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agosto 10, 2009 / Roberto Giaccaglia

La sed lo es todo

placebo

Placebo, 1994 – …, Inglaterra.

battle

Battle for the Sun, Placebo, 2009, 52:15, PIAS.

Para Euge y Ale, fans, moderadas, de Brian Molko

Es difícil no hacerse fan de Placebo. En primer lugar, es un trío, y ya se sabe lo que provocan los tríos de rock cuando tienen con qué: Cream, The Jimi Hendrix Experience, Rush, Motörhead, Nirvana… por citar a esmerados exponentes que han sabido mover a multitudes y dejar almas desparramadas allí donde han tocado. Cobain decía que él admiraba sobre todo a los tríos, que allí era donde se demostraba si un grupo sabe tocar o no, al ser de sólo tres integrantes, la banda tiene que saber suplir, con fuerza, con talento, con sangre y sudor, la falta de gente arriba del escenario.
Pero no sólo eso: Cobain creía que los tríos son capaces de crear un aura a su alrededor, cierta mística, un “alejamiento” mayor del mundano y pobre mortal que de abajo los mira embobado: si hay dioses en el rock, son tríos. O al menos los iniciadores de cierta religión.
Todo esto puede ser cierto, pero en el caso de Placebo, al menos lo primero, esto de saber tocar y de esmerarse más que los cuartetos o quintetos arriba del escenario, se da sólo en parte, porque en vivo Placebo no es un trío, sino un “supuesto” trío: se mueven en escena junto a un arsenal de guitarristas/bajistas, tecladistas, percusionistas y vocalistas —hacen bien, mientras puedan pagarlo.
En lo segundo, aquello de que un trío genera una mística de la que carecería por ejemplo un cuarteto, o sea lo que hace estrictamente a la “fantasía” que se genera alrededor de un grupo de rock, Placebo es ya más efectivo.
Es que lo segundo tiene que ver con la imagen, y de imagen Placebo sabe bastante.
Este es, sí, el verdadero punto a tener en cuenta en el fanatismo que despierta Placebo, y es el principal. Son muchachos bonitos, sí, pero no es sólo eso, aunque ya sería bastante y tal vez sobre esto haya que explayarse un poco.
En mi humilde opinión, si este trío estuviera compuesto por tres gordos sudorosos, pelados, barbudos, al estilo, digamos, del cantante de Ratos de Porão, un tipo bastante improlijo y antipático, la banda no sólo vendería menos discos y los iría a ver menos gente, sino que, directamente, tendrían que hacer otra música: una donde fuera la rudeza, la brabuconada y hasta el mal gusto las banderas a levantar. Vamos,
Placebo sería una banda hardcore, tal vez más afinada que lo usual, pero hardcore al fin — “Placebo” no es mal nombre para una banda hardcore, aunque quedaría mejor algo como “Engaño”, que es después de todo un equivalente.
Pero, en cambio, los chicos de Placebo —no tan chicos, a no ser el nuevo baterista—, parecen elegidos por algún equivalente de Yves Saint Laurent para lucir modelitos en escena, o posar antes las cámaras (algún equivalente con gustos góticos, un poco perversos también).

Glamour ante todo. El artista Glam lo sabe: un poco de erotismo, una mirada sugerente, un revoleo de plumas causan más efecto que canciones bien arregladas. Hay que arreglarse uno, la música, después, sale sola.
El Glam en parte se trata de eso, o en su mayor parte, es justo decirlo. Y si no pregúntenle a Marc Bolan, que antes se fijaba si su maquillaje se veía bien y después si la guitarra con la que iba a subir a tocar tenía todas las cuerdas.
Aparte del gusto por verse bien, las canciones sencillas, las bases rítmicas que hacen que uno golpee el pie en el suelo, y los riffs inspirados, cortos y pegadizos, Molko comparte una cosa más con Bolan: los detractores de ambos siempre dicen lo mismo cuando los atacan: que nunca evolucionaron musicalmente, que se conformaron con los acordes que sabían, con ciertas fórmulas, y listo, aparte de vivir para posar, hacerse ver, satisfacer el ego, olvidarse, en suma, de la música, aquello por lo que supuestamente están ahí arriba. Ah, y una cosa más: tanto Bolan como Molko no lograron tener éxito en América. Siempre lo arañaron, en todo sentido de la palabra, pero nunca lo consiguieron: un error de
los americanos, por supuesto, por no ponerse a su alcance… o por creer que con los New York Dolls ya tuvieron suficiente.
Y una cosita más: de la música de Bolan y de la de Placebo se dice lo mismo: es para niños que no crecen. Yo prefiero decir, en cambio, que es una música vital y hasta vampírica: en cierta forma, rejuvenece al oyente, y le pide poco a cambio: cierta ilusión, la entrega, como forma de pago, de toda esa gravedad y circunspección adulta —sangre vieja, avinagrada—, nada más. Los Ramones, para ser escuchados como deben, piden lo mismo, y nadie les ha salido al cruce por eso. La única vez que les salieron al cruce, justamente, fue cuando se les ocurrió “cambiar” y llamaron al “evolucionado” Phil Spector para que los hiciera crecer. Les salió el peor disco de su carrera: End of the Century —Placebo estuvo cerquita de la tragedia con Meds, un álbum supuestamente “evolucioando” y “crecido”… cosa que veremos en un rato.
Por todo ello, que no sé si está bien o mal —porque en realidad no importa: al Glam hay que entenderlo así, y el que no que escuche a Bach—, Bolan parecería haberse reencarnado en Brian Molko, nuevo andrógino estrella del rock actual, alimentador de esa llama glammy que después de la muerte de Marc parecía definitivamente apagada —no me van a decir que David Bowie siquiera se acercó a animarla, porque es mentira: Bowie, mientras se homenajeaba a Bolan, o se exhumaban sus cenizas, o le surgían imitadores, andaba por ahí, lejos, soplando otras cosas.

