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agosto 25, 2009 / Roberto Giaccaglia

Tiempos violentos

surv

Surveillance, Jennifer Lynch, 98:00, 2008, Estados Unidos.

Honestamente, me encanta Bill Pullman, es, por lejos, uno de los mejores, por más que haya hecho bodrios durante casi toda su vida. No por otra cosa me senté a ver Surveillance, un thriller dirigido por Jennifer Lynch, hija del viejo gallo de riña David y en camino de ser tan retorcida como él.
Antes de esta, Jennifer hizo Boxing Helena, una película que no vio casi nadie y que quizás sea mejor así. Era sobre un hombre obsesionado con una mujer, a la que le amputa brazos y piernas para terminar de hacerla suya de una vez por todas, enteramente. Para amores obsesivos, mejor ver Misery, o algo como eso. Por aquella película, la hija de David se ganó el premio al peor director en los Golden Raspberry Awards del 94. Es cierto que los del Sundance Film Festival elogiaron el film y hasta lo candidatearon para el premio mayor de ese año, pero los del Sundance premian cualquier cosa que sea independiente y parezca, sólo parezca, arriesgada.
Y bien, después de 15 añitos, Jennifer vuelve a intentarlo. Y hay que decir que esta vez le salió bastante mejor. No es para tirar manteca al techo, de cualquier manera, pero el bueno de Bill se luce como nunca y es casi imposible que la película no termine… no voy a decir “atrapando”, porque si hay algo que no pueden hacer esta clase de películas es “atrapar”, pero sí se puede decir que, después de todo, es casi imposible no encontrar en Surveillance buenos momentos —dicen que el rol que le tocó a Bill lo iba a interpretar otro tipo, no sé qué actor, pero que a último momento dijo que no: seguramente terminó de leer el guión. En realidad, me alegro que haya sido así, porque de otra manera Surveillance habría sido un film más de asesinos sádicos que muestran al público cuánto disfrutan su trabajo, más o menos como se estila ahora, otra Funny Games perversa y cool, bien dirigida y nada más.

El asunto es simple: es una película sobre gente que mata gente, así nomás, por el mero gusto de hacerlo. No sé si vale la pena adentrarse en el hecho de que dos agentes del FBI —una fémina de armas tomar (Julia Ormond: se luce a la par de Bill) y un hombre que de tan cansino parece estúpido (Bill Pullman: después se desata de lo lindo)— llegan a un pueblito perdido en el medio de la nada para investigar una serie de crímenes…
O quizás sí, porque mucho del nervio escénico gira alrededor del tópico “gente de ciudad llega a un pueblo”. Efectivamente, los recién llegados lucen como gente importante, educada, refinada, que se viste bien. Los “otros” —los habitantes del pueblo, los policías locales, las víctimas—, mientras tanto, tienen que ceder su rango y autoridad, son de un lugar donde no hay nada, se aburren cada día de sus vidas, etc., lo que genera suspicacias entre unos y otros, recelo y bronca de antemano. Parecido a lo que ya había hecho Lynch padre en Twin Peaks: allí también llega un hombre trajeado y refinado a un pueblo de morondanga para empezar a dirigir una cuestión a la que no están habituados los pajueranos que viven en él: un crimen.
Ese tópico que es la batalla entre civilización y barbarie, más el clima pre y post tormenta, es algo que la hija Lynch ha aprendido de sobra y que en Surveillance reproduce de lo más bien. Junto a lo ya mencionado: el carácter de “retorcido” de los films de su padre. Es que los asesinos de Surveillance no sólo matan literalmente, sino también hacen morir de risa.
Volvemos, sin querer, a lo de otra Funny Games perversa y cool: en Surveillance hay muertes escabrosas y litros de sangre y terror psicológico, pero, al mismo tiempo, verla no es para el espectador una tarea imposible o molesta: quienes llevan a cabo los crímenes son gente simpática, divertida, por lo que, en esencia, tal como ocurría en el film de Haneke, la propuesta es no tomarse las cosas demasiado en serio, y eso es algo que el espectador sabe enseguida: tal como sucede ante la inconsciencia estética de Tarantino, otro que gusta de criminales fetichistas que hablan y hacen pavadas mientras matan.
Además, y este es otro factor clave, la directora de la película hace lo imposible porque todos y cada uno de los personajes que van a sufrir la locura desatada nos caigan mal. Es un recurso artero, ciertamente. El espectador termina sintiendo por ellos una mezcla de odio/asco, por lo que “tranquiliza” darse cuenta de que a todos les espera lo que la directora no tardará en darles: el azote divino. Es notorio cómo Lynch nos hace sentir falta de respeto por cada uno de los sufridos seres del pueblo, pero no sólo eso: ella quiere que realmente experimentemos algo exactamente contrario a la empatía, para que incluso nos regocijemos con lo que va a suceder. Así, sin culpa, y casi con fervor, terminamos complotados, viendo cómo la “moral” es vengada, porque son casi todos malos y no se salva casi nadie.

El nombre de la película viene de las cámaras de vigilancia, aparato supuestamente clave en el desarrollo del film. En realidad, termina siendo un Macguffin: capta la atención del espectador, pero no hace más que hacerle perder el tiempo, porque la cuestión pasa por otro lado.
Igual, lo el asunto de las cámaras tiene su momento.
Los agentes cancheros del FBI llegan al pueblo para interrogar a los sobrevivientes del último festín de sangre que se dieron los asesinos: un policía local (tonto), una muchacha drogadicta también local (re tonta) y una niña de ocho años (perspicaz, y no local), que se quedó sin padres, sin hermanos, sin nada, por culpa del festín recién citado. Entonces Lycnh pone a los sobrevivientes a contar su trágica historia en salas separadas, con una cámara en cada una de ellas. Como la directora es sutil, dispuso diferentes tonos en cada una de las salas desde las cuales nos vamos enterando de los hechos: a la drogadicta le toca un color oscuro (no hay mucho para ver allí), a la niña una luz clara (la inocencia es pura transparencia, pura sinceridad, pura blancura), y al policía local una luz alterada (es el que más miente).
Es cierto, no es muy fino.
Y tampoco lo es la segunda mitad de la película, cuando comienza el verdadero sadismo, el que lo tiene al espectador como cómplice, cuando ya sabemos todo lo que hay que saber, que ya no vale esperar nada y que la sorpresa se ha terminado. Para entonces queda poco: sólo resta ver quién sobrevive. Total, la directora ya probó su teoría de que la gente cambia la historia que vivió conforme a quién o cuántos estén mirando, o bien de acuerdo a lo que esperamos que diga —razón de ser, al parecer, de esta película.
Guau.
¿Y si escribía un ensayo?
Bueno… pero ya que estaba disponible Bill Pullman…

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