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septiembre 25, 2009 / Roberto Giaccaglia

Hablemos todos, aunque sea al cuete

Sí, hablemos

Tal como ocurrió tiempo atrás con el asunto del campo vs. el gobierno, en el cual muchos actores públicos y no tanto se largaron a hablar en favor de uno o de otro (principalmente a favor del otro) sin saber bien de qué estaban hablando, ocurre ahora con la nueva ley de medios que quiere imponer el matrimonio presidencial: los propietarios de blogs hablan, hablan los escritores, hablan los conductores de televisión, los conductores radiales, los periodistas y los estudiantes de periodismo, los rectores hablan, la gente que pasa por la calle y se topa con una cámara y con un tipo que le hace la pregunta, usted qué opina. Al final, el gobierno tiene razón: hablamos todos, aunque sea al cuete.
O sea, al vicio y rápido, sin preguntar, ni preguntarse, como si fuera tan fácil ponerle una firma a una cuestión tan espinosa.
Un ejemplo de habladuría es la juntada de firmas llamada “Por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual”, que se puede encontrar en varios sitios.
Es una clara muestra de adhesión inmediata, de una toma de posición cuasi pasional. Tal vez algunos de quienes allí hablan y firman hayan tenido algún que otro acercamiento a la nueva ley (o proyecto de ley), pero no lo demuestran con lo que ponen por escrito. Y si no tuvieron acercamiento alguno es comprensible: son 157 artículos, repartidos en casi 200 páginas, redactados en una prosa pobre… lo cual asume demasiado tiempo si total lo único que se quiere hacer es dárselas de progresistas y/o modernos. Basta con decir acepto, terminemos con los monopolios y chau.
¿No temerán estos muchachos parecerse a los obsecuentes de Carta Abierta y a los epígonos que se les aliaron entonces? Pareciera que a nadie le importa demasiado pasar vergüenza hablando de lo que no tiene ni idea, cosa que queda demostrada por el hecho de que por estar en contra de lo que tiene mala prensa (ruralistas ricos en el caso del campo, negocios monopólicos en el caso de la nueva ley) la gente es capaz de decir cualquier barbaridad y de firmar abajo de otras tantas.
Lo más común que se escucha hoy por hoy son cosas como “No soy kirchnerista, pero…” y ahí nomás se largan a hablar maravillas de la nueva ley. Se entiende, la política es una pasión, hay en ella tanto de racionalidad como de gusto personal, lo cual no siempre es algo inmediatamente discernible, pero haría falta algo más que pasión, sentimiento o una mera inclinación para hablar de ciertas cuestiones. Me sigue sorprendiendo el hecho de que nadie se haga ninguna pregunta, que todo les parezca tan claro, que ni siquiera les preocupe o se imaginen qué puede llegar a pasar con las pequeñas empresas proveedoras de cable en el interior del país, por poner un ejemplo rápido, empresas alrededor de las cuales gira la actividad local de muchas localidades chicas.
La juntada de firmas recién citada está encabezada por un texto escrito con un encarnizado odio hacia los monopolios y nada más, como si dar a conocer dicho odio pudiese garantizar pluralismo, libertad de opinión, amor por el pueblo, los desposeídos, etc. No creo que el ejercicio de esgrimir un odio específico pueda por sí solo garantizar racionalidad.
Pero este es sólo uno más de los tantos escritos idiotamente útiles que vienen apareciendo por doquier, y que no dicen nada, o que dicen lo mismo que todos. Cada uno de ellos puede resumirse perfectamente en las dos o tres líneas tipo mantra que el gobierno viene repitiendo cada vez que puede: la vieja ley es de la dictadura, la nueva es de la democracia, los monopolios son malos.
Son palabras de tablón, cánticos que no apelan a la serenidad ni al pensamiento, sino a la adherencia inmediata. O estás con ellos, o con nosotros. Hábilmente, en este caso el gobierno designó con la palabra “ellos” a los militares y a los monopolios. Y como casi nadie, al menos en su sano juicio, quiere estar con los militares (autores de la vieja ley) y los monopolios (favorecidos de la misma), hay que estar pues con el gobierno. Es fácil, si criticás la nueva ley o cuestionás alguno de sus puntos te estás pasando al bando de los malos. Así, los bienpensantes allanan el terreno para la junta de firmas y el acuerdo rápido.
Se habla, en esta y en otras solicitadas, como la que asegura “una nueva democracia” con “la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual”, de que los monopolios manipulan la información a los fines de preservar su poder económico y político. ¿No cabe pensar lo mismo del uso que se le ha dado desde siempre a Canal 7, por ejemplo? Hasta las palabras de “supuesto” apoyo a la nueva ley que hoy se pasan a cada rato por dicho canal son manipuladas por el gobierno. En los spots donde personalidades varias salen “aclamando” la ley, se nota de lejos el recorte realizado. Estoy seguro de que varios de los entrevistados han sido sorprendidos con preguntas que poco y nada tenían que ver con la ley, pero que después de algún rebusque de edición terminaron diciendo lo que el gobierno quiere: Menganito apoya la nueva ley, y miren que Menganito no es abiertamente kirchnerista, así que la nueva ley es algo bueno, más allá de los Kirchner.
