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junio 15, 2009 / Roberto Giaccaglia

Dios los cría

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Mister Lonely, Harmony Korine, 112:00, 2008, Estados Unidos.

Harmony Korine, tal vez el más freak de los directores de menos de cuarenta (más allá de esa edad hay varios para disputarle el puesto), está acostumbrado a centrar sus ojos en micromundos donde lo inusual, raro e incluso enviciado es moneda corriente, más de lo mismo, pasto habitual. Pero ahora no se ha conformado con eso, con sólo centrar su mirada, digamos, sino que se ha propuesto crear uno de esos micromundos, dotarlo de ciertas reglas, pocas, mínimas, y meter dentro unos cuantos personajes, pocos, máximos, sólo para darse el gusto de ver cómo resuelven entre ellos asuntos tales como vivir en comunidad sin matarse los unos a los otros. Con esa premisa y no otra los seres que pueblan su última película hacen lo que pueden durante casi dos horas, cual criaturas de laboratorio atrapadas en un Gran Hermano psicótico y enfermizo, donde más vale perder que ganar, con tal de salir rápido del encierro.

Korine ya dirigió cosas parecidas, como Gummo, de 1997, otra película de gente rara, muy, a la que le pasaban cosas raras, muy, y que estaba compuesta no por una narración lineal, esa antigüedad, sino por sketches, pequeños fragmentos dispuestos más o menos al azar, los cuales todos juntos provocaban no tal vez una película, sino un efecto, o lo que es casi lo mismo: cierta experiencia. Una experiencia no necesariamente agradable. ¿Y por qué habría de serlo? Ya Kant nos avisaba del poder subyugante de las cosas feas, horribles, chocantes, tragedias con demasiada sangre y/o deformaciones como para apartar la vista de ellas.

Mister Lonely se parece bastante a Gummo, con la diferencia de que luce más actuada, es decir menos real, lo que ocasiona cierta distancia, que tal vez en este caso venga bien, porque la propuesta misma del film es no tomarse las cosas demasiado en serio.

Más o menos de la misma manera hay que tomarse a Mister Lonely.
En la película tenemos a unos cuantos infradotados tratando de parecerse a los seres que admiran:  Madonna, James Dean, la Reina de Inglaterra, Marilyn Monroe, el Papa, los Tres Chiflados, Charles Chaplin, Shirley Temple, Sammy Davis Jr., Caperucita Roja, Abraham Lincoln, uno más que no recuerdo y el más raro de todos, Michael Jackson, estrella de la función, interpretado por un Diego Luna que estaba más convincente en Milk que aquí. Luna también hace de narrador del film, lo que lo convierte, sí, en el protagonista, pero su peso termina equiparándose al del resto de los osados postulantes al papelón del año.

Quien está muy bien en su papel es Samantha Morton, que interpreta a una mujer que a su vez interpreta, puf, a Marilyn Monroe. Más gorda, más destemplada, pero igual de triste.

Paralela a esta historia de perdedores, ocurre otra.
Mister Lonely es pues una especie de Las palmeras salvajes, de Faulkner, salvando las insalvables distancias: en una sola obra concurren de manera paralela y casi sin tocarse, dos historias absolutamente independientes. O sea, la última película de Korine es dos películas, dos cortos interpuestos, dos nouvelles que por momentos se hacen demasiado largas.

La segunda historia, la que no sale en los afiches, lo cuenta al gran Werner Herzog como protagonista. Este Herzog, nunca se cansa de hacer rarezas.
Bien. Herzog interpreta a un cura, Umbrillo es su nombre, en algún lugar perdido de lo que en un primer momento me pareció África, pero que quizá se trate de América Latina, no sé, no queda claro y tampoco importa. Faulkner también inventaba lugares y nadie se quejaba. El Padre Umbrillo, entonces, está a cargo de un conjunto de misioneras, algunas con más pinta de modelos que de misioneras, demasiado estilizadas para el trabajo, je, que se encarga de arrojar comida desde un avión a los pobres niños hambrientos que viven debajo, perdidos en la selva. En uno de esos viajes, una de las monjas sale despedida por la portezuela del avión, pero gracias a un rezo certero consigue dar un par de agraciadas volteretas en el aire y caer sana y salva a la tierra. Después del milagro, la hermana solicita a las suyas más fe, una prueba mayor, así que las invita a tirarse todas juntas la próxima vez que vuelen. Algunas lo hacen montadas en bicicleta. El artilugio es pobre: debajo de las túnicas se notan los paracaídas, pero qué le vamos a hacer, no es tiempo de prodigios, ni en la vida ni en el cine. El final de esta pequeña película detrás de la película mayor es tan predecible que aburre hasta contarlo.

