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octubre 9, 2009 / Roberto Giaccaglia

El viejo cine argentino

El secreto de sus ojos

El secreto de sus ojos, Juan José Campanella, 127:00, 2009, Argentina.

Aclaremos rápido una cosa: va a ser muy difícil que alguna vez veamos en mejor forma actoral a Francella, o, lo que no es lo mismo, pero se parece, que alguna vez Francella vuelva a toparse con un director y una película que saquen lo mejor de él, que lo exploten de esta manera única, inmejorable, exquisita, en que lo hacen Campanella y El secreto de sus ojos.
Darín ya tuvo un momento así, fue en El aura, que era otra cosa, claro, una película mayúscula y no sólo por la interpretación de sus actores. Vos no me conocés a mí, decía el personaje de Ricardo Darín en cierto momento de aquella película, un momento en el que todo puede pasar, un momento en el que todo se altera, queda en suspenso, un momento en que nos vemos venir encima la descarga de algo acumulado y contenido. Plasmado en unas cuantas palabras, en una mirada, en una leve alteración de la voz había todo un gran momento de cine. Un momento que sabíamos que le iba a costar mucho superar a Darín en próximas películas, lo dirigiera Bielinsky o no.
Vaya a saber, ahora que se lo va a tomar en serio, quién dirigirá a Francella a continuación, pero eso no importa: los momentos que aporta en El secreto de sus ojos son tan imborrables que cualquier cosa que haga sufrirá la comparación, y saldrá perdiendo. Es imposible que no sea así.

La proeza que realiza Francella bastaría para considerar a la obra de Campanella más que digna —sumada, si se quiere, a otras proezas, más que nada técnicas. Pero hay un problema.
El problema, el único si obviamos la ideología que sustenta el film, y hasta pequeño en comparación, es que si bien la actuación de Francella es increíble, El secreto de sus ojos es, en cambio, inverosímil. Lo es por varias cuestiones, que no viene al caso reseñar, porque no deseo arruinarle la sorpresa a nadie. Baste con decir que poco del hilo narrativo está bien atado, digamos, lo que es lo mismo que decir que ciertas grietas no cierran con nada. Ni siquiera con la sobreactuación, en un momento clave de la película, de Soledad Villamil, que por otro lado está muy bien.
Tal vez este hilo narrativo, por contar con demasiados nudos, termine alargando de más la película. Cuando llegan los títulos, uno siente que en realidad la película había terminado una media hora atrás, aproximadamente, cuando ya habían sido desplegados en la pantalla toda la euforia y el desánimo de los que es capaz la historia. Lo que viene luego es un poco de relleno, un ajuste más a una tuerca que ya no necesitaba apretarse.

Nos topamos con demasiadas cuestiones, amor, suspenso, política, pasiones humanas de diversa índole (buenas, muy malas), como para que el “ensayo” que intenta la película sobre cada uno de estos temas pueda llegar a ser fructífero, o interesante, por más que a cada una de estas cosas les dedique escenas separadas, como si de mini episodios de una serie de dos horas se tratara. No sé si hacer cine de esta manera está bien o mal. Sé que es más televisivo que otra cosa, y que no resulta tan interesante de experimentar en comparación con otro cine argentino de los últimos años, que había empezado lenta pero firmemente a escaparle a este formato. Un formato más cuidado, más profesional si se quiere, más seguro y hasta fácil de digerir, o de seguir, pero también menos arriesgado, con lo cual uno de los factores esenciales de la experiencia artística se pierde: la sorpresa y, por qué no, la emoción.

Bah, emoción hay. Están los ojos. Los de Villamil (juiciosos), los de Darín (escrutadores), los de Francella (sorprendidos), los de Rago (inquietantes). Y todos con cierta desesperación encima, o en lo profundo. No por nada la película se llama así. Es en buena medida una película sobre los datos que aportan los ojos. Baste decir que el asesino es sospechado primero y confirmado luego nada más que por su mirada. O por lo que otros ojos, los que lo descubren primero, los que lo miran luego, son capaces de ver. Es inverosímil, ya lo dije, pero en esto de la emoción la verosimilitud es lo que menos importa.

