el brazo mediático de la religión. Dejémoslo mejor en la falta de ideas. El recurso facilón de apelar a la divinidad o a sus imposibles formas para resolverlo todo no siempre tiene que ver meramente con la ideología, sino con lo acostumbrado, que tal vez sea peor. Entre un malintencionado y un estúpido, no siempre hay que quedarse con el estúpido. Estos suelen ser en realidad más peligrosos y hasta mejor provistos para el daño que cualquier otro.

Pero sigamos un poco más con la religión. Y repito, no porque los guionistas de Lost quieran convertirnos, sino porque no se les ha ocurrido mejor material que las sagradas escrituras para inspirarse.
Uno de los personajes más bonachones, que le muestra a Locke el camino en un sueño, Horace, se apellida Goodspeed, una abreviatura que significa “May God help you prosper”. Pero uno de los malos, que también pretende guiar a Locke, aunque hacia otro lado, se apellida Abaddon, que según la Biblia significa “lugar de destrucción”. Esto es apenas un botón de muestra y no creo que haga falta más, porque al fin lo entendimos: después de todo, Lost no es más que otro capítulo de la eterna lucha entre el bien y el mal.
Otro botón:
Al principio del capítulo final de la quinta temporada, un hombre vestido de negro (¿el mal?) le dice a Jacob, vestido de blanco (¿el bien?), que ese barco que se ve a la distancia no trae más que hombres que vienen a pelear, destruir y corromper, como siempre, pero el bueno de Jacob, muy confiado en la humanidad, lo niega terminantemente. Así que sí, debemos engarzarle a una especie de dios todo lo que ha venido ocurriendo. O más que a un dios a su dichosa batalla con el bando contrario.
Tanto lío para eso.

Igual, perdido por perdido, llegaremos hasta el final, que será el año que viene, cuando de una vez por todas terminemos, para bien, perdiendo nuestra religión, esa que supo mantenernos cautivos años atrás, cuando el doctor Jack Shephard abrió los ojos en medio de una isla en apariencia desierta.
Y sí, lo estaba.

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6 comentarios

Dejar un comentario
  1. Juan Secaira / Jun 3 2009 2:02 am

    sí, aburre demasiado, perdió el norte y todo ese ambiente de misterio que tan bien presentaba en sus primeras temporadas. En realidad se convitió en un híbrido, que va directo al típico final moralista y didáctico, justo lo que los personajes no eran o no querían ser. Me parece que lo fantasioso cae en lo inverosímil, que es lo peor que le puede pasar a una serie; ya no me la creo, intento pero no. En este caso la comercialización, el dinero le ganó por goleada a la serie en sí misma. Cuestión que suele suceder con las telenovelas que logran audiencia y se estiran cual goma de mascar, hasta el absurdo, pensamos que lost era diferente pero.. Saludos siempre gratos.

  2. ángel eléctrico / Jun 5 2009 11:20 pm

    Puede ser… De todos modos, yo esperaría hasta el próximo año.Tal vez se trate de una estrategia: la posible simplificación a lo místico-religioso como elemento de ruptura (recordar estos elementos en temporadas pasadas, por ej. el cambio de línea temporal hacia el flash-forward). O tal vez todo esto es una expresión de deseo. Como me sucedió con Matrix y sus pérfidas secuelas.
    Sólo me queda esperar la adaptación cinematográfica del arco iris de gravedad de Pynchon en tres partes y dirigida por Christopher Nolan …

  3. Koba / Jun 8 2009 5:29 pm

    Imprimo este artículo y también el de Wolverine, los leo y luego vuelvo a comentar. Saludos

  4. Koba / Jun 8 2009 5:31 pm

    “Sólo me queda esperar la adaptación cinematográfica del arco iris de gravedad de Pynchon en tres partes y dirigida por Christopher Nolan … “

    Es posta esto ángel eléctrico? Qué notición!

  5. ángel eléctrico / Jun 8 2009 5:37 pm

    No Koba, es otra expresión de deseos, ja!. Pero estaría bárbaro, ¿no?….

  6. R / Jun 8 2009 7:23 pm

    Tal vez no es mala idea, pero primero tienen que encontrar a Pynchon para que ceda los derechos, je, je.

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