El rock vivió y seguirá viviendo no sólo por los sonidos, sino por las imágenes que provoca. Todo lo que tenga que ver con este estilo de música es indisociable de la imaginería que rodea, engloba, pervive en cada nota de su música: los riffs de Black Sabbath valen de por sí, pero no pueden ser escuchados sin que aparezca una enorme cruz negra de bordes plateados en la cabeza del oyente. Pero es sobre todo el Glam el estilo que más ha usado, explotado y hasta basado su música en el espejo.
Los músicos de Glam no pueden ser más artificiales porque les restaría tiempo para grabar discos, pero, igualmente, es antes que nada el look: una mixtura de trasvestismo y ciencia ficción, sensualidad y cine popular, un poco camp a veces, o barato, chocante, provocativo al extremo, como los New York Dolls, pero a veces elegante, fino, esmerado, como los propios muchachos de Placebo: unas señoritas en toda la regla y por derecho propio, pero muy llamativas.

Y esa es la cuestión principal: llamar la atención, el shock como táctica de ventas.
Marc Bolan se propuso tal vez como ningún otro ser una estrella, no tocar bien la guitarra o cantar como la gente. Estas dos eran cosas que de cualquier manera le salían bien, pero él sabía que con sólo eso no iba a llamar la atención de nadie ni mucho menos pasar a la historia. La manera de lograrlo era comprarse tapados de visón y pintarse los ojos, pegar unos cuantos guitarrazos y un par de alaridos que no desentonaran con el conjunto. Así, la imagen influyó en los discos que su grupo grabó: T.Rex, un grupo apto para el más fino de los cabarets, espacio soñado como ideal para Bolan, donde todos, al menos a cierta hora de la noche, son lindos, visten bien, se destacan por su buen gusto.
Brian Molko aprendió bastante de Bolan, grabó una de sus canciones más conocidas, “20th Century Boy”: un paso obligado, y se ha propuesto desde el inicio usar tanto la brillantina y el papel picado como los pedales de efecto para su Fender Jaguar: una cosa fue llevando a la otra y su banda no tardó en posicionarse —al menos en las islas británicas, desde el 96 hasta por lo menos el 98 Placebo era el grupo de rock más nombrado, respetado y envidiado.

