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septiembre 7, 2009 / Roberto Giaccaglia

La gran bestia pum

Michael Gerard Tyson, 1966, New York.
Tyson, James Toback, 90:00, 2009, Estados Unidos.
Con mi viejo veíamos muchas peleas. A veces se sumaba mi madre. Le impresionaba sobre todo el cogote de Mike Tyson: no era un cuello, era un cogote, hecho y derecho, una cosa animal. Ahí estaba el truco, la broma divina: a Mike Tyson no se lo podía voltear por el cogote que tenía: cuando se le pegaba en la cabeza, ésta no se movía: permanecía inmóvil, como si no hubiera pasado nada, sostenida por el tronco que había debajo, esa cosa inhumana.
Casi todo el boxeo lo veía con mi viejo. Sin embargo, una de las peleas que más recuerdo, entre la Cobra de Detroit Hearns y nuestro nuevo toro de las pampas Martillo Roldán, la vi solo, en el hall de un hotel. Roldán era un casi un vecino, hijo de Freyre, cercano a San Francisco, donde vivían mis tíos. Yo pasaba seguido por Freyre. Cuando El Gráfico sacó una foto de Roldán contra una persiana de metal, con un graffiti alentándolo, yo reconocí esa persiana. Esa foto era previa a la pelea con Hearns, la Cobra de Detroit: una foto para desearle suerte al púgil local. Roldán lo tuvo ahí nomás: en el cuarto o quinto round lo hizo temblar al negro, que estuvo a punto de poner la rodilla en el piso, con esa sonrisa boba que ponen los boxeadores imbatibles cuando alguien está a punto de batirlos… ¡pero Roldán dejó de pegarle! Fue imperdonable. Minutos después, la Cobra lo desparramó por el piso. Lloré y puteé, y odié como nunca antes a un boxeador: a Martillo Roldán, por no seguir pegando.
Tyson tampoco seguía pegando. Es que le bastaba una sola trompada. Y todo se acababa. Cuando peleaba, con mi viejo apostábamos cuántos segundos duraría la pela. La pelea iba a durar hasta que el otro se desmayara, así de simple. Pero mi viejo tenía cierto ojo para los boxeadores: me decía que la mayoría con los que peleaba Tyson eran paquetes. Los ponían ahí para aumentarle los números de caídos en su haber. Eso era posible. Pero yo igual me entusiasmaba con la pegada de Tyson. Había algunos que ponían bien la guardia, pero igual los volteaba, con guardia y todo, a veces con referí y todo.
En las buenas épocas de la revista Fierro, es decir antes de ahora, salió un especial con historietas dedicadas a Tyson. Me pregunto si alguna vez Tyson se enteró de semejante cosa, que una revista de historietas de un remoto país sudamericano le dedicó un número inspirado en su figura, en sus puños, en su cogote, en los muñecos que volteaba.
Tyson fue el último boxeador de la historia, así como Cobain fue el último rockero. Después de ellos, el silencio, la nada. Que se apaguen los televisores, que no hay nada más para ver. Podría agregar a Maradona, como el último futbolista (no me vengan con Messi; Messi es un producto de laboratorio, un robot lubricado con Gatorade, más o menos como el ruso que enfrenta a Balboa en Rocky IV). Sí, por qué no. Aparte, se puede decir que Maradona y Tyson en algo se parecen: les gusta el Che, por empezar, lo llevan tatuado en sus cuerpos, lo sacan a relucir cada vez que pueden… Y las mujeres los arruinaron a ambos. Bah, no las mujeres. Las malas juntas.
Bueno, como dicen, todo lo que necesitas es amor. Y a estos dos no les sobraba. Lo que les sobraba eran las malas juntas, los amigos por plata, esas cosas, o sea gente que se les acercaba y que poco y nada tenía que ver con el amor, sino con la oportunidad. No importa que cuando Tyson ganó el título del mundo le haya dado un beso en la boca a su manager, o que Maradona practicara piquitos parecidos con el suyo propio.
Y después están las sustancias peligrosas, claro. La analogía ya va siendo demasiado fácil, y hasta irresponsable. Se termina acá nomás. No voy a ir por el camino acostumbrado, ese que me haría decir que mientras a Maradona le cortaron las piernas, a Tyson le cortaron los brazos. Antes de las sustancias peligrosas, están los amigos peligrosos, que son mucho peor, y que lastiman más.
O cuestiones de la fama, inmanejables. Esta es otra cuestión remanida: se dice que cuando un boxeador adquiere fama se hecha a perder por el simple hecho de que su origen humilde le impide incorporar sanamente el dinero que de pronto le cae a raudales. Pavadas. Si para algo existe el dinero es justamente para disfrutarlo insanamente.
Coches, tapados de piel, mujeres, esas cosas. Mi tío, el que era vecino de Martillo Roldán, solía contar un chiste: dicen que un tipo estaba en la lona, no tenía ni dónde caerse muerto. Se lo conocía por alguien de mucho dinero, así que le preguntan: Dígame, ¿qué hizo con su dinero? Y el tipo contesta: la mitad la usé en chicas fáciles, en el casino, en el whisky… ¿Y el resto? La malgasté.
Tal vez son cosas que simplemente tienen que pasar: los ídolos se caen. Los verdaderos ídolos, eh, ojo, no esos que se cuidan, que se mantienen sanos y cuyas vidas son un ejemplo, para preservar su nombre y cosas por el estilo: los que protegen su llamita hasta el final. Hablo de verdaderos ídolos: semidioses inalcanzables con apetitos humanos. Esos que se queman en el mismo incendio que provocan.
Y el apetito humano de Tyson eran las mujeres. En la película de James Toback lo dice claramente: no le gusta el amor, le gusta la posesión. Y mientras más, mejor. Como también pueden constituir un exceso, a la par de las sustancias peligrosas (y qué mujer que se precie de tal no lo es), Tyson le hecha la culpa a su falta de control con las mujeres de la pérdida de tu título mundial, en Tokio, en febrero del 90, frente a un boxeador que no le llegaba a las rodillas.