Nunca se ha visto desde el 83 hasta el presente tantas ganas de cambiar la vieja ley. Es como si de pronto, después de décadas, la ley hubiese adquirido fecha de vencimiento y nos estuviésemos rigiendo por un material podrido, o en mal estado. Todo esto, por supuesto, pese a los parches con los que se ha enmendado la vieja ley —y pese a los mecanismos que ya existen para frenar actos de monopolio y que pueden aplicarse sin nueva ley alguna (si hay la suficiente voluntad, claro). Lo que ha caducado, por supuesto, es el acuerdo que había entre Clarín y Kirchner, eso es lo que se ha vencido, lo que ahora agarró mal olor. Tiempo atrás, el grupo era favorecido por el ex presidente. Pero ahora la relación se pudrió. Y por eso la nueva ley.
En el fondo nadie lo discute: necesitamos una nueva ley, bárbaro, la hagamos, ¿pero así, cueste lo que cueste, cuando hay otras cosas para discutir, como la pobreza que esconde el Indec, por ejemplo, los indigentes que de pronto no aparecen en ninguna estadística?
Para Mariotto, titular del Comfer, la lucha por imponer la nueva ley es “la madre de todas las batallas”. Vayan a preguntarle al tipo que cobra su sueldo y tiene que ir con “eso” al super y alimentar a toda su familia, a ver si le importa esta madre de todas las batallas. En todo caso le importa, a lo mejor, seguir escuchando Cadena 3, cosa que con la nueva ley no va a poder hacer. Pero eso es otra cuestión, y aunque me intriga, ya que estamos, saber qué van hacer los acostumbrados a dicha cadena cuando ya no esté, me intriga más cómo es que tanta gente supuestamente inteligente (por Dios, hasta Fabián Casas firma su adherencia) puede tragarse tantas palabras altisonantes (y firmar debajo).
Los defensores de la nueva ley dicen que “Desmonopolizar mejora la calidad de vida democrática porque impide que un solo actor determine la agenda de la conversación pública liberando también a los trabajadores de esos medios monopólicos de las garras de un solo patrón”, lo cual es mentira, porque si hay algo o alguien que determina la agenda de conversación pública es precisamente el gobierno. Hasta hace unos días atrás, por ejemplo, Kirchner nos obligaba a pensar que no se podía hablar de otra cosa que de “los goles secuestrados por TyC”. Otra vez, el matrimonio reinante apelaba a la memoria polvorienta de la sociedad, comparando a los goles con la gente secuestrada y muerta por la dictadura: ¡¿cómo no íbamos a estar de acuerdo con que los goles fueran “liberados”?!
Hay que decir que efectimismo no le falta a este gobierno. O caradurismo, que es lo mismo. Por ejemplo, aquel que usó el año pasado para asegurar que el dinero de las retenciones iba a ir a caminos, hospitales, etc., cosa de que nadie se opusiera a ellas. Idéntico mecanismo emplea para otro de sus caprichos: acabar con Clarín. Y sí, resulta que si terminamos con Clarín vamos a ser más plurales. ¿No es esto, acaso, otra “construcción comunicacional de los negocios y acuerdos que se hacen puertas adentro”, como pedorrean los de la junta de firmas? Y hablando de puertas adentro, ¿quién asegura que esta no sea una ley hecha y derecha para los amigos “puertas adentro” del gobierno?
Por otro lado, es sólo una verdad parcial que esta nueva ley es el “fruto de dos décadas de debates, celebrados en foros, universidades nacionales y entidades de bien público”. No, esta nueva ley es el fruto del odio que despierta en el matrimonio presidencial la sola mención del principal diario de este país. Suponen que minando los negocios audiovisuales del Grupo Clarín, éste se va a terminar. Así que la emprenden con una ley redactada a las apuradas y empujada hacia el recinto del debate con prepotencia, sembrando el miedo (con nosotros o con los monopolios). ¿De qué décadas de debate hablan? ¿De esas que se celebraban en las cátedras de comunicación, por ejemplo, donde participaba seguramente Mariotto? No puedo creer que vean esta ley como un premio a tantos años de esfuerzo académico y debates: presten atención: si no hubiese en la nueva ley ningún punto que pudiera atacar al Grupo Clarín (impedir, por ejemplo, que una empresa tenga licencia de cable y a la vez canales de aire, o, por caso, el punto que limita la cantidad de abonados de un servicio de cable al 35% del total —actualmente Cablevisón y Multicanal, es decir el Grupo Clarín, tienen el 40% de los abonados a nivel nacional), ¿se creen ustedes que el gobierno tendría tantas ganas de que fuera aprobada? Con todas las décadas de debate el gobierno se habría limpiado el trasero.
