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julio 26, 2009 / Roberto Giaccaglia

El amor es simple. Linux, no tanto

No sé bien cuándo empezó esa especie de obsesión en mí de dejar de usar los programas de Microsoft. Pero tengo una leve idea.
Habrá sido cuando trabajaba para una universidad del interior del país, no importa cuál.
Yo provenía de una facultad de ciencias sociales, usaba la computadora para escribir y acaso jugar algún partidito de fútbol virtual. Trabajaba conmigo un pibe que venía de una facultad de física. El tipo era muy bueno con los números, también con las máquinas, armaba y desarmaba trastos todo el tiempo, los llenaba de software y cosas así.
Un día, en medio de un recreo laboral, me dijo que estaba abandonando Windows, en pro de cierto sistema que tenía el nombre de Mandrake, que como todo el mundo sabe fue un mago, y también un héroe de historietas, ambos muy refinados. Ese cierto sistema, me dijo, provenía de uno mucho mayor, que tenía el nombre de Linux, que a su vez había nacido de otro, con el nombre de Unix. Ya eran demasiados nombres. Para mí la computadora era una pantalla que cuando se encendía aparecía el nombre de Windows, un cielo, un número (95) y algunas ventanas de colores.
El asunto quedó en eso, nada más.
Después de unos días, vi en un kiosco una revista, que tenía uno de esos nombres en la tapa, Linux. Traía un cd rom, un disquito que prometía un sistema entero, con un montón de programas, juegos incluso, aunque ninguno de fútbol.
El sistema era un Linux, que poco y nada tenía que ver con el que había empezado a usar mi compañero de trabajo, ese tal Mandrake. Este se llamaba Corel Linux.
Hasta ese momento, yo creía que Corel era una empresa que hacía programas de diseño gráfico, creo que incluso patrocinaban un concurso donde se intentaba encontrar nuevos genios de la actividad, siempre usando el CorelDRAW me imagino.
Me llamó la atención, compré la revista, la leí unas tres, cuatro o cinco veces, no sé, y cada vez me iba metiendo más en el tema, pero de una forma casi fanática, un fanatismo algo tonto, lo admito, porque por el momento para mí Linux no era más que un compendio de capturas de pantalla en una revista, notas alabándolo, opiniones y datos acerca de cuánto estaba creciendo alrededor del mundo. Tal vez lo que me fascinó de la revista fue el uso intensivo de la palabra “libertad” cada vez que se mencionaba ese dichoso nombre: Linux.
Saqué el tema en el trabajo. Mi compañero se sorprendió de mi hallazgo, de mi creciente interés y me preguntó si ya había instalado el sistema. Le dije que no, porque tenía miedo de lo que llegara a pasarle a mis datos, notas más que nada, hojas y hojas en Word. Me dijo que siguiera las instrucciones de la revista, me explicó una y mil veces cómo particionar el disco rígido, cómo alojar los dos sistemas, el Corel Linux y el Windows, que ya había empezado a odiar. Me sugirió unas páginas de Internet donde recopilar información. Luego, en un hueco robado al trabajo se metió en un foro virtual de usuarios y preguntó datos técnicos sobre Corel Linux, porque no lo conocía, y me animó a instalarlo.
Apenas llegué a casa, me senté y comencé la tarea, una aventura un tanto riesgosa. El proceso me llevó un buen rato, más que nada por el temor con el que miraba cada pantalla que me aparecía durante la instalación. Al final, entré al nuevo sistema, pero no hice más que renegar, con el sonido, con el mouse, con el teclado, con el monitor.
Al otro día, le comenté mi experiencia a mi compañero, una experiencia bastante pobre por cierto. Me dijo que era lo más normal, que llevaba tiempo acostumbrarse, sentirse cómodo. Con Mandrake le había pasado lo mismo.
Igual, el enamoramiento con Linux seguía, con la pasión de los amores no correspondidos.
Compré mas revistas, españolas, argentinas, y así anduve, a tientas. Después vi en Musimundo una nueva distribución de Linux, el Conectiva. Me llamó la atención la hermosa caja donde venía, en blanco y negro, llena de fotos de Brasil, lugar de donde era la empresa. Lo compré, lo instalé, renegué igual o peor, seguí comprando revistas acerca del tema, navegando por Internet en foros y páginas de empresas que hacían su propio sistema a partir de Linux, conseguí luego el Turbo Linux, que no venía en una caja tan linda como el Conectiva —en absoluto, el packaging del Conectiva era insuperable y el fotógrafo un genio—, aunque sí con un pájaro muy simpático, lo instalé y renegué más, porque la instalación era en modo gráfico. Después vino el Mandrake, pero mi compañero de trabajo a esa altura ya era ex compañero, porque había emigrado, así que no pude preguntarle acerca de este sistema. Me las tuve que arreglar solo, pero con el Mandrake la cosa fue mejor, y fue mejor todavía con el Suse, sistema que le siguió al del mago y cuya mascota era un simpático camaleón. Ahora ajustaba el monitor de lo más bien, escuchaba música, que era lo principal, y lo sigue siendo, no navegaba por Internet pero al menos usaba los programas de oficina.
Dejé el trabajo de la universidad por otro, seguí aprendiendo lo más posible acerca del software libre, que es de lo que se trataba, a fin de cuentas, y ahora lo veía con mayor claridad. Cambié de nuevo de trabajo, esta vez por uno peor, y luego por uno peor todavía. A esa altura ya había probado varios Suses, cada vez con mayor éxito. Ahora incluso había configurado el módem y me paseaba por Internet sin necesidad de Explorer, que me había hecho conocer lo que es un virus, lo que es un Spam y demás dolores de huevos.