El tipo había dejado de entrenar para dedicarse a la jodienda. Y entonces vino James Douglas (un absoluto desconocido, que luego de esta pelea no hizo mucho más, como para que se terminara de entender que no le llegaba a las rodillas a nadie) y lo volteó en el décimo round, después de darle una paliza. El famoso cogote de Tyson tembló por vez primera. Hasta la fecha, Tyson llevaba casi cuarenta peleas ganadas, las cuales, por la contundencia de cada triunfo, le bastaron para pasar a la historia. Fue una sorpresa mundial (las apuestas estaban 42 a 1 a favor de Tyson —los segundos de Tyson estaban tan creídos que la pelea iba a ser para su pupilo, que ni siquiera llevaron consigo algunos de los elementos necesarios para parar la sangre, desinflamar el rostro o aliviar el dolor… y vaya si los necesitaron esa noche) y seguramente una muy esperada por medio mundo: el de los idiotas complotados, que aguardan con ansias al que mejor se caiga.
Y Tyson no volvió a levantarse. Tuvo sus buenos momentos, es cierto, siguió tumbando grandotes con una o dos manos bien puestas, a lo sumo, pero algo ya no iba como antes. El espectáculo continuaba, y hasta recuperó su corona, pero algo se había perdido. Vaya uno a saber qué. A mí me parece que la ilusión de poseerlo todo, para siempre. Y para colmo, la cárcel lo esperaba a la vuelta de la esquina.
Si Tyson ya era un hombre enojado, si ya era un hombre que había perdido la ilusión, luego de la cárcel todo terminó yéndose al demonio. Perdí la confianza en el ser humano, dice Tyson en su documental. Y sí, es suyo: usa la película para explicarse a sí mismo, para tratar de entender qué fue lo que le ocurrió, para pedirse perdón, para recordar lo mejor de su mejor época.
Y como ya estaba todo perdido, las vergüenzas no hicieron más que sucederse. Hay que decir que muchas de ellas no fueron enteramente su culpa, aunque debería haber elegido mejor a sus contendientes. Si antes de la cárcel rivales como Tillman y Stewart, que fueron más corredores que boxeadores frente a Tyson (bah, yo también habría corrido), dieron vergüenza ajena, y que parecían puestos ahí para regodeo de las estadísticas, no sé qué decir de peleles como Peter McNeeley, quien fue su rival en el reencuentro con el ring —esa pelea me senté a verla con un par de amigos, en un barzucho. No alcanzamos a tomar demasiado: duró un par de segundos, los justos para permitir que descalificaran a McNeeley después de que sus segundos subieran a protegerlo de la furia de Tyson—, Orlin Norris (la pelea quedó en la nada porque el tipo “se lastimó” la rodilla), Lou Savarese (dato curioso: el referí fue noqueado con más fuerza que el boxeador contrario), Andrew Golota (abandonó él solito la pelea, “olió” marihuana en la boca de Tyson al parecer), y un etcétera que por suerte no fue tan largo (el gordo Francois Botha, el poco profesional Clifford Etienne… a esta altura ya era más ameno ver cómo Tyson se acercaba a levantar y/o consolar a los boxeadores que había mandado a la lona que sus peleas en sí: se notaba cierta camaradería, algo esperable, eran compañeros de trabajo venidos a menos, tratando de llegar a fin de mes, como él).
En medio de todos ellos, estuvo Evander Holyfield, que era de los buenos, también de los capciosos y de los ventajeros. Y también estuvo Lennox Lewis, que era mejor todavía y que en ese momento estaba en su esplendor —¡y justo en ese momento a Tyson se le ocurre lanzar la promesa de comerle los hijos! (venía agrandado por un par de knockouts menores, y lo único que se comió fue unas cuantas manos). Pero quedémonos con Evander Holyfield, con quien Tyson protagonizó una de las peleas más raras que se recuerde y que terminó con su oportunidad de ser tomado en serio una vez más.
Evander fue una pesadilla que apareció dos veces en la vida de Tyson, contundente como sólo puede serlo una pesadilla que se repite: en la primera, se la paseó cabeceando a Tyson, y de vez en cuando pegándole de lo lindo, y en la segunda poniéndole la oreja como cebo. Después de esa pelea, Tyson fue tan conocido por el poder de sus puños como el de sus dientes, que le habían arrancado un pedazo de oreja a Holyfield, y que ahora eran comparados con los de un tiburón. Algo seguramente exagerado, como la multa que se le exigió por la travesura. El árbol ya se había hecho astillas y todavía se pretendía leña de él.
Leña: aquí hay que ponerlo a Don King, que se llevó todo. Me pregunto con qué sangre habrá enfrentado la vida Tyson después de conocer a semejante bosta. Don King lo secó, así de simple. Y Tyson lo pone bien clarito en “su” documental: Don King es capaz de vender a su madre por un dólar. Es simplemente mala gente. Más no se puede decir. Y él, que lo quiso, tampoco puede decir más.
Es que Tyson es un sentimental. Siempre lo fue. Parecía no usarlo, pero nunca careció de corazón. Y de alma. Hay dos momentos clave en el documental, preciosos en lo que hace a estas evidencias: la bestia tiene sentimientos, corazón, alma. Uno de esos momentos es cuando recuerda a su mentor, quizá la única persona como la gente que conoció en su vida. En esa parte de la película Tyson se transforma en Rocky (Stallone, no Marciano). Llora, el hombre de hierro llora. El mentor es Cus D’Amato, un viejo amable, que le enseñó lo poco que Tyson aprendió (lo poco que le hacía falta aprender), que le ofreció un hogar (lo adoptó, Tyson no tenía dónde ir), algo de cariño y que no llegó a verlo campeón. Si Tyson llega a viejo, será gracias a Cus D’Amato, que le dio dos cosas: boxeo y confianza en sí mismo. Tyson conoció el boxeo en un reformatorio, pero fue en el gimnasio de Cus D’Amato donde se hizo boxeador. Cuando Tyson lo recuerda en su documental, se le hace un nudo en la garganta. No puede seguir, la voz se quiebra, las palabras no salen. Esta es la parte del corazón.
