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noviembre 10, 2009 / Roberto Giaccaglia

Los androides sí sueñan (y quizá nosotros también)

Sam Bell

Moon, Duncan Jones, 98:00, 2009, Inglaterra.

El silencio era absoluto. Podía oír la reverberación de mis pensamientos, el latir de mi corazón, el bombeo de mi sangre… Era una criatura demencialmente viva en un mundo muerto…
Holbeck

La cuestión es cómo no volverse loco, estando solo, tan lejos de casa, tan lejos, en suma, de cualquier cosa.
A Holbeck, el astronauta varado en medio de la nada, la brillante creación de Robin Wood, le pasaba lo mismo, aunque al menos tenía extraterrestres combativos para divertirse un rato. Pelear por la vida no deja pensar en otra cosa. El pobre Sam que interpreta Rockwell, no tiene ni siquiera eso.
Por suerte están los sueños, claro, pero todo sueño por bonito que sea no tarda en convertirse en pesadilla si comprendemos algún día que es sólo eso, un sueño, un escape momentáneo, evanescente, que llega cuando el cuerpo no da más y la cordura se retiró hace rato.
Philip K. Dick, cuándo no, entendía esto a la perfección: de ahí sus androides melancólicos, que tienen al territorio del sueño como el único permitido donde ser un poco humanos. Ellos extrañan un mundo que en verdad no conocen. Nunca supe por qué añoraban esto los androides de Philip K. Dick, pero gracias a la fantástica primera película de Duncan Jones, hijo de un tal David Bowie, podemos ver al menos que con los hombres quizá pase lo mismo, y no estemos haciendo todo el tiempo más que extrañar cosas que en realidad no vivimos nunca.
Esa obra de Dick donde los androides sueñan, escapan, quieren otra cosa, no simplemente servir, ser útiles, puede interpretarse como una lectura de este mundo, o una visión que abarca no a las máquinas, sino a los hombres que las operan: ellos, o sea nosotros, todos, como meros soñadores, seres patéticos que añoran un lugar mejor, ese que alguna vez creyeron (creímos) conocer. Lo mismo ocurre con la película de Jones: lejos de todo, solo, deshumanizado, el hombre no ansía otra cosa que vivir de nuevo lo que ya no puede estar seguro de haber vivido —todo recuerdo es tan falso como lo permita nuestro deseo oculto: ¿cuán real es lo que quedó atrás?; ¿somos, todavía, lo que quedó atrás?; si viajáramos hacia atrás, ¿estaríamos volviendo o siendo por primera vez?

Cuando era chico y leía, fascinado, la historieta Holbeck, pensaba que tarde o temprano Holbeck despertaría de un sueño y vería que todo lo “vivido”, su permanencia en esa tierra indócil, esa tierra de ningún lugar, sus batallas con marcianos, había sido producto de una fantasía un tanto enfermiza, nada más, una pesadilla. El guionista jugó con este lugar común, hizo que Holbeck un buen día despertara en su casa, rodeado de su familia, para dejar atrás aquella tierra remota, esos páramos de locura, desayunara, siguiera con su día, se maravillara con el largo y perturbador sueño que acababa de tener, etc… hasta que un cuadrito nos lo mostraba soñando, feliz, dentro de su nave destrozada, mientras afuera merodeaban seres peligrosos, estrellas que explotaban, soles rojizos, vientos secos, huracanes, lunas con miles de caras.
Holbeck tuvo eso, un sueño feliz, por un instante. El sueño era su casa, ahora la tierra prometida, ahora el lugar que había dejado de existir.