Mientras las monjas vuelan, en las montañas de Escocia, alojados en un hermoso castillo, los amigos que se disfrazan de personalidades siguen haciendo de las suyas. Es decir, nada. A veces se emborrachan y divagan, a veces se meten demasiado en sus personajes y opinan sobre la vida como si fueran los famosos quienes están hablando y no ellos mismos. Terminan diciendo cualquier cosa, por supuesto, vaguedades en torno a lo maravilloso que puede ser la vida a veces y lo terrible que puede serlo otras. Tanto Chaplin, como el Papa, como Sammy Davis Jr. parecen opinar más o menos lo mismo. Y si no tienen ninguna opinión, improvisan sobre la marcha: arman algún pase de baile, algún cortejo fugaz, cantan un poquito, tararean, se evaden, comen frutillas con aparente sensualidad —bueno, aquí Samantha Morton está muy bien—, salen a pasear custodiados por los dioses de las Highlands, donde, se sabe, nadie envejece nunca: que es, hay que decirlo, el motivo central de la película: la lucha contra la decrepitud.

Lo de la “improvisación” no está citado porque sí. En varias escenas de la película parece que hubo de todo, menos planificación. Hasta en las pornos hay más programa que en Mister Lonely. Esto no transforma a ningún film en inmediatamente cuestionable, por supuesto, pero no pareciera ser tarea de cualquiera ponerse a zapar a ver qué sale. Por lo general, salen bodrios. Mister Lonely por momentos no lo es.

En Gummo también había improvisación, cosas porque sí, eventos dislocados, eclecticismo. Muchos de los actores de Gummo fueron contratados horas antes de filmarlos actuando. Bah, actuando. Pero Korine todavía era joven y podía jugar a eso, a no dirigir.

No sé si se le puede echar la culpa de la vejez prematura a tener en un mismo momento tantos puntos de vista, tantas ideas, pero me late que la mezcla incompatible no es tanto una señal de inmadurez como lo ya dicho, de vejez prematura. Jugar todo el tiempo a hacerse el incoherente resulta en la creación de un artefacto ya caduco al momento de mostrarlo al público. Todos sabemos qué esperar.

Voy a nombrar sólo una cosa de lo que es dable esperar en un film de Korine: el retrato peyorativo del sueño americano. A mí por lo menos ya me tiene podrido. Juntar a unos cuantos pobres infelices raros hasta la médula y más ignorantes que una piedra para que nos muestren lo poco que saben hacer ya no sorprende, aburre, pero que encima sea eso y sólo eso lo que tiene Korine para ilustrar en qué termina el sueño de su nación ya se vuelve molesto.
En sus dos primeras obras, Korine mostraba al menos lo surrealista de este sueño, un sueño que se pretende alcanzar con medios que no son, claro, obvio, sí, ya entendimos, los que se publicitan desde la televisión y las revistas satinadas, de ahí la “gracia lamentable” de la situación, pero ahorita mismo, para hablar como Diego Luna, el surrealismo se tornó en un viejo gagá que babea, ya no provoca rechazo, ni molesta, ni es políticamente incorrecto, poco importa que se meta con los tópicos usuales del racismo, el abuso sexual, la religión, el suicidio, la locura, la alienación, y el etcétera.

Habrá que crear otras formas. O contar otras cosas. Si Korine quiere molestar, provocar en serio, tendrá que ponerse a trabajar. Y no terminar, a la larga, haciendo lo que sus seguramente odiados compañeros generacionales del cine independiente yanqui hacen cada vez que les dan plata para filmar. Y es que… todos, las monjas, los personajes que se disfrazan de personajes, viven en un sueño que, adivinen, no puede terminar bien.
Si al menos Korine hubiera dotado a sus extraños seres de gracia… o de ese sentimiento que a falta de un nombre mejor alguien llamó “el orgullo de la derrota”… Pero no, al final todos se arrepienten de la vida de mierda que venían llevando. O no de la vida de mierda, sino de sus elecciones. Y como siempre, es una desgracia lo que les hace abrir los ojos.

Para que me hablen de lo pérfido, o ridículo, que es el sueño americano, sigo prefiriendo a Los Simpsons, cuyos personajes, notablemente Comic Book Guy —que bien podría ser un perdedor nato típico de los mundos de Korine—, rara vez se arrepienten de lo que hicieron, o dejaron de hacer, cada vez que la vida, o el mundo de verdad, les abren los ojos con una pequeña desgracia o les hacen notar cuán errados estaban.

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5 comentarios

Dejar un comentario
  1. Anónimo / Jun 20 2009 3:12 pm

    chupatelos

  2. R / Jun 20 2009 11:18 pm

    Vení y haceme el favor, que no llego.

  3. Anónimo / Jun 29 2009 4:51 pm

    gil

  4. eze / Feb 23 2010 8:02 pm

    buena reseña, che.
    la narrativa de las subjetividades insignificantes (también me gusta llamarlo “realismo capitalista”) tal como viene siendo ya va mereciendo el ocaso…
    saludos!

    pd. los comentarios de Anónimo son muy agudos. Me pregunto si el próximo será: “chupámela vos” o “pelotudo”. Quedo a la espera.

  5. Roberto Giaccaglia / Feb 23 2010 11:30 pm

    Gracias Eze. Me gustó eso de las subjetividades insignificantes. Creo que van mereciendo el ocaso también en la literatura, donde han campeado a sus anchas demasiado tiempo, hasta aburrirnos mortalmente.
    Un abrazo.

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