El otro momento, el del alma, es hacia el final de la película, en medio de una pelea, la última. Ante el mediocre Kevin McBride, Tyson se recuesta contra las cuerdas y se sienta. Ya es un hombre grande, se hizo un tatuaje tribal en la cara, que se confunde con algunas arrugas, con la dureza de su rostro, con viejas marcas. Aparte de todo ello, en su cara se nota el hastío: ya no puede, ya no quiere seguir. Y en ese acto de sentarse en medio de una pelea y ya no levantarse, con esa mirada que acepta que al fin todo ha terminado, Tyson desnuda su interior, se muestra tal como es: simplemente, un hombre cansado. Pero al fin se lo ve feliz: siente la tranquilidad de saber que ya no habrá otro campanazo llamándolo a la acción, ni voces a su alrededor clamando por sangre, la del otro, la suya propia. En ese acto, mientras Kevin McBride festeja como un niño, la bestia se libera, sale del cuerpo magullado, empieza a mirar de lejos el ring, el par de boxeadores, la gente agitada, y se va sin pretensiones, ni esperando que la saluden, a descansar de una buena vez por todas.
La película de James Toback no es una buena película, lo que es bueno es el documental de Tyson, que es otra cosa: hace lo que quiere con el entrevistador y al mismo tiempo se entrega por entero. Las decisiones estéticas de Toback son feas, como esas imágenes congeladas de la cara del campeón en muecas extrañas, de tipo que recién se levanta, de borracho entregado, o la de dividir la pantalla en dos, tres, cuatro partes, y pegar sobre ellas palabras de Tyson tomadas de momentos diferentes, en una mezcla abusiva, que descoloca al espectador, como un gancho bien puesto. Y ni hablar de ponerlo a Tyson mirando el mar, caminando por una playa vacía, con la vista en la arena. Ya sabemos: el hombre necesita estar solo, buscarse, encontrarse. Las imágenes de archivo, por otro lado, sorprenden en lo que hace a la juventud de Tyson, pero se quedan cortas luego, nada hacen por explicar lo que se le iba a venir encima al tipo: a no ser que aprendamos a ver el brillo de la ambición en los ojos de los managers y de las mujeres que lo rodearon, que es lo que quiere hacernos creer el director. Lo que sí hacen las imágenes es, en todo caso, explicar en qué cosa se convirtió Tyson con el paso de las peleas, con el paso del éxito, con el paso de las frustraciones, es decir cuando todo pasó: lo usual, digamos, lo acostumbrado en toda historia de ascenso y caída. Todo recorte es moral, y tal vez lo sea elegir dónde pegar. Por suerte están las palabras de Tyson, que no sabe mentir, tampoco sus ojos, su sonrisa, que son hacia el final del film las de un hombre todavía crédulo, pese a todo lo que vimos hasta ese momento, pese a lo que vivió el boxeador, pese a todo lo que sufrió la bestia que llevaba dentro.
Los hombres tiernos son así.Michael Gerard Tyson, 1966, New York.
Tyson, James Toback, 90:00, 2009, Estados Unidos.
Con mi viejo veíamos muchas peleas. A veces se sumaba mi madre. Le impresionaba sobre todo el cogote de Mike Tyson: no era un cuello, era un cogote, hecho y derecho, una cosa animal. Ahí estaba el truco, la broma divina: a Mike Tyson no se lo podía voltear por el cogote que tenía: cuando se le pegaba en la cabeza, ésta no se movía: permanecía inmóvil, como si no hubiera pasado nada, sostenida por el tronco que había debajo, esa cosa inhumana.
Casi todo el boxeo lo veía con mi viejo. Sin embargo, una de las peleas que más recuerdo, entre la Cobra de Detroit Hearns y nuestro nuevo toro de las pampas Martillo Roldán, la vi solo, en el hall de un hotel. Roldán era un casi un vecino, hijo de Freyre, cercano a San Francisco, donde vivían mis tíos. Yo pasaba seguido por Freyre. Cuando El Gráfico sacó una foto de Roldán contra una persiana de metal, con un graffiti alentándolo, yo reconocí esa persiana. Esa foto era previa a la pelea con Hearns, la Cobra de Detroit: una foto para desearle suerte al púgil local. Roldán lo tuvo ahí nomás: en el cuarto o quinto round lo hizo temblar al negro, que estuvo a punto de poner la rodilla en el piso, con esa sonrisa boba que ponen los boxeadores imbatibles cuando alguien está a punto de batirlos… ¡pero Roldán dejó de pegarle! Fue imperdonable. Minutos después, la Cobra lo desparramó por el piso. Lloré y puteé, y odié como nunca antes a un boxeador: a Martillo Roldán, por no seguir pegando.
Tyson tampoco seguía pegando. Es que le bastaba una sola trompada. Y todo se acababa. Cuando peleaba, con mi viejo apostábamos cuántos segundos duraría la pela. La pelea iba a durar hasta que el otro se desmayara, así de simple. Pero mi viejo tenía cierto ojo para los boxeadores: me decía que la mayoría con los que peleaba Tyson eran paquetes. Los ponían ahí para aumentarle los números de caídos en su haber. Eso era posible. Pero yo igual me entusiasmaba con la pegada de Tyson. Había algunos que ponían bien la guardia, pero igual los volteaba, con guardia y todo, a veces con referí y todo.
En las buenas épocas de la revista Fierro, es decir antes de ahora, salió un especial con historietas dedicadas a Tyson. Me pregunto si alguna vez Tyson se enteró de semejante cosa, que una revista de historietas de un remoto país sudamericano le dedicó un número inspirado en su figura, en sus puños, en su cogote, en los muñecos que volteaba.
