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agosto 30, 2009 / Roberto Giaccaglia

Pero sigo siendo el rey

Duma

Duma Key, Stephen King, 730 págs., 2009, Plaza & Janés, Buenos Aires.

Hacía mucho que no encaraba un libro tan grande tan lleno de ánimo al principio, por lo menos desde cuarto o quinto grado, cuando nos hicieron leer la Biblia para niños. En ambos casos me costó bastante llegar hasta el final, uno se va desencantando enseguida, y la verdad, hablando de los finales, no sabría con cuál quedarme. El del bestseller católico por lo menos tiene cierta garra, y no carece de buenas ideas, al menos en su versión infantil: la otra apuesto que debe de asustar bastante, y no debe de ser para cualquiera. Y si eso es lo que se propuso King con el final de Duma Key, asustar, debería aprender pues de ese libro que todavía no leí, pero que según dicen es terrorífico.

Siempre pasa lo mismo con este tipo, encara que es una maravilla, pero en algún punto se agota, o se banaliza, o se le terminan los plazos de entrega y cierra a los ponchazos, con tal de empezar otro libro prontito.
No sé si es por esto que su literatura entre los críticos y especialistas está mal vista, porque no creo que alguna vez lo hayan leído —piensan que no es serio, que es un comerciante (King mismo ayuda a pensar así: para él, el talento en la escritura se demuestra si a fin de mes puedes pagar tus cuentas gracias a ella). Más bien, creo que está mal vista porque vende mucho y porque sus libros son comprados por gente a quien la literatura —la literatura desde la óptica atrofiada de la academia— le importa poco, o nada. Y no queda bien ocuparse de libros así, que generen eso: entusiasmo de los no iniciados.
El otro día, un amigo que escribe me preguntó qué estaba leyendo. No sé qué esperaba que le contestara, pero le dije Duma Key, la última de Stephen King, viene bastante bien, me gusta… Se me quedó mirando, como si le hubiera contestado en joda. Yo antes, cuando empecé a leer, me dijo, leía un montón de Stephen King… y ahí quedó su respuesta, sin terminar, pero ya se sabe lo que implica ese silencio: una vez que ya se leyó lo suficiente, King se transforma en un animador para espectadores que no quieren saber nada con un espectáculo como la gente. Es para el montón, como el fútbol, o la comida rápida, el vino en caja, el opio de los pueblos.
Y hablando de cosas divertidas, fútbol, comida rápida, vino, me pregunto si King, allá donde vive, Maine, escenario de muchas de sus historias, no tiene nada mejor que hacer que escribir estos librotes enormes. Hace mucho que viene amenazando con dejar de publicar, dedicarse a otra cosa, pero no hay caso, vuelve una y otra vez a hacer lo mismo, tan predecible como los Rolling Stones, aunque menos desfasado. Es que, mal que mal, el rey sigue siendo él: un icono del horror, su representación más acabada, casi un acervo popular acerca de lo que se espera cuando uno se pone a leer obras que dan miedo.
Igualmente, ¿no cabe preguntarse hasta cuándo? ¿No cabe preguntarse para qué? Digo, si el tipo entra a repetirse, y no sólo eso, sino a tropezar una y otra vez con el mismo escollo: los benditos finales, ¿no estaría bien dedicarse al bourbon, o a mirar los atardeceres de Maine, a pasear con el dinero conseguido después de años y años de trabajo agotador?
¿Qué hace que un artista, uno que lo consiguió todo, o casi, siga y siga? No creo que sea el dinero, King tendría que ser demasiado codicioso como para pretender que a sus años su cuenta bancaria siguiera creciendo, y cada vez más. Y tampoco creo que el objetivo sea alcanzar el prestigio que la crítica le ha negado, porque eso no lo conseguirá nunca. No lo consiguió con sus mejores libros, los más ambiciosos, los mejor escritos, menos lo va a conseguir con los que viene sacando a la velocidad de la luz. Y no creo, menos que menos, que King tenga algo para decir: si lo tuvo alguna vez, lo dijo en su libro más personal, Mientras escribo, su libro serio, si cabe el término, porque la estética de King es sólo eso, estética, un vacío que de tan grande y oficioso se hace muy difícil de llenar.
Y está bien, nadie busca otra cosa en sus libros y apuesto que él tampoco: los libros de King son vacíos porque su creador se esmera en ello, pone la vida en vacuidades, reflexiones sin ton ni son y a las apuradas. La clave de que provoquen el entretenimiento que provocan es justamente esa: uno se adentra en un libro de King con la certeza de que saldrá ileso de él. Y ahora más que nunca.

Estoy preguntándome cosas a las que King respondió varias veces: escribe porque cree que está hecho para escribir, simplemente sigue su destino, está convencido de que vino a la tierra para eso, escribir, y que no es asunto de él decir hasta cuándo habrá de hacerlo, lo suyo no tiene remedio, carece de opción, y las historias tenebrosas que despacha como latas de conserva simplemente llegan a él para que las ponga en papel…
Todo eso ya lo sé, y lo sabe todo el mundo que haya leído sus entrevistas. Sólo estoy intentando entenderlo, o tratando de averiguar al menos por qué diablos él se lo cree.
Estos reparos no impiden, lógicamente, que King tenga sus temas. Se puede hablar principalmente de dos: primero y principal, la certeza de que el miedo que siente el niño se transformará en el horror del adulto, y, segundo, pero también muy importante, la idea de que el amor (o la amistad) es la cura de todos los males… menos para aquel horror, ya hecho carne en nosotros, es decir lo no resuelto, lo que ni siquiera un corazón saludable y bien atendido puede remediar.
Con oficio en la mayoría de los casos, King ha ido y venido de un tema a otro, hablase de lo que hablase, un padre abusador y borracho, unos cuantos extraterrestres que se quieren quedar con todo, un perro infernal, un auto asesino o un hombre cuyas visiones salvarán al mundo y lo destruirán a él.

