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julio 2, 2009 / Roberto Giaccaglia

La hipótesis del escarabajo

burroughs

William Seward Burroughs II, 1914-1997, Estados Unidos.

gysin

John Clifford Brian Gysin, 1916-1986, Inglaterra.

I
La palabra “beetle” significa escarabajo, pero es algo más que un nombre para el simple insecto coleóptero de andar torpe y cuerpo duro. Es también el figurativo que se emplea para llamar a las letras mal formadas y de rasgos torcidos y confusos: parecidas, de algún modo, a las patas de un escarabajo. Se puede agregar que es cierta imperfección en los tejidos, y que de igual modo puede llamarse, “escarabajo”, el resultado de no estar derechos los hilos de una trama, cuando se escribe, por caso, una historia ininteligible.
(De paso, así se llama en sociología a la persona o al grupo que rechaza los valores socialmente establecidos e institucionalizados, es decir aquel “elemento” indócil y a veces algo torcido.)

Por su lado, la palabra “beat” significa golpear, vencer, batir…, pero también fatigado, abatido, harto…

Y la palabra beatle, unión medio en broma de las dos anteriores (“beetle” y “beat”), significa más, mucho más: tanto como una generación o quizá tanto como varias generaciones. Una unión que es mucho mayor que la suma de sus partes, algo que está por encima de esas dos o tres palabras: escarabajo, golpeado, harto…

II
Dicen que a William S. Burroughs lo tentó la posibilidad de no escribir. Me pregunto qué habría hecho entonces. Estuvo un largo tiempo mirándose un pie, por ejemplo, y otro tanto disparando sus armas. En uno de esos tiros, le dio a la cabeza de su mujer, Joan Vollmer, jugando a Guillermo Tell. Tal vez Burroughs hizo bien en no caer en la tentación y seguir escribiendo.

En algún momento, en medio o después de todo eso, escribir o no, mirarse el pie, disparar, se fundó un movimiento inspirado en él. Nunca le gustó la idea. Quizá le haya servido para conocer jovencitos, pero no creo que pasara de eso su vaga, muda, reservada aceptación de todo lo que se estaba haciendo en su nombre.

No le interesaban las revoluciones culturales ni creía tener nada para decirles a esos individuos que no tardaban en bajarse del colectivo social apenas subían a la adolescencia, se llamaran como se llamaran, beats, hippies, punks, lo que fuera. A los del medio directamente los despreciaba. ¿Qué era eso del amor y la no violencia? ¿Y eso de las flores para contrarrestar a las armas? Para William S. Burroughs las flores estaban bien, sí, pero en macetas y tiradas con fuerza desde una ventana bien alta.

Pero en cuanto a la vida en sociedad sabía una cosa, más allá de todo movimiento, de todo rejunte, de toda agrupación falsa y de toda propaganda: los escarabajos, insectos sin lugar en cualquier sociedad con reglas de hormiguero, prefieren sitios separados del resto, un lugar tranquilo en el que cavar su hoyo y allí tratar de hacer un mundo mejor. O por lo menos el suyo propio.
Eso le bastó.

III
No es que se la pasara protestando contra los valores establecidos, cualquiera fueran, sino que simplemente los desconocía. Murió sin aprenderlos, no hace mucho, en agosto del 97, un sábado, a los 83 años, en algún hospital de Kansas. Poco tiempo atrás se lo había visto en un comercial de Nike y en un video de U2, también en una película de Gus Van Sant, Drugstore Cowboy.
Ese fue un estigma que lo persiguió siempre: cualquiera se inspiraba en él.

Como Lennon, no tuvo la culpa de casi nada.

IV
En la década del cuarenta, William S. Burroughs conoce a Allen Ginsberg y a Jack Kerouac. Dicen que fue novio o algo así del primero, y que el segundo funcionó como un aliciente creativo. Igualmente, no es hasta bien entrada la década del cincuenta que William S. Burroughs —después de matar a su mujer, después de que naciera su hijo (William Burroughs III), después de vivir en México y en Sudamérica, en busca del yagué, droga del espíritu— pasa a vivir con el poeta Ginsberg, tal vez el más mediático de todos ellos. Creo que todavía la palabra mediático no existía.
Por esa época, Burroughs publica su primera obra, Yonqui, más que nada recortes autobiográficos.