Sam Bell, el Sam interpretado por Sam Rockwell (brillante, aún más que en otras películas donde su presencia las determinaba: Confessions of a Dangerous Mind, por ejemplo), es el empleado de una empresa sin alma, que explota el terreno lunar en busca de energía para la Tierra. El cine tiene varias de estas historias, empleados cautivos de empresas sin alma que explotan determinado terreno en busca de energía. Por ejemplo, Monsters Inc., que exploraba los miedos de los niños y tenía como cautivos a simpáticos y queribles monstruos que en realidad no querían hacerle mal a nadie.
El Sam empleado de esta empresa futurística, anclado en la luna, buscando energía, tampoco quiere hacerle daño a nadie. Especialmente a los seres queridos que dejó en la Tierra, su mujer y su hija, de apenas unos añitos de edad.
Sam, por sobre todas las cosas, quiere volver.
Hace casi tres años que no las ve. Su trabajo demanda ese período de tiempo lejos de casa, trabajando en la superficie lunar, solo. O más o menos: a Sam lo acompaña un robot, Gerty, un robot que está ahí para ayudarlo, y acaso para sonreírle cuando la situación lo amerita (a Sam le cabe preguntarse lo mismo que se preguntaba Holbeck acerca de la computadora —Zeus, encima la computadora de Holbeck se llamaba Zeus— que lo acompañaba: ¿no habrá alcanzado esta máquina una vida propia sin que lo advirtamos? Pero es la pregunta de toda obra de ciencia-ficción, siempre como un temor, casi nunca como una esperanza: las máquinas están aquí, siempre han estado, nada más que para esperar su momento).
El robot de Sam puede sonreír, sí, pero no hay muchas situaciones que ameriten risa cuando se está lejos de casa, con nada más que un robot cerca, y se pasan tres largos años escarbando esa superficie gris, sumida en la semi oscuridad perpetua —a Sam le toca, para colmo, el lado oscuro de la luna… aunque ya sabemos por el portero del estudio donde grabó Pink Floyd, un hombre de lucidez inquietante, que toda ella es el lado oscuro. Aquella cuestión, cómo no volverse loco, se hace imposible de conseguir, y Sam empieza a ver en su nave, y en la luna, lo que dejó en su casa: compañía.
Debería estar solo, pero no.
Tal vez sólo sea un sueño, pero comienza a seguirlo. Y todo para encontrarse a sí mismo. Literalmente.

Es probable que a Holbeck esto último también le haya ocurrido. No lo recuerdo con claridad, y hasta es probable que lo esté inventando, pero no me extrañaría toparme con algún viejo número de esas revistas donde salía la historieta Holbeck, ¿El Tony, D’artagnan, Fantasía?, en que el astronauta Holbeck, en un momento de soledad desesperante, en medio de la nada, en medio de ningún lugar, termina encontrándose con… el astronauta Holbeck.
Parecen muchos problemas, pero en realidad es uno solo el que se le presentaría a Holbeck y el que se le presenta, de hecho, a Sam: ¿cuál es el verdadero Holbeck, el verdadero Sam?
Es la teoría del espejo llevada al campo de la ciencia-ficción, terreno que le favorece, terreno donde pueden explotarse teorías como esta sin que suenen descabelladas: ¿lo que tenemos en frente es un sueño, o somos nosotros el sueño de lo que tenemos en frente?

Es extraño cómo una obra presumiblemente pasatista —un tipo viaja a la luna, una empresa usa energía generada en el satélite para abastecer a la Tierra— puede generar no sólo la clase de emociones que genera, sino también el planteo de preguntas acerca de nosotros mismos, esas que se hacen en soledad o por lo menos, si en compañía, con algunas copas de más.
Por lo general, son las preguntas más interesantes que uno pueda hacerse, y no hay libros o profesores que puedan responderlas. Tienen que ver con pequeñeces tales como cuán real es todo cuanto nos rodea, cuán real somos nosotros mismos, cuán real nuestros deseos, nuestros logros, nuestros fracasos, nuestros sentimientos, lo que pretendemos y anhelamos, lo que… soñamos.
Por suerte está el arte, y películas como esta, que no responden nada, es cierto, pero que al menos nos acompañan cuando nos sentimos demasiado ridículos como para tratar el tema con alguien sin varias copas de por medio… o sin volvernos locos.

Una cosa más: la música de Clint Mansell es, sencillamente, un sueño, devastadora, emocional y absolutamente ajustada a la pobre mente del astronauta Sam, a su psiquis rota, a su corazón extraviado, a sus ansias de volver y de no saber adónde.

2 comentarios

Dejar un comentario
  1. carlos / Nov 14 2009 6:39 pm

    qué bueno el afiche

Trackbacks

  1. 2009:04 Moon (Soundtrack from the Motion Picture) « Crítica creación

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