Fue por esa época, creo, que respondí a un aviso en un diario. Una firma necesitaba de alguien que hubiera pasado por ciencias sociales. Me presenté, se trataba de unos abogados que asesoraban a empresas de tecnología en materia legal. Querían a alguien que “hiciera prensa” y cosas así —mentira. Me hicieron una prueba, me tomaron y a la semana me pusieron a componer escritos en contra del software libre. ¿Eh? ¿Escribí bien? Sí, escribí bien: el trabajo se trataba más o menos de eso, componer escritos en contra del software libre. Tardé en darme cuenta, o mejor dicho en tomar valor, pero a los pocos días dije que no y me fui, sin cobrar la semana laboral. (La operación tuvo menos de valentía de lo que aparenta: aduje que estaba muy ocupado con mi nueva casa, me estaba mudando.)
De pura bronca nomás borré enterita la partición de Windows ni bien llegar a casa. Total, en el fútbol virtual me estaba yendo cada vez peor.
Después de los varios Suses vino Mandriva. Esta distribución era hija de Conectiva y de Mandrake, las distribuciones gracias a las cuales había empezado, una por tener una hermosa caja, con fotos del Brasil, y otra porque fue el sistema que mi ex compañero de trabajo utilizaba.
Ahora que lo pienso, no sé qué habrá sido de ese ex compañero. Seguramente estará metido en algo que tenga que ver con los números, o con las máquinas. Y usará Linux, me imagino. No tal vez Mandrake, sino algo como Slackware, o Debian, cosas así, nombres que para la gente del software libre se pronuncian con devoción y respeto. La historia que tienen detrás les da el mérito suficiente.
No son de las más fáciles, claro. Yo probé Slackware y no tuve la paciencia suficiente como para persistir en su uso. Ahora tal vez lo haría, ya más libre de ocupaciones, al menos de ciertas ocupaciones.
Bien. Después de mi fallido intento con Slackware volví a Mandriva, al que no tardé en abandonar porque algo nuevo había aparecido en el horizonte: Ubuntu. En poco tiempo fue la distribución de la que hablaban todos. Una maravilla simple y hermosa, como casi todas las cosas que cuentan al menos con dos de esas características. Primero la descargué de Internet, y después probé pedir un cd original, por correo, a la gente que trabaja bajo la tutela de no sé qué millonario africano, que ofrece los cd’s gratis incluyendo su envío. El cd me llegó a las cuatro semanas, roto —seguramente los de la aduana tuvieron la culpa, habrán abierto el paquete para ver qué tenía y lo deben de haber tratado como tratan todo lo que no es sospechoso.
Bien.
Seguí usando entonces mi copia bajada de Internet, que en su mayor parte funcionaba digamos bien.
Y como me estoy volviendo más curioso con los años, se me dio por probar con la distribución que había parido a Ubuntu, una de aquellas que suena a gloria divina para los que saben y se nutren y se fanatizan con el software libre: Debian.
Y renegué de nuevo, como un caballo, más o menos como la primera vez, o peor. Con el módem, el monitor, la placa de sonido, la instalación de programas. Pero el amor es así, inexplicable. Nadie sabe bien qué nos lleva a intentarlo, pero no me vengan con el asunto de la libertad —siempre se está atado a alguien, llámese Bill Fucking Gates, o el millonario africano que patrocina a Ubuntu, o el loquito de Richard Stallman, que lleva a su tribu de linuxeros de las narices, como un gurú enfermo y maldito.
Creo que, en esencia, todo esto no es más que mística. Necesitamos creer en algo, y por qué no en un sistema operativo. Como para otros millones de usuarios, a la larga da lo mismo lo que usemos, total nos es imposible meternos de lleno en él: lo que ocurre en las entrañas de nuestro sistema o bien sólo se puede alterar mínimamente —lo que es sólo útil para la parte más miserable de nuestro ego— o es inmodificable. Dicho sea de paso, la condición de gratis en la mayoría de los casos no es un problema —a no ser los aburridos y pedantísimos abogados que me contrataron para escribir en contra del software libre, no conozco a nadie que haya pagado una licencia de Windows.
Así que sólo nos queda la mística —obviando por supuesto cosas menores como la estabilidad, la seguridad, la falta de intromisión y cuestiones así, que tampoco vienen al caso.
El amor, pues, de tan simple que resulta es incomprensible.
Y nada de esto puede hacer por nosotros Windows —ejem, estabilidad, seguridad, falta de intromisión, pero sobre todo lo otro, lo que importa: la mística.
(Ni siquiera lo intenta, sino todo lo contrario, vaya uno a saber por qué —quizá, simplemente, porque tiene la vaca atada.)
El otro día mi mujer y mi hija —mis verdaderos amores, debería decir, porque nadie en su sano juicio se enamora de un sistema operativo— no pudieron iniciar sus Messenger’s para comunicarse con sus seres queridos y a la distancia: se les obligaba a aceptar una actualización, descargarla, aceptar las condiciones de uso, etcétera, etcétera, más la petición de meterse a averiguar si la copia que tienen de Windows es original o no. Pero todavía les falta más broncas así para despedirse de Windows.