Tyson fue el último boxeador de la historia, así como Cobain fue el último rockero. Después de ellos, el silencio, la nada. Que se apaguen los televisores, que no hay nada más para ver. Podría agregar a Maradona, como el último futbolista (no me vengan con Messi; Messi es un producto de laboratorio, un robot lubricado con Gatorade, más o menos como el ruso que enfrenta a Balboa en Rocky IV). Sí, por qué no. Aparte, se puede decir que Maradona y Tyson en algo se parecen: les gusta el Che, por empezar, lo llevan tatuado en sus cuerpos, lo sacan a relucir cada vez que pueden… Y las mujeres los arruinaron a ambos. Bah, no las mujeres. Las malas juntas.
Bueno, como dicen, todo lo que necesitas es amor. Y a estos dos no les sobraba. Lo que les sobraba eran las malas juntas, los amigos por plata, esas cosas, o sea gente que se les acercaba y que poco y nada tenía que ver con el amor, sino con la oportunidad. No importa que cuando Tyson ganó el título del mundo le haya dado un beso en la boca a su manager, o que Maradona practicara piquitos parecidos con el suyo propio.
Y después están las sustancias peligrosas, claro. La analogía ya va siendo demasiado fácil, y hasta irresponsable. Se termina acá nomás. No voy a ir por el camino acostumbrado, ese que me haría decir que mientras a Maradona le cortaron las piernas, a Tyson le cortaron los brazos. Antes de las sustancias peligrosas, están los amigos peligrosos, que son mucho peor, y que lastiman más.
O cuestiones de la fama, inmanejables. Esta es otra cuestión remanida: se dice que cuando un boxeador adquiere fama se hecha a perder por el simple hecho de que su origen humilde le impide incorporar sanamente el dinero que de pronto le cae a raudales. Pavadas. Si para algo existe el dinero es justamente para disfrutarlo insanamente.
Coches, tapados de piel, mujeres, esas cosas. Mi tío, el que era vecino de Martillo Roldán, solía contar un chiste: dicen que un tipo estaba en la lona, no tenía ni dónde caerse muerto. Se lo conocía por alguien de mucho dinero, así que le preguntan: Dígame, ¿qué hizo con su dinero? Y el tipo contesta: la mitad la usé en chicas fáciles, en el casino, en el whisky… ¿Y el resto? La malgasté.
Tal vez son cosas que simplemente tienen que pasar: los ídolos se caen. Los verdaderos ídolos, eh, ojo, no esos que se cuidan, que se mantienen sanos y cuyas vidas son un ejemplo, para preservar su nombre y cosas por el estilo: los que protegen su llamita hasta el final. Hablo de verdaderos ídolos: semidioses inalcanzables con apetitos humanos. Esos que se queman en el mismo incendio que provocan.
Y el apetito humano de Tyson eran las mujeres. En la película de James Toback lo dice claramente: no le gusta el amor, le gusta la posesión. Y mientras más, mejor. Como también pueden constituir un exceso, a la par de las sustancias peligrosas (y qué mujer que se precie de tal no lo es), Tyson le hecha la culpa a su falta de control con las mujeres de la pérdida de tu título mundial, en Tokio, en febrero del 90, frente a un boxeador que no le llegaba a las rodillas.
El tipo había dejado de entrenar para dedicarse a la jodienda. Y entonces vino James Douglas (un absoluto desconocido, que luego de esta pelea no hizo mucho más, como para que se terminara de entender que no le llegaba a las rodillas a nadie) y lo volteó en el décimo round, después de darle una paliza. El famoso cogote de Tyson tembló por vez primera. Hasta la fecha, Tyson llevaba casi cuarenta peleas ganadas, las cuales, por la contundencia de cada triunfo, le bastaron para pasar a la historia. Fue una sorpresa mundial (las apuestas estaban 42 a 1 a favor de Tyson —los segundos de Tyson estaban tan creídos que la pelea iba a ser para su pupilo, que ni siquiera llevaron consigo algunos de los elementos necesarios para parar la sangre, desinflamar el rostro o aliviar el dolor… y vaya si los necesitaron esa noche) y seguramente una muy esperada por medio mundo: el de los idiotas complotados, que aguardan con ansias al que mejor se caiga.
Y Tyson no volvió a levantarse. Tuvo sus buenos momentos, es cierto, siguió tumbando grandotes con una o dos manos bien puestas, a lo sumo, pero algo ya no iba como antes. El espectáculo continuaba, y hasta recuperó su corona, pero algo se había perdido. Vaya uno a saber qué. A mí me parece que la ilusión de poseerlo todo, para siempre. Y para colmo, la cárcel lo esperaba a la vuelta de la esquina.
Si Tyson ya era un hombre enojado, si ya era un hombre que había perdido la ilusión, luego de la cárcel todo terminó yéndose al demonio. Perdí la confianza en el ser humano, dice Tyson en su documental. Y sí, es suyo: usa la película para explicarse a sí mismo, para tratar de entender qué fue lo que le ocurrió, para pedirse perdón, para recordar lo mejor de su mejor época.
Y como ya estaba todo perdido, las vergüenzas no hicieron más que sucederse. Hay que decir que muchas de ellas no fueron enteramente su culpa, aunque debería haber elegido mejor a sus contendientes. Si antes de la cárcel rivales como Tillman y Stewart, que fueron más corredores que boxeadores frente a Tyson (bah, yo también habría corrido), dieron vergüenza ajena, y que parecían puestos ahí para regodeo de las estadísticas, no sé qué decir de peleles como Peter McNeeley, quien fue su rival en el reencuentro con el ring —esa pelea me senté a verla con un par de amigos, en un barzucho. No alcanzamos a tomar demasiado: duró un par de segundos, los justos para permitir que descalificaran a McNeeley después de que sus segundos subieran a protegerlo de la furia de Tyson—, Orlin Norris (la pelea quedó en la nada porque el tipo “se lastimó” la rodilla), Lou Savarese (dato curioso: el referí fue noqueado con más fuerza que el boxeador contrario), Andrew Golota (abandonó él solito la pelea, “olió” marihuana en la boca de Tyson al parecer), y un etcétera que por suerte no fue tan largo (el gordo Francois Botha, el poco profesional Clifford Etienne… a esta altura ya era más ameno ver cómo Tyson se acercaba a levantar y/o consolar a los boxeadores que había mandado a la lona que sus peleas en sí: se notaba cierta camaradería, algo esperable, eran compañeros de trabajo venidos a menos, tratando de llegar a fin de mes, como él).