Entonces cierta masa de jóvenes agitados por fin encuentra su religión. Pero Burroughs no se entera de casi nada. Está recluido primero en Tánger, luego internado en Londres, después instalado en un hotel de París, donde sumido en una nube escribe casi sin darse cuenta Naked Lunch.
El hotel parisino se llama Beat.

V
Las obras que dan origen al movimiento no tienen mucho que ver entre sí: Howl, de Allen Ginsberg, On The Road, de Jack Kerouac y finalmente Naked Lunch de William S. Burroughs distan bastante entre ellas, y si se quiso entonces encontrarles algún parecido este fue tan forzado como en su momento lo fue el que algún publicista y/o agente literario encontró en las novelas de García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y demás popes del boom latino.

Tal vez en lo único que pueda compararse a Howl con Naked Lunch es que ambas obras generaron rechazos inmediatos. Hablaban de cosas diferentes, pero el puritanismo al mando vio entonces sólo sexo y desenfreno.

VI
En 1957,  William S. Burroughs conoce quizá al único artista que respetó en su vida: Brion Gysin, pintor, escritor y performer que un buen día “descubrió” la técnica del cut-up.
La técnica es bastante sencilla: se trata de separar partes de obras diferentes y juntarlas unas con otras. Algunos lo llamaron escritura aleatoria, otros quisieron compararlo con el dadaísmo. Pero los dadaístas al menos contaban con un plan meditado para su desorden.

Veamos.
Aplicada a la literatura, la técnica del cut-up quizá se trate de un juego de palabras liberado del empeño de construir una frase coherente. Una exhibición irritante en contra de la lógica. El completo azar. Un balbuceo casi infantil.
Tal vez por esto último, lo de balbuceo infantil, alguien haya visto semejanzas con el dadaísmo, porque la palabra viene justamente de lo que los bebés “dicen” cuando intentan decir algo: dadá(ismo), pero no sé, en definitiva, si William S. Burroughs intentaba decir algo.

William S. Burroughs, más bien, elogiaba el valor del trazo por sí solo, la provisionalidad, el antiprograma. A esto lo llamaba “escritura total”.
Jack Kerouac, que escribía con un rollo de papel para no tener que detenerse a cambiar la hoja, lo llamaba “escritura espontánea”.

VII
Volvamos a Gysin.
Viviendo en Tánger, abrió un restaurante, Las Mil y Una Noches. Uno de los habitués era William S. Burroughs. El restaurante quebró en 1958, entonces Gysin se retira a París, a un hotel de mala muerte, sí, el Beat.
El hotel cuenta con ventanas que dan a paredes del edificio de al lado, no tiene mucha luz, no cubre los requerimientos mínimos de seguridad y sólo tiene agua caliente tres días a la semana.
Un buen agujero para escarabajos.

Trabajando en un dibujo, Gysin se topa con una técnica que alguien más llamará a su debido tiempo “dadá”, por ponerle un nombre, por usar un calificativo que ya existía. No le da mucha importancia entonces, pero algo le comenta a su ex cliente del restaurante, William S. Burroughs, con quien se junta de vez en cuando a conversar en la habitación del escritor, la número 15, decorada con fotos pegadas con cinta Scotch.
A Gysin le gusta mucho la decoración empleada por su amigo. Las fotos están pegadas una encima de la otra, y se confunden, crean un continuo en la pared, las escenas se mezclan y los rostros presentes en unas se unen a los de las demás. El efecto es encantador y piensa que tiene bastante que ver con lo que acaba de hacer él mismo en su propia habitación, minutos atrás. Se lo comenta a William S. Burroughs, pero éste apenas lo escucha. Está a punto de partir hacia Londres, necesita internarse y no puede prestarle atención a nada más.

Gysin se queda solo, de vez en cuando cruza palabras con alguna que otra alma perdida en el hotel, como Gregory Corso por ejemplo, otro poeta, el más joven de la troupe. Suelen encontrarse en la habitación número 15, ahora vacía. Allí, accidentalmente, Gysin encuentra entre una pila de diarios algunas hojas sueltas manuscritas por William S. Burroughs. No eran más que eso, justamente, hojas sueltas, inconexas. Pero Gysin pensó que lo que venía aplicando a la pintura y lo que el propio William S. Burroughs había hecho en la pared de su cuarto, podía aplicarse a lo que acababa de encontrar. Es decir, a la escritura.