Pero no es esta la emoción de la sorpresa, la del riesgo, la de una obra capaz de aportarnos cientos de posibilidades, es decir la emoción como producto de la imaginación. El secreto de sus ojos, más que imaginación, es, en cambio, actuación pura. No hay nada librado al azar: ya todo está ahí, digerido, planeado, proyectado, soberbiamente dirigido. Para el cine nacional, es un avance kilométrico en calidad, así como un atraso gigantesco en su capacidad de soñar.

No hay sueños en El secreto de sus ojos, sino costumbrismo, escenas barriales, judiciales, televisivas, todas adaptados al gusto medio, o que parten de él, esperables y brillantes, tan brillantes que son capaces de obnubilar el pensamiento, cosa de aceptar sin más la visión política que el director tiene de la Argentina, de su pasado, de sus habitantes. Y de sus miradas. Así como la capacidad de ver permite en El secreto de sus ojos descubrir a un asesino, también es la mirada de éste el factor que lo condena. El pobre tipo se fija en un escote, y está listo. Falta que alguien diga: “Si este tipo mira así, algo habrá hecho”.

Vamos al argumento, por las dudas alguien lo requiera: Benjamín Espósito (Darín) se jubila de un juzgado. Y en vez de alimentar palomas en la plaza se pone a escribir una novela. En la novela cuenta un asesinato ocurrido en Buenos Aires en 1974. Sin querer, es su propia vida la que está contando, porque ese hecho determinaría varias cosas. Y contarlo, por otro lado, no hace más que abrir viejas heridas, o puertas que de cobarde nomás cerró en su juventud, cosa que no debería haber hecho. Todo sirve, de paso, para hablar de los años 70, el peronismo que se acababa (o se transformaba), la violencia que empezaba… o que seguía. La violencia, en suma, que no hacía por entonces más que recomenzar, y si acaso recrudecer.

Con esto tenemos que una película presuntamente policial donde el romance se inmiscuye como sin querer, termina siendo una película política, que aporta toda una lectura del mundo a partir de la visión de su director (costumbrista, puritana y un poco antigua). Son varios films en uno. Lo que es decir: un film con pretensiones. Antes que nada, pretensiones aleccionadoras. De esta clase de films, el cine argentino aportó varios a la historia, a la Historia, debo decir, escrita con mayúscula: la que pretende Oscars y premios así a partir de una mirada hacia el pasado con cierto anclaje en el presente, o comparaciones vanas. Algo como esto: los argentinos somos así porque tenemos estas deudas sin saldar con el pasado. Porque nunca fuimos capaces de saldar ciertas cuestiones somos así de berretas, así de chantas, así de ilusos, así de argentinos.

Es el viejo cine nacional, el de los dilemas morales, el de la doctrina, que vuelve por sus fueros, a recuperar terreno perdido, ese que le quitaron a partir de la segunda mitad de los noventa los Trapero, los Martel, los Alonso, los pizza, birra, faso. Y vuelve con toda la espectacularidad que la empresa requiere. Con una soberbia exhibición de talento en todos los frentes, calidad por todos lados, planos majestuosos, y, sobre todo, un muy inteligente aprovechamiento del momento histórico que vive el país: este de las dicotomías, el conmigo o contra mí. Pompa y circunstancia.
Es, claro está, el cine de la venganza.

Y vaya si cumplen con el mandato los seres de la película, al pie de la letra diría yo. El segundo y el tercer final de la película (como ya dije, cuando la película debió haber terminado hace rato) son prueba contundente de esta pulsión, en extremo perjudicial, como “idea” en sí para la sociedad, y como “recurso artístico” para la obra de Campanella, una gran película, una película popular, una película interesante, una película que da ganas de ver una y otra vez
Una película cinematográfica en el más pleno sentido de la palabra.
Una de esas películas de las cuales los argentinos podemos sentirnos tristemente orgullosos.

4 comentarios

Dejar un comentario
  1. Pepe Palermo / Oct 23 2009 6:31 pm

    Muy bien escrito. Tenés oficio. Argumentás y ayudás a pensar. Gracias.

  2. Alicia / Abr 14 2010 9:37 pm

    quien eres? te dedicas profesionalmente a escribir sobre cine?

  3. Roberto Giaccaglia / Abr 14 2010 11:26 pm

    Efectivamente. Gracias por preguntar.

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  1. Civilización y barbarie « Crítica creación

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