Como corolario podría decir que cierta gente ve el mundo de otra manera, que cree que el progreso es pasar por encima de los demás, tener más dinero, más autos, más control sobre la gente y cosas así, trazando una línea torcida y errada para separar a los creadores de Windows de los otros, quienes supuestamente contarían con un plafón moral de mayor envergadura, lo que les permitiría bagatelas tales como no celebrar Navidad, no usar teléfonos celulares, no casarse, y decir que el dinero no puede decirles qué hacer.
Así que voy a obviar este corolario, tan consabido como estéril.
Lo único que quizás valga la pena es preguntarse acerca de este misticismo, que bien mirado es una contradicción: una clase de amor que no necesita más que complicaciones para manifestarse en todo su esplendor.

5 comentarios

Dejar un comentario
  1. antineo / Jul 27 2009 4:13 am

    El amor es ciego…
    Yo he renegado mil veces por no poder configurar todavia mi tarjeta Atheros en Mandriva y ahora estoy por pasar al Ubuntu, espero tener mas suerte…
    Por cierto lo del Ubuntu un amigo me dijo que le habian enviado el CD gratis pero mo le crei, a no ser como dices de un loquito africano que pague todo incluyendo el envio, en fin….
    Buen post nos leemos por aqui

  2. black betty / Jul 27 2009 3:19 pm

    lo del cd gratis de ubuntu es cierto, para la tarjeta atheros: http://ubuntulife.wordpress.com/2008/11/30/solucionar-wifi-con-tarjeta-atheros-en-ubuntu/
    mandriva solo me trajo problemas, y nada de amor
    ubuntu si es amor: para los africanos es lealtad, todo sistema tendría que ser asi

  3. mariano / Jul 28 2009 11:44 pm

    En la biblioteca donde trabajo tengo una máquina que corre bajo Mandriva, los gráficos no se adaptaron mucho al monitor, es más, la pantalla en un punto se recorta. A veces hay problemas para escuchar algunos mp3 de blogs. En general es un sistema bastante mansito, no le pido demasiado. La idea es que el gobierno se quiere sacar de encima a Window para no pagar las licencias.
    Buen post, y linus Torvalds, qué está haciendo ahora?

    saludos

  4. Roberto Giaccaglia / Jul 29 2009 5:39 pm

    Buena pregunta, yo también quisiera saber, por mera curiosidad, qué está haciendo en estos momentos el bueno de Torvalds. No mucho, me imagino. Finlandia parece ser un lugar bastante aburrido.

  5. es TOP SECRET viste / Oct 31 2010 11:05 am

    jajajja UBUNTU SI ES AMOR PARA LOS AFRICANOS ES LEALTAD xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD

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