Cuando William S. Burroughs vuelve de Londres, más o menos curado, ya es 1959 y Gysin le tiene lista una sorpresa: “eso” que había dejado abandonado entre una pila de diarios y mugre se está transformando en una novela. O en algo que puede llamarse tal cosa sin ruborizarse demasiado, o tal vez sí, pero qué importa. El experimento cambiaría la literatura para siempre.

Cuando Brion Gysin muere en 1986, apareció un comentario lapidario en el New York Times, que al menos desde la óptica del redactor ponía más o menos en claro de qué se había tratado todo eso de dadás y beats (o beatniks, como los llamó alguien, despectivamente, por encontrarlos contrarios al espíritu americano y más afines con el comunismo): “Brion dejó caer unas cuantas ideas que varios artistas mediocres supieron aprovechar, es más, artistas que hicieron de esas ideas arrojadas como por casualidad la razón de ser de sus carreras”.
William S. Burroughs, ni una cosa ni la otra, ni dadá ni beat, por más que se lo hubiera estado metiendo a la fuerza en los dos lugares, no debe de haberse sentido aludido. Y apuesto que Brion, desde el más allá, tampoco.

VIII
Sigamos un poco más con el cut-up.
Lo que le interesó a William S. Burroughs del “hallazgo” de Gysin es que la técnica le permitía a el escritor buscar el azar puro y al lector infinitas interpretaciones.

Un momento, estoy viendo una pelea de box, tengo el televisor encendido en la pieza de al lado y parece que hay emoción en el ring, ya vengo.

Sigo.
Con estas posibilidades, entonces, azar puro e infinitas interpretaciones, William S. Burroughs se lanzó a toda máquina: The Soft Machine, The Ticket That Exploded y Nova Express, novelas todas ellas, salieron una detrás de la otra, 1961, 1962, 1963, y la primera le dio nombre a uno de los mejores grupos de jazz-rock y rock progresivo de la historia, bueh, al menos de la escena de Canterbury, el comandado por el baterista Robert Wyatt. Claro que no es lo único a lo que le dio nombre la pluma de William S. Burroughs: el nombre que se le da al género “heavy metal” está sacado de la tercera obra de la trilogía, Nova Express (“Heavy Metal People of Uranus wrapped in cool blue mist of vaporized bank notes… And The Insect People of Minraud with metal music”), así como el nombre de Steely Dan, otro grupo de jazz-rock, y tampoco uno poco significativo, está sacado de Naked Lunch… o, un momento, quizá de Nova Express… no puedo asegurarlo, lo que sí, es que es el nombre de un consolador en alguna de las dos novelas. Buen nombre para un grupo de rock en cualquier caso.

Era así, los rockeros se le acercaban y él no podía hacer nada para impedirlo: Disposable Heroes of Hiphoprisy grabó un disco a partir de sus textos, Spare Ass Annie and Other Tales, y Ministry no sólo se inspiró en él para una de sus canciones más conocidas, “Just One Fix”, sino que usó su propia voz y sus propias palabras para la canción “Quick Fix”, cara B del single de la canción más conocida. (Creo que también hizo un par de cositas con Tom Waits, no sé qué, no las escuché, pero no creo que se trate de una ópera o de algo como eso, o quién sabe.)

La otra clase de influencia que prodigó, aparte de la que tiene que ver estrictamente con las palabras, es más bien de procedimiento. Algo más cerebral, si se quiere, un virus subversivo que ata cabos sueltos de la manera menos pensada. O una Enfermedad, así, con mayúscula, que es como Burroughs llamaba a la adicción.
Es que William S. Burroughs es más que nada alimento neuronal, pero aquí hay que nombrar de nuevo a Gysin, por más que Gysin no confiara tanto en las palabras —recordemos su condición de performer, pero, sobre todo, la de pintor. Aseguraba, por ejemplo, que con respecto a la pintura la literatura atrasaba por lo menos cincuenta años. Viendo lo que uno y otro hacían, sí, quizá tenía razón.

