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octubre 23, 2009 / Roberto Giaccaglia

Visite Comala (y déjela como está)

El mar de todos los muertos

El mar de todos los muertos, Javier Argüello, 248 págs., 2009, Lumen, Buenos Aires.

Javier Argüello nació en La Boca, Argentina, pero escribe lavabo en vez de baño, guapa en vez de linda, braguitas en vez de bombachitas y bonito en vez de atún. Pese a esta clase de elecciones, todavía toma mate, eso sí: mirando las olas, y no un riachuelo sucio. Bah, al menos es lo que hace su personaje Joaquín, un escritor que quiere dejar de escribir, pero al que lo atrapan fantasmas, como para que continúe. Quizá son enviados por su editor, porque Joaquín tuvo cierto éxito en el pasado, así que el negocio no puede terminarse por un mero capricho. El que también tuvo cierto éxito al parecer es el propio Argüello, con un libro de cuentos, que no leí, que no conocía, pero que desde la solapa y la contratapa de El mar de todos los muertos se anuncia como muy elogiado por la crítica. Otra cosa que se anuncia es que Argüello “simuló” no escribir durante unos años, o sea más o menos como su personaje Joaquín. Ya está: Joaquín es su álter ego. El que dice eso de que Argüello “simuló que no escribía” es Vila-Matas, pero lamentablemente Argüello no escribe como Vila-Matas, sino a lo sumo como Pérez-Reverte, que después de todo no está tan mal, teniendo en cuenta que al menos se trata también de un apellido doble.
No siempre Argüello escribe como Pérez-Reverte, sino cuando su personaje juega a escribir. Me explico. Mechada entre las páginas de El mar de todos los muertos, hay una nouvelle. Es de unos marineros que viajan por un mar fantasmal, tienen aventuras, o más que aventuras visiones. Aventuras esotéricas, digamos. En el resto del libro, Argüello escribe como Argüello, lo que no es más auspicioso.
Por ejemplo, los pescados lo miran desde las góndolas, con los ojos quietos y las bocas abiertas —como debe ser. Pero más adelante es peor, lo miran unas baldosas. Así es, unas baldosas observan “en silencio” al pobre Joaquín. Por suerte él mismo, Joaquín o Javier, se ríe de su propio estilo: “(…) me respondió que no tenía por qué hacerme el escritor con ella”, cuenta Joaquín/Javier, luego de decirle a una tal Ana que el pasto que pisan tiene un aroma sanguíneo.
Esto redunda en una correcta aunque breve reflexión acerca de la arrogancia del escritor, al menos de ese tipo de escritor que apareció en los últimos años, y que quizá ya se esté acabando: el que mira a sus personajes por encima, el que los trata mal, el que no encuentra nada en el mundo que lo emocione, por ser tan grande y magnífico él mismo.
Argüello quizá haya sido uno de estos escritores en el pasado, así que se desquita de sí mismo hablando de la arrogancia que sufren estos escritores, y de paso distanciándose de ellos: escribe con toda la modestia del mundo, haciéndose chiquito, como si tuviera que mostrarle el resultado a su profesor del taller literario, oculto entre marañas de adjetivos, metáforas, estructuras tipo “y al final todo era un sueño” y cosas así.
Después, enseguida, vuelve a los fantasmas —aunque hay más reflexiones más adelante (de todo tipo: acerca de la escritura en sí, acerca de la soledad, acerca del amor), o mensajes, porque el escritor que juega a no escribir o a escribir sin querer parece convencido de que sin embargo tiene algo para decir, pero todas son cada vez un poco más frívolas.
En cuanto a los fantasmas, son de esa clase de la que ya nos hablaba Rulfo en su Pedro Páramo: gente con la que se encuentra el personaje y que resulta, luego de averiguar un poco, ser gente que se murió hace rato.
Y como sobre esto ya escribió Rulfo de una manera digamos insuperable, es un poco arriesgado meterse en el mismo terreno con armas más pobres.
Lo del aroma sanguíneo quizá no esté mal, pero es bien cierto que nadie lo dice si lo que pretende es pasar por una persona más o menos normal ante una chica que acaba de conocer: Ana hace muy bien en decirle que no se la dé de escritor con ella (si la pobre se enterara de que Joaquín/Javier dice más adelante que sus mejillas brillan como “la leche caliente humeando en taza de barro”, o de que cierto par de gotas “colgaban del techo como dos pezones”, no sé dónde se metería de la vergüenza —ajena).
Ahora, si lo que uno quiere es pasar por un terrible pedante, pues adelante: el pasto que pisamos, querida mía, tiene un aroma sanguíneo.
Conozco gente así, y no consigue novia por ningún lado.
Argüello compone su libro de forma parecida, como si no quisiera conseguir novia.
O como si quisiera matarla de aburrimiento.

Vaya uno a saber por qué Joaquín/Javier no quiere más escribir. Aunque suele suceder de buenas a primeras. Cuando le pasó a Rulfo, hizo el bolso y se fue a sacar fotos al monte. Dejó Comala como estaba, no le agregó nada más. Tenía dos libros, y le pareció suficiente. Tal vez en el caso de Javier/Joaquín haya alguna explicación. No es que las ideas se le hayan fugado, si así fuera no llenaría tantas páginas con tanta facilidad (eso sí, metiendo al lector en laberintos que no siempre tienen una salida —lo que se le ha fugado, tal vez, es la claridad).
A lo mejor estamos ante un mero simulacro, como anuncia el propio Vila-Matas, de manera tal que la producción artística, si existe, se haga casi en secreto, para sorprender luego… dentro de unos tres o cuatro libros, quizá.
No hace mucho, escribía sobre Stephen King y su novela Duma Key. Me acuerdo porque al protagonista de aquella historia también se le da por alejarse, buscar la soledad, dedicarse secretamente al arte, no sin que los fantasmas terminen interrumpiéndolo. Y todo frente al mar. La lucha contra la imaginación es siempre desigual. También contra la memoria. Los fantasmas están ahí, por más que uno se esconda, y siempre ganan. Y cuando lo ponemos por escrito a veces pierde la literatura.

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