Todos empezaron a hablar de un revival del Glam rock, del verdadero, no ese que habían popularizado Suede y bandas por el estilo, más suaves e incluso, sí, menos arriesgadas… “más evolucionadas”, quizá, pero eso a quién le importa: al Glam rock la tan prestigiosa “evolución” le cae tan bien como una orquesta de cuerdas le caería a Nirvana, o una caja de ritmos a AC/DC.
Placebo tenía lo que toda banda, del estilo que sea, quiere tener: un buen sonido y una buena imagen. Es más, Placebo era una banda que por ambas cosas podía distinguirse de lejos: el primer disco, llamado como el grupo, posee un sonido que hace del punk una música apta para cualquier cosa que salga de Disney, pongamos por caso. Eran la envidia de todo grupo pop-punk: gancheros y al mismo tiempo sin renegar un ápice de distorsión. Estoy seguro de que los rockeros más aguerridos los escuchaban, como un placer prohibido, con algo de vergüenza y en secreto. Cómo hizo Brian para lograr ese sonido todavía no se sabe, y mejor que permanezca en las sombras: hay misterios que no deben develarse: lo menos que nos hace falta son imitadores de esta banda.
Ello convirtió a Placebo, el disco, que salió en el 96, en un producto único, original, potente, y admirado, y eso que la “estela” del principal culpable todavía no había terminado de explotar, o de expandirse: a Brian todavía le faltaba para ser confundido con una adolescente ya crecidita, o por lo menos con una de esas jóvenes en el trance de perder la juventud, que se maquillan de más, con colores que no les son propios, y que salen a la caza de lo primero que aparezca.
Esta etapa vino más bien en el segundo disco, Without You I’m Nothing (1998), más sutil, más elaborado, con más plumas y encaje que camperas de cuero, y pese a todo con un hit de proporciones, “Pure Morning”, una canción capaz de hacer sacudir la cabeza hasta a un comentarista deportivo, pero no así a los ingleses, que siguieron prefiriendo el primer disco. Esto en parte a la imagen de Brian, que se volvió prepotente en comparación con su música: si bien ésta no pasaba desapercibida —mucha de ella era todavía radiable, servía incluso para vender productos de almacén (o musicalizar películas mediocres: The Chumscrubber, Cruel Intentions, etc.)—, era en cierta forma eclipsada por la mirada entre cándida y carnívora del cantante: si el pedante de Bono Vox se había constituido tiempo atrás en un Mesías de la palabra, y usaba al rock para alargar la vida útil de su verborragia, Brian lo era ahora de la cámara fotográfica y del maquillaje —para alargar la vida útil de él mismo.
Luego vino Black Market Music (2000). Los mal pensados dijeron que desde el título la banda había por fin dado a conocer su operatoria: la venta clandestina de canciones, o al menos una forma soterrada de hacerlo, pero siempre ilegalmente: simulaban vender una imagen, mientras que de las canciones nadie se enteraba: pasaban por debajo de la mesa, no cobraban impuestos por ellas.
El disco está dedicado a Scott Piering, un publicista británico, culpable de muchos éxitos, tan influyente en el mercado de la música occidental (trabajó con Pulp, The Smiths, Stereophonics, The Orb, Underworld, The Prodigy) como una buena canción. Placebo se sintió en deuda con él, por la promoción realizada, por los hit singles, por los espacios en la radio, por los charts, así que le dedicaron el disco. No habría mucho más que decir de Black Market Music… a no ser que contiene una de las mejores canciones de Placebo: “Black-Eyed”, que por sí sola justifica la compra del disco, por supuesto.
Tres años después fue el turno de Sleeping with Ghosts. Fue, entre otras cosas, la consumación del acto fotogénico: los Placebo ya no eran músicos… ahora eran performers, o a lo sumo simples intérpretes de la voluntad radial, la voluntad divina, esa que transforma a los rockeros en actores, o estereotipos. Y como los mejores en el rubro son los Placebo —antes era Bolan, pero ya está—, Sleeping with Ghosts, como ningún otro, fue aclamado como una gran colección de hits radiables —o televisivos, no importa. El disco parecía un recopilatorio de grandes éxitos… lo que en realidad vendría después: Once More with Feeling (2004), tal vez el mejor disco de Placebo, porque capta su real esencia: todas canciones tarareables de un poco más de tres minutos, con un gancho demasiado fuerte como para mirar hacia otro lado.
Todo esto hasta llegar a Meds (2006), un disco errático, dubitativo, tembloroso, a tientas, sin ningún hit, casi sin importancia. Un disco de transición. ¿Hacia dónde? Más o menos hacia los comienzos de la banda. Pero no una vuelta atrás, sino un perfeccionamiento: una alegoría propia, una copia más acabada, un espejo que devuelve un rostro más brillante que el primero. Todo eso es Battle for the Sun, a pesar del cambio de baterista, o, tal vez, gracias a eso mismo: es sabido que Steve Hewitt estaba disconforme con la dirección que estaba tomando la banda, él habrá querido ir hacia adelante, ese terreno nebuloso donde los estaba llevando Meds, terreno por el que por suerte no se siguieron adentrando.

Bien.
Battle for the Sun es, sí, un disco donde sólo lo bueno de los anteriores intentos está presente.
En Meds quizá no había nada de eso, así que ese disco se obvia. Pero aquí hay mucho de Placebo, el primero, alguito del segundo (la sutileza de algunos breves pasajes), menos del tercero (no hay tantos pasos en falso, no hay tanta experimentación porque sí nomás —a no ser ese tramo digital sacado de un videojuego que usan como puente en “For What it’s Worth”), y bastante del talento para la canción pegadiza del cuarto, sin llegar a esos extremos, claro: Battle for the Sun es más contundente por ello mismo, porque no es todo así. En sus imperfecciones se tejen senderos de grandeza, de cierta humildad.
No otra cosa puede ser un estribillo que diga, en español, “Mi corazón de cenicero”, que a la primera escucha causa vergüenza ajena, pero que ya a la tercera engancha para siempre —imagino que muchos no pasarán de la segunda, pero deberían intentarlo. Ese estribillo futbolista, cantado en un español de pacotilla, habla bien del presente de Placebo: un presente sin tapujos, donde todo es posible: tanto ese estribillo que a la larga termina encantando, como canciones de corte preciosista como “Kings of Medicine”, que cierra el disco de forma inmejorable y que es deudora de otros sanos momentos de la banda, que a su vez cerraron grandes discos —estoy pensando en la parte final de Without You I’m Nothing—, temas introspectivos, deliciosos, encauzadores del ánimo a puro susurro. También está “Happy You’re Gonne”, la balada de ocasión, “The Never-Ending Way”, un hit como los de antes, y “Bright Lights”, un hit como los de ahora, para mí varios peldaños arriba de “For What it’s Worth”, que fue el elegido como difusión, así como la canción que da título al disco, “Battle for the Sun”, repetitiva, poco grata e insuficiente: no el mejor momento de un disco que, con cada escucha, como sucede con los clásicos, gusta más. A la altura, insuperable, de lo mejor que ya hicieron. De lo que saben hacer.
Pedir más es de golosos. O de histéricos.

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