Bien.
Gysin y William S. Burroughs contribuyeron a los collages que armaron bandas como Nurse With Wound y al uso aleatorio de las notas de gente como John Cage, tal vez el más notorio de todos los nombres relacionados con la música, para no nombrar a Sonic Youth, que aprendió más de una cosa siguiendo a este dúo indómito.
Otros a los que no les vinieron mal las ideas de Gysin-Burroughs son o fueron Frank Zappa, Laurie Anderson, Philip Glass, Patti Smith… todos los cuales participaron de un homenaje a Burroughs, sí, sólo a Burroughs y no a Gysin, en 1978 en Nueva York: la Nova Convention.
Un año después, William S. Burroughs es nombrado miembro del Instituto Americano de las Artes y las Letras. Probablemente, el título le resbalara.

IX
Pero hay que aclarar que si bien el cut-up es de Gysin, la variante no menos excitante del splice-in le pertenece a William S. Burroughs.
Tal vez el splice-in provenga de la disposición que William S. Burroughs hacía de sus fotos en su habitación del hotel Beat: se trata no propiamente de una mezcla aleatoria, sino más bien de una inserción: por ejemplo, grabar una cinta con ruidos y frases, rebobinarla y grabar una segunda con nuevos ruidos y palabras usando la primera como fondo.
Con idéntico procedimiento se grabó el disco The Priest, They Call Him, de 1992. En realidad es un solo tema editado en forma de single. Su escucha es poco recomendable: William S. Burroughs lee algunos de sus textos sobre acoples de guitarra de Kurt Cobain. Ninguno de los dos salió satisfactorio de la experiencia. Tal vez haya tenido que ver no tanto con una cuestión generacional como espacial: Cobain venía de un planeta, y William S. Burroughs de otra galaxia.

X
William S. Burroughs supo cuándo parar.
En 1982, harto del cut-up y sus derivados, se recluye en un pueblito de Kansas con su amante, un tal James, escribe obras reflexivas que nadie lee, obras de tinte filosófico, que pretenden dejar una enseñanza, su único hijo muere de cirrosis, y comienza a pintar: arroja baldes de pintura sobre lienzos enormes y después los firma. Luego cambiaría la pintura por las balas: dispara contra planchas de corcho y las firma. El resultado es más o menos el mismo, con menos color.

Mi viejo casi se muere de cirrosis. Le pasó, el casi, cuando tenía más o menos mi edad actual. Se levantaba, tomaba unos mates, un vasito de ginebra y se iba a trabajar. Repartía diarios, los primeros lugares donde se deja un diario son los bares. En cada uno, tomaba al menos un vasito. Al final del reparto, eran apenas las ocho de la mañana y ya llevaba media botella de Llave o de Bols en el estómago. Tal vez el propio trabajo haya tenido la culpa.
William S. Burroughs escribió, entre las obras que nadie leyó (The Job, The Electronic Revolution, The Retreat Diaries) reflexiones maduras acerca de asuntos varios de la vida en sociedad, en donde cosas como adicciones, trabajo, política y otras formas de dominación son los temas principales. Con esas reflexiones quiso cambiar la conciencia humana, renovar conceptos, olvidar otros.
Nadie le hizo caso y así estamos, todavía adictos, todavía confiando y todavía trabajando.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. mirtha lucía / Jul 2 2009 11:31 pm

    Ha sido apasionante seguir el desarrollo de tu hipòtesis.

    Agrego un agradecimiento que si llegara a oìdos de W.S.B. podrìa llegar a convertirme en su plancha de corcho favorita(por supuesto sin la firma): el diseño aireado de tu artìculo me facilita la lectura.

  2. Roberto Giaccaglia / Jul 3 2009 1:06 am

    Gracias Mirtha, y ojalá entonces que el bueno de Bill no esté escuchando.

  3. Viviana / Nov 26 2009 7:48 pm

    Hola Roberto, ¿cómo estás? Te acordás de mí?
    Retomé mi actividad bloggera y musical después de algunos problemillas. Sigo en Barcelona por ahora. Te voy a linkear nuevamente. En los datos que me pide wordpress te pongo mi nuevo mail, v.v.initials no more :)

    Te mando un beso grande!
    Viviana.

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