En medio de todos ellos, estuvo Evander Holyfield, que era de los buenos, también de los capciosos y de los ventajeros. Y también estuvo Lennox Lewis, que era mejor todavía y que en ese momento estaba en su esplendor —¡y justo en ese momento a Tyson se le ocurre lanzar la promesa de comerle los hijos! (venía agrandado por un par de knockouts menores, y lo único que se comió fue unas cuantas manos). Pero quedémonos con Evander Holyfield, con quien Tyson protagonizó una de las peleas más raras que se recuerde y que terminó con su oportunidad de ser tomado en serio una vez más.
Evander fue una pesadilla que apareció dos veces en la vida de Tyson, contundente como sólo puede serlo una pesadilla que se repite: en la primera, se la paseó cabeceando a Tyson, y de vez en cuando pegándole de lo lindo, y en la segunda poniéndole la oreja como cebo. Después de esa pelea, Tyson fue tan conocido por el poder de sus puños como el de sus dientes, que le habían arrancado un pedazo de oreja a Holyfield, y que ahora eran comparados con los de un tiburón. Algo seguramente exagerado, como la multa que se le exigió por la travesura. El árbol ya se había hecho astillas y todavía se pretendía leña de él.
Leña: aquí hay que ponerlo a Don King, que se llevó todo. Me pregunto con qué sangre habrá enfrentado la vida Tyson después de conocer a semejante bosta. Don King lo secó, así de simple. Y Tyson lo pone bien clarito en “su” documental: Don King es capaz de vender a su madre por un dólar. Es simplemente mala gente. Más no se puede decir. Y él, que lo quiso, tampoco puede decir más.
Es que Tyson es un sentimental. Siempre lo fue. Parecía no usarlo, pero nunca careció de corazón. Y de alma. Hay dos momentos clave en el documental, preciosos en lo que hace a estas evidencias: la bestia tiene sentimientos, corazón, alma. Uno de esos momentos es cuando recuerda a su mentor, quizá la única persona como la gente que conoció en su vida. En esa parte de la película Tyson se transforma en Rocky (Stallone, no Marciano). Llora, el hombre de hierro llora. El mentor es Cus D’Amato, un viejo amable, que le enseñó lo poco que Tyson aprendió (lo poco que le hacía falta aprender), que le ofreció un hogar (lo adoptó, Tyson no tenía dónde ir), algo de cariño y que no llegó a verlo campeón. Si Tyson llega a viejo, será gracias a Cus D’Amato, que le dio dos cosas: boxeo y confianza en sí mismo. Tyson conoció el boxeo en un reformatorio, pero fue en el gimnasio de Cus D’Amato donde se hizo boxeador. Cuando Tyson lo recuerda en su documental, se le hace un nudo en la garganta. No puede seguir, la voz se quiebra, las palabras no salen. Esta es la parte del corazón.
El otro momento, el del alma, es hacia el final de la película, en medio de una pelea, la última. Ante el mediocre Kevin McBride, Tyson se recuesta contra las cuerdas y se sienta. Ya es un hombre grande, se hizo un tatuaje tribal en la cara, que se confunde con algunas arrugas, con la dureza de su rostro, con viejas marcas. Aparte de todo ello, en su cara se nota el hastío: ya no puede, ya no quiere seguir. Y en ese acto de sentarse en medio de una pelea y ya no levantarse, con esa mirada que acepta que al fin todo ha terminado, Tyson desnuda su interior, se muestra tal como es: simplemente, un hombre cansado. Pero al fin se lo ve feliz: siente la tranquilidad de saber que ya no habrá otro campanazo llamándolo a la acción, ni voces a su alrededor clamando por sangre, la del otro, la suya propia. En ese acto, mientras Kevin McBride festeja como un niño, la bestia se libera, sale del cuerpo magullado, empieza a mirar de lejos el ring, el par de boxeadores, la gente agitada, y se va sin pretensiones, ni esperando que la saluden, a descansar de una buena vez por todas.
La película de James Toback no es una buena película, lo que es bueno es el documental de Tyson, que es otra cosa: hace lo que quiere con el entrevistador y al mismo tiempo se entrega por entero. Las decisiones estéticas de Toback son feas, como esas imágenes congeladas de la cara del campeón en muecas extrañas, de tipo que recién se levanta, de borracho entregado, o la de dividir la pantalla en dos, tres, cuatro partes, y pegar sobre ellas palabras de Tyson tomadas de momentos diferentes, en una mezcla abusiva, que descoloca al espectador, como un gancho bien puesto. Y ni hablar de ponerlo a Tyson mirando el mar, caminando por una playa vacía, con la vista en la arena. Ya sabemos: el hombre necesita estar solo, buscarse, encontrarse. Las imágenes de archivo, por otro lado, sorprenden en lo que hace a la juventud de Tyson, pero se quedan cortas luego, nada hacen por explicar lo que se le iba a venir encima al tipo: a no ser que aprendamos a ver el brillo de la ambición en los ojos de los managers y de las mujeres que lo rodearon, que es lo que quiere hacernos creer el director. Lo que sí hacen las imágenes es, en todo caso, explicar en qué cosa se convirtió Tyson con el paso de las peleas, con el paso del éxito, con el paso de las frustraciones, es decir cuando todo pasó: lo usual, digamos, lo acostumbrado en toda historia de ascenso y caída. Todo recorte es moral, y tal vez lo sea elegir dónde pegar. Por suerte están las palabras de Tyson, que no sabe mentir, tampoco sus ojos, su sonrisa, que son hacia el final del film las de un hombre todavía crédulo, pese a todo lo que vimos hasta ese momento, pese a lo que vivió el boxeador, pese a todo lo que sufrió la bestia que llevaba dentro.