Pero hay más personas convencidas de la bondad de este gobierno, del gran legado que dejará una vez que la ley se apruebe.
La gente de la Carta Abierta edición Córdoba, por ejemplo, confía en que el proyecto de Ley de Medios “inicia el camino para las transformaciones de fondo que necesita nuestro país, pues sin democratización de la palabra no será posible una justa distribución de la riqueza”. Sí, veo cómo a los Kirchner les importa este asuntito de la distribución de la riqueza. Cuando a Kirchner le preguntaron si pensaba donar su jubilación presidencial (25000 pesos, poco más, poco menos), como  hizo un ex presidente, el tipo contestó “lo que hago con mi plata es problema mío”, o algo parecido. Como muestra, basta un botón. Parece que por ahí no va el tema, entonces. En todo caso el tema de la distribución y los medios de comunicación puede ir por el siguiente lado: una vez que no haya un medio fuerte que le plantee oposición al gobierno, la distribución dejará de ser un tema del que pueda hablarse.
Con todo, los defensores de la nueva ley tienen de dónde agarrarse. Es de destacar, por ejemplo, el hecho de que la nueva ley destinará el 33% del espacio audiovisual a organizaciones sin fines de lucro: universidades, ONGs y sindicatos, por caso. Por lo que será muy interesante ver programas tipo “Nuestro amigos de Irán”, por Hebe de Bonafini, o “En la ruta”, por Moyano y su hijo. Vaya uno a saber si se podrán ver otra clase de programas, ya que la autoridad regulatoria para licencias dependerá del gobierno de turno (y como siempre, cabrá la sospecha de que si el gobierno de turno lo desea podrá ejercer un control editorial sobre los contenidos de los medios, y así proporcionar licencias a quien no editorialize en contra).
Otra parte interesante de la nueva ley es la cuota de pantalla que se le dará al cine nacional (el canal Volver, del Grupo Clarín, ¿a qué se dedica, ya que estamos?), algo que siempre se sale a defender a rajatabla, cueste lo que cueste. Veremos. Habría que ver qué clase de películas se pasarán, cuál es el criterio empleado, etc. (si son las de Campanella este punto es un error, je), igual con la cantidad de qué música pueden poner las radios, lo que atenta directamente contra la programación de quien esté al frente de una emisión (y de los oyentes, a quienes la nueva ley no va a salir a preguntarles qué quieren escuchar), digan lo que digan Víctor Heredia y los prohombres nacionales, que se dicen defensores de la cultura argentina —pero no del campo, aclaremos, como si la tierra fuera sólo para parir folkloristas.
No puedo creer, simplemente, que cuando dicen que esta ley “servirá para favorecer la pluralidad de mensajes” vean que dicho objetivo está garantizado de ante mano y no se pregunten siquiera por las formas en que la ley será instrumentada para alcanzar dicha finalidad. El gobierno no tiene mucha experiencia en esto de la pluralidad de mensajes, y nunca ha dado muestras de interesarse por ello. ¿Alguien puede creer que suceda lo contrario gracias a una ley impulsada por un gobierno así?
Veamos: ¿hay pluralidad de mensajes en Canal 7, donde no se puede ver el tan promocionado fútbol gratuito sin que lo asalten a uno mensajes directos, abusivos y estúpidos acerca de las bondades de este gobierno para con el campo, o, justamente, lo necesaria que es esta ley de medios? ¡Y dicen que “los medios estatales mostrarán autonomía de los gobiernos”! ¿Por qué no empiezan a hacerlo desde ya? ¿Necesitan una ley para eso? Canal 7 nunca fue, y ahora menos que menos, independiente del gobierno de turno. No veo que se necesite una ley para poner en práctica cosa semejante. Lo que hace falta es voluntad, que es otra cosa.
Para ir terminando, me pregunto qué tienen para decir los defensores de la ley acerca de su fe en la aplicación de la misma cuando asegura que “se garantizará la independencia de los medios de comunicación. La ley deberá impedir cualquier forma de presión, ventajas o castigos a los comunicadores o empresas o instituciones prestadoras en función de sus opiniones, línea informativa o editorial…” Digo, ¿qué es lo que hace el gobierno sino asignar arbitrariamente su publicidad oficial, discriminando medios que no le son afines? En Página 12, casi su boletín oficial, aparece todo tipo de propaganda del gobierno, o en la revista Veintitrés, mientras que medios como Perfil o Noticias, criticones, no reciben nada.
En suma, si es una ley que genera más preguntas que certezas, no veo por qué hay que salir a defenderla, a gritar por ella, a culpar a otros de gorilas, de bárbaros iletrados, de ser resabios del pasado o tildarlos de pro monopolio por cuestionarla. Y encima esgrimiendo los mismos argumentos que esgrime el principal defensor…
“Que no te digan lo que tenés que ver”, dicen… ¿Y no puede figurar en algún lado una leyenda que rece “Que el gobierno no te diga a quién tenés que odiar”, o algo por el estilo?

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