En Duma Key vuelve esto último, lo del hombre con visiones. Un tal Edgar Freemantle, ex empresario de la construcción, exitoso, adinerado, quien después de un grave accidente pierde su brazo derecho y parte de su cordura, trata de reponerse de los últimos catastróficos meses en un remoto paraje, frente al mar, solo: Duma Key, lugar bello si los hay, y complicado. Allí, descubre un talento reprimido por los años de trabajar en edificios y hacer plata: la pintura. Lo hace cada vez mejor, llena su casa alquilada de hermosas pinturas (y a veces muy inquietantes, pero muy inquietantes) y de dibujos que se le vienen a la mente. Pinta casi sin darse cuenta, como si fuera un instrumento milagroso de alguna fuerza superior. ¿Y adivinen qué? ¡Lo es!
(Edgar Freemantle quedará, seguramente, como una de las grandes creaciones de King, a la par de sus personajes mejor construidos, más sólidos y convincentes, poco importan los lugares comunes en los que caiga una y otra vez, sus reflexiones banales y esa manía suya de nombrar a cada rato marcas de productos diversos, como si la novela hubiera sido sponsoreada por todas esas firmas.
Un pintor manco medio loco siempre será un personaje atractivo, más éste, que sufre miles de ataques, de su pasado, de sus sueños, de sus propios y desconocidos poderes, del más allá, etc.)
Como siempre, el principio de esta nueva novela de King está muy bien, es de lo mejor que yo haya leído de él (y leí bastante), y la novela atrapa, para no soltar, en serio, al punto de que es casi imposible no volver a ella después de dejarla para descansar la vista… ¡Hasta que los dichosos fantasmas dejan de insinuarse y aparecen de una maldita vez por todas! Cuando sucede, al libro le faltan todavía unas trescientas páginas, así que hay que aguantar todo ese espacio de papel y tinta de obviedades, ideas infantiles, remanidas, caras podridas, voces ululantes, huesos que se quiebran fácil, golems de arena que no traen más que nuevas obviedades, muertos que se quieren vengar (¿vengarse de qué motherfuckers?), huellas y mensajes del más allá (trazos en el lienzo, por Dios), como en una película clase Z, esas de bajo presupuesto, donde se notan los hilos y el maquillaje corrido y los fantasmas dan más pena que miedo.
Cuando King se cansa (de su historia, de sus personajes, de su bendito libro), paradójicamente, empieza a correr, rápido, bien rápido, como si no soportara tomarse el tiempo necesario para ver adónde se está dirigiendo… Bueno, ya lo sabemos: al próximo libro.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. buscadoradeideas / Ago 8 2010 4:14 am

    Lei muchas criticas del libro Duma Key y tengo que decir que la tuya fue la mas sincera y objetiva que lei. No soy una lectora avida de Stephen King sin embargo lei Salems lot y me parecio muy bueno, despues de ese libro que encontre por casualidad decidi que leeria mas sobre el autor y fue asi como llegue a Duma Key. Es cierto que al principio atrapa pero llegue a un momento en el que no solo no pasa nada sino que pasa siempre la misma cosa. La vida solitaria y aislada de una persona no es entretenido ni nada por el estilo, espero que con el correr de las paginas la cosa avance o voy a tener que admitir que este no es el mejor libro de Stephen King y que perdi el tiempo leyendo la novela. La leo porque gaste dinero en ella y porque quiero ver que es lo que pasa en la rutinaria vida de un tipo loco y sin un brazo.
    PD: no hay editores que se ocupen de recortar aquello que esta demas? a este libro le hubiera venido bien un poco de tijeras.
    gracias por tu critica!

  2. Roberto Giaccaglia / Ago 8 2010 10:23 pm

    Gracias. No sé la objetividad, pero al menos eso de “sincero” es una de las aspiraciones de este blog.
    Coincido en cuanto a lo de un verdadero editor ocupándose de King, pero supongo que a esta altura sugerirle algo es imposible (si no lo fue desde siempre). Los editores, simplemente, deben de agradecer que King quiera sacar un libro con ellos.
    Un abrazo.

  3. juan antonio / Oct 14 2010 6:46 am

    ¿Acaso el fútbol es feo porque guste a tanta gente?¿Está vacío de contenido? Creo que te equivocas con King. El hecho de escribir tan rápido no quiere decir que lo haga mal. A mi particularmente me encantan sus libros y yo personalmente leo para divertirme y eso es lo que hago. Si con esto no pertenezco a los que leen literatura pues vale. Prefiero divertirme leyendo algo tan “vacío” según usted a leer un tostón como Tolstoi o algo filosófico que ni entienda. Un saludo

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