Tyson 1

Michael Gerard Tyson, 1966, New York.

Tyson

Tyson, James Toback, 90:00, 2009, Estados Unidos.

Con mi viejo veíamos muchas peleas. A veces se sumaba mi madre. Le impresionaba sobre todo el cogote de Mike Tyson: no era un cuello, era un cogote, hecho y derecho, una cosa animal. Ahí estaba el truco, la broma divina: a Mike Tyson no se lo podía voltear por el cogote que tenía: cuando se le pegaba en la cabeza, ésta no se movía: permanecía inmóvil, como si no hubiera pasado nada, sostenida por el tronco que había debajo, esa cosa inhumana.

Casi todo el boxeo lo veía con mi viejo. Sin embargo, una de las peleas que más recuerdo, entre la Cobra de Detroit Hearns y nuestro nuevo toro de las pampas Martillo Roldán, la vi solo, en el hall de un hotel. Roldán era un casi un vecino, hijo de Freyre, cercano a San Francisco, donde vivían mis tíos. Yo pasaba seguido por Freyre. Cuando El Gráfico sacó una foto de Roldán contra una persiana de metal, con un graffiti alentándolo, yo reconocí esa persiana. Esa foto era previa a la pelea con Hearns, la Cobra de Detroit: una foto para desearle suerte al púgil local. Roldán lo tuvo ahí nomás: en el cuarto o quinto round lo hizo temblar al negro, que estuvo a punto de poner la rodilla en el piso, con esa sonrisa boba que ponen los boxeadores imbatibles cuando alguien está a punto de batirlos… ¡pero Roldán dejó de pegarle! Fue imperdonable. Minutos después, la Cobra lo desparramó por el piso. Lloré y puteé, y odié como nunca antes a un boxeador: a Martillo Roldán, por no seguir pegando.

Tyson tampoco seguía pegando. Es que le bastaba una sola trompada. Y todo se acababa. Cuando peleaba, con mi viejo apostábamos cuántos segundos duraría la pelea. La pelea iba a durar hasta que el otro se desmayara, así de simple. Pero mi viejo tenía cierto ojo para los boxeadores: me decía que la mayoría con los que peleaba Tyson eran paquetes. Los ponían ahí para aumentarle los números de caídos en su haber. Eso era posible. Pero yo igual me entusiasmaba con la pegada de Tyson. Había algunos que ponían bien la guardia, pero igual los volteaba, con guardia y todo, a veces con referí y todo.

En las buenas épocas de la revista Fierro, es decir antes de ahora, salió un especial con historietas dedicadas a Tyson. Me pregunto si alguna vez Tyson se enteró de semejante cosa, que una revista de historietas de un remoto país sudamericano le dedicó un número inspirado en su figura, en sus puños, en su cogote, en los muñecos que volteaba.

Tyson fue el último boxeador de la historia, así como Cobain fue el último rockero. Después de ellos, el silencio, la nada. Que se apaguen los televisores, que no hay nada más para ver. Podría agregar a Maradona, como el último futbolista (no me vengan con Messi; Messi es un producto de laboratorio, un robot lubricado con Gatorade, más o menos como el ruso que enfrenta a Balboa en Rocky IV). Sí, por qué no. Aparte, se puede decir que Maradona y Tyson en algo se parecen: les gusta el Che, por empezar, lo llevan tatuado en sus cuerpos, lo sacan a relucir cada vez que pueden… Y las mujeres los arruinaron a ambos. Bah, no las mujeres. Las malas juntas.

Bueno, como dicen, todo lo que necesitas es amor. Y a estos dos no les sobraba. Lo que les sobraba eran las malas juntas, los amigos por plata, esas cosas, o sea gente que se les acercaba y que poco y nada tenía que ver con el amor, sino con la oportunidad. No importa que cuando Tyson ganó el título del mundo le haya dado un beso en la boca a su manager, o que Maradona practicara piquitos parecidos con el suyo propio.

Y después están las sustancias peligrosas, claro. La analogía ya va siendo demasiado fácil, y hasta irresponsable. Se termina acá nomás. No voy a ir por el camino acostumbrado, ese que me haría decir que mientras a Maradona le cortaron las piernas, a Tyson le cortaron los brazos. Antes de las sustancias peligrosas, están los amigos peligrosos, que son mucho peor, y que lastiman más.

O cuestiones de la fama, inmanejables. Esta es otra cuestión remanida: se dice que cuando un boxeador adquiere fama se hecha a perder por el simple hecho de que su origen humilde le impide incorporar sanamente el dinero que de pronto le cae a raudales. Pavadas. Si para algo existe el dinero es justamente para disfrutarlo insanamente.

Coches, tapados de piel, mujeres, esas cosas. Mi tío, el que era vecino de Martillo Roldán, solía contar un chiste: Dicen que un tipo estaba en la lona, no tenía ni dónde caerse muerto. Se lo conocía por alguien de mucho dinero, así que le preguntan: Dígame, ¿qué hizo con su dinero? Y el tipo contesta: La mitad la usé en chicas fáciles, en el casino, en el whisky… ¿Y el resto? La malgasté.

Tal vez son cosas que simplemente tienen que pasar: los ídolos se caen. Los verdaderos ídolos, eh, ojo, no esos que se cuidan, que se mantienen sanos y cuyas vidas son un ejemplo, para preservar su nombre y cosas por el estilo: los que protegen su llamita hasta el final. Hablo de verdaderos ídolos: semidioses inalcanzables con apetitos humanos. Esos que se queman en el mismo incendio que provocan.

Y el apetito humano de Tyson eran las mujeres. En la película de James Toback lo dice claramente: no le gusta el amor, le gusta la posesión. Y mientras más, mejor. Como también pueden constituir un exceso, a la par de las sustancias peligrosas (y qué mujer que se precie de tal no lo es), Tyson le hecha la culpa a su falta de control con las mujeres de la pérdida de tu título mundial, en Tokio, en febrero del 90, frente a un boxeador que no le llegaba a las rodillas.

El tipo había dejado de entrenar para dedicarse a la jodienda. Y entonces vino James Douglas (un absoluto desconocido, que luego de esta pelea no hizo mucho más, como para que se terminara de entender que no le llegaba a las rodillas a nadie) y lo volteó en el décimo round, después de darle una paliza. El famoso cogote de Tyson tembló por vez primera. Hasta la fecha, Tyson llevaba casi cuarenta peleas ganadas, las cuales, por la contundencia de cada triunfo, le bastaron para pasar a la historia. Fue una sorpresa mundial (las apuestas estaban 42 a 1 a favor de Tyson —los segundos de Tyson estaban tan creídos que la pelea iba a ser para su pupilo, que ni siquiera llevaron consigo algunos de los elementos necesarios para parar la sangre, desinflamar el rostro o aliviar el dolor… y vaya si los necesitaron esa noche) y seguramente una muy esperada por medio mundo: el de los idiotas complotados, que aguardan con ansias al que mejor se caiga.

Y Tyson no volvió a levantarse. Tuvo sus buenos momentos, es cierto, siguió tumbando grandotes con una o dos manos bien puestas, a lo sumo, pero algo ya no iba como antes. El espectáculo continuaba, y hasta recuperó su corona, pero algo se había perdido. Vaya uno a saber qué. A mí me parece que la ilusión de poseerlo todo, para siempre. Y para colmo, la cárcel lo esperaba a la vuelta de la esquina.

Si Tyson ya era un hombre enojado, si ya era un hombre que había perdido la ilusión, luego de la cárcel todo terminó yéndose al demonio. Perdí la confianza en el ser humano, dice Tyson en su documental. Y sí, es suyo: usa la película para explicarse a sí mismo, para tratar de entender qué fue lo que le ocurrió, para pedirse perdón, para recordar lo mejor de su mejor época.

Y como ya estaba todo perdido, las vergüenzas no hicieron más que sucederse. Hay que decir que muchas de ellas no fueron enteramente su culpa, aunque debería haber elegido mejor a sus contendientes. Si antes de la cárcel rivales como Tillman y Stewart, que fueron más corredores que boxeadores frente a Tyson (bah, yo también habría corrido), dieron vergüenza ajena, y que parecían puestos ahí para regodeo de las estadísticas, no sé qué decir de peleles como Peter McNeeley, quien fue su rival en el reencuentro con el ring —esa pelea me senté a verla con un par de amigos, en un barzucho. No alcanzamos a tomar demasiado: duró un par de segundos, los justos para permitir que descalificaran a McNeeley después de que sus segundos subieran a protegerlo de la furia de Tyson—, Orlin Norris (la pelea quedó en la nada porque el tipo “se lastimó” la rodilla), Lou Savarese (dato curioso: el referí fue noqueado con más fuerza que el boxeador contrario), Andrew Golota (abandonó él solito la pelea, “olió” marihuana en la boca de Tyson al parecer), y un etcétera que por suerte no fue tan largo (el gordo Francois Botha, el poco profesional Clifford Etienne… a esta altura ya era más ameno ver cómo Tyson se acercaba a levantar y/o consolar a los boxeadores que había mandado a la lona que sus peleas en sí: se notaba cierta camaradería, algo esperable, eran compañeros de trabajo venidos a menos, tratando de llegar a fin de mes, como él).

En medio de todos ellos, estuvo Evander Holyfield, que era de los buenos, también de los capciosos y de los ventajeros. Y también estuvo Lennox Lewis, que era mejor todavía y que en ese momento estaba en su esplendor —¡y justo en ese momento a Tyson se le ocurre lanzar la promesa de comerle los hijos! (venía agrandado por un par de knockouts menores, y lo único que se comió fue unas cuantas manos). Pero quedémonos con Evander Holyfield, con quien Tyson protagonizó una de las peleas más raras que se recuerde y que terminó con su oportunidad de ser tomado en serio una vez más.

Evander fue una pesadilla que apareció dos veces en la vida de Tyson, contundente como sólo puede serlo una pesadilla que se repite: en la primera, se la paseó cabeceando a Tyson, y de vez en cuando pegándole de lo lindo, y en la segunda poniéndole la oreja como cebo. Después de esa pelea, Tyson fue tan conocido por el poder de sus puños como el de sus dientes, que le habían arrancado un pedazo de oreja a Holyfield, y que ahora eran comparados con los de un tiburón. Algo seguramente exagerado, como la multa que se le exigió por la travesura: tres millones de dólares. El árbol ya se había hecho astillas y todavía se pretendía leña de él.

Leña: aquí hay que ponerlo a Don King, que se llevó todo. Me pregunto con qué sangre habrá enfrentado la vida Tyson después de conocer a semejante bosta. Don King lo secó, así de simple. Y Tyson lo pone bien clarito en “su” documental: Don King es capaz de vender a su madre por un dólar. Es simplemente mala gente. Más no se puede decir. Y él, que lo quiso, tampoco puede decir más.

Es que Tyson es un sentimental. Siempre lo fue. Parecía no usarlo, pero nunca careció de corazón. Y de alma. Hay dos momentos clave en el documental, preciosos en lo que hace a estas evidencias: la bestia tiene sentimientos, corazón, alma. Uno de esos momentos es cuando recuerda a su mentor, quizá la única persona como la gente que conoció en su vida. En esa parte de la película Tyson se transforma en Rocky (Stallone, no Marciano). Llora, el hombre de hierro llora. El mentor es Cus D’Amato, un viejo amable, que le enseñó lo poco que Tyson aprendió (lo poco que le hacía falta aprender), que le ofreció un hogar (lo adoptó, Tyson no tenía dónde ir), algo de cariño y que no llegó a verlo campeón. Si Tyson llega a viejo, será gracias a Cus D’Amato, que le dio dos cosas: boxeo y confianza en sí mismo. Tyson conoció el boxeo en un reformatorio, pero fue en el gimnasio de Cus D’Amato donde se hizo boxeador. Cuando Tyson lo recuerda en su documental, se le hace un nudo en la garganta. No puede seguir, la voz se quiebra, las palabras no salen. Esta es la parte del corazón.

El otro momento, el del alma, es hacia el final de la película, en medio de una pelea, la última. Ante el mediocre Kevin McBride, Tyson se recuesta contra las cuerdas y se sienta. Ya es un hombre grande, se hizo un tatuaje tribal en la cara, que se confunde con algunas arrugas, con la dureza de su rostro, con viejas marcas. Aparte de todo ello, en su cara se nota el hastío: ya no puede, ya no quiere seguir. Y en ese acto de sentarse en medio de una pelea y ya no levantarse, con esa mirada que acepta que al fin todo ha terminado, Tyson desnuda su interior, se muestra tal como es: simplemente, un hombre cansado. Pero al fin se lo ve feliz: siente la tranquilidad de saber que ya no habrá otro campanazo llamándolo a la acción, ni voces a su alrededor clamando por sangre, la del otro, la suya propia. En ese acto, mientras Kevin McBride festeja como un niño, la bestia se libera, sale del cuerpo magullado, empieza a mirar de lejos el ring, el par de boxeadores, la gente agitada, y se va sin pretensiones, ni esperando que la saluden, a descansar de una buena vez por todas.

La película de James Toback no es una buena película, lo que es bueno es el documental de Tyson, que es otra cosa: hace lo que quiere con el entrevistador y al mismo tiempo se entrega por entero. Las decisiones estéticas de Toback son feas, como esas imágenes congeladas de la cara del campeón en muecas extrañas, de tipo que recién se levanta, de borracho entregado, o la de dividir la pantalla en dos, tres, cuatro partes, y pegar sobre ellas palabras de Tyson tomadas de momentos diferentes, en una mezcla abusiva, que descoloca al espectador, como un gancho bien puesto. Y ni hablar de ponerlo a Tyson mirando el mar, caminando por una playa vacía, con la vista en la arena. Ya sabemos: el hombre necesita estar solo, buscarse, encontrarse. Las imágenes de archivo, por otro lado, sorprenden en lo que hace a la juventud de Tyson, pero se quedan cortas luego, nada hacen por explicar lo que se le iba a venir encima al tipo: a no ser que aprendamos a ver el brillo de la ambición en los ojos de los managers y de las mujeres que lo rodearon, que es lo que quiere hacernos creer el director. Lo que sí hacen las imágenes es, en todo caso, explicar en qué cosa se convirtió Tyson con el paso de las peleas, con el paso del éxito, con el paso de las frustraciones, es decir cuando todo pasó: lo usual, digamos, lo acostumbrado en toda historia de ascenso y caída. Todo recorte es moral, y tal vez lo sea elegir dónde pegar. Por suerte están las palabras de Tyson, que no sabe mentir, tampoco sus ojos, su sonrisa, que son hacia el final del film las de un hombre todavía crédulo, pese a todo lo que vimos hasta ese momento, pese a lo que vivió el boxeador, pese a todo lo que sufrió la bestia que llevaba dentro.

Los hombres tiernos son así.

4 comentarios

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  1. Vals / Feb 7 2010 6:16 am

    excelente crónica y crítica, casi me haces llorar, felicidades. Tyson….muchísimo más corazón que Cassius Clay, saludos.

  2. manuel / May 5 2010 4:00 pm

    soy fanatico tyson x su imagen de luchador ps

  3. King Stephen / May 14 2010 1:12 am

    Gran crónica, pero disiento mucho con Vals, ni en pedo Tyson tenía más corazón que Cassius, pegaba más fuerte a lo mejor eso sí: grandes los dos total. Hacete una crónica del maestro Ali.

  4. Arturo Cruz / Jul 28 2010 7:01 pm

    si yo estoy de acuerdo en que fuen un atleta impresionante y merecedor de los elogios escritos por el autor ademas una perosna que se rodeo de “amigos” que lo guiarin mal en fin el mejor boxeador de la hsitoria en su peso y un recuerdo inborrable en las memosrias que lo vieron pelear

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